Felicidad complicada
¿Cómo que nos divorciamos? ¿Estás de broma, Denis?
Olalla miraba a su marido sin comprender nada. ¿Divorcio? ¡Si llevaban juntos casi veinticinco años! Justo dentro de dos semanas iban a celebrarlo ¿O ya no lo celebrarían? Tenía la cabeza hecha un lío. ¿Y el banquete? ¿Los invitados? Ya estaban enviadas las invitaciones Iba a venir toda la familia. Los amigos no paraban de preguntar qué regalar Y alguien, como Yésica, su mejor amiga, ya había hecho llegar su regalo. Lástima que no pudiera venir. Está lejos, y con la barriga de seis meses de embarazo, mejor que se quede en casa. Ya se verán otro día, y celebrarán de nuevo. Además, Yésica fue fundamental para que Olalla y Denis se conocieran, ya que ambos fueron compañeros de la universidad. Y, en su boda, gritó como ninguna: “¡Que se besen!”, ocultándose tras el ramo de novia que Olalla ni lanzó, sino que directamente le entregó a su amiga.
No entiendo qué pasa con tu Nico. ¡A ver si va a perder a una chica como tú!
Eso, Olalla, lleva tiempo decía Yésica, mientras le arreglaba el peinado. Todo llega, no te preocupes. Mejor esperar el momento justo que casarse demasiado pronto, aburrirse y acabar divorciados en dos años. Y repartir hijos y muebles, y que encima la familia me adore. No, prefiero que llegue el tiempo justo, y listo.
¡Pero planeas demasiado, tía! reía Olalla, viendo cómo Yésica se retocaba el maquillaje enfadada, pero metódica.
Es que no sé vivir a medias. Si hago algo, lo hago entero.
¿Y los hijos, Yesi? ¿Toda la familia de golpe?
¡Claro! Quiero gemelos, así sufro una vez y me quito el susto. Ya tengo antecedentes de gemelos tanto en mi familia como en la de Nico.
¿Y quién los cría luego?
Pues es más fácil dos que uno solo.
¿De verdad? Olalla escuchaba fascinada las reflexiones sensatas de su amiga. Desde pequeñas, Yésica siempre pensaba dos pasos por delante; cuando se metían en líos, siempre salía indemne, incluso ayudando a que ninguna acabara castigada. Si alguna decidía que era más lista y hacía las cosas a su manera, Yésica se apartaba y observaba cómo el castigo caía solo en la “lista”.
Todo es cuestión de equilibrio, Olalla. Competencia sana, la compañía permanente para jugar, y el mérito de criar dos de una vez. ¿Te parece poco?
¡Basta! Olalla reía, convencida de que Yésica conseguiría lo que se propusiera.
Al final, así fue, aunque el destino tenía más guasa que ella: en vez de gemelos, Yésica tuvo trillizos. El “cielo” decidió ponerla a prueba.
Yésica estuvo a la altura. Para entonces, la familia política la valoraba de veras. Siempre tranquila y justa, ayudaba a todos cuando hacía falta. Suele ser organizando bien a su marido, que nunca fue propenso a la heroicidad. Pero tenía que ceder, porque Yésica le recalcaba:
Llegará el momento en que necesitaremos ayuda. Y no nos van a dar otra cosa más que una negativa. Así que, si quieres cenar patatas con setas, ve a casa de mi madre y ayúdala con el armario nuevo. Te llevará dos horas, y a ella le harás un favor. De paso, dile que iré el próximo finde a limpiar los cristales.
Así, cuando Yésica necesitó ayuda para la crianza, estaban las dos abuelas y el abuelo dispuestos para lo que hiciera falta. Por eso, pudo estudiar la carrera de nuevo.
¿¡Estás loca!? ¿Cómo piensas hacerlo todo? se escandalizaba Olalla.
¿Y quién va a suspender a una madre de trillizos? responde Yésica. Así, la cabeza no se me aletarga y seré abogada y economista en una. Mal no está, ¿no?
Sacó el título, encontró trabajo rápido y le bastaba el sueldo para una niñera.
Pero eso es justísimo advertía Olalla.
De momento, no lo necesito porque las abuelas me cubren. Al jefe le da igual, que duerma tranquilo. Y luego, ya conseguiré el puesto que quiero. Lo que necesito es experiencia, no sólo el título.
Olalla admiraba a Yésica y se preguntaba cómo podía llegar a todo. Ella, en cambio, era lenta para decidir las cosas, hasta para elegir qué medias ponerse al cole de pequeña.
Pero cuando decides, es para siempre. No como yo, que siempre cambio de opinión le decía Yésica. Tú eres conservadora, Olalla. Eso hoy día es un tesoro.
Un tesoro Eso mismo le había valorado Denis, ¿no? ¿Cómo puede ahora? ¿Por qué? Si lo que tenían, tampoco era tan malo Sí, no haber tenido hijos complicó la relación, pero lo asumieron y siguieron adelante. Olalla a veces hacía voluntariado en centros de menores, pero entendió que no podía adoptar a un niño ajeno. Lo temía, no por falta de fuerzas o recursos, sino porque dudaba de poder quererlo como debía. Y no sabía muy bien cómo era eso de querer “bien”.
Todavía no habéis encontrado a vuestro hijo le había dicho Soledad Navarro, directora de uno de los centros con los que colaboraba la empresa de Olalla. Soledad veía cómo los voluntarios jugaban con los niños alrededor del árbol de Navidad, mientras Olalla los miraba triste desde fuera. Cuando lo veas, lo sabrás. Y nada te detendrá, ni problemas ni obstáculos.
¿Y si no lo encuentro nunca? preguntó Olalla, repartiendo regalos en las mesas. ¿Y si no he nacido para ser madre?
Entonces, no lo fuerces le respondió Soledad, con calma. Mejor eso que asumir una responsabilidad y no poder con ella. Si sale mal, hay dos infelices: tú y el crío. He visto casos así. Mira a Miguelito. Ya lo han devuelto dos veces.
¡Dios! Si todavía es pequeño ¿Cuántos años tiene?
Casi seis. En una familia duró dos años, en otra uno.
¿Por qué? ¿Cómo se hace eso?
La primera familia adoptó, pero luego se embarazó y no pudieron seguir. Ocurre más de lo que parece.
¿Y la segunda?
Tenían dos hijos propios y tres adoptados. Con Miguel fueron cuatro y no pudieron más. No sé por qué lo cogieron, pero la realidad es que no les llegó el cariño. Miguel acabó sentándose en una esquina, se negó a comer, ni agua quiso. Rogaba volver al centro, porque decía que no le querían. El psicólogo se implicó, pero no pudo con él. Al final, lo devolvieron. Es una pena, porque ya no confía en nadie. Haría falta un amor fuera de lo común
Aquella charla dejó a Olalla al borde de presentarse al día siguiente a por Miguel. Pero Yésica, con su sensatez, la frenó.
¿Estás segura de tener ese amor? Si sólo te puede el impulso, déjalo. No hagas daño. No te conviertas en otra traidora para él. ¿Quieres probar? Te dejo uno de los míos unos días y decides.
Olalla declinó. No volvió al centro y siguió ayudando a distancia. Pero pensaba en Miguel constantemente. Él se convirtió en su pequeño faro, un recordatorio: hay que vivir para no hacer daño Olalla aprendió esa lección para siempre.
Se abrazó a sí misma, encogida en la cocina. Qué frío Aunque aún era otoño y ya estaban los radiadores encendidos. ¿Qué debía hacer? ¿Le ayudaba a Denis con la maleta? ¿Qué ropa meter? Aún no hace tanto frío, pero aquí pronto llegará ¡Nada que ver con la casa de su madre en Granada! Allí pasaba el invierno con cazadora fina, menos cuando iban al monte Lo que más deseaba ahora Olalla era eso: irse con su madre unos días a la sierra, lejos de todo. Sólo ellas dos y la libertad Pero su madre ya no estaba. Y Denis ahora tampoco estaría
¡No necesitaba esa libertad! Lo que necesitaba era a su marido cerca: los cafés que preparaba en cualquier momento, las charlas nocturnas cuando el insomnio las provocaba, escapadas espontáneas al teatro o al campo Nunca planificaban nada; los mejores momentos eran los de improviso. Denis llamaba de repente y decía:
¿Qué haces, Olalla?
Liada. Hoy entrevistas y después tengo que ir al banco.
¿Y si pasas? ¿Vamos a caminar?
Y Olalla lo dejaba todo, y en media hora caminaban juntos, callados, disfrutando de su compañía
Ahora, ese bien estaba en el pasado. Un pasado sólo suyo. Ella lo recordaría, él quizá no. Él ahora tendría futuro, otro amor, un hijo ¿Ese hijo era el verdadero motivo? ¿O su matrimonio fue una mentira? Lo primero aún podía perdonarlo. Lo segundo, no. Sería como asumir que ella era un fraude; que después de tantos años no había conseguido hacer feliz a una sola persona.
Olalla seguía pegada a la batería caliente bajo la ventana, incapaz de moverse. Escuchaba a Denis abrir y cerrar cajones y puertas. Tiritaba hasta que el tiesto con la única planta viva del piso, regalo de Yésica, se movió hasta el borde del alféizar. Cuando por fin la puerta sonó, Olalla bajó lentamente las manos y, de repente, empujó el tiesto al suelo, gritando con rabia.
No alivió. La tierra desparramada, mezclada con cerámica rota, le devolvió la realidad: todo era ahora negro, no quedaba luz. Porque se había marchado, cerrando la puerta y dejándola sola. Y no sabía cómo ni dónde dar el siguiente paso. Ya no quedaba ni una sola referencia a la que agarrarse salvo una.
Se separó por fin del radiador, cruzó entre los restos del tiesto sin sentir apenas el corte en el pie, fue directa al dormitorio y descolgó el móvil del cargador.
Yesiiii
No era un llanto. Más bien un aullido animal, salido del dolor. Yésica lo entendió todo sin explicación.
¿Denis se fue?
Síii
Vale. Mañana estoy contigo.
¡Estás loca! ¡Ni se te ocurra! No quiero que te pase nada, y menos a ti estando embarazada Espera ¿Lo sabías?
No exactamente. Pero me olía. En la última visita, Denis ni me miraba. Ahora todo encaja. Olalla, mejor así.
¿Mejor? No tengo nada, se ha acabado todo ¿Qué hago ahora?
Cómprate un vestido.
¿Qué?
Has oído bien. El que siempre te dio reparo por el precio. Vete ahora y cómpralo. Luego me lo enseñas. No te quedes en casa y no llores más. No cambiará nada. Cuando lo tengas, me mandas tu número de vuelo. Nos vemos en la sierra, sin tiendas ni complicaciones. Estoy bien. No hay riesgo. Necesito escaparme antes de que me vuelva loca entre tanto entrenamiento familiar.
Yésica colgó y Olalla se quedó sin saber qué hacer.
La respuesta le llegó sola. Se levantó, fue al espejo. Allí estaba: todos esos años mirándola, y no era una niña, pero aún ni de lejos una anciana. No pensaba rendirse. Si Denis esperaba que se hundiera, no lo haría. Sabía bien que Yésica tenía razón. ¡Nada de rendirse!
Se pasó los dedos por el pelo, se limpió las lágrimas y se obligó a moverse. Canceló todo lo planeado, llamó para suspender el restaurante. Listo.
¡A por la escoba! Se puso a limpiar la cocina, y ya compraría nuevo tiesto.
El vestido le quedó perfecto; rojo vivo. Todo lo contrario a lo que solía llevar: Olalla era de tonos suaves, Yésica la que apostaba por lo rompedor, atrayendo las miradas sin provocar.
Pero ese día Olalla quiso pasar a la acción. ¿Por qué no? ¿Era tan simple que no volvería nunca a llamar la atención?
No. El reflejo del espejo mostraba otra mujer: cansada, seria, pero aún entera. Quedaba algo. Y nadie se lo iba a quitar. ¿Por qué no podía enfadarse más? Quizá porque entendía los motivos de Denis. Al final, la rutina los hacía más amigos que pareja Y lo de traicionar a un amigo, eso dolía de verdad. ¡Ay, Denis, por qué entonces!
El vuelo era malo, con escala, pero Olalla no se desanimó. Mejor así: menos tiempo para pensar.
El viaje fue perfecto. Junto a Yésica, recorrieron paisajes y hablaron sin parar, o guardando silencios serenos. Poco a poco, Olalla se fue sintiendo de nuevo ella misma. Yésica tenía una habilidad increíble para relativizar todo aquello que parecía problema.
Vuelve a Granada, Olalla. ¿Para qué quedarte sola? ¿El trabajo? Hay niños en todas partes, y en el barrio nuevo van a necesitar ludotecas y centros como los tuyos. Tu padre está delicado, vas a poder estar cerca. Vivir juntos o cerca, como prefieras. Piénsalo.
Olalla lo pensó. Y al final de ese viaje inesperado decidió que sí, era lo mejor.
El divorcio, la venta del piso y el coche, toda la tramitación… lo resolvió rápido. Separó emociones y recuerdos. Vio a Denis sólo lo justo y luego borró su número del móvil, obligándose a olvidar.
Granada la recibió en plena primavera, el aire lleno de olor a azahar y la luz del sur dándole fuerzas. Ni un respiro se concedió para la melancolía: compró un piso muy cerca de su padre, pero no vivió con él. Por nada en concreto, sólo porque cuando fue un día de improviso, se encontró en la puerta con una mujer discreta y amable, Lola, que la saludó sonriente. Mejor así, pensó Olalla. Su padre y Lola formaban una pareja capaz de reír otra vez. No hacía falta que él dedicara toda su vida a la memoria de su madre. Olalla se sintió agradecida al ver a su padre feliz y con ganas de cuidar el jardín.
Pues no está mal mi Igor, ¿verdad, Olallita? decía Lola, contemplándolo con una ternura tan clara que Olalla casi envidiaba ese tipo de amor. Hay quien lo tiene fácil, quien lo tiene difícil, y quien nunca llega a verle la cara.
Eso le daba esperanza. Si su padre había encontrado a alguien en la madurez, quizá también le llegaría su momento.
Pasó un año sin notarlo, Olalla abrió dos centros infantiles en la ciudad, le faltaba tiempo para pensar. Pero aunque renovó todo, desde el peinado hasta por fin tener un perro, seguía llegando la nostalgia en las noches. A veces, tomando el té en la cocina y recordando a Denis: ¿Qué te pasa, Olalla? ¿Te va mal? Te hago un té caliente y me cuentas.
Sabía que no debía mirar atrás, que cuando una puerta se cierra, debe cerrarse de verdad. Pero esa parte suya se resistía.
Un susto con Hacienda, año y medio más tarde, la animó. Tocaba moverse y solucionar. Y eso, curiosamente, le espabiló.
La cuestión era simple, así que en un día la resolvió y le sobró tiempo antes del vuelo de regreso. Paseó por su antiguo barrio, por costumbre, quizá buscando las huellas de donde había sido feliz.
Uno de sus centros cerró, el otro seguía abierto. Miró a los niños dibujar tras el cristal, sonrió al ver al monitor rugir como oso y a los niños gritar de alegría. Qué placer cuando se hacen bien las cosas para ellos.
Repasó la fachada una vez más y se dirigió a la parada. Pasó por su antiguo edificio, el parque donde soñó pasear con sus hijos, todo tan lleno de recuerdos. Sin saber muy bien por qué, entró en el parque y siguió por uno de los senderos recién arreglados.
Allí, en un banco junto a la fuente, vio a un hombre empujando un carrito y lo reconoció enseguida. Denis estaba allí, envejecido, el pelo casi blanco, y la postura hundida. Movía el carrito, distraído, la mirada lejos, como si el dolor le achicara físicamente.
Olalla no dudó; no podía permitir que sufriera así. Sabía qué hacer y qué decirle para aliviar ese dolor, si él se lo permitía.
Denis
Él se sobresaltó y bajó aún más la cabeza.
Hola, Olalla.
Se sentó a su lado.
¿Cómo estás?
La pregunta era absurda, pero siguió observando.
Mal, Olalla. Mal.
¿Por qué?
Porque estoy solo. He perdido todo lo bueno que tenía. Por una tontería, por un descuido lo perdí todo.
No es verdad dijo Olalla, sabiendo que cambiaría todo por no haber perdido esos casi dos años. Tienes mucho más de lo que me quedó a mí.
Señaló el carrito.
¿Es niño o niña?
Niña. Eva.
Tienes una hija, Denis, ¿qué más necesitas?
No tengo esposa, Olalla. Mila ya no está. Murió en el parto.
Olalla contuvo el aliento. Sorprendentemente, no sentía rabia hacia esa mujer, aunque fuera la causa del final. Sí pena, mucha, por una chica que sólo había buscado una oportunidad. Denis apenas bebía, pero aquella Nochevieja no se supo por qué, perdió el control y Mila se aprovechó del momento. Y de aquel error, dormía ahora Eva, tranquila y ajena a todo.
Permanecieron callados, solos y, cuando por fin hablaron, fue al unísono, atropellándose para contarse mucho que se habían callado en casi dos años. Eva despertó y abrió los ojos justo al encenderse las farolas del parque.
Olalla se acercó a la cuna para ver el rostro de la niña y se quedó clavada.
“Cuando veas a tu hijo, lo sabrás”, resonó el eco de Soledad en su cabeza.
Medio año después, fue esa misma Soledad Navarro quien le llevó a su despacho a un niño moreno y serio.
Miguel, ¿sabes por qué he venido?
Por mí.
¿Quieres vivir conmigo?
No sé. No creo que me vayas a llevar.
La miraba sin curiosidad. Sus ojos, oscuros, eran reservados y opacos. Cuando Olalla sacó las fotos, la única chispa de emoción empezó a asomar.
¿Es tu marido?
Sí.
¿Y esa es tu hija?
No, Miguel. No es mía.
Ahora la chispa se mantuvo, y Olalla decidió no dejar que se apagara.
No es mi hija, pero seré su madre. Y la tuya, si tú quieres.
Me devolverás.
¿Por qué lo dices?
Porque todos lo hacen.
Yo no soy todos. ¿Sabes por qué?
No.
Porque sé lo que es perderlo todo. Cuando no queda nada, nadie que te quiera. Duele mucho.
Lo sé…
¿Sabes quién es una madre, Miguel?
No.
Quien nunca permite que le hagan daño a su hijo.
¿Te doy pena?
Olalla lo miró fijamente y negó despacio.
No. No quiero compadecerte. Quiero quererte, ¿lo entiendes? Quiero que estés bien. Y quiero que Eva tenga un hermano mayor: fuerte, valiente, que no permita que nadie le haga daño. ¿Crees que podremos hacerlo?
Miguel calló, miraba el vestido rojo de Olalla, casi hipnotizado. Al fin, alargó el brazo, tocó la manga.
¿Te gusta?
Mucho.
A mí, también. Lo compré cuando peor estaba, y desde entonces me ayuda.
Quiero probar.
No, Miguel, aquí no probamos. O lo hacemos juntos, o nada. Y yo no te soltaré. Pero tendrás que ayudarme. Todavía no sé ser madre, pero quiero serlo para ti y para Eva. Si me dejáis. ¿Me ayudarás?
Miguel asintió, y Olalla, por fin, pudo respirar.
Pasaron los años. Por la senda de la sierra caminaba ya una familia: un muchacho moreno y ágil vigilando a una niña traviesa, empeñada en escapar siempre.
Eva, ¡hay lobos en el bosque!
¡No!
Y osos, grandes y hambrientos.
¿No les da de comer su mamá?
No, porque no sabe cocinar papillas.
La nuestra sí.
Entonces que venga mamá y se las prepare, así no tendrán hambre.
¡Mamá! Eva dice que traigas la olla para los osos.
¿De sémola? Olalla, algo sofocada, les alcanzó.
¡Mamá! Eva protestó. Tú la haces con grumos y a los osos no les gusta.
¡Pícara! la alzó y le dio un beso en la nariz. Seguro que a los osos sí les gusta, hasta con grumos.
¡Quédatela para los osos! decidió Eva. Y la miel que compraste también.
¡La miel es mía! ¿Piensas ir mucho en brazos o caminarás?
¡En brazos!
¡Pues a papá! Olalla se la pasó a Denis y revolvió el pelo a Miguel. ¿Y tú, Miguel, qué piensas de la papilla para los osos?
Mamá, yo no quiero volver aún. Si Eva empieza a dar de comer a todo bicho, ni al hotel podremos volver a dormir. ¿Por qué no lo dejamos que pasen algo de hambre?
Rieron juntos y Olalla miró atrás.
Eva, les cocinaremos luego, ¿vale?, cuando aprenda a hacerla bien.
Vale respondió la niña, y Olalla y Miguel se miraron, entre complicidad y cariño.
¡Ojo, mamá! dijo Miguel señalando a Eva, haciendo el payaso.
¡Tú sí que eres un personaje! dijo Olalla. No le quites ojo, que a este paso tenemos que adoptar a todos los bichos perdidos.
Las risas se extendieron por el sendero como una promesa. Aquella jornada, que apenas comenzaba, era la promesa de toda una vida nueva, luminosa, posible.






