Mantel blanco, vida gris

Mantel blanco, vida gris

La sopa de cocido madrileño le había salido buenísima. Carmen lo tenía claro, porque la probó tres veces mientras la cocinaba y en todas quedó encantada. Los garbanzos eran de los buenos, del mercado de San Miguel, la carne se coció dos horas enteras y el chorizo lo había añadido al final, justo como mandaba la receta. En la mesa había velas. El mantel blanco, el de lino que reservaba para ocasiones especiales. Quince años. Caray, si esto no era especial, que venga Cervantes y lo vea.

Afuera ya oscurecía. Octubre en Alcalá de Henares, su ciudad, siempre era así: gris, húmedo, con ese olor a hojas mojadas mezcladas con el omnipresente aroma a tuercas, coches y autobús. Carmen recolocó el tenedor a la derecha del plato, tiró levemente del mantel en la esquina aunque estaba perfectamente estirado y luego se quedó en medio de la cocina, simplemente de pie, escuchando el tic-tac del reloj encima del frigorífico.

Javier llegó a las ocho y media. Ella oyó cómo peleaba con la cerradura, cómo soltó la bolsa en el suelo del pasillo y encendía la luz de un toque seco.

Qué hay, ¿qué tienes para cenar? asomó la cabeza a la cocina, sin quitarse la chaqueta, con la nariz colorada del frío.

Venga, lávate las manos y siéntate le sonrió Carmen. Cocido madrileño, pollo en salsa, y he preparado ensalada.

Javier se quitó la chaqueta ahí mismo, la tiró sobre la silla. Miró a su alrededor.

¿Y las velas estas?

¿Cómo que por qué, Javi? Es nuestro aniversario.

Él no dijo ni mu, se acercó al fregadero, se lavó las manos medio por encima y se sentó. Carmen sirvió la sopa en un cuenco, puso el plato delante de él. El pan era de hogaza de pueblo comprado en el mercado de Abastos. Encima añadió un buen chorro de aceite, tal y como le gustaba a él.

Javier olfateó, cogió una cuchara, probó. Masticó.

Un poco ácido opinó tras tragar.

Carmen se sentó enfrente.

¿Sí? A mí me sabe en su punto.

Mi madre el cocido lo hace de otra manera. Más sustancioso, más de los de antes. Tiene el sabor de verdad, el de la abuela.

Carmen tomó su cucharada en silencio.

Come, que está caliente.

Ya como Javier jugueteó con el plato. Pero dime tú, ¿por qué has puesto el mantel blanco? Hombre, si seguro que lo manchas.

No lo voy a manchar.

Eso dices masculló él. Mi madre siempre pone uno oscuro; granate, ya sabes. Es más práctico. Y da la mar de chulo en la mesa.

Carmen miró las velas. La pequeña llama temblaba con cada movimiento brusco de Javier.

Javi dijo paciente, hoy hace quince años que nos casamos.

Ya lo sé.

No dijiste nada al llegar.

Él la miró, sorprendido, casi ofendido.

¿Qué querías? ¿Que te felicite? Si aquí vivimos los dos, no es que sea un cumpleaños.

Yo qué sé Que quince años juntos

Quince años interrumpió él. ¿Dónde está el pollo?

Carmen se levantó y trajo el pollo asado del horno. Bien dorado, con tomillo y romero. A Javier le encantaba así.

Está seco sentenció cortando un trozo.

Lo acabo de sacar.

Pues se ha pasado. Mi madre siempre lo cubre con papel plata y le sale jugoso. Eso es lo que hay que hacer.

Carmen se sirvió un poco de pollo, masticando sin decir nada. Fuera pasó un coche, dejando un destello de luz en el techo.

¿Has visto hoy a tu madre? preguntó.

Pasé después de trabajar, ¿por?

Por nada, solo preguntaba.

Javier volvió la vista al mantel.

El blanco, Carmen, era innecesario. De verdad. Mi madre sí sabe poner una mesa: la vajilla a juego, el mantel oscuro, el pan bien cortado. Y tú señaló el pan sobre la mesa, mira qué rebanadas, parecen adoquines.

Carmen dejó el tenedor en la mesa, sin brusquedad, simplemente lo posó al lado del plato.

Por dentro algo se le encogió y luego se relajó. Como un puño, que se cierra y se abre.

Javier dijo, sorprendida de lo tranquila que sonaba, ¿escuchas lo que estás diciendo?

Él la miró con un mosqueo, propio de quien le interrumpen el primer bocado.

¿Qué? Solo digo que mi madre lo hace mejor. No es ofensa.

Cuando has entrado no me has felicitado. Has empezado a quejarte de la cena, el mantel, el pan, el pollo. Tres horas de cocina, Javi.

Bueno, pues has cocinado. ¿Y qué? Es tu responsabilidad.

Carmen se calló un momento.

Responsabilidad. Repitió probando el sonido de la palabra en su boca.

Claro. Tú en casa, cocinas. Yo trabajo y traigo el dinero. Tan lógico como eso.

¿Y los quince años juntos también es… lógico? ¿Sin más?

Carmen, ¿qué quieres? ¿Quieres que te recite poesía? Mi madre siempre dice: menos florituras y más orden en la casa, así se mantiene la familia.

La vela titiló, indecisa. Como si ella misma hubiera escuchado algo importante.

Carmen se levantó, recogió su plato, fue a la ventana y estuvo un rato mirando los tejados mojados, las ventanas iluminadas y el árbol del patio que ya estaba pelado del todo.

Luego se giró.

Javier, haz la maleta.

Levanta la cabeza.

¿Cómo?

Lo que oyes. Haz la maleta y vete. Por favor.

Él la miró como si hubiera soltado algo en japonés. Soltó una risa corta, seca.

¿Me lo dices en serio?

Muy en serio.

¿Por el cocido?

No por el cocido.

Entonces, ¿por qué? ¿Porque he dicho que mi madre cocina mejor? Carmen, anda ya, esto es de chiste.

Pues a mí no me hace gracia.

¿Estás dolida o qué? Bueno, perdona, ¿vale? Venga ya, siéntate y cena.

No, Javi.

Él la miró. Carmen estaba plantada junto a la ventana, serena, con la espalda recta. Seguramente Javier esperaba llantos, gritos, portazos. Cualquier escena. Menos esta calma absoluta.

No vas en broma dijo él despacio.

No.

El reloj seguía marcando los segundos. Las velas seguían encendidas.

¿Por una discusión?

No por una interrumpió Carmen. Por quince años de lo mismo. Anda, coge lo que necesites ahora y el resto otro día.

Javier se quedó ahí plantado un minuto, se giró y fue al dormitorio. Carmen le oyó abrir el armario, rebuscar en una bolsa. Ella se sentó, miró las velas. Seguían ardiendo, quietas.

Cuando volvió, ya con la bolsa a cuestas, se paró en la puerta de la cocina. Miró la mesa, el mantel blanco, el cocido, el pan mal cortado.

Te arrepentirás.

Puede dijo Carmen. Adiós, Javi.

La puerta se cerró. El cerrojo sonó. Carmen escuchó los pasos en la escalera, cada vez más lejanos.

Luego apagó las velas, porque ya no tenía sentido dejarlas encendidas, y fregó los platos. El cocido lo guardó en la nevera. No le apetecía cenar.

El piso olía a cebolla frita y un pelín a humedad, como siempre en octubre cuando abren los ventanales del portal y la calefacción apenas funciona.

Carmen se acostó a las once menos cuarto. Tardó en dormirse, mirando el techo, escuchando cómo la televisión del vecino seguía encendida. Y solo pensaba una cosa: no estaba llorando. Qué curioso.

***

Conchita abrió la puerta antes de que Javier pudiera volver a llamar. Siempre hacía eso, como si tuviera un radar, como si llevara esperando detrás.

¡Javito! soltó, llevándose las manos a la cabeza al ver la bolsa. Virgen santa, ¿qué ha pasado?

Me ha echado resumió él, seco.

¿Quién? ¿Esa? Conchita se hizo a un lado para dejarle pasar. Si ya decía yo, ya te avisé tantas veces, hijo. Pasa, hombre, que tengo sopa de patata y pollo justo como te gusta.

Se descalzó y fue a la cocina, se sentó. El piso olía a comida y ese aroma tan suyo, mezcla de alcanfor, colonia y sopa. Hogar de madre, vamos.

Su madre trasteaba entre pucheros, sin parar de hablar.

Si lo veía yo desde el principio, hijo, esa mujer no es para ti. Fría, seca. Y claro, de una mujer así, hijos, pues tampoco. La naturaleza lo sabe todo. Anda, toma pan.

El pan perfectamente cortado en rebanadas finítas. Javier lo miró y se le vino a la cabeza, de golpe, el pan de Carmen: gordote.

Mamá, ahora no, por favor.

¿Qué ahora no? ¡Si te digo la verdad! Quince años aguantando, ¿y para qué? Ni hijos, ni casa decente. Prueba la sopa, a ver.

La sopa estaba calentita, sabrosa, justo como ella decía. Javier comió en silencio.

Los primeros días fueron como andar entre nubes. Iba a trabajar, cenaba con la madre, veía la tele. Conchita cocinaba con alegría todos los días. Sacaba la fritada de la nevera, ponía la mesa, decía: “Tienes que comer mejor, que te has vuelto gris”.

Al tercer día, la madre le deshizo la maleta sin preguntar.

Esa camisa, ni se te ocurra ponértela, está arrugada y lo sé yo bien le soltó en la cena. Te he planchado la azul, te sienta mejor.

A mí la gris me gusta.

¡Qué más da! Yo digo azul, es azul.

Él calló, zampó la fritada, bebió el café. Su madre recogía y, de fondo, él oía historias de la vecina del cuarto, “que va por la vida sola y tan contenta”, y en cada frase flotaba algo sobre Carmen, pero Javier ya ni escuchaba.

A la semana, la madre sentenció que los zapatos estaban para el arrastre y que el sábado tocaba ir de compras.

Mamá, si mis zapatos están perfectos.

Venga ya, se te está despegando la suela.

Que no.

Que sí, Javier, el sábado.

El sábado fueron. La madre eligió, y él se dejó. Salió con unos zapatos marrones con hebilla, cuando él quería unos negros básicos.

Mira qué monos.

No me gustan.

No seas crío, los marrones son mejores.

La dependienta puso cara de póker. Javier se miró en el espejo del pasillo. Un hombre de mediana edad con zapatos con hebilla le devolvía la mirada, inexpresivo.

Los compró.

Por las noches, la madre se sentaba enfrente, recordándole lo bueno que era de niño, cómo ella sola le sacó adelante, lo difícil que fue, lo poco que Carmen valoraba. Javier asentía.

A veces pensaba en el mantel blanco. En las velas. No entendía para qué las había puesto, qué necesidad de tanta parafernalia. Quince años, sin más. ¿Qué celebrar?

Pero volvía a esos pensamientos. Y a ese detalle: que Carmen no había llorado. No gritó. Se plantó junto a la ventana, firme, y le pidió que se fuera. Él no comprendía ese aplomo. Estaba acostumbrado a otra cosa.

A finales de mes la madre le organizó la agenda. Sin llamarlo así, solo soltándolo: “el martes te toca médico, te he apuntado”, “el jueves vamos a ver a tía Marisa”, “el viernes ven antes, que haré empanada y no me gusta esperar”.

Javier se retrasó un viernes por una reunión. Llamó a la madre desde el bus para avisar. Ella le habló hasta que llegó a casa, él sostenía el móvil pegado a la oreja mirando a través del cristal negro.

La empanada estaba hecha. Riquísima. Pero había algo que le oprimía el pecho. No dolor, era otra cosa: una presión casi constante, como si faltase un poco de aire.

***

Las primeras tres semanas Carmen vivió en una nube espesa.

Iba a trabajar, volvía, cocinaba cualquier cosa, cenaba sola. Por las noches costaba más, pues el piso se quedaba en silencio, y ese silencio primero daba miedo y luego ya solo era silencio.

Su amiga Raquel la llamaba día sí, día no: “Carmela, ¿cómo vas? Vente, anda”. Carmen respondía que bien, que ni falta hacía ir. Raquel igualmente se plantó la primera semana, con vino y polvorones, y estuvieron en la cocina hasta las dos de la mañana. Carmen le contó lo de las velas, el cocido, la suegra “experta en mantelería”, y Raquel escuchó soltando algún “ese tío es tonto”, y con eso la noche se hizo más ligera.

Has hecho lo mejor, Carmen le aseguró Raquel antes de irse. Lo mejor que podías hacer.

Da miedo.

Ya, pero se pasa.

Después de eso Carmen se quedó en el salón mirando las cortinas azul marino, esas que Javier eligió, porque “son tupidas, bloquean la luz, muy prácticas”. Llevaban ahí ocho años, Carmen nunca se había fijado en ellas, solo eran cortinas.

Las quitó al día siguiente.

Tardó casi dos horas, el palo era pesado y se tuvo que subir a la silla. Las dobló y guardó. La habitación, con la luz gris de octubre, aunque fea, era mejor que la oscuridad.

Después movió el sofá ayudada por don Antonio, el vecino viejo y amable, para que le diera la luz desde otra pared. La casa, aunque sencillamente, cambiaba. Mejor.

A la segunda semana dormía mucho mejor. No de perlas, pero ya no se quedaba mirando el techo hasta las tres.

En el trabajo todo seguía igual. Carmen era una excelente contable, diligente y fiable. Nunca llegaba tarde y los papeles estaban siempre listos. Las compañeras la respetaban, especialmente Doña Mercedes, la jefa, baja, con sus pendientes de perla y ese aire de “no cuento nada pero veo todo”, que valoraba mucho a Carmen.

A finales de octubre, Mercedes la llamó a su despacho.

Carmen le dijo sin rodeos, el año que viene me jubilo. Me voy con mi hija. El director quiere proponerte ser jefa de contabilidad.

Carmen se quedó callada unos segundos.

¿A mí?

A ti. ¿Acaso no veo cómo trabajas? Hace un año que pienso en esto. Di que sí.

Volvió a casa en el autobús dándole vueltas. Jefa. Más responsabilidad, más lío. Siempre le había dado miedo. Javier, recordaba, le dijo una vez: “¿Para qué tanto ascenso? Para eso estoy yo trabajando”. Ella, entonces, le quitó importancia.

Mirando las farolas desde el bus, pensó: ¿y por qué no?

Noviembre pasó entre reformas. Las mínimas, lo justo: pintó la pared del dormitorio de amarillo claro, cambió las cortinas por unas de lino, compró una lámpara cálida, naranja. Por las noches solo encendía la lámpara. Poco a poco, el piso ya era suyo de verdad.

Compró unos tiestos con geranios para la ventana. Era un olor verde, limpio, que pegaba con las cortinas y el color de la pared.

La separación oficial con Javier, todo por abogado; sin dramas. La casa se la quedó ella, él no reclamó nada. Mejor.

En diciembre aceptó el puesto de jefa. Mercedes la felicitó, y por primera vez le sonrió de verdad.

La Nochevieja la pasó con Raquel, rodeadas de niños, perros y tres fuentes gigantes de ensaladilla. Bien, y un poco nostálgica, de esa tristeza rara de los fines de año. Brindó con cava, vio los fuegos artificiales, y pensó que había sobrevivido al año, y, más aún, estaba bien.

***

El invierno de Javier fue, digamos, un fracaso.

Su madre decidió que necesitaba médico. Ella misma le pidió cita con el de cabecera, el cardiólogo, el digestivo, porque “no tienes buena cara, y mejor prevenir”. Fue a todas. Los médicos, por supuesto, le decían “todo normal para su edad”, y Conchita bufando porque quería que le encontraran algo de qué preocuparse.

En el trabajo estaba irascible. Los compañeros lo notaban. Manolo, el que siempre fumaba con él en la puerta, un día le dijo:

¿Qué te pasa, tío?

Nada.

¿Problemas en casa o qué?

Que no.

Manolo fumó y se esfumó. Javier se quedó mirando la ventana con nieve mezclada con manchas de aceite en el patio de la fábrica. Ni quería volver al trabajo, tampoco a casa. Ni a ningún sitio.

¿Y qué sitio quería él realmente?

Ni idea.

Su madre le ponía la cena cada noche. Era un detalle, era cariño, lo sabía. Pero nunca faltaba la planificación: qué debe ponerse, a dónde ir, qué comprar. Si llegaba tarde, al móvil; si no contestaba, duplicado de llamadas. “Estoy preocupada, Javier, ¿dónde andas?”.

Una noche de febrero se quedó más tarde en casa de Manolo cervezas y fútbol sin más y cuando volvió, pasadas las diez, la madre estaba en la cocina, a oscuras, esperando. Cuando entró, encendió la luz y le lanzó una mirada de las que congelan la sangre.

¿Dónde estabas?

Mamá, avisé.

“Voy a llegar tarde”, dijiste. No es aviso. Me has dejado preocupada, con la tensión por las nubes.

Mamá…

Anda, come, te la he dejado preparada. Y el móvil, siempre encendido; he llamado tres veces.

No estaba apagado, es que no lo oí, había fútbol.

Fútbol repitió con un deje de escándalo.

Javier comió las albóndigas mirando la mesa.

Se daba cuenta de que justificaba todo: la hora, la camisa, la llamada, lo que comía, lo que no. Recordó que él mismo solía decir: “Mi madre siempre sabe hacerlo bien”. Y decía eso orgulloso. Ahora, ese recuerdo escocía.

En marzo intentó alquilar una habitación. Vio anuncios, encontró un piso barato cerca del trabajo. Se lo comentó a su madre.

Ella lloró.

No a gritos, ni con reproches, simplemente lloró y dijo: “Si te quieres ir es porque lo hago mal. Ya lo he entendido, Javier”.

No se mudó.

Por las noches a veces soñaba con Carmen. No como en una película romántica: era ella haciendo un café, o yendo juntos en el coche. Escenas normales. Se despertaba y miraba el techo de casa de su madre, que solo era un techo.

Pensaba: ¿qué hará ahora? ¿Cómo estará ella?

Y al momento: anda ya, seguro tiene novio.

Eso, por raro que parezca, le daba rabia.

***

Febrero llegó sorprendentemente optimista. La nieve, esta vez, era blanca de verdad, y al ir Carmen al autobús el sol le obligaba a entrecerrar los ojos. Pensó: “Voy a comprarme unas gafas en condiciones”.

Las compró. Rosas, de montura fina. Se rió delante del espejo de la óptica: ridículas, y sin embargo, perfectas.

En el trabajo, bien. Más responsabilidades, más cabeza, pero tiraba. Algunos días salía tarde, repasando cuentas, hablando con el director don Álvaro, sobrio, de pocas palabras, que siempre le reconocía el mérito. Se notaba que estaba contento con ella.

Los compañeros también bien. Sandra, la joven ayudante, la miraba con admiración y a veces le dejaba un café en la mesa. Carmen, agradecida, le daba las gracias, y Sandra se ponía roja.

En marzo Raquel la arrastró a un cumpleaños de una tal Paloma. Carmen no quería: demasiada gente, desconocidos, jaleo, a saber. Raquel insistió: “Carmela, que te va a venir bien, verás qué risas”.

Paloma, resultó ser una mujer graciosa, simpática, con dos gatos y un ficus gigante en su piso. Había como doce invitados. Carmen, al principio, se pegó a Raquel, pero acabó charlando con la que tenía al lado, una profesora de mates, y se pasaron media noche hablando de libros.

Diego estaba enfrente, discretísimo. No le llamó la atención al principio. Hombre bajito, el pelo empezando a encanecer, jersey gris normal. Hablaba poco, escuchaba mucho, sonrisa fácil.

Al final de la velada, coincidieron junto a la ventana con sendas tazas de té. Él preguntó, ella respondió, él contestó, y la conversación fluyó sola, sin esfuerzo. Él era ingeniero, trabajaba en una empresa de proyectos, vivía solo hacía cuatro años, su mujer falleció de cáncer. Lo dijo natural, sin drama, como quien habla de algo asumido.

¿Eres amiga de Paloma desde hace tiempo? preguntó ella.

Era amigo de su exmarido. Siguieron siendo amigos. Bebió un sorbo. ¿Tú, por Raquel?

Desde la uni.

Qué suerte tener de esas amigas dijo él.

Mucha asintió Carmen.

Se intercambiaron los teléfonos. Sin expectativas. Él la llamó tres días después, para invitarla a un café. Carmen dijo que sí.

Quedaron en una cafetería pequeña cerca del trabajo de ella. Dos horas de conversación. Carmen confesó lo del divorcio. Él escuchó, sin consejos ni juicios. Luego él le contó lo suyo. Salieron a la calle y, pese al frío, todo les pareció bien. Él le pidió permiso para llamarla otra vez. Carmen dijo que sí.

Pasearon por la ribera. Fueron al cine. Un día de abril él la invitó a cenar a su casa.

***

Diego vivía en un quinto sin ascensor, en un edificio rojo. Carmen subió con una botella de Rioja, pensando: “A ver qué desastre tiene este hombre en casa, y yo fingiendo que me da igual”. Nervios de los de siempre, esos de que cualquier cosa puede ser motivo de crítica.

Tocó el timbre.

La puerta se abrió. Salió un olorcito a manzana, cálido, dulce, un poco a canela.

Pasa, he hecho tarta de manzana adelantándome un poco, espero que no te importe.

Al contrario, me encanta respondió Carmen.

El piso era sencillo. Sin estar reluciente, tenía vida: libros y herramientas mezclados en las estanterías, un periódico en la mesa de la cocina. Nada de decoración obsesiva, nada de “todo a juego”. Una casa de verdad.

Prepararon juntos la ensalada. Carmen cortó tomate, él queso. A veces charlaban, a veces no. El silencio no pesaba.

Carmen notó que esperaba el momento: “Ahora dirá que mejor con pepino”, o “la salsa no es la buena”, o pondrá esa expresión tan conocida por quince años.

Pero no dijo nada de nada. Se sentaron, él sirvió el vino y miró la mesa.

Gracias por venir dijo, y ya.

Solo tres palabras, sin peros.

Carmen miró el plato y notó cómo algo dentro bajaba, ligero. Como si, por fin, después de años en vilo, pudiera dejarse caer.

Afuera el anochecer de abril. Las farolas encendidas, asomaba una ramita balanceándose con los primeros brotes. El olor de manzanas conquistaba la casa.

Hablaron mucho. Carmen contó su infancia, cómo quiso ser profe, pero acabó contable. Él explicó el proyecto de restauración de edificios antiguos. Carmen pensó que era bonito arreglar casas rotas.

Cuando ella se despidió, él la acompañó a la escalera.

Me alegro mucho de haberte conocido.

Al volver a casa no pensaba en él, mejor dicho: no SOLO en él, sino en la tarta de manzana, el hecho de poder estar con alguien sin temer un ataque por la cena. Simplemente cenar, pasar la noche y marcharse, más ligera.

***

El verano fue tranquilo y bueno.

Se veían a menudo, sin prisa. Iban al mercado los sábados, ella compraba hierbas y yogures, él pescado. Cocinaban juntos, que resultó ser un placer, nada que ver con hacerlo sola o bajo lupa.

En julio se quedó a dormir en casa de Diego. Era tarde, le daba pereza volver. Por la mañana él le llevó café a la cama. Sin peliculitas ni tarjetas, no. Simplemente se lo puso y se sentó al lado.

¿Trabajas hoy?

Entro a las doce.

¿Te apetece ir al mercado antes? Debería haber cerezas.

Carmen agarró el café con las dos manos. Detrás la mañana azul, olor a pan y gritos de golondrina. Por primera vez en años, casi le daban ganas de llorar de pura alegría.

Quiero.

En otoño Diego le propuso irse a vivir juntos, hablando mientras lavaban los platos.

Oye, Carmen, ¿y si te vinieras a vivir aquí? Hay sitio, te vendría bien, y a mí… más.

Tendré que pensarlo.

Claro, piénsalo.

Tardó dos semanas. Luego dijo sí.

En noviembre se mudó. Alquiló su piso, todavía sin venderlo. Llevó libros, geranios, la lámpara naranja, las cortinas de lino. Diego movió la estantería para que cupieran sus cosas. Los dos mezclaron sus libros, técnicos y novelas, y el resultado quedó curioso.

En diciembre se casaron. Sin fiestas; solo Raquel y el amigo de Diego, Luis, como testigos. Fueron a comer los cuatro. Todo risas. Raquel lloró, pero “de felicidad, que conste”.

Y en enero Carmen descubrió que estaba embarazada.

Se quedó en el baño mirando las dos rayitas. Luego se sentó al borde de la bañera, quieta un buen rato.

Tenía cuarenta y tres años. Siempre creyó que no tendría hijos. Javier no quiso, o ella no quiso, o ambos no hablaron nunca de eso en serio, y el tiempo fue pasando. Médicos no prohibieron nada, pero hacía mucho que se había resignado.

Pero ahí estaba.

Diego estaba en el despacho, dibujando. Carmen fue, se quedó en la puerta. Él la vio y, sin una palabra, comprendió que algo pasaba.

¿Qué ocurre? dijo suave.

Ella le enseñó el test. Él lo miró, leyó, guardó silencio unos segundos. Después se levantó y la abrazó. Largo, fuerte, sin soltarla.

Es una buena noticia, Carmen. Muy buena.

Ella se apoyó en su hombro y por fin, se echó a llorar, como no recordaba hacerlo hacía años. Él no se asustó y no le pidió que parara: la sostuvo y le repetía bajito: “Todo bien, todo bien”.

***

Abril volvió a Alcalá, y otra vez había cafetería, ribera del río, pero ahora Carmen paseaba despacito, con la tripa abultada de seis meses, y Diego a su lado, atento.

Todo el trabajo sabía lo suyo. Don Álvaro dijo: Enhorabuena, Carmen García. No te preocupes, tu puesto es tuyo. Sandra la miraba ahora con otro respeto, el de las jóvenes por quienes saben vivir.

El piso, su casa común, estaba lleno de novedades: una cuna sin montar, una lámpara de noche con lunares, un cajón repleto de ropitas diminutas. A veces Carmen lo abría, tocaba la ropa y le parecía increíble de verdad.

Por las mañanas, té y ventana; veía el patio ya asomando verde. Oía el olor a tierra mojada, un poco a manzana por el jardín de los vecinos. Sentía una paz nueva.

Pero algunos anocheceres, cuando Diego dormía y ella aún no, notaba moverse al bebé y pensaba en el pasado. No con dolor, ni pena, más como cuando se mira una fotografía antigua: aquella vida, aquellas personas. Un poco de lástima, tampoco podía precisar de qué: quizá de aquellos quince años que se fueron sin traerle lo que merecía, o simplemente de sí misma, cocinando cocido y desplegando aquel mantel blanco.

Nada sabía de Javier. Raquel comentó que lo había visto y que estaba envejecido. Carmen simplemente asintió. No le deseaba mal, simplemente ya era otra historia, de otro libro.

***

Javier, por su parte, seguía en la cocina de su madre.

Aunque era abril, en ese piso parecía que nunca cambiaba la estación. Cortinas tupidas, los objetos de siempre, el olor que nunca variaba: colonia, sopa, y algo más indefinible.

Conchita daba vueltas a la olla y, claro, no paraba de hablar.

Estás fatal, Javier, tienes que ir al médico. No al de la fábrica, que esos no se enteran, al del ambulatorio número 7. Te apunto yo.

Mamá, me encuentro bien.

Los hombres nunca sabéis cuándo algo va mal. Mira a tu padre, igual decía estoy bien, y mira lo que pasó.

Javier miró el mantel de cuadros azul y blanco, práctico como decía su madre.

Ella le dejó el cuenco delante.

Come, que se enfría. Hoy toca sopa de trigo con ternera. Te encanta.

Sí, mamá, me gusta.

Cogió la cuchara. La sopa, buena, para qué negarlo; su madre sabía de caldos.

Javier dijo su madre con el té, ¿te lo has pensado, lo de Lucía? Mujer decente, viuda, piso propio. Ha preguntado por ti.

No he pensado en eso.

Error. Mira, a tu edad, sin mujer, no es vida. Así no se puede.

Ya tengo mujer dijo Javier, sorprendiéndose a sí mismo.

Su madre lo miró.

¿Dónde?

En ningún lado volvió a mirar la sopa. Quiero decir, que no me busques futuras esposas, mamá, yo me apaño.

¿Cómo vas a apañarte, si te pasas el día mirando al infinito? Se nota que sigues pensando en Carmen. No sé para qué. Esa mujer te echó. Las que hacen eso

Mamá la cortó. Algo en su tono hizo que callara.

Ambos se quedaron en silencio. El reloj marcando el tiempo. Los pájaros, fuera, trinando de primavera.

Come, hijo, que se enfría. ¿Quién te va a cuidar así?

Javier miró la sopa.

La sopa estaba muy rica. Era un hecho.

Siguió comiendo, volviendo en su mente a aquel aniversario, cuando entró cansado, malhumorado, hablando del mantel. Del cocido. De lo bien que lo hace mamá.

Entonces no lo entendió. No iba del mantel. Y solo ahora, tarde, lo iba vislumbrando. Que la jaula no la había edificado Carmen, ni la comida ni el carácter. Era una jaula de él, construida con años de resignación y rutina, de una casa a otra, de una madre a una esposa, y vuelta.

¿Rico? preguntó la madre.

Muy rico, mamá.

Ya sabía yo satisfecha. Si sin mí, Javier, no eres nadie.

No contestó.

Fuera, el trino de los pájaros era cada vez más fuerte. La primavera a punto de reventar, pero esa luz, ese calor, no entraba nunca en la penumbra del piso.

Javier se encorvó sobre el cuenco y acabó la sopa.

***

Carmen, esa misma tarde de abril, miraba el ocaso desde el balcón del piso compartido con Diego. La barriga, enorme, le pedía sentarse, pero había salido en busca de aire fresco. Desde abajo llegaba el olor a tierra mojada y esa fragancia tan indescriptible, solo de primavera.

Dentro, Diego hablaba por teléfono con calma, cosas de trabajo. Encima de la mesa de la cocina, dos tazas la suya y la de él y la lámpara naranja lanzando una luz cálida, de hogar.

Carmen posó la mano en su vientre. El bebé dio una patadita suave, perezoso.

Hola, pequeño murmuró.

Tenía miedo. Se sentía bien. Era esa felicidad rara, serena y desarmada, la que no promete nada eterno, solo esto: un atardecer en abril, el olor a tierra bajo el balcón, la luz cálida detrás y una vida nueva, pequeñita, que daba patadas dentro esperando su momento.

Carmen se quedó un rato más.

Luego entró en casa.

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