Punto sin retorno
¿Paloma, a dónde vas? preguntó Luis, que estaba en el compartimento del tren, sujetando la puerta del cuartito. Su voz era suave, casi amable. Precisamente ese tono había aprendido a temer Paloma García durante los últimos veinte años. Todavía no hemos terminado de hablar.
Voy al baño, Luis respondió ella sin girarse.
¿Al baño con bolso?
Se detuvo. El tren se balanceaba al ritmo del traqueteo de las vías, y fuera, tras la ventanilla, desfilaba un bosque de pinos tan madrileño como indiferente.
Sí, con bolso respondió Paloma, y siguió su camino.
Paloma. Ahora en su voz sonaba ese matiz particular que ella llamaba, en secreto, el silbo de la serpiente. No era enfado, no. Peor. La calma absoluta de quien está convencido de que al final su esposa volverá, que acabará obedeciendo. Mamá te espera. Recuerda que vamos a casa de mi madre, ¿verdad?
Lo recuerdo, Luis.
Llegó hasta la parte trasera del vagón, cerró la puerta del diminuto baño y se apoyó de espaldas en la fría madera. El tren de Toledo a La Coruña ya llevaba cuatro horas en marcha. Por la ventanilla, alta y estrecha, el atardecer de enero se espesaba. En la bolsa, todo lo que había decidido llevarse de casa: DNI, la cartilla laboral, una foto de sus padres, un pequeño fajo de billetes, ahorrados de cien en cien euros durante medio año y escondidos en la caja de unas botas de invierno. Luis jamás miraba ahí. De hecho, Luis jamás hurgaba en ningún sitio, porque para eso estaba Paloma.
Sacó su móvil, un Cervantes con la pantalla agrietada, y lo miró un momento. Después abrió la tapa trasera, sacó la SIM: una minúscula plaquita dorada, testigo de veinte años de llamadas, mensajes y audios de Luis y de Carmen Molina. Paloma, compra queso fresco. Paloma, ¿por qué no coges el teléfono?. Paloma, sabes de sobra que sin nosotros te perderías.
Partió la SIM por la mitad. Y luego otra vez, para asegurarse. Tiró los trocitos a la papelera debajo del lavabo.
Le temblaban un poco las manos. Curioso, porque por dentro no sentía nada en particular. Solo silencio.
Se lavó la cara con agua helada y se miró en el espejo: cuarenta y ocho años, pelo oscuro y mechones blancos en las sienes, a los que hacía tiempo dejó de dar importancia, porque para qué, si no vas a volverte joven, según decía Carmen. Ojos grises. Comisuras caídas. Cara de mujer sencillamente agotada.
Volvió al pasillo, pasó de largo su compartimento y se sentó en el vagón siguiente.
Había sitio junto a la ventana. Se sentó con la bolsa sobre las rodillas y se puso a ver la noche deslizarse.
Veinte minutos después, Luis pasó por el pasillo, buscando con la mirada al baño, no hacia ella. Paloma se arrinconó tras el respaldo del asiento. No la vio. Volvió al otro vagón, con el ceño fruncido y tenso, como cuando algo no le cuadraba.
Viéndole marchar, Paloma pensó que nunca, en veinte años, había entendido si él la quería o simplemente le gustaba tenerla allí: alguien que cocina, lava, trabaja de administrativa en una empresa de construcción, trae dinero, calla cuando debe y asiente cuando toca. Pareja de hecho. Sonaba casi moderno, pero en la práctica: ningún derecho, sólo obligaciones.
Carmen Molina se instaló en sus vidas el primer día, como quien siempre estuvo. Setenta y cinco años, vista afilada, voz baja que convertía cualquier frase en reproche: Paloma, te ha salido salado otra vez. Paloma, Luis dice que llegaste tarde de trabajar. Paloma, como no tienes hijos, deberías poner a la familia por delante.
Paloma nunca respondía mal. De hecho, raras veces respondía.
El tren se acercaba a La Coruña. Paloma imaginaba la ciudad, completamente extraña para ella, donde no conocía a nadie, ni un solo rincón, sólo la certeza de que tenía mar. Frío, invernal, atlántico.
Le bastaba con eso.
En el andén salió de las primeras, cogió su bolsa y cruzó la plaza de la estación sin mirar atrás. El aire le mordía las mejillas; olía a sardinas, combustible de barco y algo más, salado y punzante. Aspiró hondo y pensó que, al fin y al cabo, ese olor tal vez le gustara.
Dentro, localizó el tablón de anuncios, de esos con hojas de papel sujetas por chinchetas: se alquila habitación, urgente, a precio razonable. Apuntó dos números en su libreta, compró un vaso de té y una empanadilla en la cafetería, la devoró apoyada en la pared y notó el cuerpo calentarse.
La primera llamada no llevó a ningún sitio: el piso requería una fianza considerable. El segundo intento fue mejor. Una voz de hombre, ronca y mayor.
¿Ático, dice? ¿Y lejos del centro?
¿Centro? se rió el hombre. Quince minutos andando desde el paseo marítimo. Pequeño, caldeado, la estufita va perfecta. Lo cuido yo mismo.
¿Puedo ver hoy la habitación?
Venga, pásese. Estoy en casa.
El casero se llamaba Don Manolo, pero en seguida le pidió llamarle tío Manolo. Bajo, fornido, pelo blanco, cara de quien ya no tiene paciencia para enfadarse con tonterías. Sesenta y siete, según le contó tomando té en la cocina, mientras hacía preguntas de puro compromiso: de dónde viene, cuánto tiempo piensa quedarse.
Mucho tiempo respondió Paloma.
Él asintió, sin pedir detalles.
¿Tiene trabajo?
Todavía no. Buscaré.
Yo soy panadero soltó él de pronto. Una panadería de barrio, El Pan Feliz. El nombre lo pusieron los vecinos, no es marketing. Me vendría bien una ayuda. Hay que madrugar, a las cuatro estamos en marcha. No es mucho, pero se puede descontar del alquiler. ¿Qué tal se le dan las manos?
Paloma miró las suyas: veinte años de nóminas y facturas, pero también de tortillas, roscones y albóndigas caseras con su madre. Las manos sabían el oficio.
Se me dan bien contestó.
El ático era tal cual lo describió: pequeño y caldeado. Techo inclinado, una ventana redonda hacia la calle, otra estrecha a un patio interior. Suelos de madera con una alfombra de retales, una cama de hierro con edredón grueso, una estantería con tres libros cuyos nombres no distinguió, una mesa diminuta junto a la ventana.
Dejó su bolsa en la cama y se quedó allí sentada, mirando la calle desde la ventana redonda.
El teléfono ya no sonaba. Porque no podía sonar. La SIM iba camino de la basura entre Toledo y Coruña, viajando a ninguna parte.
Era el silencio más profundo en veinte años.
El primer día de trabajo empezó casi de noche. A las tres y media, tío Manolo llamó a la puerta: seco, práctico, no como Luis, que cuando la despertaba sonaba a reproche y autoridad, nunca a simple rutina.
La panadería estaba en un bajo anexo a la casa: pequeña pero bien armada, dos hornos, una mesa larga y un olor… Madre mía. A levadura, vainilla, canela, algo vivo y cálido imposible de describir.
Bien dijo tío Manolo, anudándose el delantal. Yo amaso el pan, tú observa. Luego te pones con la bollería. Fíjate bien que no le gusta a uno repetir instrucciones, no por gruñón, sino porque repetir es mal asunto; a la segunda, ya piensas que no vales y te pones nervioso.
Ella observaba. Luego ayudaba. Las manos recordaban, aunque la cabeza aún marchaba a otro ritmo.
A las seis de la mañana salían las primeras barras. Tío Manolo partía una, sin cuchillo, y le daba la mitad.
Anda, come. Pan caliente con mantequilla, eso salva cualquier amanecer.
Paloma comía, quemándose los dedos, y pensaba que quizás hacía siglos que no probaba nada caliente así, sin prisas ni miedo de que entrase Luis a soltar cualquier cosa. Tal vez desde niña, o quizás nunca.
Tío Manolo hablaba lo justo, pero nunca silencioso. Hablaba cuando había algo que decir y callaba cuando no. Eso también resultaba raro, acostumbrada a Luis, que llenaba el aire de palabras para no escuchar el silencio. En el silencio, probablemente, le perseguían pensamientos que no quería oír.
En esa primera semana Paloma aprendió a amasar trigo para hogaza gallega, a moldear bollos de anís, a preparar napolitanas de crema. Al final de cada tarde, le dolían los dedos y la espalda, pero era un cansancio honrado. No la fatiga hueca y gris que conocía, sino otra, de quien hace algo real.
Por las noches, veía la calle desde la ventana redonda. El invierno en Coruña era húmedo y ventoso, a menudo lloviznaba, y las farolas se reflejaban en los charcos rojizos de los adoquines. Compró una nueva SIM de prepago, llamó a su hermana Inés en Salamanca; le dijo en pocas palabras que estaba bien, que no contara nada a nadie. Inés respondió tras un silencio: Ya era hora. No hizo más preguntas.
Al primero que conoció en la ciudad fue a Fermín, en el café El Faro. Un local pequeño en el paseo marítimo, a donde a veces iba por café después del turno. Fermín leía siempre, acompañado de un té y un libro con las esquinas gastadas. Por lo demás, nada destacable: hombre de unos cincuenta y tantos, con el pelo oscuro y canoso por las sienes, manos grandes. No miraba a los demás ni fingía hacerlo. Simplemente leía.
Se saludaron tres días después. Paloma entró al café y sólo quedaba una mesa libre: la de Fermín.
¿Puedo sentarme? preguntó.
Claro contestó, apartando su chaqueta del respaldo.
Tras diez minutos de calentar las manos en la taza, él le preguntó:
¿No eres de aquí?
No, llegué hace poco.
Coruña la elige poca gente sentenció. Suele ser cosa del azar.
A mí el azar me ha traído respondió Paloma.
Fermín sonrió, leve.
Fermín se presentó.
Paloma.
Un nombre bonito. Ya casi no se oye.
Anticuado corrigió ella.
¿Y qué?
Resultó ser restaurador. Trabajaba recuperando muebles antiguos: los traían vecinos, viejos que encontraban en desvanes o casas vacías. Los arreglaba y les daba una nueva vida. Su taller estaba a las afueras, en una casona de piedra.
Es un trabajo de paciencia explicó Fermín. No puedes correr. Si te apuras, lo rompes todo, incluso aquello que aún se podría salvar.
Paloma pensó que eso servía para los muebles y para otras cosas, pero se lo guardó. No por miedo; simplemente aún no se animaba a verbalizar lo que pensaba.
Coincidieron varias veces más en El Faro, hasta que un día Fermín entró en la panadería, buscando pan, y tío Manolo dijo: Hombre, Fermín, conoce a Paloma García, mi nueva ayudanta. Fermín la saludó con un leve cabeceo y soltó: Nos conocemos.
Tío Manolo presenció la escena sin decir nada. Solo cobró el pan, devolvió el cambio y siguió con lo suyo.
Ya en febrero, el invierno aflojaba. Sin ser primavera, el frío permitía andar sin perder el rostro en cinco minutos. Paloma compró unas botas impermeables en un bazar de la Rúa do Peixe y empezó a pasear cada mañana, tras la jornada, hasta la playa urbana. El mar en invierno era otro: inconformista, poco amable, con olas blancas y viento cortante. Paloma contemplaba esa masa gris y pensaba que eso, precisamente, era lo que necesitaba. No el abrigo, sino la honestidad cruda.
A veces pensaba en Luis. No con nostalgia; más bien con esa resignación de esperar mucho tiempo el autobús, y un día descubrir que ya han anulado la línea. No dolor, solo consciencia de tiempo perdido.
Recordaba cómo empezó todo. Tenía veintiocho años. Luis parecía sensato, tranquilo, sabía pronunciar las palabras adecuadas en el momento exacto: eres lista, tú lo entiendes todo, no eres como las demás. Ahora sabía que esas frases son siempre un poco mentira, pero entonces sonaban casi a verdad.
Carmen se instaló al mes de la primera cita, alegando visita y acabando por no marcharse nunca. Luis no veía el problema. Jamás los veía: Exageras, Mi madre sólo quiere ayudarte, Eres demasiado sensible.
Al año, Paloma entendió que vivía en una casa ajena. No porque la vivienda fuera de Luis, sino porque las reglas las dictaba Carmen y Luis hacía de juez, siempre dictando la misma sentencia.
No se marchaba porque no sabía adónde ir, porque no tenía nada propio, porque cada vez que trataba de salir, pasaba algo: una gripe suya, o de la madre, o problemas en el trabajo, o Luis recordándole que sin él se perdería, que no servía sola. Y ella lo creía. No por tonta, sino porque se lo repitieron el tiempo suficiente, con la convicción necesaria.
La psicología de ese tipo de presión es sencilla, aunque no menos dura: te acaban convenciendo de que eres menos de lo que realmente eres; gota a gota, año a año, siempre a través de la preocupación, el tono suave, yo sé lo que necesitas.
En el ático, una noche, entre unos libros viejos, encontró un cuadernillo de poemas. Sin tapa y magullado, pero uno de los versos no se le borraba de la cabeza: Creí verte un faro; eras sólo niebla. No supo de quién era, pero lo anotó en una libretita comprada en Coruña.
La libreta era pequeña, azul. Iba apuntando de todo: recetas de tío Manolo, ladridos, frases, hasta observaciones sueltas: Hoy el mar parecía verde. Una gaviota llevaba algo naranja en el pico. Escribir, de nuevo. Antes no lo hacía, desde que Luis encontró su antiguo diario y se lo leyó entero. Tras eso, pasó semanas explicándole con voz blanda que piensas demasiado en tonterías.
Desde entonces, dejó de escribir.
Ahora volvía a hacerlo.
En marzo, tío Manolo le enseñó el secreto del hojaldre. Paciencia, movimientos precisos, doblar y volver a doblar, sin prisas, dejando descansar la masa.
¿Ves? decía. Hay que dejarle aire. No fuerces. Ya va sola cuando puede.
A la masa no le gusta que la manden repitió Paloma, sonriendo.
Exacto. El buen pan no se hace a golpes.
Se rieron, y fue la primera vez en mucho tiempo que Paloma reía así, de verdad.
Tío Manolo la miró satisfecho.
Ahora ya te vas pareciendo a ti misma dijo.
¿A mí misma?
A la persona que debiste de ser antes de todo este enredo.
Ella no preguntó, él no aclaró. Se volvió a la masa y ya.
Mitad de marzo. Encuentro con Fermín en el mercado. Él elegía herramientas, ella escabechaba pescado. Se toparon frente a frente.
¡Eh! saludó él. ¿Hace cuánto que no nos vemos?
Tres semanas, creo respondió ella.
Cuidado, que se te escapa la lubina.
Vio cómo goteaba la bolsa. Rieron. Él propuso café cerca, en el local sin nombre, sólo un papel escrito: Café y pasteles.
Hablaron de los mercados, de cómo la lluvia había decidido instalarse todo el invierno, de dónde era él.
De Zamora explicó Fermín. Vine hace diez años, pensaba quedarme un año. Y aquí sigo.
¿Por qué?
Fermín se lo pensó.
Por el mar, supongo. Y por la gente, aquí son más directos. No fingen que están bien si van fatal.
Eso me gusta admitió Paloma.
No le contó nada de Toledo. Ni de los veinte años. Ni de Luis. No la interrumpió para indagar. Otro cambio. Luis lo sabía todo, o eso decía, y llamaba a eso preocuparse, cuando en realidad era control.
En abril sucedió lo inevitable.
Volvía de pasear por el puerto cuando vio a un hombre en el portal. De espaldas, chaqueta gris, móvil en la mano. La actitud, el ángulo de la cabeza… no necesitó más.
Se paró.
Él se giró.
Paloma dijo Luis.
Apenas quedaban energías en la voz, sólo cierto reproche. Como siempre que las cosas no iban según su plan.
¿Cómo me has encontrado? dijo ella. No era pregunta. Sólo palabras.
No importa. Avanzó un paso. Desapareciste, sin más. Mamá lleva varias noches sin dormir.
Me he ido, Luis.
¿A dónde? ¿Por qué? ¿Te has vuelto loca? Tenemos casa, vida…
Tenéis vida corrigió ella. Yo aquí tengo otra.
Miró el edificio, la calle, las botas llenas de arena.
¿En esta ciudad? ¿Trabajas en una panadería, Paloma? Tú, con veinte años de carrera de administración.
Aquí quiero estar.
Esto no es serio insistió, dando otro paso. Vamos a casa. Hablamos. Estás agotada, ya verás cuando descanses.
No.
La palabra fue breve y rotunda. Ella misma se sorprendió.
Paloma, no comprendes. Tengo tus papeles. Algunos del trabajo, ¿te acuerdas? Firmaste sin mirar, pueden surgir problemas.
Por fin. Ahí estaba la amenaza que tanto tiempo se ocultaba tras la voz mansa. Antes, ese comentario la habría desmoronado, la haría explicarse, intentar contentar. Veinte años viviendo a la defensiva. Retrocediendo siempre un metro.
¿Qué papeles, Luis? dijo serena. ¿Los del pedido de diciembre? Los firmé como responsable autorizada de nómina y por poder notarial. Si hay algún dilema, lo tienes con la empresa, no conmigo. Un detalle sin importancia.
Él guardó silencio.
Has aprendido dijo, como si fuese un insulto.
Siempre fui lista, Luis. Lo que pasa es que tú no mirabas.
La puerta del jardín chirrió. Ella supo, por el tono pausado, que era Fermín.
Señora García anunció, Tío Manolo pregunta si luego estará usted para el pedido de mañana.
Se acercó, plantándose ligeramente de lado, sin interponerse, pero estando ahí, llenando el aire con su simple presencia.
Luis le miró.
¿Quién es este? preguntó a Paloma.
Fermín. Vive cerca.
Ya. Luis se volvió a ella. Paloma, hablo en serio. Mamá está muy mal. Tú sabes lo mucho que te necesita.
Paloma suspiró. Te necesita, pensaba, con ese apego de ancla.
Seguro que Carmen se apaña dijo. Te tiene a ti.
Paloma.
Voy a entrar ya, Luis.
Espera le cogió el brazo, sin fuerza.
Suelte pidió Fermín, sin tono pero directo.
Luis le sostuvo la mirada. La pausa se alargó.
¿Tú quién eres? soltó.
Alguien que está aquí, eso basta.
Luis soltó el brazo, miró a Paloma. Había una confusión nueva en su expresión. Por primera vez, no tenía claro el guion.
Te arrepentirás dijo en voz baja.
Quizá respondió ella. Pero eso ya es asunto mío.
Entró por el jardín. Sin prisas, sin mirar atrás.
Poco después, asomada al ventanuco del ático, lo vio marcharse hacia la parada. Espalda recta, hombros tensos. Al verlo ir, Paloma pensó en el año pasado, en cómo aquella escena la habría dejado destrozada, noches sin dormir, un montón de auto reproches. Ahora sentía todo lo contrario: cansancio, y cierto alivio.
Fermín llamó a la puerta media hora después.
Pase dijo ella.
Entró, echó un vistazo al cuarto, se sentó en la única silla.
¿Está bien? preguntó.
Más o menos respondió ella, calentando las manos en la estufa. Gracias.
No he hecho gran cosa.
Estar ahí ya es bastante.
Él calló.
¿Cree que volverá? preguntó Fermín.
No creo. No soporta perder el control. Si no le sale, se va, buscará otra cosa. Tiene la vida por delante y a mamá para organizarle otra candidata.
Eso suena cínico.
Realista replicó ella. ¿Quiere un té?
Claro.
Bebieron en silencio. Detrás de la ventana, una vieja encina, según el grosor, de unos cuarenta años. Paloma pensaba que le gustaba el modo en que Fermín sabía estar callado; no le oprimía la quietud, no llenaba el aire de palabras inútiles.
Hace tres meses de Toledo, ¿no? preguntó de pronto.
Ella le miró, algo sorprendida.
Tío Manolo lo dijo un día. Sin querer aclaró Fermín. Si no quiere no responda.
Tres meses. Me fui en enero.
Época valiente para mudanzas.
La mejor, al final. El invierno no engaña, no finge calor.
Él asintió, tan convencido como si le hablara del clima.
¿Se arrepiente de haberse marchado? preguntó después.
Ella reflexionó.
Me arrepiento de no haberlo hecho antes contestó, agarrando la taza con ambas manos. Pero eso ya es pasado.
Aun así hay que repasarlo de vez en cuando. sugirió él. Pero con cuidado, como los muebles antiguos. No romper lo que aún aguanta, no agarrarse a lo que ya no sirve.
Eso es deformación profesional, ¿verdad? rió ella.
Él, también.
Probablemente.
A la mañana siguiente, tío Manolo recibió a Paloma de la misma manera de siempre, sin ahondar en nada por respeto.
Ya dejé la masa de las barras para mañana en la nevera. ¿Cómo va?
Bien.
Eso es. Fermín pasó ayer, dijo que todo correcto.
¿Lo llamó?
Vino en persona. Es de esa clase de gente. Dijo poco, pero bastó.
Paloma no dijo nada más y se puso a amasar pan.
Abril dio otra cara a Coruña: los días alargaron, el mar aún estaba frío, pero no tan gris; a veces, bajo cielos azules, asomaba azul también. Los primeros turistas, a los que los vecinos llamaban golondrinas, pasaban entre risas y comentarios.
Paloma empezó a hornear en casa por las noches. Por gusto. Probó a hacer la tarta de manzana de su madre, que no le salió bien la primera vez y algo mejor la segunda, y a la tercera, casi perfecta.
Dio a probar a tío Manolo.
Bien masticó él. Añade canela y algo menos de azúcar. Las manzanas ya son dulces.
La receta es de mi madre dijo ella.
Las madres siempre ganan, pero la canela encaja.
Al incorporarla, mejoró.
Un día de finales de abril, Fermín entró en la panadería sólo a estar. Se quedó al mostrador mientras ella sacaba pasteles calientes y dijo:
¿Quiere venir al taller? Tengo un bufé antiguo, del siglo XIX, recuperado de un desván.
Quiero.
El sábado cruzaron la ciudad a pie; tío Manolo le había dado el día. El taller, situado en una casona baja, olía a barniz, madera y algo ácido, trementina o linaza. Por todos lados: muebles incompletos, sillas sin tapizar, mesas, un gran bufé arrinconado.
Oscuro, robusto, una cornisa trabajada, una puerta descolgada.
¿Ve cómo debió ser en sus días de gloria?
Ella asintió. Por debajo del polvo, intuía la armonía. Patas torneadas, marcos rectos.
¿Cuánto tardarás en restaurarlo? preguntó ella.
Tres meses, si no me apuro. La madera es de roble, aguanta todo. Cuando retires capas con delicadeza, como nuevo.
Casi nuevo murmuró Paloma.
Jamás será nuevo, pero sí auténtico.
Aquel tacto cálido del roble, en el taller frío, consiguió que se le relajaran las manos.
Volvieron a El Faro y tomaron té. Fermín relataba historias de muebles y arreglos, sin adornos, elegante en la sencillez. Paloma pensaba que así debía ser el trabajo: amar lo que se hace, sin ruido.
¿Y tú, querías la administración? le soltó él.
Nadie le había hecho esa pregunta.
Era buena, sí. Pero de amar… no. Cumplía. No es lo mismo.
Desde luego.
Aquí… Paloma buscó palabras. Aquí me levanto a las cuatro y no me pesa. Sólo me levanto.
Eso es lo importante, entonces.
¿El qué?
Levantar y no preocuparse por el reloj. Eso.
Miró a través de la ventana: el mar oscurecía. Y pensó que sí, algo así debía de ser.
En mayo fue a ver a su hermana Inés a Salamanca. Primera vez en tres meses. Inés, cinco años menor, con marido y dos hijos universitarios, la esperaba en la estación y la abrazó como si acabara de cruzar el Atlántico.
Estás mucho más delgada le reprochó.
Trabajo físico.
Y tienes diez años menos en la cara.
No exageres.
No exagero. Te brillan los ojos.
¿Brillar?
Antes no brillaban.
De aquello pensó Paloma después en el tren de vuelta, mirando la noche reflejada. Ojos vivos, que antes no sabía que podían apagarse sin darte cuenta. Poco a poco, como una gotera silenciosa, hasta descubrir el cántaro seco.
Ahora se estaba rellenando, despacito, como se rellenan las cosas que valen la pena.
Luis no apareció en mayo. Ni en junio. Paloma ya no le esperaba, aunque a veces el cuerpo se sobresaltaba por un hombre de chaqueta gris. Se pasaba enseguida. El cuerpo tarda más en olvidar que la cabeza.
En junio, tío Manolo innovó: rosquillas de miel y empanadas de pescado, gallegas de verdad, recetario propio. Paloma empezó a llevar la contabilidad de la tienda por fin su experiencia contable se sentía útil y hasta divertida porque, ahora sí, el trabajo era suyo.
¿Sabe usted que aquí hace falta alguien como usted, eh? bromeaba tío Manolo mientras ella cuadraba las cuentas.
Nadie es indispensable respondía Paloma.
En teoría. Pero desde luego, nunca tuve ayudante que haya mezclado bien la masa y los números.
La vida es versátil, tío Manolo.
Tal cual.
Fermín pasaba cada semana. A veces salían a pasear cuando cerraban la tienda. Charlas de nada y de todo. Él hablaba de restauraciones; ella de un pastel que se resistía. O guardaban silencio, caminando junto al mar, por la arena oscura tras la marea.
A Fermín, Paloma se fue acostumbrando poco a poco. Sin sobresaltos, sin cegueras. Notó simplemente que su presencia calmaba. Que ya no sentía miedo de hablar, que su silencio era fértil, una tierra firme, segura de pisar.
Un día, en julio, preguntó:
¿Estuviste casado alguna vez, Fermín?
Miró al mar antes de responder.
Sí. Hace años. Nos separamos hace doce. Tranquilamente, sin líos. Nos volvimos personas distintas.
Eso pasa.
Sí. De vez en cuando hablamos. Ella vive en Barcelona y es feliz. Y eso me alegra.
Es lo justo respondió Paloma.
¿Y tú?
Lo mío no fue matrimonio. Pareja de hecho. Veinte años.
Era la primera vez que lo decía en voz alta, con él. Sin explicaciones.
Mucho tiempo asintió él.
Demasiado.
No volvieron al tema ese día.
En agosto, la Coruña se ponía perfecta. Ni frío ni calor. El agua del mar, milagrosamente, subía de grados y hasta Paloma se atrevió a nadar en julio, pegándose a la orilla y riendo sola de lo fría y chispeante que estaba el agua.
Tío Manolo miraba desde el paseo y, haciéndose el despistado, dijo luego, mientras Paloma se secaba:
El mar cura, pero te avisa: no da promesas.
Por eso me gusta sonrió ella.
La tarta de manzana con canela se volvió su especialidad, la que más vendía los domingos. Orgullo de cría, sin alardes.
El primer domingo de agosto, invitó a Fermín al ático por primera vez. Él llegó con un envoltorio: un marco de madera antiguo, restaurado, esculpido fino.
Para lo que quieras usar explicó.
Gracias. Paloma lo apoyó en la estantería. Pondré una foto del mar, de marzo, cuando era gris. Me gustaba mucho entonces.
¿Gris?
Real corrigió ella.
Él miró el marco.
Hace buen mar, sí.
Se sentaron junto a la ventana, la tarta aún caliente. Afuera, un rumor de ramas y brisa. Ella sirvió el té, los olores de manzana y canela mezclándose con el perfume a madera recién restaurada.
Fermín dijo de pronto, ¿te parece pequeño este sitio?
Él recorrió la buhardilla con la vista.
No. Es lo justo. Ni grande ni chico.
¿Lo justo?
Ya sabes. Hay quien necesita espacio para respirar, y otros, con tener su sitio apañado, tienen suficiente.
Ella entendía que no hablaba sólo del ático.
Antes pensaba que me hacía falta mucho, una casa grande, todo resuelto. Ahora veo que basta con estomiró a la ventana, hacia el mar, que intuía tras los tejados. Y un trabajo que huela a pan.
Eso no es poco.
No lo es.
Le sirvió un trozo de tarta. Probó.
Está buenísima.
La canela, truco de tío Manolo.
Él sí sabe.
Se callaron. Algo aleteaba fuera, quizás una rama, quizás una gaviota. El mar, intuido tras tejados y árboles, debió de ser azul ese día, aunque ella sólo lo olía, ese salitre sutil que llegaba por la ventana medio abierta.
Paloma García dijo Fermín, ¿te importa si vengo a verte a veces? Así, sin más.
Ella le miró: no había demanda en su voz, sólo curiosidad.
No me importa.
Bien.
Se sirvió otra ración de tarta. Ella recargó su taza.
Tuve miedo soltó de repente, sin saber por qué, pensando en Luis y aquella conversación en abril.
Él no preguntó a qué. Lo entendió solo.
¿Y ahora?
Miró la calle. Un petrolero zumbaba rumbo al cantábrico.
Ahora… No sé. Pero la tarta ha salido perfecta.
Él asintió.
Y allí se quedaron, en el silencio dulce del ático, con tarta templada y té, y ahí fuera, tras la encina y los tejados, seguía ese mar frío y sincero, que no prometía nada pero nunca se marchaba.






