El precio de la soberbia

El precio de la soberbia

Clara, ¿me puedes prestar un par de cosas? preguntó Gabriela con voz suplicante, cruzando el umbral de aquel piso acogedor de su hermana.

Sin querer, sus ojos se detuvieron en el amplio recibidor, amueblado con elegancia: la consola de madera antigua, los espejos enmarcados con gusto, el puf tapizado junto a la puerta… Todo desprendía ese aire de revista de decoración que tanto le hacía hervir la sangre de envidia. La vida de Clara parecía siempre perfecta.

Clara apareció en el marco del salón, llevando puesto un conjunto de cashmere que realzaba su natural elegancia. Gabriela llevaba años intentando acercarse, aunque fuera un poco, a esa soltura con la que su hermana destilaba clase incluso en zapatillas.

A ver, ¿qué misterio traes hoy? preguntó Clara, apoyándose pausadamente contra la jamba.

Gabriela se arregló nerviosa la manga del abrigo, que aunque no era nuevo, se mantenía en buen estado. Evitó mirar el gran cuadro que presidía la entrada y trató de ignorar el orden impecable y el aroma a café recién hecho que inundaba la casa.

Tampoco es tan importante… murmuró, atrapada en sus pensamientos.

El silencio de Clara le indicó que debía hablar. Tras un suspiro resignado, se sinceró:

El sábado es la reunión del instituto. ¡Tengo que ir! Y tengo que estar deslumbrante, ¿lo comprendes? Quiero que crean que mi vida es un cuento de hadas.

¿Y para qué te importa tanto? replicó Clara lentamente, girándose. ¿Realmente necesitas impresionar a gente de la que apenas sabes nada, a personas con las que seguramente nunca volverás a compartir una sobremesa? ¡Si hasta vives en otra provincia!

Gabriela se pasó la mano por el pelo, anhelando de pronto tener una cocina como la de Clara, con su barra americana, los electrodomésticos integrados, esas lámparas colgantes tan de diseño. Soñaba con un despertar tranquilo, café en mano, en un ambiente así. No con las prisas de sus mañanas caóticas.

¡Tú no lo entiendes! estalló por fin . Para mí es importante. Necesito que me vean y piensen que lo he logrado, que no crean que… que no he conseguido nada.

Guardó silencio, atrapada en el brillo de envidia de su mirada, pero su hermana seguía como si tal cosa quizá ni lo notaba, quizá no le importaba en absoluto.

¿En serio quieres fingir que eres alguien que no eres? preguntó Clara, sentándose . ¿Crees que eso tiene algún valor?

No es por eso negó Gabriela . Solo quiero que piensen que mis sueños se cumplieron.

Bueno suspiró Clara, levantándose , ven, veamos qué puedo prestarte. Pero prométeme que será la primera y la última vez que engañas así, que eso no es nada decente.

Que no lo comprendes…

Y Gabriela, por primera vez en mucho tiempo, dejó escapar su historia…

~~~~~~~~~~~~

En los años de instituto fue la reina indiscutible de la clase. La seguía un séquito de chicos por los pasillos, todos soñando con un poco de su atención. Los profesores suavizaban su voz al verla, encandilados por esa melancolía suya y su mirada profunda que todo lo prometía. Sus padres, por su parte, se derretían ante cualquier capricho: una ceja alzada, un suspiro notable… y lo que quería aparecía ante ella como por arte de magia.

Había aprendido que los deseos no se niegan a quien sabe conseguirlos. Si alguien estrenaba zapatillas blancas la última moda en Madrid, ese mismo sábado su madre se las llevaba a casa en una caja envuelta. Si un muchacho atractivo aparecía en la clase, en una semana ya la esperaba en la puerta para acompañarla. Fue como un juego: comprobar hasta dónde llegaban sus poderes, cuántos límites podía rebasar.

Porque puedo, se decía. Era su mantra, su justificación ante todo. Si una amiga comenzaba a salir con algún chico que le había hecho gracia a Gabriela, ésta no dudaba en lanzarse a la conquista. No por amor, sino por el dulce vértigo de saber que podía eclipsar a cualquiera. Y casi siempre lo conseguía.

Poco a poco, sus amigas de toda la vida empezaron a alejarse. Primero una, después otra. Pero nunca se quedó sola; siempre había quien buscara una sonrisa suya, ansiando pertenecer a la corte de los elegidos. Gabriela lo aceptaba: quien no comprendía sus reglas, no merecía estar a su lado.

En la fiesta de graduación fue la reina, literal y metafóricamente. El salón, adornado con serpentinas y globos, se convirtió en su castillo. Los compañeros giraban en torno a ella como satélites, atrapados por su luz.

Ebria de ese poder, Gabriela se permitió un exceso. Cuando empezaron a recordar batallitas del cole, ella desató una tormenta de frases cortantes y humillantes hacia las chicas de la clase. Sacó a relucir viejas rencillas y echó sal en las heridas, riendo, con esa chispa cruel de quien disfruta probando hasta dónde puede llegar.

¡Mi vida será maravillosa! proclamó con soberbia, erguida, como si ya pisara el mármol de un gran futuro . Ya lo veo: un marido adinerado cumpliendo todos mis deseos, un chalé con jardín y servicio… ¿Quién sabe? Igual hasta un negocio propio, aunque no me veo trabajando ni un solo día. Todo llegará, ya lo veréis: lujo, dinero, fiestas… Todo será mío.

La sala brillaba en su sonrisa satisfecha. Con picardía, empezó a repartir profecías: a la empollona le auguró una existencia gris enseñando en un colegio perdido; a la más tímida, tardes eternas detrás de la caja en una tienda; a otra, la condenó a soñar con un vestido nunca comprado; a todas, les vaticinó vidas planas y sin brillo, con comentarios ácidos sobre su aspecto o modales.

Las chicas bajaban la mirada, cruzaban gestos incómodos, alguna reía nerviosa fingiendo que era broma. Pero dolía. Y Gabriela, viéndolo, reía más fuerte, deleitándose en el efecto de sus palabras. Los chicos, fieles a la reina, la respaldaban.

Optó al terminar sus estudios por un grado en Salamanca, no por vocación, sino por el prestigio y las oportunidades que el entorno prometía. Allá podría encontrar el esposo adecuado: hijos de empresarios, jóvenes de familias influyentes, todos a su alcance. Tenía además el pequeño piso heredado de una tía en pleno centro. No necesitaba compartir habitación en residencias ni alquilar, como la mayoría.

Al principio, todo marchó según lo esperado. Se adaptó al nuevo ambiente, decoró la casa a su gusto, fiestas, nuevas amistades Seguía acaparando miradas, recogía halagos, sentía el futuro asegurado ante sí.

Pero las clases fueron otro cantar. Aquello era mucho más duro de lo que pensaba. Asistir a clase requería concentración, los trabajos y exámenes más rigor del que jamás había conocido. Optó por confiar en sus destrezas sociales, dejando las obligaciones para última hora.

Llegó la primera convocatoria y… el desastre fue monumental. Suspendió casi todo y los profesores fueron tajantes: O cambias, o te vas. Por primera vez, sintió el suelo desvaneciéndose bajo los pies.

De pronto entendió que la infancia había terminado. Allí había chicas igual de guapas, aplicadas y ambiciosas que ella, y en ese contexto ya no brillaba con tanta intensidad. Muchas estudiaban, trabajaban y tenían metas claras, mientras que ella se aferraba a una imagen pasada.

Antes que redoblar el esfuerzo en los estudios, su respuesta fue acelerar la búsqueda de marido. Mientras dure la belleza…, cavilaba mirando el calendario con inquietud.

Multiplicó las citas, aceptó salidas con hombres más mayores, optimizó el vestuario y la actitud. Insinuaba su deseo de encontrar pareja estable Pero cuanto más aparentaba, más se le notaba la ansiedad, y eso alejaba aún más a los pretendientes serios.

Uno se mostró propicio pero la fortuna, de nuevo, le enseñó otra lección.

El candidato, Álvaro, era hijo de unos reputados médicos de Valladolid, propietarios de varias clínicas, vecinos de los mejores barrios. Había estudiado en el extranjero, trabajaba en la empresa familiar, y era heredero único. No era modelo, más bien bajito y con rostro redondo, cierta tendencia a encorvarse. Pero Gabriela no buscaba galán: ¿De qué sirve la belleza sin futuro? pensaba. Ya se veía anfitriona de una casa de ensueño, brillando en veladas y viajes.

Diseñó su táctica: empezó colándose en los mismos restaurantes y gimnasios, después mostrando su mejor sonrisa, conversando, eligiendo cuidadosamente la ropa y frase. Poco a poco, quedó más cerca de Álvaro. Salidas, cenas, paseos… Sentía que la tenía prácticamente en sus manos.

No calculó, sin embargo, lo que pesaba el linaje para la familia de Álvaro. Ellos ya le buscaban pareja: una joven de su círculo, con apellidos y contactos. Cuando Álvaro la mencionó a su madre, la respuesta fue una ceja arqueada y un frío interrogante:

¿Y esa chica, de dónde ha salido? ¿A qué se dedica su familia?

Estudia respondió él, poco convencido. Los padres son normales, de Ávila.

¿Normales? torció el gesto la madre. Nuestra familia es prestigio y relaciones. ¿Quieres dar que hablar precisamente ahora?

Álvaro intentó defenderse, pero la madre le cortó en seco:

Hay muchas chicas inteligentes. Queremos a una que esté a la altura. No metas la pata.

Gabriela, ajena, seguía trazando su sueño. Hasta que llegó la llamada de Álvaro para verse por un tema serio.

En la cafetería, él estaba tenso. Cuando por fin habló, fue para decir:

Mis padres… no aprueban lo nuestro. Dicen que somos de mundos diferentes, y yo… no estoy preparado para plantarles cara. Lo siento.

Gabriela no lloró, se quedó mirando su taza vacía, sintiendo un amargo fuego por dentro. ¿Por qué, si he hecho todo bien? ¿Por qué da tanto peso a lo que digan sus padres?, pensó indignada.

No tardó en enterarse de que empezaban a correr rumores sobre ella entre los posibles pretendientes: que si sólo quería un marido rico, que si había utilizado a Álvaro para ascender socialmente… Pronto, allí donde se presentaba, se topaba con miradas extrañas, saludos forzados, silencios incómodos. Los hombres, antes atentos, ahora eran distantes; uno incluso huyó fingiendo prisa al verla.

Nunca pensó que su reputación se vería tan menoscabada, y comprendió que ya no habría boda ventajosa en ese círculo.

Volver al pueblo era aceptar la derrota, y tras años de historias tan gloriosas, no sabría cómo explicar el verdadero estado de las cosas a sus padres. Siempre mantenía la farsa: les hablaba de sus maravillosas notas en la Universidad de Salamanca, de proyectos laborales exclusivos, de un novio con futuro prometedor.

Sus padres, orgullosos, divulgaban esas hazañas. Gabriela imaginaba sus rostros radiantes y seguía interpretando el papel, incapaz de soportar verles decepcionados.

La única que sabía la verdad era Clara, quien la había pillado por sorpresa un fin de semana.

Vuelve a casa le dijo en serio su hermana. Admite que mentiste y empieza de nuevo. No tienes nada que perder.

Gabriela se irguió entonces, enjugó las lágrimas y contestó con firmeza:

¿Reconocer que mentí? ¡Jamás! Voy a luchar y saldré adelante.

Entonces aún lo creía. Siguió con citas, buscó amistades influyentes, intentó reinventarse, pero ni el marido rico ni un trabajo digno aparecían. Sólo quedaban algunos ahorros y el pequeño piso heredado de la tía. Fue aminorando sus lujos: fuera cenas, ropa nueva, la suscripción al gimnasio… Los gastos seguían creciendo y el colchón, menguando.

Una mañana, tras repasar sus cuatro billetes de veinte euros, entendió que ya no podía demorar más buscar empleo. Pero sin título ni experiencia, los rechazos llovían.

La que fuera la reina del instituto, acabó en la caja de un supermercado de Salamanca. Las primeras jornadas fueron terribles. Observaba cómo algunos la miraban de arriba abajo, o cuchicheaban si su aspecto era demasiado bueno para ese trabajo, debía sonreír, hacerse la simpática y aceptar cada mirada con el estribillo de que aquello era sólo un parche.

~~~~~~~~~~~~

Ayer me llegó la invitación para la reunión del instituto acabó el relato Gabriela, con la cara ensombrecida. No puedo faltar. Si no voy, pensarán que me va mal y que tengo miedo.

Clara dejó la cuchara sobre la mesa, observando atentamente a su hermana, llena de dudas, pero guardando silencio.

¿No crees que ya sabrán cómo es tu vida de verdad y sólo quieran reírse? insinuó. ¿Recuerdas lo que hiciste en la graduación…? No todo el mundo olvida esas cosas.

Gabriela giró la cara, encendida de ira.

¡Tonterías! Nadie sabe nada. Si me ven allí, sabrán quién manda.

Clara se recostó en la silla, dándose golpecitos en el borde de la taza. ¿Qué sentido tenía seguir buscando aprobación de personas a las que un día menospreciaste?

Pero no lo dijo en voz alta. Aceptó que Gabriela haría lo que quisiera.

Bueno, si necesitas ayuda para arreglarte, ya sabes…

Gabriela suspiró, aliviada.

Gracias, sí, te necesitaré.

**********************

Gabriela salió corriendo del restaurante, las lágrimas corriendo por las mejillas. El frío de la noche de Salamanca le azotó la cara acalorada, pero ni lo sintió. Caminaba deprisa, no sabía ni adónde iba, solo huía de lo que acababa de ocurrir.

Todo había empezado como soñaba: al entrar en el local, todas las miradas fueron para ella. Caminaba despacio, forzando una sonrisa, mirando el reloj como si estuviera acostumbrada a negociar reuniones y citas importantes.

Se inventó, orgullosa, la vida soñado: marido empresario en el extranjero, un casoplón con jardín y mucha vida social; vacaciones exclusivas; ropa de marca… Sus mentiras fluían, y no veía ni los disimulados gestos, ni la sorna en algunas sonrisas entre excompañeros.

Y fue entonces cuando sucedió:

Pues hace poco vi a Gabriela y, sinceramente, su vida no es como la está contando dijo en voz alta un antiguo compañero.

Se hizo el silencio. Otra chica sacó el móvil.

Mirad, tengo pruebas declaró, y en la pantalla gigante empezaron a desfilar imágenes.

Gabriela tras la caja registradora del Día, forzando media sonrisa a una clienta impaciente; el uniforme, la chapita con su nombre; agachada entre los estantes buscando productos rebajados; subiendo al autobús con la compra; entrando cargada al portal desvencijado.

Estallaron las risas, primero cortas y luego estruendosas.

¡Menudo casoplón! bromeó uno. ¿El marido empresario también trabaja de reponedor?

Gabriela se quedó allí, paralizada de vergüenza, escocida por la cruel evidencia. No era nada anormal, lo sabía, todo el mundo trabaja, pero ella acababa de presumir de lujos inventados. Las imágenes demolían al instante su fachada.

No esperó más y huyó corriendo. No escuchó los gritos ni notó quién trataba de frenarla. Solo frío y llanto. Llegó agotada a un banco y se desplomó, hecha un ovillo, preguntándose qué haría ahora.

De repente, tropezó con un hombre que casi la tira al suelo.

¿Estás bien? le preguntó de forma tan sincera y humana, que Gabriela se quebró de nuevo.

Le miró con ojos apagados. Era un desconocido, de apariencia sencilla, bolsas del súper en la mano, mirada cálida.

No… susurró. Mi prometido me ha dejado al borde de la boda…

Pero nada aprendía de la vida…

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