La disputa

Carmen, te perdono, de verdad. Nuestra pelea fue una tontería. ¡Ya basta de estar enfadadas! ¡Ya no somos unas chiquillas! soltó rotunda Mercedes Rodríguez al marcar el número de su hermana por primera vez en siete años. ¡Hay que madurar, Carmen! ¿Hasta cuándo vamos a seguir con esto?

Perdón ¿Pero a quién llama? Yo no soy Carmen

La voz era claramente de otra persona, jovencita, algo insegura, aunque agradable.

Mercedes se quedó cortada, algo muy poco habitual en ella.

¿Pero, niña, quién eres tú? ¿Por qué tienes el número de mi hermana?

Pues… Es mi número, desde hace más de un año. Lo siento, pero no sé quién es usted. Y tampoco conozco a la Carmen a la que quiere llamar. Que tenga buen día.

Mercedes, todavía con la mente en blanco, ni siquiera respondió. Cuando intentó reaccionar, solo oyó los pitidos de la llamada colgada y, de repente, sintió un miedo raro.

Pensó que se había confundido, así que se puso las gafas en la nariz y buscó con detenimiento el número de Carmen en su vieja agenda roja, esa que tenía desde hace mil años, regalo de la propia hermana. Carmen siempre había sido detallista y, sabiendo que a su hermana le encantaban los objetos bonitos pero que nunca se los compraba «por no derrochar», le regalaba pequeñas cosas: un bolso, un bolígrafo elegante, un pañuelo bonito. Cosas simples, pero que hacían ilusión. Mercedes, en cambio, solía regalar a lo grande. A lo castizo. Porque le gustaba que se notase lo importante que era su hermana para ella.

Marcando el número manualmente, Mercedes comprendió que aquello tenía mala pinta. La misma voz joven y desconocida le respondió otra vez, suave y algo nerviosa.

De verdad, ya se lo he dicho, este es mi número le insistió la chica . No me vuelva a llamar, por favor. Me está interrumpiendo una clase.

¡Espera! saltó Mercedes con ese punto de urgencia, temiendo que le colgara . ¿Cuándo podría llamarte otra vez? Es importante.

Dentro de media hora. Tendré el recreo.

Mercedes dejó el móvil a un lado y se quedó pensando.

¿Por qué Carmen habría cambiado de número sin avisarla? Sí, estaban peleadas, pero no creía que eso justificara desaparecer del mapa.

Mercedes empezaba a enfadarse consigo misma.

¡Si es que sigues siendo igual de despistada, Carmen! murmuraba para sí mientras hacía y deshacía tareas en la cocina, como siempre, y consultaba una y otra vez el reloj.

Nunca le gustó estarse quieta. De niña ya era inquieta, mandona y con un sentido de la justicia a veces desbordado. Las broncas familiares a costa de ello habían sido legendarias, pero a Mercedes eso nunca le estorbó. ¡Ella llevaba razón, punto!

Su hermana Carmen era justo lo contrario: tranquila, dulce, lentísima. Mientras terminaba el desayuno para ir al colegio, Mercedes ya le había planchado el uniforme y hecho las coletas. Y Carmen, en la parra, jugando con el vaho en el espejo.

Carmina, ¿a qué juegas?

Pienso…

¡Pues deja de hacer el tonto! la apuraba Mercedes Que vas a llegar tarde, anda.

Siempre igual. Carmen a la zaga y Mercedes ya de vuelta y media, lista para darle bronca:

¡Qué parsimonia, hija! ¡Qué manera de estar en la luna! ¿Se puede saber en qué mundo vives?

Y Carmen, impasible ante las regañinas, la miraba con calma, hasta con una sonrisa:

Merceditas, no todo el mundo es tan rapidillo como tú. Tú eres la campeona, pero déjame a mí ir despacio…

Y Mercedes bufando:

¡Toda la vida así! ¡Se te van a pasar las cosas! ¡A espabilar!

Carmen nunca se ofendía. Sabía que la energía desbordante de Mercedes necesitaba vías de escape. Pensaba que, con el tiempo, su hermana se tranquilizaría y aprendería a querer de otra manera.

¿Y cómo se doma un volcán? Solo con el mar. Así ocurre con el amor, decía Carmen: llega, calma todo, hace crecer algo nuevo y, de repente, donde antes había fuego, ahora hay un islote paradisíaco.

Pero Mercedes no era ese tipo de volcán. Su amor era igual de impetuoso. Y a veces quemaba a quien se le acercaba demasiado.

Por eso tuvo cuatro maridos. Con los tres primeros, ni un año duró cada matrimonio.

¡Carácter incompatible! era siempre la explicación.

Con el cuarto aguantó tres años y aun así lo dejó, con una niña pequeña en brazos y la sensación de no haber acertado nunca.

¡Los hombres de hoy en día, menudo cuadro! decía, visitando a Carmen . ¿A ti con Paco te va bien?

El marido de Carmen, Paco, servía el té en silencio y se llevaba a la sobrina de la mano.

Hablad tranquilas, ya acuesto yo a Lucía.

La niña ya casi se caía de sueño, pero Mercedes ni la miraba.

¡Nada de nada! Ni chicha ni limoná exclamó Mercedes cuando Paco cerró la puerta. ¿Cómo lo soportas? ¡Es para volverse loca!

Yo estoy muy bien, Merche Carmen le ofreció galletas y le llenó la taza . Andas muerta de hambre, ¿verdad?

¡No he comido nada en todo el día! confesó Mercedes, asaltando las galletas . Me lo puedes creer, otra vez sola.

¿Sabes, Merche? Igual ya toca suavizarse un poco. ¿No te parece que la vida se va así, discutiendo siempre? Lucía crecerá, recorrerá su camino. ¿Y tú? ¿Te vas a quedar sola?

Ay, Carmen, de verdad que eres ingenua… suspiraba Mercedes.

¿Y qué tiene de malo confiar? ¿No hay que dar segundas oportunidades?

¿Confío en ti entonces? Si siempre dices querer a Paco pero ni te planteas tener hijos con él…

¿Por qué dices eso? Carmen dejó de sonreír.

Porque si quisieras tanto a tu marido, estarías deseando ser madre, ¿no? La que no lo quiere, no ama de verdad.

Carmen se levantó sin decir palabra, tocó la tetera y apartó una lágrima, respondiendo tan bajito que Mercedes apenas la escuchó:

No es cuestión de querer, Merche. Es de poder. Yo sí quiero… pero no puedo. No voy a poder ser madre.

Mercedes corrió a abrazarla, empeñada:

¡Eso no se lo cree nadie! Yo te busco los mejores médicos. Ya verás, lo conseguirás.

Pero ni la voluntad ni el empuje de Mercedes pudieron ganarle a la vida. A Carmen nunca le llegaron los hijos naturales. Solo logró ser madre acogiéndose a los hijos de unos primos de Paco, que habían quedado huérfanos. Y a quien sugería que no eran de sangre le cortaba en seco, incluso a su propia hermana, y por esto también se distanciaron.

No te hacen falta niños ajenos, Carmen. Los tuyos llegarán.

Merche, que ya tengo casi cuarenta. Si fuera a pasar, ya habría pasado. ¿Y esos críos qué? ¿Al orfanato?

¿Y a ti qué más te da? Que los recoja otra rama de la familia de Paco.

Yo quiero. ¿Vale? ¡Yo!

¡Eres cabezota y tonta!

Ya está bien, Mercedes. Vete a casa, que te está esperando Lucía.

Está en el campamento. Y que ni se te ocurra pedirme help después de esto. ¡No cuentes conmigo!

¿De dónde sacas tanto veneno, Merche? preguntó Carmen ya a su espalda, mientras Mercedes se iba a toda prisa, indignada de que nadie la escuchara.

Nunca recibió respuesta. Mercedes rompió el contacto, no llamaba, no iba a verlos, ni invitó nunca a su casa. A Lucía incluso le prohibió ver a la tía. Aunque la niña, que adoraba a Carmen y enseguida se encariñó con los primos adoptivos, iba a escondidas a ver a la tía, ya que vivían cerca.

Luego a Paco le ofrecieron un puesto en otra ciudad. Hablaron todos en familia y se mudaron. Pero dejaron el nuevo domicilio a Lucía y le dijeron que podía ir a verlos cuando hiciera falta.

Pase lo que pase, Lucía. Siempre tendrás a tu familia aquí. Cuidada estarás. Y a tu madre, cuídala mucho, que es difícil llevar ese carácter. Nadie más lo hará le dijo abrazándola en la estación.

Lucía cumplió con la promesa. No era fácil convivir con Mercedes, pero lo intentaba. Hasta que un día fue ya imposible.

Fue porque Lucía creció y quiso casarse. Y a Mercedes no le gustó su elección.

¿Y este prenda quién es? Aquí no quiero yo niñatos como este soltó Mercedes al ver a aquel chico larguirucho y con gafas. ¡No tenías otro mejor!

Lucía no discutió. Miró al chico, se cogieron de la mano y se marchó, ignorando los chillidos de su madre.

El tal Javier, que era mucho más de lo que Mercedes pensaba, era programador e incluso le propuso a Lucía mudarse a la ciudad de la tía Carmen.

Allí hay futuro, Lucía. Vendo el piso, compramos algo y empezamos de cero ¿Qué te retiene aquí?

Ya nada… lloraba ella recordando la mirada y los gritos de su madre. Carmen nos entenderá. Ella es buena.

Javier la quería tanto que habría ido al fin del mundo para arrancarle una sonrisa a Lucía. Sin familia ni ataduras, la razón de su vida era ahora esa chica con la nariz colorada de tanto llorar y los sueños pequeños de hogar, niños y mucho tiempo juntos.

Y así fue.

Carmen, enterada del último numerito de Mercedes, intentó razonar con ella, pero recibió portazo.

¡Que se han ido contigo! ¡Me da igual! No quiero saber nada de vosotras gritaba Mercedes.

¡Ya basta! explotó por fin Carmen. Romper es fácil, lo difícil es construir. Has echado a tu hija de casa por elegir a su pareja. Si no te gusta, lo siento. Pero es SU vida. Tu deber es apoyarla. ¿A dónde volverá si las cosas se tuercen? ¡Que no tenga que irse a buscar cobijo entre extraños solo porque su madre no supo quererla!

Y tú intentó cortar Mercedes.

¡Se acabó, Mercedes! Si algún día quieres hacer las paces, que sea en nuestros términos. Ya hemos tragado bastante. Piensa tú y ya decidirás.

Mercedes se encapsuló en su orgullo. Ni llamaba, ni respondía a los mensajes, ni nada. Cuando llegó la invitación de boda, la rompió. Las fotos que Carmen le envió, ni las abrió: directamente al cubo de basura. Cultivó su resentimiento con esmero.

El tiempo pasaba, pero las cosas no cambiaban. Carmen con su familia; Lucía criando a su primer hijo y preparando la casa nueva, Javier y Paco construyéndola todos juntos.

Y ese cuñado enclenque ya no lo era: entre el cariño y los buenos platos, Javier se transformó en todo un tío apañado. Paco estaba encantado.

¡Olé, Javi! ¿Cómo te las ingenias para saber tanto?

Leyendo y en internet, tío Paco. Hay que tener ganas de aprender.

Cuando celebraron la mudanza Lucía esperaba su segundo bebé. Carmen preguntó si no sería mejor invitar a Mercedes. Lucía suspiró:

Ya la he llamado mil veces, tía Carmen. Si coge el teléfono, cuelga. No quiere saber nada.

No llores, anda la consolaba Carmen , por el bebé…

No lloro más respondía Lucía, con rabia y pena por la ausencia de su madre.

Mercedes, mientras, ni se inmutaba. «Ya vendrán cuando se den cuenta de lo que valgo», pensaba. Pero un día, por fin, la soledad le llegó hasta los huesos. Tal vez la edad, no sabía Al recibir el nuevo año sola, marcó el número de su hermana. Y al otro lado escuchó una voz completamente desconocida.

Esperó pacientemente y volvió a intentarlo unos minutos después.

¿Dígame?

No, dime tú, ¿cómo es que tienes este número? Mercedes dejó salir a la jefa dura que llevaba dentro.

Pues porque me compré el móvil y el número estaba libre. Si un número queda inactivo, la compañía lo reasigna. Suele pasar.

¡Vaya tela! ¿Y mi hermana entonces?

Ni idea. La chica se mostró reacia y Mercedes entendió que era mejor suavizar.

Es que Mire, ¿podría hacerme un favor?

Larga pausa. Al final, la joven contestó.

Dígame.

Si no es molestia, ¿podría intentar localizar a mi hermana ahí en su ciudad? Yo le paso los datos, usted se encarga de dar el recado y yo le pago lo que sea necesario.

No hace falta. Solo déme la dirección.

Mercedes dictó los datos, luego se dedicó a esperar. Y lo que llegó no era para nada lo que esperaba

Su hermana falleció hace año y medio. Estaba enferma, luchó mucho, pero al final no pudo. Su marido dijo que puede visitarle si quiere. Y además

¿Qué más? la voz de Mercedes era pura ceniza.

Su hija la espera. Y sus nietos. Tiene dos, ¿sabe? Le envían un mensaje, palabras de su hermana: Mercedes, no seas cabezota. Todo lo tuyo está aquí. Ya toca madurar. Aquí te seguimos queriendo.

Silencio en la línea, y Mercedes por fin se rompió, dándose cuenta de todo lo perdido.

¿Es todo?

Sí.

Gracias…

No hay de qué, señora.

La voz sonó más cálida ahora.

Venga a verlos. Tiene una familia preciosa y los nietos son guapísimos.

Pitidos de llamada colgada, y Mercedes no podía parar de llorar. Un dolor enorme, como nunca. Nada que hacer, solo llorar y arrepentirse de haber puesto el orgullo por encima del amor.

Pasó la noche llorando, hasta que por la mañana marcó el único número que sabía de memoria.

Lucía…

¡Mamá! ¡Por fin! ¡Te esperamos!

Hija, yo…

¡No digas nada! Ven. Que aquí estamos, todos.

La voz de su hija tenía ese algo tan familiar y tan de Carmen, esa mezcla de aplomo y dulzura, y, sobre todo, aquello que tanto le había faltado a Mercedes todos esos años: el amor, sin condiciones, que ni el orgullo ni las heridas pueden vencer.

Y, por fin, Mercedes tuvo esperanza de que, aunque tarde, también ella aprendería a querer así.

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