Corazón roto por la esperanza: el camino hacia una nueva felicidad

¡Isabel, entre nosotros se acabó! le soltó Miguel con una voz helada. Quería una familia de verdad, con niños y todo. Le decía que ella no podía dárselo. Ya había metido los papeles para el divorcio. Le dio tres días para recoger sus cosas. Si se marchaba, que le avisara. Él se quedaría en lo de su madre hasta que tuviera listo el piso para el crío y para la madre del niño. Y sí, que no se extrañara, ¡su nueva novia estaba embarazada! Tres días, Isabel, y punto.

Isabel no dijo ni pío, como si se le estuviera hundiendo el mundo bajo los pies. ¿Qué iba a contestar? Habían pasado cinco años intentando tener un bebé, pero tres embarazos acabaron en desgracias. Los médicos le decían que estaba bien de salud, pero siempre pasaba algo. Ella se cuidaba mucho, comía sano y todo, y cuando estaba embarazada se ponía más precavida aún. La última vez se desmayó en el curro, y la ambulancia llegó tarde…

La puerta se cerró con un portazo detrás de Miguel, y Isabel, rendida, se dejó caer en el sofá. No tenía ni fuerzas para hacer las maletas. ¿Adónde iría? Antes de casarse vivía con su tía, pero la tía había fallecido y el primo había vendido el piso. ¿Volver al pueblo de Fresno, a la casa de la abuela? ¿Alquilar algo? ¿Y el trabajo? Un montón de preguntas le daban vueltas por la cabeza, mientras el tiempo se le iba.

A la mañana siguiente, se abrió la puerta y entró la suegra, Elena López.

¿No estás durmiendo? Menos mal le dijo de forma seca. He venido para comprobar que no te lleves nada que no sea tuyo.

No pienso llevarme los calcetines viejos de tu hijo contestó Isabel frunciendo el ceño. ¿Quieres que te cuente mis cosas una por una?

¡Qué fresca eres! Y antes eras tan amable. Fui yo la que le dijo a Miguel después del primer embarazo que nunca podrías tener hijos.

¿A eso has venido? Pues cállate y observa.

¿Por qué te llevas la vajilla? se asustó la suegra.

Es mía, de mi tía, un recuerdo suyo.

¡Quedará todo vacío aquí sin eso!

No es mi problema. Pero al menos tendrás un nieto.

Llévate solo lo tuyo.

El portátil, la cafetera y el microondas son regalos de mis compañeros del trabajo. El coche lo compré yo antes de la boda. Tu hijo tiene el suyo propio.

Tienes de todo, pero no puedes tener niños.

No es cosa tuya. Parece que fue lo que quiso Dios.

¿No te arrepientes? A lo mejor lo hiciste todo a propósito.

Estás diciendo tonterías. Ni siquiera puedo pensarlo sin que me duela el alma.

Isabel echó un vistazo alrededor: sus cosas ya no estaban. El cepillo, el maquillaje, las zapatillas de casa… Se le había olvidado algo importante. La presencia de la suegra la ponía nerviosa. Entonces se acordó de la figurita del gato, un recuerdo de su abuela. Dentro tenía un hueco secreto con unos pendientes y un anillo, nada caro pero muy queridos. Miguel lo veía como una bobada. ¿Lo habría tirado? Abrió la puerta del balcón.

¿Qué buscas ahí fuera? oyó la voz de la suegra. ¡Vamos, coge tus cosas y lárgate!

Encontró la figurita del gato, todo estaba como estaba. Ya podía marcharse.

Aquí tienes las llaves, adiós. Espero no volvernos a ver.

Isabel se fue a la oficina. Estaba de baja por enfermedad, pero pidió que le dieran vacaciones.

Estamos contigo le dijo el jefe. Pero sin ti se hace duro. ¿Con tres semanas te apañas? Quédate en…

Isabel cerró los ojos y sintió cómo la mano de Pablo la apretaba con suavidad, sabiendo que tras tanto sufrimiento, su nueva vida estaba empezando ahora.¡Isabel, entre nosotros se acabó! le soltó Miguel con una voz helada. Quería una familia de verdad, con niños y todo. Le decía que ella no podía dárselo. Ya había metido los papeles para el divorcio. Le dio tres días para recoger sus cosas. Si se marchaba, que le avisara. Él se quedaría en lo de su madre hasta que tuviera listo el piso para el crío y para la madre del niño. Y sí, que no se extrañara, ¡su nueva novia estaba embarazada! Tres días, Isabel, y punto.

Isabel no dijo ni pío, como si se le estuviera hundiendo el mundo bajo los pies. ¿Qué iba a contestar? Habían pasado cinco años intentando tener un bebé, pero tres embarazos acabaron en desgracias. Los médicos le decían que estaba bien de salud, pero siempre pasaba algo. Ella se cuidaba mucho, comía sano y todo, y cuando estaba embarazada se ponía más precavida aún. La última vez se desmayó en el curro, y la ambulancia llegó tarde…

La puerta se cerró con un portazo detrás de Miguel, y Isabel, rendida, se dejó caer en el sofá. No tenía ni fuerzas para hacer las maletas. ¿Adónde iría? Antes de casarse vivía con su tía, pero la tía había fallecido y el primo había vendido el piso. ¿Volver al pueblo de Fresno, a la casa de la abuela? ¿Alquilar algo? ¿Y el trabajo? Un montón de preguntas le daban vueltas por la cabeza, mientras el tiempo se le iba.

A la mañana siguiente, se abrió la puerta y entró la suegra, Elena López.

¿No estás durmiendo? Menos mal le dijo de forma seca. He venido para comprobar que no te lleves nada que no sea tuyo.

No pienso llevarme los calcetines viejos de tu hijo contestó Isabel frunciendo el ceño. ¿Quieres que te cuente mis cosas una por una?

¡Qué fresca eres! Y antes eras tan amable. Fui yo la que le dijo a Miguel después del primer embarazo que nunca podrías tener hijos.

¿A eso has venido? Pues cállate y observa.

¿Por qué te llevas la vajilla? se asustó la suegra.

Es mía, de mi tía, un recuerdo suyo.

¡Quedará todo vacío aquí sin eso!

No es mi problema. Pero al menos tendrás un nieto.

Llévate solo lo tuyo.

El portátil, la cafetera y el microondas son regalos de mis compañeros del trabajo. El coche lo compré yo antes de la boda. Tu hijo tiene el suyo propio.

Tienes de todo, pero no puedes tener niños.

No es cosa tuya. Parece que fue lo que quiso Dios.

¿No te arrepientes? A lo mejor lo hiciste todo a propósito.

Estás diciendo tonterías. Ni siquiera puedo pensarlo sin que me duela el alma.

Isabel echó un vistazo alrededor: sus cosas ya no estaban. El cepillo, el maquillaje, las zapatillas de casa… Se le había olvidado algo importante. La presencia de la suegra la ponía nerviosa. Entonces se acordó de la figurita del gato, un recuerdo de su abuela. Dentro tenía un hueco secreto con unos pendientes y un anillo, nada caro pero muy queridos. Miguel lo veía como una bobada. ¿Lo habría tirado? Abrió la puerta del balcón.

¿Qué buscas ahí fuera? oyó la voz de la suegra. ¡Vamos, coge tus cosas y lárgate!

Encontró la figurita del gato, todo estaba como estaba. Ya podía marcharse.

Aquí tienes las llaves, adiós. Espero no volvernos a ver.

Isabel se fue a la oficina. Estaba de baja por enfermedad, pero pidió que le dieran vacaciones.

Estamos contigo le dijo el jefe. Pero sin ti se hace duro. ¿Con tres semanas te apañas? Quédate en…

Isabel cerró los ojos y sintió cómo la mano de Pablo la apretaba con suavidad, sabiendo que tras tanto sufrimiento, su nueva vida estaba empezando ahora.

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