¡Buenos días! saludé con timidez al ventanuco de la portería, colándome deprisa hacia los tornos.
¡Llegaba tarde! ¡Dios mío, cómo podía haberme quedado dormido! ¿Qué pensaría ahora doña Herminia?
El conserje, don Rufino, que solía echarse una cabezadita en su cabina, se enderezó al verme, sacó pecho y fingió una gravedad excesiva mientras toqueteaba unos papeles dispersos encima del escritorio.
Sí, Estrellita, buenos días también. Pero me soltó el hombre todos ya están en sus puestos, llegas con retraso
Pero yo ya no lo escuchaba; subí las escaleras a toda prisa, paré solo un instante para recobrar el aliento, me acomodé el flequillo y seguí con paso nervioso.
Al llegar al despacho abrí la puerta con precaución.
¡Buenos días! saludé a todos, y especialmente a mi jefa inmediata , perdón, no volverá a suceder
Doña Herminia arqueó sus finísimas cejas, perfectamente perfiladas: pura indignación.
¿Que no se repetirá, Mercedes García? Lleva usted en periodo de prueba y ya vulnera la disciplina laboral. ¡Increíble! Me gustaría hacerle redactar un escrito, pero no tengo tiempo que perder. ¡Póngase de inmediato a trabajar! ¿Y por qué me mira así, como si hablase en mandarín?
Asentí en silencio, y no quedó claro si aceptaba su reprimenda o el supuesto chino.
Doña Herminia Palacios, jefa de contabilidad, era la decana de la empresa, testigo y constructora de sus cimientos, amiga cercana del director. Decían que era como una madre para él, pero nadie afirmaba saberlo seguro.
Herminia era el ejemplo mismo de la elegancia y la dignidad. Siempre con traje de lana en invierno, de algodón ligero en verano, gafas colgando de una cadenita dorada, peinado sobrio, cada pelo en su sitio, acorde siempre con la edad; sus salones hacían lucir aquellas piernas que, decían las lenguas, le envidiaban las demás. Y entre sus dedos finos, el teclado parecía música, llenando la pantalla de cifras y palabras.
Yo, Mercedes Galán, acababa de entrar. Temía a Herminia. La veía como el poder en la sombra, el rival oculto. ¿Por qué? Ni yo misma lo sabía, era la intuición, y la intuición pocas veces falla.
Cuando acudí a la entrevista, don Aureliano Ballesteros, el director, habló primero conmigo y luego llamó a Herminia. Ella, tras hojear mi currículum, me atravesó con la mirada. Bajé los ojos, y Herminia supo enseguida que yo era otra más blandengue, de las que abundábamos aquí. Nada grave.
Mercedes, han dejado unos informes en su mesa anunció Laura, la joven auxiliar de oficina, desde la esquina . Y también…
Pero ni la escuché; me lancé a la silla, dejé el bolso, cerré fuerte los ojos y me zarandeé un poco, tan brusco todo que hasta Laura se quedó muda. Tenía el miedo y la angustia reflejados en mi cara.
¿Puedo preguntar si mañana es jornada reducida? pregunté demasiado alto, mirando a Herminia.
No grite, Mercedes contestó con displicencia Herminia. Pues no, no es corta. Y aún tiene informes pendientes, y no se olvide de la liquidación con Valladolid, lleva dos semanas atascada. ¡Acaba de llegar y ya se las quiere apañar para irse antes! Vaya invento.
Sí, sí, lo de Valladolid, lo sé, lo haré hoy ¿Pero mañana hay jornada corta? ¿Qué ha dicho don Aureliano? insistí . Laura, ¿tú sabes? ¿Tanto cuesta asentir o negar? Así yo sabría a qué atenerme, ¡de verdad! refunfuñé encendiendo el ordenador. Valladolid Lo hago ya mismo.
Herminia frunció el ceño. Parecía que yo hacía todo adrede y a un volumen imposible. Ya me había levantado para ir a por una bolsita de té y azúcar moreno de caña, de ese que ella solo admitía. El termo eléctrico y la cajita de galletas, ahí siempre, como dictaba Herminia.
Ella solo bebía té negro, solo tomaba azúcar moreno y solo comía galletas de una marca concreta. Y nadie osaba cambiar la costumbre. Había que adaptarse.
La anterior a Laura era una chica demasiado respondona (eso decía Herminia). Ya no estaba. Y Laura era ahora la nueva: tranquila, madre soltera, siempre agobiada y con sentimiento de culpa por llegar justa al cole. Herminia había alimentado bien ese sentimiento, lo cultivó, por el bien de la oficina y de don Aureliano.
¿Alguien quiere té? Pongo el hervidor dije animadamente, porque para mí el té era un pequeño refugio ante el temporal de responsabilidades. Las cosas siguen ahí, sí, pero con una taza caliente entre las manos todo es más llevadero.
Laura se encogió de hombros, nerviosa. Herminia puso los ojos en blanco.
¡Por Dios! ¿Té ya desde la mañana? Mercedes, espabile, por favor me reprendió.
Lo siento, pero lo necesito… añadí mientras echaba agua al vaso.
Herminia hojeaba sus papeles con creciente irritación.
Desde que don Aureliano, a quien tanto estimaba Herminia, comenzó a mostrar simpatía hacia Mercedes Galán, todo había ido a peor. No llevaba ni una semana y el jefe ya le había ofrecido un taxi gratis y la había convocado varias veces al despacho ¡Vaya caradura! Y desde la entrevista ya le guiñaba el ojo. ¡Intolerable!
Y el propio Aureliano, ay, sin rumbo, como afectado por la primavera…
«¿Te acerco a casa, Mercedes? Aquí tienes una silla ergonómica, no vayas a dolerte de la espalda ¿Te apetece un café?»
Mercedes parecía ruborizarse, pero seguro que en el fondo le gustaba el jueguecito. ¡Descarada!
Y el resto del equipo: atónitos.
Decir el resto del equipo era, en realidad, decir yo, Herminia. Porque con Aureliano trabajaba desde los inicios: le había visto fundar la empresa, había contado sus primeros euros, recibido de él detalles en forma de viajes y exquisitos recuerdos. Muchas tardes, quedaba con él en su despacho, fumando un pitillo fino y viendo desde la altura la ciudad encendida, ríos de tráfico iluminando la noche madrileña. Sentía que guiaba aquel torrente, que era la arteria principal.
Herminia expulsaba el humo despacio, con una sonrisa. Imaginaba que en cualquier momento, Aureliano la rodearía con una manta de cuadros, la llamaría mamá y le haría sentir el calor de un hogar. La manta la vio en El Corte Inglés y, justo cuando iba a comprarla, Aureliano le contó que se casaba… ¿Por qué le contó eso de sopetón?
Aquel día, sorprendida, hasta lloró un poco. ¡No sabía que él saliera con nadie! Se lo habría dicho, ella solo habría querido ayudar…
Aceptó la invitación a la boda y se mantuvo digna. No llegó a despedirse de él esa noche. La esposa no le convenció: mucho lujo, cero formación. Adivinó que no duraría y acertó por unos meses: a los dos años y medio Aureliano se divorció.
No pasa nada, Aureliano, hay vida por delante. Encontrarás una mujer de verdad le consoló, sentada después de hora en su despacho, copa de brandy en mano.
Él, con el rostro cansado:
No sé, doña Herminia No sé si la vida familiar es para mí.
Ella le animó, asegurando que todo llegaría, que debería ser más selecto. Y ella, por supuesto, le ayudaría a elegir bien la próxima vez. Aureliano, escéptico, no se dejó arropar ni tratar como a un hijo, pero Herminia le disculpó.
Vinieron después amoríos, nunca en serio, todas ahuyentadas a tiempo por Herminia. Por su bien.
Aureliano, ilusionado con comprar una casa en la sierra, solo confiaba en Herminia para asesoramiento. ¿Por qué no? Era huérfano, solo. ¿Quién mejor si no la decana de la firma para velar por él?
Aquí en agosto es un horno, ¡ni dormir se puede! sentenciaba Herminia tras ver una promoción. Al lado del río es peor por los mosquitos. Y ese, parece el castillo de Drácula, don Aureliano, ¿no le parece?
Le gustaba llamarle por el nombre completo; veía como él se erguía, todo orgullo. Herminia deseaba poder ser considerada madre adoptiva. Pero todo debía parecer natural.
Le mimaba sin empalague, se lo trabajaba con picardía; y Aureliano, en el fondo, se dejaba querer. Si la compra iba bien, todos contentos: jardín, flores, fruta fresca de los aldeanos Herminia hasta soñó con tener un perrito pequeño, de esos de bolso, al que pondría de nombre Jacinta.
Pero Mercedes volcó el té.
¡Pero qué desastre es usted! exclamó Herminia. ¡A salvar los papeles, rápido! ¿Se queda ahí mirando? ¡Limpie esto inmediatamente!
Pero Mercedes se quedó petrificada, con la mancha en la falda y los ojos acuosos.
Laura, trae trapos antes de que esta nos arruine el despacho se alzó Herminia, apartó a Mercedes de un empujón, y barrió todos los informes que pudo.
Y encima llora masculló, aprovechando para anunciar la decisión. ¡Voy a exigir su despido! ¡Ni preparación, ni cuidado, ni nada!
Mercedes se marchó sollozando; Laura la siguió con la mirada, con ganas de consolarla, pero Herminia no lo permitió.
¡Laura, a tu puesto! soltó, desterrando la compostura por el tono agrio y el par de pendientes de ámbar balanceándose . Sienta y trabaje.
Laura la obedeció: una hija y deudas. No podía arriesgarse.
Cuando Mercedes regresó, se hundió en su labor, fingiendo ignorar tanto las miradas compasivas como las hostiles.
Herminia había mandado ya un mensaje a Aureliano, pidiendo sustituir a Mercedes. El director no respondió.
«Estará ocupado. Hablaremos a la hora de comer», se calmó la contable.
Y llegó la comida. Laura y Mercedes bajaron juntas a la cafetería, mientras Herminia se quedaba para tomar sus gotas homeopáticas, que le conseguía Aureliano. Y recordó de pronto los dos billetes que había comprado para la ópera: Carmen, en el Real no pudo ser, así que optó por el Teatro de la Zarzuela.
Había que sacar a pasear a Aureliano, volver a lucirse juntos, como haría un buen hijo…
Herminia tomó sus gotas y, malhumorada por el sabor, cogió el bolso y bajó.
El bullicio en el comedor era infernal, todos los empleados del edificio reunidos; algunos foráneos, con caras coloradas por el frío, deambulaban buscando hueco. Herminia no los soportaba; para ella era su comedor, nada de intrusos.
Ah, ahí está Aureliano, pero qué manía de esperar cola. ¡Podría comer en su despacho! masculló mientras se acercaba.
Aureliano la saludó distraído:
Herminia, estoy bien aquí, va bien cambiar de ambiente le respondió.
Él miraba a todas partes, como buscando a alguien más.
Herminia pensó qué apuesto estaba ese día. ¡Qué guapo su Aureliano!
Mire, Aureliano, tengo dos entradas para la ópera, Carmen. Siempre me ha encantado golpeteó la ensalada con el tenedor.
¿Ópera? Yo no soy muy de ópera zanjó él, mirando a lo lejos.
Vamos a pactar: primero a la ópera conmigo, luego usted me lleva al cine. Mañana, jornada corta, salimos directos. ¿Le va bien?
¿Yo? ¿Mañana? Pues sí Bueno, no. Mercedes, Mercedes, ¡espere! y se levantó rápido, la corbata volando, abriéndose paso entre el gentío para buscar a Mercedes . Disculpe, Herminia, ahora vuelvo, coma usted tranquila.
La alcanzó y comenzó a hablarle en voz baja, con suavidad. A Herminia le pareció un insulto, verlo tan tierno con ella.
Se plantó ante ellos:
Aureliano, justo le quería hablar de la nueva. Hoy me ha estropeado la contabilidad trimestral, la ha bañado en té, ha llegado tarde, pregunta si mañana es jornada corta… Pienso que fue un error contratarla. Mejor centrémonos en la ópera y quiso añadir el despido de Mercedes, pero…
El director parecía no oírla.
Te llamo y no contestas ¿Te he ofendido? Disculpe, Herminia, pero ahora no estoy en el trabajo, luego hablamos, por favor. ¡Mercedes! ¿Qué te pasa?
Todos en la sala miraban.
Herminia quiere ir a la ópera. ¿Vendrás conmigo, Mercedes? No es lo mío, pero si es contigo…
Herminia enrojecía de rabia. Con ella no, pero con Mercedes sí ¡y encima con sus entradas!
Disculpe, no voy a ningún sitio, solo quiero irme a casa murmuró Mercedes . Me siento fatal, me duele la cabeza, no lo soporto. He estropeado los papeles, no atino, tengo mil cosas en la cabeza… Si decide despedirme, lo aceptaré. Solo déjeme irme a casa.
Tenía la mano fría y húmeda. Cuando Aureliano se enferma, siempre tiene las manos frías; Herminia dice que son los vasos.
Mejor que la deje irse. Para siempre. Esto jamás había pasado en esta empresa añadió Herminia . ¡Vaya descaro! El tiempo con esta chica es tiempo perdido, Aureliano.
Intentó llevárselo del brazo, pero él se zafó y la miró como a una extraña.
¿Pero qué ha pasado, Herminia? No se ponga así, no merece la pena. Vuelva a su despacho, lo solucionaré. Y, por cierto, no podré acompañarla a la ópera. Busque a otra persona. Mercedes, venga, abríguese, vamos al médico. Los oídos son vitales Si no nos entendemos por palabras, lo haremos por gestos, ¿vale?
Se llevaron a Mercedes al ascensor, Aureliano entró en el despacho para cogerle el abrigo, saludó a Laura, la felicitó por su dedicación.
Y Herminia quedó allí plantada ante las puertas giratorias del edificio, apretando entre las manos las entradas para Carmen, su ópera favorita, que tanto había anhelado disfrutar con Aureliano.
Despabilando, subió al despacho, recogió sus cosas y se fue a casa. Laura la observó y no acertaba a entender quién marchaba y porqué. ¿A todos los había dejado irse, o solo a Mercedes y a la contable? Y si solo a ellas, ¿por qué?
Sin respuesta, Laura se sentó en la silla de Herminia, giró sobre ella, hizo muecas, suspiró y optó por prepararse un té…
¿Herminia? Don Aureliano apareció por la puerta con gesto de sorpresa. ¿Tan tarde aquí? Rozan ya las once, ¿por qué no está en casa? ¿Quiere hablar de algo del trabajo? Yo prefiero mañana…
¿Yo…? No, no viene al caso el trabajo. Quería explicarme, Aureliano se aventuró Herminia, entrando lentamente en el hall; él colgó su abrigo junto al de Mercedes. Hice el ridículo en el comedor, me pasé. Tal vez me despida, está bien, pasé los límites, tenía mucho miedo a hacerlo espetó, esforzándose en poner gesto de tristeza y culpa.
Mejor si explicamos esto en la cocina. Silencio, Mercedes duerme, los oídos fatal, por suerte el medicamento ha surtido efecto. ¿Quiere café o té? le propuso él mientras cerraba la puerta de la habitación y la guiaba hacia la cocina. Tengo algo de tarta, ¿le apetece?
Herminia asentía distraída. Ahora todo lo que él le ofreciese le sonaría a gloria.
La cocina era amplia, moderna, con una lámpara de cristal y una isla central que Herminia adoraba. Se imaginaría horneando para Aureliano, acogiendo a sus amigos Su delantal colgado en el perchero.
Té, gracias, me duele un poco la cabeza frotó sus sienes . No quiero nada de comer, es tarde, ni es sano.
Té entonces. Yo igual preparó el agua, las tazas grandes, y sacó unos dulces del frigorífico. Sirva. ¿Qué me quería decir?
Aureliano De joven cometí una gran estupidez, quise vengarme de alguien y solo me hice daño, me quedé sin poder tener hijos. Eso marcó mi vida. Mi marido se fue y tuvo hijos con otra; yo, solo imaginé paseando niños que nunca tuve, soñando con ayudarles a lavarse las manos. Con el tiempo acepté mi soledad. Pero entonces llegaste tú, confiaste tanto en mí, te acercaste tanto que llegué a creer que podríamos ser madre e hijo. Eso de tu boda, la compra del chalet, esos detalles me hicieron perder la cabeza. Me embargó el deseo de protegerte. Me alegré de tu divorcio , confesó con voz que pasó de apenada a firme y casi despectiva . Pero me equivoqué contigo, Aureliano. Nunca podrías ser mi hijo porque eres inmaduro, de mal gusto, poco exigente. Aloeja tus casas a la vulgaridad, y esta cocina no vale nada. Y si te casas con Mercedes, me voy. ¿Lo entiendes?
Él callaba, la ceja fruncida, esperando a volver con Mercedes. No le importaba el juicio de Herminia: nunca pensó en ella como madre.
Lo entiendo, doña Herminia.
¿Y entonces? ¿Cambiará todo a como fue antes? preguntó ella, anhelando el consuelo del hogar que nunca fue.
Como antes, nunca; ha acabado. Firmaremos la liquidación, le pagaré tres meses y… nada más. No llore, usted misma ha construido la fantasía sentenció él . Yo crecí en un orfanato, sin madre ni promesas. Usted ha sido gran profesional en la empresa, nada más. Le ruego que se marche.
Ella palideció, se levantó con la cabeza alta, avanzó hacia el perchero.
¿Puede llamar a un taxi, por favor? No quiero molestar más.
…
Pasaron cuatro meses antes de volver a verla: se presentó a la salida del registro civil y, antes de que la rechazaran, entregó a Aureliano y Mercedes la famosa manta de cuadros.
No, no digan nada, por favor. Esto es para su hogar. Siempre quise que abrigaras a tu mujer así explicó Herminia y desapareció.
Ella compró una igual y por las noches se cubría con ella. Jubilada, pasaba días pensando nombres para los hijos no nacidos de Aureliano, esperando que Laura que se despidió y ni siquiera la avisó le llamase para el nacimiento.
Poco después, Aureliano se llevó a su esposa a otra ciudad, y Herminia seguía las noches de invierno frente a la ventana, esperando una llamada de Laura y eligiendo los nombres de nietos que nunca tendría…






