— ¿Cuándo podremos mudarnos a su nueva casa? — preguntaron directamente las suegras. — ¿No lo ha entendido? — se tensó Irene. — Pues ya han terminado todo, así que hemos decidido que pronto nos invitarán a su hogar.

¿Cuándo nos mudamos a vuestra casa nueva? preguntan los suegros sin rodeos.
¿No me he entendido? se tensa Irene.
Ya que habéis terminado todo, suponemos que pronto nos invitaréis a vivir con vosotros sugiere Óscar.

Nicolás, ¿te das cuenta de que esto sobrepasa todos los límites? Irene ya no controla la emoción, sobre todo porque su marido finge no comprender por qué ella se ha alterado.

¿Tal vez lo han planeado todo para que Irene dedique años de su vida a la obra, invierta todo el dinero que ha ahorrado y al final la abandonen sin nada?

Los jóvenes no siguen el ejemplo de sus compañeros y compran pisos diminutos a precios desorbitados. Cuando Nicolás y Irene se conocen, deciden que en el futuro construirán su propia casa. Eso resultará más barato, rápido y rentable. En vez de treinta metros cuadrados obtendrán ciento treinta por la misma suma.

Allí habrá espacio para los niños y podremos tener mascotas sin problema celebra Irene.

Por suerte ya disponen de un solar. Pertenece a la tía Carmen, quien lo ha traspasado a su sobrina tras conocer la seriedad del proyecto de la pareja.

No os he regalado nada en la boda, así que este será mi obsequio: un lugar donde vuestros hijos puedan crecer dice la tía el solar lleva vacío veinte años; a ver si os sirve.

No todo es sencillo, pues para ahorrar la pareja asume algunas fases de la obra. Trabajan después del horario, los fines de semana e incluso bajo la lluvia.

Irene hereda el dinero de la venta del piso de su abuela y lo invierte en la construcción.

Cuando, finalmente, la casa está lista, comprenden que cada minuto de esfuerzo ha valido la pena.

Claro que la vivienda no está terminada al cien por ciento; quedan detalles de obra y de acabado. Pero el hecho de que ya se pueda vivir allí llena de entusiasmo a los novios.

Empiezan a pasar noches en su nuevo hogar y a invitar a amigos. Irene se lamenta solo de una cosa: los padres de Nicolás no le han echado una mano, a pesar de que ella les ha pedido ayuda en varias ocasiones.

Los suegros siempre tienen asuntos muy importantes y no pudieron ayudar ni con la instalación del cerco, ni con la plantación del abeto, ni siquiera con la entrega del frigorífico. Además, poseen un todoterreno con remolque el vehículo imprescindible para los trabajos fuera de la ciudad. Por eso, al final, la pareja paga la entrega.

¿Estarán siempre ocupados? ¿Y con qué? Son pensionistas, ¿no? se pregunta Irene.
No van a mentir responde Nicolás encogiéndose de hombros.

Irene entiende que, probablemente, los suegros sí están ocupados, pero que sus tiempos no coinciden con los de la pareja. Un pequeño gusano de duda le ronda la cabeza.

Irene, hoy entregan el televisor nuevo. ¿Lo recibes? dice Nicolás mientras se prepara para ir al trabajo y muerde un bocadillo en la cocina recién iluminada.
Sí, claro. ¿A qué hora llegan? responde ella.
Dicen que entre las tres y las ocho de la tarde. Te he dado tu número y prometieron avisar una hora antes.
Perfecto. Aquí tienes el almuerzo para llevar.
Gracias, ya voy le da Nicolás un beso en la mejilla y sale raudo al recibidor.

Alrededor de las cuatro suena el timbre.

Irene, segura de que es la entrega, se sorprende al ver que no han llamado antes como prometieron.

Abre la puerta y se encuentran sus suegros: Lilia Martínez y Óscar Rodríguez.

¡Ay! se queda sin palabras Irene.
¡Hola, Iri! ¿No nos reconoces? ¡Nos vamos a quedar ricos! ríe Lilia.
Perdón, sí os reconozco, solo no esperaba que vinierais.
¿Nos dejaréis entrar? guiña el ojo Óscar.
Claro, pasad dice Irene, sonrojándose.

Los suegros cruzan la amplia sala que se abre a la cocina y miran a su alrededor.

¡Qué belleza tenéis aquí! exclama Lilia. Bien por haber construido una casa en vez de comprar un piso. ¡Una casa es sólido, amplio! ¡Habrá sitio para todo!
Sí asiente Irene.

¿Cuándo podremos mudarnos a vuestra casa nueva? vuelven a preguntar los suegros.
¿No me he expresado bien? se tensa Irene de nuevo.
Ya que lo tenéis todo listo, pensamos que pronto nos invitaréis a vivir con vosotros comenta Óscar.
No habíamos pensado en una casa para cuatro personas se avergüenza Irene, desconcertada por las preguntas.
¿Qué, que seamos reyes? ¡Con una habitación nos basta! se ríe Óscar.
Nosotros, Iri, vamos a solicitar una pensión complementaria y a alquilar nuestro piso, ya que ahora tenemos techo explica Lilia.
¿Lo habéis hablado ya con Nicolás? le molesta a Irene la idea de los padres de su marido.
No, pero él no se opondrá, estoy segura.

Irene se queda boquiabierta ante tal desvergüenza. Nunca habían respondido a sus pedidos de ayuda y ahora quieren mudarse a su casa y, además, ganar algo con ello.

La joven no encuentra fuerza para rechazar a los suegros, pero confía en Nicolás.

¿Somos extraños? se indigna Óscar. ¡Al menos ofrecednos un té!
Por supuesto responde Irene con sumisión.

Los suegros toman el té despacio, acomodándose en la mesa del comedor cuando suena el teléfono.

El repartidor pide disculpas por no haber llamado una hora antes y avisa que ya está frente a la puerta.

Irene abre para recibir el televisor. Los mensajeros ayudan a entrar la gran caja y se despiden cortésmente.

¡Vaya, qué enorme! exclama Óscar. ¿Dónde lo colgaréis?
Aquí señala Irene una pared vacía.
Perfecto, nos sentaremos al atardecer en el sofá a ver las noticias.

En realidad no planeábamos poner antena.
¿Y entonces qué vais a ver? ¿Una pantalla en blanco?
No, series, películas y apps. Ya nadie mira la tele sin plataformas; solo los mayores dice Irene encogiéndose de hombros.

Entonces somos nosotras se ríe Lilia. Hablaré con Nicolás para que nos pongan la antena.

Irene cuenta los minutos hasta que llegue Nicolás, rezando para que no se retrase en el trabajo. Por suerte, llega a la hora.

¡Mira, ahí está Nicolás! exclama al oír el motor de su coche.

Irene corre al recibidor para recibirlo.

Tus padres han venido y quieren mudarse con nosotros le susurra, abrazándole el cuello.
¿¡Qué!? grita él.
Tranquilo, te lo explicarán.

¿Desde cuándo? pregunta Nicolás.
Llegaron a ver la casa, nos ha encantado comenta Óscar satisfecho.
¿Cómo? Si una bebé va a nacer y ya no habrá sitio advierte Nicolás.

¡No te preocupes! Tenéis dos habitaciones más arriba interviene Lilia.
Sí, una para niños y otra para visitas. A veces los amigos se quedan a dormir, hacemos fiestas somos jóvenes, ¿no? sonríe Nicolás.
A nosotros no nos gusta el ruido dice Lilia mirando a su hijo.
Entonces tendréis que ser más silenciosos acepta él.

¿Por qué? se extraña Nicolás.
Ya se lo hemos dicho a Irene: queremos mudarnos, alquilar nuestro piso y ganar un poco afirma Óscar con seguridad.
A nosotros no nos queda sitio responde Nicolás.
Hijo, ¿cómo es posible? ¿No habrá espacio para los padres? exclama Lilia con voz melancólica.
¿Y vosotros habéis encontrado tiempo para ayudarnos? Ni el frigorífico entregaron. Nunca habéis venido y ahora queréis ganar dinero con nuestra casa. No, papá, no será así. Te quiero, pero no cabemos. dice Nicolás.

Óscar y Lilia se miran.

Vamos, Lilí, ya nos toca irnos dice el padre con brevedad.
Vamos.

Los suegros se levantan en silencio y se encaminan hacia el recibidor.

Cuando se van, Irene se lanza a los brazos de Nicolás.

Muchísimas gracias. La verdad temía que te pusieras del lado de ellos confiesa.
¿Por qué lo haría? Te he visto frustrada cada vez que se negaban a ayudar. No pienso aceptar sus excusas de queremos ganar dinero alquilando.
Gracias se aferra aún más a él.
No hay de qué sonríe él. Mejor véndeme la cena como agradecimiento.

¡Qué viva la familia! piensa Irene mientras cierran la puerta, celebrando su propio hogar castellano, construido con sudor, amor y euros.

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— ¿Cuándo podremos mudarnos a su nueva casa? — preguntaron directamente las suegras. — ¿No lo ha entendido? — se tensó Irene. — Pues ya han terminado todo, así que hemos decidido que pronto nos invitarán a su hogar.
¿Te has sentido herida? —Ya me he arrepentido trescientas veces de haberme lanzado a esto. No tengo fuerzas, mamá —dijo Victoria con desesperación, tratando de hacerse oír por encima del llanto de su hija—. Así estamos de la mañana a la noche. Y toda la noche, también. Ya ni recuerdo cuándo dormí bien. Ayer puse la tetera al fuego y me quedé dormida sentada en la silla… —Ay, hija, ¿qué le vamos a hacer? —suspiró doña Galina—. Todos los niños pequeños lloran. La madre no captó la indirecta, y Victoria decidió hablar claro. —Mamá… Te lo ruego: llévatela aunque sea un par de horas. O ven y quédate con ella, que yo pueda dormir aunque sea un poco. Ya no sé ni lo que hago. Todo me va en una nube. —Vicky… —el tono de la madre cambió de compasiva a condescendiente—. No te lo tomes a mal. ¿Para quién la tuviste? Para ti. Pues apáñate. Cuando crezca un poco, ya será más fácil. Yo a ti te crié sin pañales ni esas ollas eléctricas vuestras, y aquí estamos. Además, con este tiempo, mi tensión no deja de subirme. Encima me vas a querer a mí por ahí desplomada a tu lado. Victoria alzó las cejas, desconcertada. No esperaba esa respuesta y ni siquiera supo qué decir. —Bueno, vale, voy a lo mío… —murmuró y colgó. Sintió un frío en el pecho. Desapareció aquella sensación infantil de seguridad, esa certeza de que mamá vendrá y lo arreglará todo si la llamas. Y aún así, Victoria ni podía protestar. ¿O sí? …Victoria renunciaba a menudo a sus propios planes para contentar a su madre. Todos los fines de año, por ejemplo. Primero, cuando la invitaban sus amigos. Luego, cuando solo quería pasar una velada tranquila con su marido. —Ya, ya lo veo… —suspiraba la madre cuando Victoria le contaba sus planes para las fiestas—. Pues nada, que lo pases bien ahí. Yo estaré aquí sola, sola —remarcaba doña Galina—. Una se pasa la vida criándoos, y luego los días señalados los pasa uno en soledad… —Mamá… No es para tanto, si el uno nada más levantarme voy para allá. —Bueno, yo no digo nada… Esperaré. Ni voy a celebrar nada —contestaba con otro suspiro—. ¿Para qué? No tengo con quién. Me acuesto a las nueve, me levanto por la mañana y ya está, se acabó el Año Nuevo. Y cada vez Victoria cedía y se iba a casa de su madre. ¿Cómo iba a dejarla sola? Que los amigos se diviertan, que canten, que enciendan bengalas. El romanticismo puede esperar, ya habrá momento. Lo importante era que mamá no se sintiera triste. Y eso no era el único problema. A doña Galina le encantaba tener a su hija siempre pendiente de su salud. Si algo no iba bien, no iba al médico, pero armaba el drama con Victoria. —Tengo la tensión por las nubes, hija. Creo que me voy —la llamaba angustiada. —Mamá, voy para allá, pero llama al médico. No es ninguna tontería. —¿Qué médico ni qué médico? ¿Y qué me van a hacer? ¿Llevarme al hospital? ¡Si ahí no hay médicos decentes! Mejor intentamos solucionarlo nosotras. Tú me pinchas, y si veo que me pongo peor, entonces llamamos a urgencias. Doña Galina no se fiaba ni un pelo de los médicos y se irritaba si la hija sugería llamar a una ambulancia. Pero sí creía que cualquier ataque podía pasarse con un masaje en los pies, compresas con vinagre y —sobre todo— el cuidado de Victoria. Y así la hija, una vez más, suspendía sus planes, cancelaba citas, salía del trabajo corriendo. Aunque supiera que no podía hacer nada realmente y sólo se pondría de los nervios. ¿Cómo iba a dejar sola a su madre en ese estado? Le remordía la conciencia. Pero la conciencia de doña Galina sí que estaba tranquila. Y eso que ansiaba nietos casi tanto como Victoria… —¡Pues la hija de Lupe ya tiene a la nieta en primaria! —lamentaba en cada comida familiar—. ¡Y la Valeria ya está con el segundo! Yo soy la única, como una alma en pena. ¿Cuándo vais a darme un nieto? ¡Quiero disfrutar de uno antes de morirme! Y ahora… Ahora que la nieta era un ser real, con rabietas y problemas, la abuela desapareció del mapa. A Victoria le dolía. Para ti la has tenido, decías… Ya se acordará de esa frase. Los siguientes meses fueron como el día de la marmota. Victoria ya no sabía si era lunes o jueves. Todo funcionaba igual: darle de comer, lloros, tratar de dormirla, un rato de olvido, más llantos. Doña Galina permanecía en la vida de su hija pero al nivel de una antigua conocida. Una vez por semana llamaba y preguntaba: —¿Y qué tal? ¿Va creciendo? Pero en cuanto la nieta lloraba al fondo, la abuela se esfumaba. —Ay, Vicky, perdona, pero tengo dolor de cabeza. Y hay mucho jaleo por ahí… Cuídate, cariño, ser madre es duro —colgaba. Y Victoria aprendió a sobrevivir sin su madre. Su suegra, Olga, era dura pero buena. No prometía oro, pero cuando vio que su nuera parecía un panda de tanto no dormir, empezó a venir cada sábado, su día libre. —A dormir —ordenó—. Me llevo a Alicia al parque. Volveremos en tres horas. —¿Al parque? ¡Si va a llorar! —No pasa nada, no soy de azúcar. Tú duerme. Fue Olga quien aconsejó buscar una niñera de vez en cuando para un par de horas y quien, además, puso el grito en el cielo: —Llora demasiado, esto no es normal —dijo la suegra. Y ni corta ni perezosa, las llevó a un pediatra particular y pagó las pruebas. Pronto llegó el diagnóstico: —Tiene reflujo, pero es tratable. A las dos semanas, la paz llegó por fin al hogar de Victoria y Pablo. Alicia dejaba de arquearse y de llorar. Dormía tranquila. El tiempo volvió a correr. Alicia dejó de ser la caprichosa y se convirtió en esa nieta de hoyuelos y lazos que sueñan las abuelas. Llegó diciembre. Doña Galina, que sólo veía a Alicia por videollamada, notó los cambios. Ahora la nieta jugaba, reía. Y justo entonces la abuela decidió reaparecer. —Vicky, ¿qué os preparo para cenar? —preguntó con dulzura antes de Nochevieja—. ¿Venís este año, no? —¿Con Alicia? Pero si te cansas con los niños pequeños… —Bah, ¡si ya es una señorita! Y tranquila. Le he comprado una muñeca, decoraremos juntas y haré un buen cocido. Que Pablo lo adora. Antes, Victoria habría saltado de alegría, organizando con mamá el menú. Ahora, todo estaba… tranquilo. No sentía ni rabia ni pena, solo algo frío por dentro. —Mamá, no iremos. —¿Cómo? —se indignó doña Galina—. ¿Y a dónde vais? ¿O es que os quedaréis en casa? —Vamos a casa de Olga. Celebramos con ella. —¿Con Olga? —dijo asombrada—. O sea, te vas con una extraña y tu verdadera madre se queda sola en Nochevieja… —Mamá… no te ofendas, pero Olga estuvo aquí cuando Alicia lloraba sin parar. Cuando me volví loca. Nos quiso incluso cuando éramos un desastre, y tú… tú misma dijiste que la críe yo sola. Pues también elijo con quién pasa mi hija el Año Nuevo. Hubo un silencio. —¿Te has enfadado entonces? ¿Es esto venganza? —preguntó doña Galina—. ¡Qué vergüenza! Tu madre, sola, viejita… Días sin dormir por ti y ahora tú… —No es venganza, mamá. Simplemente elijo lo mejor para mí. Y, por cierto, eso lo aprendí de ti. Su madre seguía lamentándose pero Victoria colgó. No quería más discursos sobre hijas desagradecidas. Suspiró, dejó el móvil y fue al dormitorio. Allí, sobre la alfombra, su marido jugaba a construir con la niña. Alicia reía, derribando la torre. Victoria se detuvo en la puerta y sonrió. Sentía un poco de tristeza, pero era de la buena, la de cuando limpias a fondo y tiras los peluches viejos para hacer sitio a algo nuevo. Y, claro, no pensaba romper con su madre para siempre. Solo había dejado de traicionarse a sí misma. Había dejado de correr a la primera llamada de quien sólo está cuando brilla el sol, y ahora elegía a quienes sostienen el paraguas cuando el cielo truena.