Amor verdadero
¿Qué haces aquí, Luisa? ¿Por qué andas dando vueltas en la puerta del registro civil? preguntó doña María del Rosario a la chica que se escondía bajo el alero.
¿Y usted adónde va? contestó, confundida, Luisa. Sacó su DNI del bolsillo de la chaqueta. Veníamos a verle Tenemos que presentar una solicitud
¿Veníamos? ¡Yo me voy a casa, niña! ¡Ya terminó el horario! ¡Mira el reloj! doña María del Rosario se abotonó la gabardina. Había refrescado de golpe en la calle, el cielo, que durante todo el día fue de ese azul profundo del que hablaba su madrecielos altos, decía, aunque ella jamás entendió si podían ser bajos alguna vez, se había llenado de nubarrones y amenazaba tormenta. Las piernas de doña María, bajo las medias de nailon, se cubrieron de escalofríos.
A su lado, Luisa también temblaba de frío: llevaba el vestido más bonito, unas sandalias, una chaquetita ligera, y ahora el viento atravesaba a la muchacha hasta los tuétanos.
¡Tienes los labios morados, Luisita! Anda, vete a casa, pon la tetera, fríete unas patatas y sírvelas con unas lonchas de chorizo o lomo. ¡Eso sí reconforta! sacudió los hombros doña María. O lee un libro. Pero no estés aquí de pie, gastando los tacones a lo tonto. Empezó a caminar hacia la parada del autobús, pero de repente se giró y preguntó severa:
¿Qué solicitud ibas a presentar, hija? ¿Y ese veníamos, quién es?
Veníamos yo y Carlos Moreno murmuró Luisa, sonrojándose. Nos casamos. Carlos dijo
“Carlos dijo” repitió burlona la tía María, entornando los ojos. Ese Carlos tuyo es puro aire. Harías bien en no hacerle tanto caso. Venga, vete a casa, Luisa. Y da gracias que no ha venido, así no arruinas tu vida. Busca un buen hombre, sensato, decente, inteligente. Ya tendrás tiempo de saltar con el velo, de estar frente a la vitrocerámica y de soltar lagrimones porque tu marido ni te mira. Bueno, esto último olvídalo, ¡no siempre es así! bajó la mirada, temerosa de que la joven adivinase lo que no marchaba en su propia casa. No es que fuese malo simplemente era NADA. Su marido, Juan, se tumbaba en el sofá cada noche, callado, girándose de vez en cuando, mientras los muelles chirriaban, oxidados como el mueble y como la costumbre. Juan solo recordaba que tenía esposa a la hora de cenar. ¿Eso es vida? Y bien que se amaron, se miraban sin cansarse, y luego vinieron los hijos Juan presumía cuando fue a buscarla al hospital con coche, a todas las enfermeras les llevó flores y bombones, y se fundió media nómina. Entre todos sus compañeros le regalaron otra parte. Y después, nada, cumplieron la cuota, y lo que quedó fue ese vacío indiferente. ¡Sólo por los niños estuvimos juntos los últimos quince años!, pensó amargamente María. Y por el qué dirán, quizás Ahora, todo el mundo se divorcia en dos tardes, antes ni abundaban los hombres para ir cambiando de pareja cada estación, ¡y daba vergüenza airear la ropa sucia en público!”
Doña María se casó joven, a los veinte. Luisa tiene ahora diecinueve Seguro el mismo destino, pensó. Mientras arde el pecho, parece que no hay nadie en el mundo mejor que tu amor, pero cuando sólo quedan rescoldos, te preguntas por qué corriste tanto.
Pero, tía María, ¡Carlos es bueno y cariñoso! protestó pisando fuerte Luisa. Empezó el trueno, la lluvia amenazaba. Dijo que nos casaríamos hoy. Seguro se retrasó por el trabajo.
¡Claro! El trabajo Ay, Luisa, si yo tuviera tu juventud y tú mi cabeza Ya es tarde, id a casa. Viene tormenta, ¿oyes? ¡Desde el oeste, en agosto! Como si llegara el Juicio Final María se persignó. ¿Recuerdas a la tía Pili? La del portal de al lado. Luisa asintió. Pues un rayo le cayó en el paraguas, la atravesó todos los huesos, desde entonces anda un poco tocada. En fin, me voy, hasta mañana, Luisa, si Carlos no cambia de opinión.
Luisa miró la figura de doña María perderse bajo la lluvia. Hundió su DNI en la mano. Y de pronto el aguacero estalló: chaqueta, vestido, la cinta de su trenza todo calado, frío como un pez.
Corrió, chocando con los viandantes, pensando que Carlos seguro había llamado al trabajo, que era un malentendido, que llegaría a casa y le llamaría. ¡Quizá una reunión u otra desgracia!
¿Luisa? ¿Por fin! oyó nada más entrar. Su hermana Rocío se asomó. ¡Corre a la ducha, pareces una gallina mojada! Pero espera, ¡ese vestido es mío! ¡Y el collar de mamá! Rocío cogió las prendas y se puso a gritar a su madre. ¡Mamá! ¡Mira lo que hace Luisa!
Rocío resoplaba y Luisa, temblando, le devolvió todo. Se fue a la ducha y cerró por dentro. No llamaría a Carlos delante de Rocío, así no tendría que oír que lo criticase.
¿Qué le pasa? apareció Carmen, la madre, con un paño de cocina. Exageras, Rocío, si ni te pones ese vestido, ¡eres una egoísta!
¿Egoísta? Que Luisa cosa sus propios trapos, ¡yo no regalo los míos! Y se fue, encendiendo la radio. Carmen suspiró.
Luisa era todo delicadeza y siempre hubo que protegerla. En la guardería lloraba si la molestaban y la madre acabó por dejarla en casa con doña Pilar, una ex-maestra que le leía novelas románticas y le ajustaba los lazos. La madre la mimaba, quería que fuese niña siempre; Rocío, sin embargo, aprendió a templarse, a defenderse y a aguantarse sola, llevando a veces a puñetazos a quien hiciera falta por defender a su hermana.
¡Le habéis estropeado con tantos mimos! decía siempre Rocío. Carmen fruncía el ceño y sólo acariciaba a Luisa en silencio. ¿Cómo no cuidarla, siendo esa última hija, su cisne blanco?
El padre, don Enrique, no intervenía mucho, sólo aseguraba que estuvieran bien alimentadas y vestidas. De la educación femenina, eso era cosa de Carmen.
Luisa estuvo largo rato en la ducha, luego se enfundó el albornoz y llamó a casa de los Moreno.
¿Carlos? susurró cuando la atendió el abuelo, Anselmo. ¿Está Carlos?
¿Carlos? Se fueron al campo, el sindicato envió a todos a ayudar a los agricultores, traerá una bolsa de coles. ¡Pero qué necesidad! refunfuñó Anselmo.
¿Campo? ¿Cómo que al campo? Teníamos cita hoy, él lo prometió Luisa colgó.
¡Niña! ¡No te pongas triste! ¡Volverá! oyó antes de que la línea quedara muda.
¿Cómo puede ser? Luisa miró a su alrededor, como si olvidase dónde estaba.
Luisa, a cenar ya. No esperaremos a tu padre hoy. Rocío, ven ya, ¿cuánto hay que llamarte? Carmen movió sillas y cazuelas.
Se sentaron apenas segundos y sonó el teléfono. Luisa se lanzó pero su madre la detuvo. Basta de nervios. Atiendo yo.
¿María? ¿Qué? No, no sé ¿Más bajo? Vale, hablo bajo
Luisa enrojeció, apretó los párpados.
¿Qué te pasa, Luisa? Rocío mascaba su filete, indiferente. ¡Eres rara, hermanita!
Al volver, Carmen afrontó el comedor con firmeza:
Luisa, ¿es cierto lo que me contó tía María?
Depende lo que haya dicho, mamá. Tía María es una chismosa, ¿no huele a podrido? Luisa se apartó el pelo del rostro.
Mírala, la inocente. ¡Rocío, tú lo sabías?
¿Qué? Mamá, ¿qué drama hay ahora? ¿Qué ha hecho nuestra hada? Rocío limpió el plato con un trozo de pan, sin importarle el qué dirán.
¡Luisa quería casarse con un tal Carlos! Menos mal que no dio tiempo ni a presentar la solicitud. ¡Rocío, basta de absorber el té como una aspiradora! Carmen golpeó la mesa. ¡Luisa, explícate!
¿Qué, mamá?
Esas locuras. Rocío, quería casarse con ese Carlos. Tía María lo vio en el registro
¡Esa mujer ni sabe lo que dice! Luisa se puso de pie. Es mala y envidiosa, ¡y ya está!
¿Y quién es Carlos? ¿Lo conoces, Rocío? Que tu hermana quiere casarse con él Carmen ignoraba los comentarios de la chica.
Vale, mamá, calma. ¿Y qué pasa, si se casaba? chasqueó Rocío. Total. ¿Cómo se llama?
Carlos. Es buen tipo, divertido. Me hace feliz y nos casaremos. ¡Lo prometió! Le quiero, le AMO Luisa palideció ante la mirada sarcástica de su hermana.
Luisa conoció a Carlos por azar, en el Retiro. No tenía dinero para un helado y él la invitó. Después subieron juntos a los caballitos, rieron y pasearon. Luisa nunca se preguntó por qué le gustaba Carlos: sólo le bastaba cómo se sentía a su lado.
Con él, era feliz. Corrían bajo la lluvia, subían a terrazas sin miedo a caerse. Un día, Carlos la hizo entrar en un palomar y besar una paloma mensajera; aún recordaba las cosquillas de las plumas en la mejilla.
Qué felicidad susurraba Luisa, sentada con Carlos en el desván, comiendo pan con sal. Da miedo.
¿Miedo por qué? él la miraba sorprendido.
Por si se termina, por si me dejas…
Nunca le decía te quiero, ni una palabra. Se besaban, sí, pero sin confesiones. Y de pronto ella hablaba de miedo al abandono…
Carlos se apenó. Luisa, tan frágil y dulce, trabajaba en una fábrica, mientras Rocío se había graduado. Ella, por no estudiar más, prefirió buscarse la vida cuanto antes, ni las súplicas familiares la convencieron.
Pero, Luisa, un futuro, una profesión suspiraba Carmen. Todos aquí graduados. ¿Tu padre, yo, Rocío? ¿Y tú?
¡Para qué! Déjame tomar mis decisiones de una vez, ¡ya soy mayor! contestaba Luisa.
Busca lo fácil decía doña María del Rosario. ¡Rocío luchó por lo que tiene! Y se resignaba.
Así, Luisa, adulta y con el DNI escondido en la mesa, se sentaba en un desván polvoriento, dejando que las migas mancharan su vestido, soñando quimeras.
¿Adónde voy a ir, Luisa? Carlos la abrazó. Mejor nos casamos dijo de pronto.
¿Qué?
Nada, mañana, en el registro, a las cinco. Yo salgo antes, tú igual. Lleva el DNI, ¿eh?
¡Carlos! se arrojó a su cuello, luego se corrigió, más recatada. Acepto
¡Faltaría más! rió él.
¿Habrá vestido?
Claro.
¿Y anillos?
Y anillos Carlos miraba a una rata que correteaba cerca y le tiró un papeles.
¿De oro? Carlos, es caro y
No pienses en eso. Después y la besó, dulce.
Después todo siempre después.
¿Le preguntaste a tus padres, sabes siquiera quién es ese chico? ¿Dónde vais a vivir? ¡¿Habéis hecho algo ya?! Carmen se sulfuraba.
¡Mamá! ¡Déjalo ya! intervino Rocío. Luisa ni es de esas.
Luisa no contestó. Pensaba que nadie la entendía. Viviría con quien le hiciera feliz, punto. Lo demás, no era asunto de nadie.
¿Y tu Boris? arremetió de pronto contra Rocío. ¿Había algo? ¡Si es mayor que papá!
Rocío se sonrojó. Eso es distinto, Luisa. Él es serio, culto, hecho y derecho. Tu Carlos es otra cosa… dijo Carmen. Pero ni ella misma creía esas palabras; Boris era un coñazo.
Pues nada, no te metas tú con el viejo de Rocío. ¡Fin!
Esa noche, Luisa soñó con un anillo de oro, comprado por Carlos, un vestido nuevo, un traje para él (que en traje seguro sería cómico, pero sería su esposo). Rocío se quedaría con su seco Boris, y Luisa, al fin, le ganaría en eso tan importante, la felicidad de mujer.
¡Qué ganas de que llegara!
Pasaron dos días, Carlos no daba señales, Luisa tras su turno fue a buscarle al trabajo para preguntar si la cuadrilla ya había vuelto del campo.
En la puerta estaba Sergio, compañero de Carlos, flaco, siempre con aire enfermizo.
Luisa, ¿qué tal? apagando nervioso el cigarro. Acabamos de volver anoche, ¿buscas a Carlos? Espera, llama.
Se fue corriendo, como un saltamontes torpe. Tras cinco minutos, salió Carlos, rascándose la cabeza. Una gata se acercaba: él le sirvió leche y la acarició.
Qué buenazo, cuida de todos pensó Luisa, ya no podía enfadarse.
¡Carlos! saludó.
El portero le dejó pasar, le agradaba ver buen rollo entre parejas jóvenes.
¿Hola, Luisa, qué tal?
Bien pero no viniste el otro día, luego llamé y dijeron que te habías ido, yo te esperé Hablaba mirando a su pecho ancho, viril, no como el de Boris. ¿Vamos hoy al registro, va? Dijiste que iríamos, compraríamos anillos y vestido. ¡Prometiste casarte, Carlos! ¿Olvidaste? Le abrazó, le besó, sin vergüenza ante el portero ni la gente ni la chica de pañuelo rojo que la miraba socarrona.
Luisa, basta, ¡que nos ven! Suéltame ¿De qué hablas? ¿Boda? ¿Tú estás tonta o qué?
¿Cómo que cuál? ¡La nuestra! Te quiero, ¿no me quieres? ¿O es que te da vergüenza? En la boda sí me besarás, ¿verdad? ¡Somos felices! ¿No?
Siguió hablando, contando sueños de banquetes, alegrías, coches y sorpresas. Carlos rompió en risa.
¡Luisa, para ya! ¿Te lo creíste? ¡Era broma! ¿Boda, anillos, restaurante? ¿Con qué dinero? ¿Qué dices? ¡Si ni te quiero! Sólo de amigos. ¡Te lo has montado todo tú sola! Lo decía mirando a la chica del pañuelo, que reía alto. El pañuelo cayó al suelo y Carlos se apresuró a devolvérselo. ¡Señorita, su pañuelo! salió tras ella.
Vaya, Carlos, resulta que eres todo un novio. ¿Nos invitas a la boda? dijo la chica, y se echó a reír.
Carlos se sonrojó y gritó a Luisa que se fuera.
Luisa, hecha lágrimas, huyó, deseando ser invisible, perdida en la sombra, hasta que todo pasara, no doliese ni quemara.
Sergio, el amigo, meneó la cabeza. ¿Por qué, Carlos? Ha sido cruel.
¡Es que se cuelga como una lapa, no entiende las bromas! ¡Agota! Carlos sólo quería a la otra, orgullosa y esquiva, la que le retaba.
Luisa no cenó. Carmen la llamó mil veces a la puerta de su cuarto.
¡Venga, hija, al menos prueba bocado! ¿Qué ha pasado? ¿En el trabajo? ¿Carlos?
¡Que no es mío, mamá! ¡Déjame! Por favor
Carmen se encogió de hombros.
Esa noche, Rocío fue a verla, con una bandeja y caramelos.
¿Luisa? ¿Puedo entrar? No haré ruido, sólo quiero estar aquí. Entró. Luisa, acurrucada, ya no lloraba, sólo suspiraba, gimoteando bajo las sábanas.
¿Qué pasa? se sentó a su lado, la abrazó. Como de niñas, cuando Luisa se colaba en su cama.
¿Me lo inventé todo, verdad? ¡Él sólo bromeaba y yo le creí! Me gritó delante de todos ¡qué vergüenza! Luisa rompió de nuevo en sollozos, luego sorbió té y se llevó caramelos a la boca para consolarse.
Pues que le den Ay, Luisa. El pobre también se asustó, chica en el registro y todo Y los hombres temen los registros civiles, hasta última hora se resisten. Sólo por gran amor ceden. Pero sois muy jóvenes, Carlos es sólo un niño, es pronto para el amor. Si es destino, os cruzaréis.
¿Y si no?
Conocerás a otro. ¡Toda tu vida por delante! rió Rocío suavemente. ¿Y tú con Boris?
¡No estaré con Boris! Me pretendía, pero le eché. Ahora, a lavarte y tómate el té, ¡te has llevado todos mis caramelos! gruñó de broma Rocío. Luisa, te quiero, y te prometo que estarás bien, ¿vale?
Vvale musitó Luisa, sonriendo…
…………
Un día de septiembre, cálido y luminoso, Sergio apareció en el portal, impecable, con una ramo de dalias gordas y moradas.
Hola, Luisa. Te las traigo por tu cumpleaños. Tengo entradas para el cine, ¿vienes?
Luisa no podía creerlo, seguía parpadeando muda.
Irá, irá Pero comportaos, ¿eh? intervino Rocío por detrás y se volvió hacia Sergio. ¿Tú cómo te llamas?
Sergio.
Encantada. Y tú, Luisa, sal a respirar aire fresco, que Sergio te hará compañía, ¿verdad?
S-sí se sonrojó él
Se casaron dos años después. Luisa se mudó al piso de Sergio y dejó la habitación para Rocío, que no tenía prisa por casarse, diciendo que su hombre aún no había llegado. Aunque, muchas veces, Luisa veía a alguien siguéndola y Rocío lo despachaba con aires de grandeza.
Sergio, ¿te gusta ese tipo de mujer altiva?
¿Cuál?
La que va con la cabeza alta. Os volvéis locos por ellas
No sé; me gustas tú. Ya basta de charla, ¿qué hay de cenar? ¡Me muero de hambre!
Ya está todo, ven. Sergio, yo también te quiero
Sergio era distinto, pero junto a él se sentía bien.
A veces Luisa pensaba en cómo sería con Carlos. Seguro acabarían a gritos. Mejor agradecía que no acudiera aquel día al registro.
La vida sencilla que ansiaba, con Sergio protegiéndola, cambió con el segundo hijo. El pequeño, apenas un suspiro, estuvo semanas en el hospital y Luisa sólo podía traerle leche, mirando las ventanas desde la calle, como si el bebé pudiera asomarse.
¡Déjenme entrar, por favor! suplicaba en admisiones.
No se puede, guapa. Aguanta. Cuando el médico diga, pasas. No te quejes, peores casos se ven aquí, y no lloran. ¡Las lágrimas sólo amargan la leche, hija, tu niño no va a querer eso! le reñía la enfermera Fefa.
Fefa compadecía a las madres como Luisa, pero no podía hacer nada.
A Luisa le costaba entender eso de ser fuerte. En las novelas que le leía la niñera, las protagonistas desmayaban, gritaban, pero nunca eran fuertes. Rocío sí lo logró, ella no
Sin embargo, tuvo que aprender. Una noche, cuando la pena pesaba tanto que dejó que el arroz se desbordara y solo miraba la nada desde la mesa, Sergio no aguantó más.
Todos sufrimos, Luisa. Yo también, pero no puedes dejarte ir. Tenemos a Ana, la has olvidado. Ve y léela un cuento, yo friego.
No puedo hacer nada. ¡Tengo pena! ¿No lo entiendes? ¡Tengo pena! gritó, huida hacia la ventana.
¿Pena? Esto no es pena. Cuando tenía diez años mi madre perdió un bebé, y al poco se fue ella también. Nos abandonó. Y tú ahora le das la espalda a Ana. ¿Por qué? Siente que la rechazas. Luisa, la vida es dura, pero puedes superarlo. ¡Con nosotros, juntos! ¡Madura ya, no puedes quedarte llorando para siempre!
¡Suéltame! se zafó Luisa, y se enfadó: Sergio le obligaba a vivir de otra manera, más difícil…
Pero cuando Ana dejó de hablar, empapaba la cama, lloriqueaba sin parar Luisa se sintió despertada bruscamente. Fue a la cama de la niña:
Ana, perdóname, vamos a leer juntas, ¿quieres? ¿Paseamos? ¿Sí? acariciaba sus mejillas, le secaba lágrimas, esperando poder reparar todo.
A tiempo, logró salvarse y salvar a su familia de sí misma.
Al niño le dieron el alta dos semanas después. Ya en casa, con el bebé en brazos, Ana y Sergio arropándola, Luisa se sintió al fin adulta, lista para empezar de otro modo
Carlos, por su parte, a la zaga de su orgullosa nueva novia, se reinventó una y mil veces, haciéndose como ella quería, y eso le gustaba. Con Luisa se habría marchitado o se habrían convertido en otra familia condenada a vivir juntos sin mirarse.
El amor es diferente para todos; lo importante es no perderlo, luchar por quienes te importan, entregarte sin reservas. Así, sí tiene sentido.







