Si sabes cómo abrir las piernas, puedes. Pero si asumes la responsabilidad, lo mejor es renunciar al niño.

13 de marzo de 2026

Hoy he vuelto a la clínica donde Lidia dio a luz a su primer hijo, aquel que ella y su marido, Antonio Ruiz, habían anhelado desde el primer momento. Durante los nueve meses que ella estuvo embarazada, Antonio la cuidó como si fuera su tesoro, la acompañó a la Universidad Complutense y no le permitía salir de casa cuando la nieve hacía de hielo la calle. Sin embargo, justo antes del parto, la empresa le mandó de urgencia a una comisión a Barcelona. Podría haber dicho que no, pero él ya había pensado en renunciar en cuanto el bebé naciera, pues sabía que Lidia tendría que quedarse sola con el recién llegado.

Las contracciones empezaron en cuanto Juan Martínez, el compañero de guardia, logró llegar a la sala. El dolor era un martillo, y la ausencia de Antonio hacía que todo pareciera una montaña rusa de la que no había escapatoria. Lidia jamás había imaginado pasar su primer alumbramiento sin el apoyo de su esposo. Cuando el pequeño nació sano, ella, temerosa, decidió no contarle a Antonio lo ocurrido; prefería que él se enterara por alguna conversación ajena.

Al entrar en la habitación, Lidia observó a una mujer de unos cuarenta años, Marta González, acostada en la cama de enfrente. Al lado, una joven de veintisiete, Begoña Salazar, hablaba al móvil con la voz de quien no quiere perder el hilo. En la puerta, una mujer de rostro marchito, Inés Navarro, estaba sentada contra la pared, con la mirada perdida y los hombros temblorosos.

Tras la ardua labor, Lidia cayó sobre una almohada azul con una marca triangular y se sumió en un sueño profundo, como si el mundo entero se hubiera apagado. De pronto escuchó una voz que parecía salir del propio aire:

¿Vamos a alimentar al bebé? dijo la enfermera Carmen, mientras se acercaba a la mujer que lloraba.

Carmen tomó la pequeña en sus brazos y, con tono firme, le dijo a Inés:

No te quedes allí paralizada, tócalo al menos una vez. Mira qué preciosa está.

Luego, añadió, casi sin aliento:

Si no sabes cómo sostenerla, quizás sea mejor que pienses en no asumir la responsabilidad.

Marta, la mujer de cuarenta, rompió el silencio:

¿Crees que yo quise este niño? Tengo cuarenta y tres años, mi hijo está casado y pronto tendré una nieta. Ahora me toca lidiar con este bebé que ni yo pedí. ¿Qué hago? El niño no ha hecho nada malo. Si lo hubiera rechazado, no estaríamos aquí. ¿Y ahora qué? ¿Qué vida le espera cuando, al nacer, ya lo abandonan?

Begoña, la joven, sollozó aún más fuerte, sin poder contener las lágrimas.

¿De qué te sirve lamentarte? repuso Marta, con voz áspera. Toma al niño, aliméntalo y deja de ser una necia.

Alba Fernández, que acababa de colgar el móvil, intervino:

¿Y si lo violaron? ¿O si el padre es el padrastro? dijo, dejando escapar una duda que resonó en toda la sala.

Yo, que escuchaba desde la esquina, sentí como si fuera culpa mía que todo hubiera terminado así. Aquí estaba Lidia, con su marido que la lleva del brazo, sus padres que la adoran, y sin embargo ella encontraba siempre una razón para el desánimo.

En aquel rincón, una vida acababa de nacer, sin haber cometido culpa alguna, y ya se sentía no deseada. Crecerá una niña amargada, marcada por la ausencia de un padre que prometió protegerla y la abandonó al saber del bebé. No habrá globos ni flores para celebrar su llegada; su madre quedará sola, sin compañía, y el niño se quedará sin un techo.

Lidia, con la voz temblorosa, preguntó a la enfermera:

Si surge algún problema, ¿puedes llevarte al niño?

Carmen la miró como a una loca y respondió, medio riendo:

Claro que no, eso jamás pasará.

Horas más tarde, Carmen anunció con autoridad:

Ustedes vivirán en el dormitorio del hospital; mi madre es la encargada. Tendrás que limpiar el suelo, y a cambio te asignarán una habitación.

Alba, que sacó un sobre nuevo para el alta, exclamó:

¡Voy a llamar a Antonio ahora mismo! ¿Para qué necesitamos tantos sobres?

Marta, por su parte, dijo:

Traeré ropa de mi hija; no son nuevas, pero están en buen estado. Las lavaré y plancharé. No las necesito, mi hijo ya tiene todo.

El día siguiente, mujeres de otras salas empezaron a ofrecer cualquier cosa: cochecitos, cunas, mantas. Una joven, Clara Ortega, dijo:

Yo no tengo nada, pero puedo comprar una mezcla de leche por si falta la fórmula.

Begoña rompió a llorar de felicidad, no por desesperación sino por la inesperada generosidad que la rodeaba.

Yo lo daré, lo venderé y con el dinero compraré otra cosa murmuró entre sollozos. Las madres nos acarician el hombro y nos dicen: Dalo a quien lo necesite.

Al anochecer, mientras el sueño me vencía, pensé en lo afortunada que había sido Lidia y en cómo, pese a los tropiezos, el futuro de Ana (así la llamaremos por respeto a su nombre original) tendría luz. Su hija también crecerá rodeada de cariño, y ella vivirá con su madre sin carencias.

He aprendido que, a veces, el destino nos lanza pruebas que parecen imposibles, pero la solidaridad humana y la voluntad de seguir adelante son la mejor medicina. No basta con lamentarse; hay que tender la mano y construir, paso a paso, una vida mejor.

La vida no siempre nos da lo que queremos, pero siempre nos brinda la oportunidad de dar lo que otros necesitan.

Fin del diario.

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Si sabes cómo abrir las piernas, puedes. Pero si asumes la responsabilidad, lo mejor es renunciar al niño.
Hace una semana volví a ver a mi primer amor – en el funeral de su esposa – y desde entonces siento que toda mi vida se ha vuelto un caos