¡Ángela, Carmen! ¡Preparaos ahora mismo las maletas! gritó Eugenio, entrando zumbando desde el pueblo.
Su mujer y su hija le miraron extrañadas. ¿Maletas? ¿Para qué?
¿Ha pasado algo? preguntó Carmen, abrazando a la pequeña Ángela, que casi se escondía detrás de ella.
¡Y tanto que ha pasado!
¿Nos echas o qué? ¡Pues creo que ni nos da tiempo a meternos en líos! Y de irnos nada, que ni sabemos a dónde.
Ay, Carmen, de verdad, lo tuyo es para analizar. Siempre he dicho que más que pisarte un elefante el oído, te saltó toda la manada encima de la cabeza soltó Eugenio riendo. ¡Nadie os echa! ¡Nos vamos a la playa!
¿A la playaaa? gimió Carmen, entre pasmada y entusiasmada.
Mamá, ¿papa otra vez se ha caído del altillo? preguntó Ángela, sin quitarle ojo a su padre.
Que va, hija. Hoy no ha pisado el altillo. Ha estado en la ciudad, vendiendo patatas respondió Carmen, pensativa.
¡Ay, de verdad…! Eugenio hizo un gesto, resignado. Esto es lo que pasa: si digo negro, me queréis blanco. Vosotras mismas habéis dicho mil veces que os gustaría ver el mar alguna vez en la vida. Pues venga, ¿qué hacéis ahí como estatuas? ¿Me vais a hacer esperar mucho más?
Explícalo sin acertijos, por favor. ¿Y con qué dinero, si se puede saber, vamos a irnos de vacaciones?
¡Que no necesitamos un euro! rió Eugenio, sacando un tríptico arrugado del bolsillo.
Carmen y Ángela se asomaron y solo pudieron distinguir en la portada una banda de arena, cielo azul y el ala de un avión.
*****
Eugenio y Carmen siempre habían vivido en una aldea de la provincia de Ávila, y nunca les había tirado mucho la ciudad. Mira que lo intentaron, pero nada. Aquello de pagar un alquiler, meterse una hora en un bus o apretados como sardinas en metro, cruzar los dedos para cobrar a tiempo… les agotaba solo pensarlo.
Eso sí, en el pueblo tenían su casa, su terreno, y a todos los vecinos de toda la vida, que con saber miradas ya se entendían.
Volvieron pronto a la aldea, porque, como decía Eugenio: «En el pueblo también hace falta gente». Y Carmen asentía con la cabeza.
A la ciudad iban solo cuando hacía falta: generalmente a vender lo que la huerta daba, patatas, tomates o lo que tocase.
No eran ricos, pero tampoco les faltaba de nada: lo básico siempre lo tenían, y tampoco es que quisieran más. Salvo, eso sí, ir, aunque fuera una vez, a la playa
La ilusión realmente era de Carmen. Primero Carmen, luego fue contagiando a Ángela. Ninguna de las dos había visto el mar, más que en la tele o en alguna revista. Eugenio, en cambio, de niño había estado con su abuela en Sitges y en Benidorm, así que ya sabía más o menos a lo que se iban a enfrentar.
Claro, en sus tiempos aquello era más sencillo, y el dinero estiraba más. Pero ahora…
Ahora pegarse un descanso en la costa era deporte de millonarios. Y encima, ¿a quién dejas el corral con las gallinas y los patos? Si hubiera primos en el pueblo, pero tampoco.
Eugenio se crió sin padres y la abuela le dejó todo; Carmen, aunque con familia, creció en un hogar donde su padre se fundía lo que ganaba en el bar y su madre soñaba casarla con algún hombre forrado, a ver si ella podía conocer por fin la buena vida.
Cuando la madre se enteró de que Carmen quería casarse con Eugenio, que era más pobre que las ratas, la echó de casa y acabó vendiendo ella misma la vivienda y largándose con una hermana a la otra punta del mapa.
En fin, que Carmen y Eugenio no tenían a nadie a quien encomendarles el corral, así que las vacaciones siempre pasaban de largo.
Aun así, iban ahorrando: un euro, otro, diez céntimos, hasta que, quién sabe, a lo mejor un día tocaba. Tenían fe en el milagro.
Pero siempre surgía alguna urgencia: que se caía el tejado y había que repararlo corriendo, que el muro de la casa tronchaba y tocaba gastarse un dineral en cemento las grietas ya permitían meter un dedo de lados a lado.
Total, que los ahorros servían para todo menos para la playa. Volvían a empezar de cero.
Hubo un año que casi lo consiguen. Hasta habían hablado con la vecina para que se encargara de las gallinas. Incluso Ángela tenía ya bañador, toalla de delfines y un tubo para hacer snorkel.
Pero, ¡zas!, se estropeó toda la instalación eléctrica de casa. Todos los ahorros nuevos, para el electricista.
Ángela se llevó un disgusto monumental.
¡Yo quería ver el mar antes de volver al cole, y así este año podría escribir algo original en mi redacción sobre las vacaciones! Todos me dicen que llevo una vida de lo más aburrida
Carmen solo sabía suspirar. ¿Qué le iba a decir? Bastante hacían.
Eugenio se deslomaba buscando faenas extras, vendiendo hortalizas en el mercado, pero al final, el euro que entraba, euro que volaba. Y nada de mar para las chicas.
Así que ese día fue al pueblo de nuevo, con las patatas, intentando estirar los céntimos para el sueño.
Pero Carmen lo tenía claro: «Este año, desde luego, vacaciones ni hablar. Todo lo que teníamos, lo gastamos en la electricidad, maldita sea».
Ángela también lo asumió. Lloró un rato, y bueno, a otra cosa.
Y, de repente, aparece Eugenio emocionado, agitando un papel y diciendo «¡a hacer la maleta!».
Así que Carmen dudaba: ¿estaba tomando el pelo o hablaba en serio? Si era broma, no tenía ni pizca de gracia; y si era de verdad… «¿Ha atracado un banco?», pensó.
*****
Te lo pregunto otra vez: ¿de dónde has sacado el viaje a la playa? dijo Carmen, con el folleto en la mano.
¡Que te lo digo, que me ha tocado!
¿Una lotería? Si tú decías que lo gratis no existe, salvo la trampa para ratones. Venga, suéltalo. ¿Lo has robado?
¡Pero qué dices! Escucha: fui al supermercado a comprarle bombones a Ángela con la venta de las patatas. Llego a la caja, gasto los sesenta euros, y me avisan de que hoy hay sorteo: ¡Vacaciones en la Costa para toda la familia!. Que si gastas más de cincuenta euros, rellenas un cupón, a la urna y
¿Y?
¡Y me tocó! ¡Una semana completa en la playa! No pagamos ni un euro, de verdad. Está todo cubierto: vuelo, hotel justo enfrente del mar, hasta la comida. ¡Venga, dejad de mirar el folleto y empezad a llenar maletas, que nos vamos al paraíso!
¡Yujuuu! gritó Ángela, convencida ya de que los milagros existen también en Castilla.
Pero Carmen era más de no creérselo hasta ver las olas. ¿Quién regala esas cosas?
Y, sin embargo, no era broma.
El mismísimo director del supermercado los llevó en su propio coche hasta la agencia, donde les dieron los billetes, explicaciones y, antes de que pudieran pestañear, ya estaban los tres en la playa mirando al horizonte.
Madre mía ¡pero qué grande! susurró Carmen.
¡Y qué bonito! añadió Ángela. Mamá, papá, ¿nos tiramos ya al agua o qué?
*****
Las vacaciones no pudieron salir mejor: sol, agua templada, comida de rechupete y hasta colchones de viscoelástica para dormir en el hotel.
Ángela hasta hizo un amigo: un gato pelirrojo.
¿Y ese quién es? preguntó Carmen, cuando Ángela llegó suplicando con el peludo en brazos.
¡Se llama Mostachón! No muerde, ni araña; maúlla como un tractor. ¿Me lo puedo quedar? Prefiero a Mostachón a cualquier imán de nevera.
Ángela, cariño, no nos van a dejar subir al hotel con un gato. Déjalo donde lo encontraste.
Ángela lo devolvió donde pudo pero Mostachón la siguió. Parecía tan encaprichado de su nueva amiga como ella de él.
No puedo llevarte al hotel, pero podemos seguir a lo nuestro, ¿vale?
¡Miau!
Diario como un reloj, Mostachón esperaba en la puerta a las chicas. Las acompañaba hasta la playa, y allí se tumbaba resignado a mirar mientras ellas se bañaban.
Solo faltó al encuentro el último día, justo cuando llovió a cántaros y tocaba empezar a llenar las maletas para el regreso.
Mamá, ¿puedo traerme a Mostachón a casa? preguntó Ángela antes de dormir, ¡los amigos no se dejan atrás!
Cariño, ya sabes que no nos dejan embarcar con gatos sin papeles ni vacunas. Sin eso, ni pasan del mostrador.
La noche la pasó Ángela llorando, y los padres intentando consolarla. Durmieron apenas antes de que el despertador chillara, y claro, lo ignoraron.
*****
Eugenio corría el primero, arrastrando dos maletones enormes. Carmen detrás, y Ángela, la última, atascada con los zapatos o el cordón del chándal desatado, siempre.
¡Ángela, venga, que perdemos el avión! gritaba su madre, roja de los nervios.
Ángela sabía, perfectamente, que si no se daban prisa, se quedaban en la ciudad, sin un techo. Pero ella tenía otro asunto que arreglar.
Se detuvo y miró hacia atrás, donde Mostachón la observaba con cara tristísima en la acera, como quien entiende que nunca más le verán.
¡Ángela, al taxi ya! apremiaba Eugenio, forcejeando con el taxista para meter la última maleta.
Pero Ángela se quedó plantada.
¡Mamá, papá, embarcad sin mí! gritó, corrió y se lanzó a abrazar a su amigo.
Mostachón, boquiabierto, no daba crédito. Sus viejos dueños le abandonaron, ¿le pasaba lo mismo ahora?
Pero ella lo tenía claro: le alzó, lo apretó bien fuerte:
No te dejo. Si no puedo llevarte, me quedo yo aquí contigo.
¡Vuelve para acá ahora mismo! corrió Carmen detrás de ella. ¿Pero qué te ha dado ahora?
¡No le dejo aquí abandonado!
Amor mío, ya sabes que sin papeles de vacunas, nada de aviones.
Eugenio corrió a sumarse al regañón, y fue cuando Ángela, entre rabia y lágrimas, soltó:
¿Por qué no puedo? Lo meto en la mochila y nadie lo nota, ¡por favor! Mamá, acuérdate de lo que decías, que nunca perdonaste a la abuela por dejarte sola cuando te fuiste con papá. Y ahora, ¿tú haces lo mismo?
Carmen y Eugenio se miraron, derrotados.
¡Pues que lleve a su gato y si nos echan del avión, culpa de ella! gruñó Eugenio.
*****
En el aeropuerto, una avalancha de pasajeros frustrados gritaba delante del edificio.
¿Y qué vamos a hacer ahora, quedarnos empapados? bufaba una señora. ¡Los billetes me costaron un ojo de la cara!
Paciencia respondía el guardia de seguridad. Todavía quedan dos horas para el vuelo, seguro que reparamos todo a tiempo.
Si invirtieran en máquinas buenas, no pasaría vociferó un señor.
Cuando llegó Eugenio, le explicaron que los detectores de equipaje habían colapsado y solo podían entrar los pasajeros cuyo avión salía de inmediato. Los suyos eran de los pocos rezagados.
¿Puede decirme a dónde va usted, caballero? le paró un joven del control.
Es que nuestro vuelo sale ya, solo llegamos tarde a la puerta. Somos tres: mi mujer, la niña y yo.
Pasen rápido.
Dentro, una señora en uniforme los esperaba.
Maletas en la mesa y vaciad los bolsillos.
Lo hicieron todo al pie de la letra, pero entonces la señora lanzó una mirada directa a Ángela.
¿Y tú? ¿No necesitas invitación? ¡Vamos, a la mesa!
No llevo nada, solo mi mochila… con juguetes parpadeó Ángela, prestando su mejor cara de buena.
Nos han pillado susurró Eugenio a Carmen. Ya verás, nos bajan del avión.
De repente, entró una azafata:
¡Por fin! El avión debía haber salido hace cinco minutos y solo faltan ustedes.
Perdimos tiempo con el control… balbuceó Eugenio.
¿Maletas revisadas? ¿Todo bien?
Solo falta la niña, pero…
¡Por favor! Esta señora se obsesiona. ¿Qué va a llevar una niña en la mochila, una bomba?
¿Qué hay ahí, guapa? ¿Nos enseñas el interior?
Solo juguetes y un peluche, pero la cremallera está atascada… igual tardamos diez minutos dijo Ángela, cándida.
No tenemos diez minutos. Hazme caso, Tamara, deja pasar a la niña. Bajo mi responsabilidad.
*****
Por fin subieron por la escalerilla, Eugenio, Carmen y Ángela, que abrazaba su mochila como un tesoro nacional.
Pasad a bordo, por favor sonrió la azafata.
Primero Eugenio, luego Carmen, y justo al subir Ángela… ¡mostró la patita el gato y se oyó un quejido!
¿Eso era un maullido? ¿Escondes un gato? ¿Tienes papeles? ¿Pagaste transporte de mascotas? ¿Dónde está el transportín?
Ángela apretó la mochila y se le llenaron los ojos de lágrimas. Todo parecía ir bien, y de repente…
Verá empezó Eugenio, mi hija recogió al gato en la calle. Ahora no puede abandonarlo. Dice que si no va con el gato, no vuela. Pero no tenemos más dinero para trenes ni autobuses…
¿Que lo has rescatado de la calle? pensó la azafata. Vale, subid todos, pero procurad que nadie oiga al gato.
¿De verdad nos dejas? Ángela no se lo creía.
Quedó claro que eres buena persona. Pero no me metas en líos, ¿eh?
*****
Ángela, con la nariz pegada a la ventanilla, aferraba su bolsa. Cuando la azafata se alejó, abrió un poquito la cremallera para que Mostachón pudiera ver las nubes.
Todo iba tranquilo, cuando de repente, en mitad del vuelo, una azafata saltó pegando un grito: ¡una ratona asustada había salido de una de las bandejas de comida y ahora brincaba de asiento en asiento!
Las mujeres chillaron como si regalaran entradas para una telenovela. El segundo piloto salió alarmado.
¿Qué ocurre aquí, Zulema?
¡R-rata!
Aparece el roedor, veloz, en plena maratón por el avión.
¡Perfecto! Esto nos faltaba. Hay que cazarla ya, antes de que cunda el pánico.
Nadie se atrevía. Pero entonces Ángela espabiló. Sacó discretamente a Mostachón, le señaló el objetivo y… ¡Que empiece el show! Todos los pasajeros, la tripulación, el mismísmo copiloto miraban boquiabiertos cómo el pequeño gato corría tras la ratona por el pasillo.
La presa era rápida, pero Mostachón era aún más pillo: pronto la ratona quedó atrapada entre sus zarpas.
De ahí al bote de plástico de la azafata, y ¡problema solucionado!
¿De quién es ese gato? clamó el piloto, ya con media sonrisa.
¡Es mío! saltó Ángela, abrazando a Mostachón.
Pues felicidades a ti y a tu Mostachón. No sé qué habríamos hecho sin él. ¡Gracias!
Eugenio y Carmen, boquiabiertos, no atinaban a decir nada. Más milagros en un viaje no caben.
No solo no los echaron, sino que Mostachón fue recompensado con los restillos de embutidos y atún de abordo, que a esas alturas, nadie osaba tocar.
Pero lo importante es que pudieron volver a casa. Todos juntos.
*****
Esto que cuentas no puede ser verdad decía la vecina que había cuidado de las gallinas. ¡Eso solo pasa en las películas!
Que sí, mujer. Tal cual reía Carmen, sirviéndole un vaso de té.
Mientras, Ángela estaba en su cuarto escribiendo la redacción: «Mis vacaciones de verano». Que vinieran ahora a decirle que su vida era aburrida. Mostachón, ronroneando sobre sus piernas, sin duda sabía que él también, por fin, había vuelto a casa.
Y aunque esa casa fuera diferente y la familia otras personas, daba igual: lo importante era que lo querían. Y no pensaba perder esa suerte nunca más.







