Perro arrastraba a Valerio hacia ruinas: al verlo se quedó boquiabiertoEntre los escombros, una antigua estatua de bronce brillaba bajo la luz de la luna, con una inscripción que llevaba el nombre de su bisabuelo.

—Bueno, Rufo, vamos… —refunfuñó Javier mientras ajustaba la correa casera hecha de una cuerda vieja.

Se subió la cremallera de la chaqueta hasta el cuello y tiritó. Febrero aquel año se había vuelto especialmente cruel: nieve mezclada con lluvia, un viento que calaba hasta los huesos.

Rufo, un perro callejero de pelo rojizo desteñido y un ojo ciego, había entrado en su vida hacía un año. Javier volvía entonces del turno de noche en la fábrica y lo vio junto a los contenedores. El perro estaba apaleado, hambriento, y el ojo izquierdo lo tenía nublado por una catarata.

—¡Eh, tío! ¿Adónde vas con ese chucho?

La voz le atravesó los nervios. Javier reconoció al que hablaba: Santi «el Tuerto», el matón de la zona, de unos veinticinco años. A su alrededor se arremolinaban tres chavales —su «pandilla».

—Paseando —respondió Javier sin levantar la vista.

—Oye, abuelo, ¿pagas impuestos por sacar a ese perro? —se rio uno de los muchachos—. Mira qué feo, con el ojo torcido.

Voló una piedra. Dio a Rufo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de su dueño.

—Déjame en paz —dijo Javier en voz baja, pero con acero en el tono.

—¡Ojo! ¡El señor Manitas ha hablado! —Santi se acercó—. ¿No te acuerdas de que esto es mi barrio? Y los perros pasean aquí con mi permiso.

Javier se tensó. En el ejército le habían enseñado a resolver problemas rápido y sin miramientos. Pero eso fue treinta años atrás. Ahora era solo un mecánico jubilado, cansado, que no quería más líos.

—Vamos, Rufo —giró hacia casa.

—¡Eso está mejor! —gritó Santi a su espalda—. Y la próxima vez mato a tu amiguito.

En casa, Javier no pudo dormir en toda la noche, dándole vueltas a la escena.

Al día siguiente caía aguanieve. Javier retrasó el paseo todo lo que pudo, pero Rufo se sentó junto a la puerta y lo miró con tanta fidelidad que no tuvo más remedio que ceder.

—Vale, vale. Pero rápido.

Caminaron con cuidado, evitando los lugares donde solía reunirse la pandilla. Pero no había rastro de Santi y los suyos; debían de estar escondidos del mal tiempo.

Javier ya se había tranquilizado cuando Rufo se detuvo de repente junto a una vieja caldera abandonada. Aguzó la única oreja, olfateó.

—¿Qué pasa, viejo?

El perro gimió y tiró hacia las ruinas. De allí llegaban ruidos extraños, entre llantos y quejidos.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Javier.

No hubo respuesta. Solo silencio, roto por el aullido del viento.

Rufo tiraba con insistencia de la correa. En su único ojo se leía inquietud.

—¿Qué te pasa? —Javier se agachó—. ¿Qué hay ahí?

Entonces oyó claro una voz de niño:

—¡Socorro!

El corazón le dio un vuelco. Javier soltó la correa y siguió a Rufo hacia las ruinas.

En el interior semiderruido de la caldera, tras un montón de escombros, yacía un chaval de unos doce años. Tenía la cara amoratada, el labio partido, la ropa desgarrada.

—¡Dios mío! —Javier se arrodilló—. ¿Qué te ha pasado?

—¿Don Javier? —el niño abrió los ojos con dificultad—. ¿Es usted?

Javier miró mejor y lo reconoció: Andrés Martín, el hijo de la vecina del quinto. Un chico callado y tímido.

—¡Andrés! ¿Qué ha ocurrido?

—Santi y su banda —sollozó el chico—. Le pedían dinero a mi madre. Yo dije que se lo contaría al policía municipal. Me atraparon…

—¿Cuánto llevas aquí?

—Desde esta mañana. Tengo mucho frío.

Javier se quitó la chaqueta y cubrió al chico. Rufo se acercó y se tumbó a su lado, dándole calor.

—Andrés, ¿puedes levantarte?

—Me duele la pierna. Creo que está rota.

Javier palpó con cuidado. Sí, fractura. Y Dios sabía qué otros daños internos después de semejante paliza.

—¿Tienes móvil?

—Me lo quitaron.

Javier sacó su viejo Nokia y marcó el 112. La ambulancia prometió llegar en media hora.

—Aguanta, chico. Ahora vienen los médicos.

—¿Y si Santi se entera de que estoy vivo? —la voz de Andrés temblaba de horror—. Dijo que me remataría.

—No te rematará —dijo Javier con firmeza—. No volverá a tocarte.

El chico lo miró sorprendido:

—Don Javier, pero ayer usted huyó de ellos.

—Eso era distinto. Solo estábamos en juego Rufo y yo. Ahora…

No terminó. ¿Qué iba a decir? ¿Que treinta años atrás había jurado proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca abandona a un niño en peligro?

La ambulancia llegó antes de lo prometido. Andrés fue trasladado al hospital. Javier se quedó junto a la caldera, con Rufo, pensando.

Por la tarde, la madre de Andrés, Sofía García, fue a su casa. Lloraba, le daba las gracias, juraba que nunca lo olvidaría.

—Don Javier —dijo entre lágrimas—, los médicos dijeron que si hubiera estado una hora más al raso… Le ha salvado la vida a mi hijo.

—No fui yo —Javier acarició a Rufo—. Él lo encontró.

—¿Y ahora qué pasará? —Sofía miró asustada hacia la puerta—. Santi no se va a quedar quieto. El policía dice que no hay pruebas, que el testimonio de un niño no vale.

—Todo irá bien —prometió Javier, aunque no sabía cómo.

Esa noche no pudo conciliar el sueño. Le daba vueltas a la cabeza: ¿qué hacer? ¿cómo proteger al chico? Y no solo a él: ¿cuántos niños más sufrían el acoso de esa banda?

Por la mañana, la decisión llegó sola.

Javier se puso su viejo uniforme militar, el de gala, con las condecoraciones. Sacó las medallas del armario. Se miró al espejo: un soldado como otro cualquiera. Aunque ya no fuera joven.

—Vamos, Rufo. Tenemos trabajo.

La banda de Santi, como siempre, «vigilaba» junto a la tienda. Al ver acercarse a Javier, se rieron.

—¡Mira, el abuelo se ha puesto de uniforme! —gritó uno—. ¡Qué heroico!

Santi se levantó del banco, sonriente:

—Oye, jubilado, larga de aquí. Tu tiempo pasó.

—Mi tiempo empieza ahora —respondió Javier, acercándose tranquilo.

—¿Qué haces aquí con esa pinta?

—Servir a mi país. Proteger a los débiles de gente como tú.

Santi soltó una carcajada:

—¿Tú te has vuelto loco, viejo? ¿Qué país? ¿Qué débiles?

—Andrés Martín, ¿te acuerdas?

La sonrisa se borró de la cara de Santi.

—¿Y yo qué tengo que acordarme de un pringao?

—Sí. Porque es el último niño de este barrio que sufre por tu culpa.

—¿Me estás amenazando, abuelito?

—Te estoy avisando.

Santi dio un paso al frente. En su mano brilló una navaja.

—Ahora mismo te voy a enseñar quién manda aquí.

Javier no se movió ni un centímetro. Los años pasaban, pero la instrucción militar seguía.

—El que manda aquí es la ley.

—¿Qué ley? —Santi blandía la navaja—. ¿Quién te ha nombrado a ti?

—Me ha nombrado mi conciencia.

Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Rufo, que hasta ese momento había estado sentado en silencio, se puso en pie. El pelo del lomo se le erizó. De su garganta salió un gruñido amenazador.

—Y tu perro… —empezó Santi.

—Mi perro ha estado en la guerra —lo cortó Javier—. En Afganistán. Servicio de detección de explosivos. Huele a los criminales desde lejos.

Era mentira: Rufo era solo un perro callejero. Pero Javier lo dijo con tanta convicción que todos se lo creyeron. Incluso el propio Rufo pareció creérselo: se irguió y enseñó los dientes.

—Encontró a veinte terroristas. Los cogió vivos a todos —siguió Javier—. ¿Tú qué crees, que podrá con un yonqui como tú?

Santi retrocedió. Los chavales a su espalda se quedaron quietos.

—Escúchame bien —Javier dio un paso al frente—. Desde hoy, en este barrio hay seguridad. Todos los días recorreré las calles. Y mi perro buscará a los matones. Y entonces…

No terminó. Pero todos entendieron.

—¿Me quieres asustar? —Santi intentó recuperar la chulería—. Con una llamada…

—Llama —asintió Javier—. Pero recuerda que yo tengo contactos mejores que los tuyos. Conozco a muchos en la cárcel. Muchos me deben favores.

También era mentira. Pero lo dijo con tanta seguridad que Santi se lo creyó.

—Me llaman Javier el Afgano —dijo por último—. Acuérdate. Y no vuelvas a tocar a los niños.

Se dio la vuelta y se marchó. Rufo trotaba a su lado, con el rabo levantado con orgullo.

A sus espaldas, el silencio se hizo dueño.

Pasaron tres días. Santi y su banda casi no se dejaron ver por el barrio.

Y Javier empezó a recorrer las calles cada día. Rufo iba a su lado, serio e importante.

Andrés salió del hospital a la semana. La pierna aún le dolía, pero ya podía andar. Ese mismo día fue a casa de Javier.

—Don Javier —dijo el chico—, ¿puedo ayudarle? —preguntó—. Bueno, con las rondas.

—Puedes. Pero primero habla con tus padres.

Sofía no puso pegas. Al contrario, se alegró de que su hijo hubiera encontrado un ejemplo tan digno.

Y desde entonces, cada tarde se veía a un grupo extraño: un hombre mayor con uniforme militar, un chaval y un perro rojizo y viejo.

Rufo gustaba a todos. Hasta las madres dejaban que los niños lo acariciaran, aunque supieran que era un perro de la calle. Pero tenía algo especial, como dignidad.

Y Javier contaba a los chicos historias del ejército, de la verdadera amistad. Y ellos escuchaban sin respirar.

Una tarde, al volver de una ronda, Andrés preguntó:

—Don Javier, ¿usted alguna vez ha tenido miedo?

—Sí —respondió con sinceridad—. Y aún a veces lo tengo.

—¿De qué?

—De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas.

Andrés acarició al perro:

—Cuando sea mayor, le ayudaré. Y también tendré un perro. Igual de listo.

—Lo tendrás —sonrió Javier—. Claro que lo tendrás.

Rufo movió la cola.

En el barrio ya lo conocían todos. Decían: «Ese es el perro de Javier el Afgano. Distingue a los héroes de los canallas».

Y Rufo cumplía orgulloso su servicio, sabiendo que ya no era un simple perro callejero. Era un protector.

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Perro arrastraba a Valerio hacia ruinas: al verlo se quedó boquiabiertoEntre los escombros, una antigua estatua de bronce brillaba bajo la luz de la luna, con una inscripción que llevaba el nombre de su bisabuelo.
La compasión de una madre