La maestra le quitó el móvil a la niña. No sabía que el padre ya venía al colegio.

—Llamaré a papá —dijo la niña del primer pupitre y apretó el teléfono contra el pecho con tanto cuidado como si no sostuviera plástico con pantalla, sino el último hilo que la conectaba con casa.

En el aula, durante unos segundos, hasta el habitual rumor infantil se apagó. Los alumnos de segundo se quedaron quietos sobre los cuadernos; alguien dejó de balancear la pierna bajo la mesa; junto a la ventana, un niño con un mechón rojizo levantó la cabeza y miró con cautela a la maestra. Bárbara Serrano estaba de pie al lado del pupitre, la palma abierta, la voz aún serena, pero bajo la tela de la manga, justo por encima del codo, una molestia tiraba desagradable. Esa mañana había elegido el jersey más tiempo de lo normal y aun así se había equivocado: la manga quedaba holgada y, si levantaba el brazo para escribir en la pizarra, podía resbalarse.

—Sara, la norma es la misma para todos —dijo Bárbara—. Durante la clase, el teléfono está en mi cajón. Cuando terminen, lo recoges.

La niña no discutió, no empezó a sollozar, no fingió no entender. Solo miró la pantalla, donde ya se había apagado el mensaje, y deslizó lentamente el pulgar por la funda azul. Llevaba el pelo claro recogido en dos trenzas, y una le había quedado visiblemente más baja que la otra. Bárbara pensó que las trenzas seguramente se las había hecho el padre, y ante esa idea algo se le ablandó por dentro sin querer.

—Papá ha escrito que me recogerá antes —dijo Sara—. Solo quería ver a qué hora.

—Si hace falta, llamaremos desde conserjería. Te dejaré —respondió Bárbara—. Pero ahora dame el teléfono.

Sara levantó los ojos. En esa mirada no había la terquedad infantil que suele hacer suspirar a los maestros. Había otra cosa: una comprobación cuidadosa de si se podía confiar a un adulto lo que a uno le importa. Bárbara reconocía esas miradas al instante. No se pueden confundir con un capricho. Así miran los niños que ya saben: los adultos son de muchas clases, y no toda voz fuerte significa razón.

La niña puso el teléfono en la palma de Bárbara.

—Él vendrá igual —dijo en voz baja.

Bárbara guardó el teléfono en el cajón superior de la mesa y volvió a la pizarra. Tuvo que empezar la clase de matemáticas desde cero: los niños ya habían perdido el hilo, y ella misma se sorprendió mirando no los ejemplos, sino a Sara. La niña estaba sentada muy recta, sujetaba el lápiz con cuidado, pero cada pocos minutos su mirada se deslizaba hacia el reloj redondo sobre la puerta. Bárbara aguantó hasta el recreo, escribió un pase y mandó a la niña a conserjería para que llamara a su padre.

La señora Nina, que en veinte años de colegio se había acostumbrado a todo tipo de padres, después de hablar con el padre de Sara fue ella misma al despacho del director. No armó ruido, no se alborotó, solo le dijo algo en voz baja, y el director, un hombre corpulento con una carpeta eterna bajo el brazo, se levantó tan rápido que la carpeta cayó al suelo. Bárbara lo supo después; mientras tanto, daba clase de lengua y trataba de que Diego, del tercer pupitre, leyera la palabra «barco» sin un largo y penoso titubeo.

Llamaron a la puerta al final de la segunda hora. No muy fuerte, pero el aula comprendió al instante: quienes estaban al otro lado eran adultos. El director entró primero, alisándose el poco pelo que le quedaba. Detrás, un hombre alto con un abrigo oscuro, tranquilo, sereno, con esa expresión en el rostro que hace que la gente a su alrededor hable más bajo. No parecía uno de esos padres que irrumpen en la escuela para demostrar que su hijo siempre tiene razón. No tenía prisa por causar impresión, y precisamente por eso la causaba.

Sara se levantó.

—Papá.

El hombre la miró, y en su rostro apareció por un instante aquello por lo que, seguramente, Sara se había aferrado todo el día. No sonrió abiertamente, no extendió los brazos, pero la mirada se le volvió más suave.

—¿Todo bien, cariño?

—Sí. Solo que Bárbara Serrano me ha quitado el teléfono.

Él dirigió la mirada a la maestra.

—Rodrigo Linares, padre de Sara. Me han dicho que hubo un problema con el teléfono.

El apellido sonó tranquilo, pero el director a su lado pareció encogerse. Ese apellido era conocido en muchos sitios: una constructora, ayudas al colegio, reforma del gimnasio, ordenadores nuevos. También se sabía lo que no se decía directamente: Rodrigo Linares no era de esas personas con las que se habla de cualquier manera.

—Su hija sacó el teléfono en clase —dijo Bárbara—. Se lo retiré hasta el final del día. Cuando comprendí que necesitaba contactar con usted, le permití llamar desde conserjería.

Habló con tono igual, aunque sentía que un temblor quería filtrarse en su voz. Ante el director, ante ese hombre, ante veinte caras infantiles, tenía que mantener no solo la norma, sino también a sí misma. Rodrigo escuchó sin interrumpir. Luego asintió.

—Ha hecho usted bien.

El director aspiró ruidosamente y enseguida fingió que era un carraspeo. Sara frunció el ceño, pero su padre se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.

—En clase, la autoridad es la maestra. Si Bárbara Serrano te ha dicho que guardes el teléfono, lo guardas. Yo vendré aunque no compruebes el mensaje diez veces. ¿De acuerdo?

Sara pensó, como siempre, demasiado seria para su edad, y asintió.

—De acuerdo.

Rodrigo pidió el teléfono, pero no se lo guardó en el bolsillo. Se lo devolvió a su hija y le ordenó que lo metiera en la mochila. Ya en la puerta, se detuvo. Bárbara alzó la mano para apartarse un mechón de pelo, y la manga resbaló. En la muñeca, justo en el borde del puño, se veía una marca oscura de dedos ajenos. Ella bajó la mano rápido, pero Rodrigo alcanzó a verlo. No dijo nada. Solo la miró con tanta atención que Bárbara quiso retroceder hacia la pizarra, hacia la tiza, hacia los cuadernos claros de los niños, donde los errores al menos se pueden corregir con bolígrafo rojo.

Al terminar las clases, Sara fue la última en recoger. Bárbara acompañó a los niños hasta la verja del colegio. En el bordillo esperaba un coche negro. Rodrigo abrió él mismo la puerta a su hija, la ayudó a subir al asiento trasero y ya iba a rodear el coche cuando Sara bajó la ventanilla.

—Bárbara Serrano, hasta mañana.

—Hasta mañana, Sara.

El coche arrancó, y Bárbara se quedó unos minutos en los escalones. No le apetecía volver a casa. Allí podía estar Gonzalo. Si no estaba, no era mejor: entonces tenía que esperar sus pasos, adivinar por el crujido de la escalera de qué humor venía, y esconder la cartera con tiempo para que no la encontrara a la primera.

Gonzalo era su padrastro. Desde que su madre faltó, él seguía siendo el tutor oficial de su hermano pequeño, Mateo. Mateo tenía diez años, soportaba mal los ruidos fuertes, solo comía en plato blanco con una franja azul, no soportaba que tocaran sus lápices, y podía pasar horas ordenando botones por tamaño. Cuando su madre rellenó los papeles, aún creía que Gonzalo era un hombre fiable, solo un poco brusco. Bárbara entonces estudiaba, trabajaba por las tardes y no entendió al principio que la brusquedad no era un borde del carácter, sino su mismo centro.

Irse sola podía. Quizá. Pero a Mateo, Gonzalo no lo entregaría. Sobre el papel, él era el adulto responsable, y Bárbara, la hermana mayor con un sueldo pequeño, un cuarto alquilado en el horizonte y una carpeta de informes que aún debía convertir en una decisión judicial. El abogado pedía un adelanto que a Bárbara le helaba los dedos. Había ahorrado casi tres años, pero Gonzalo le sacaba el dinero cada vez que perdía en las cartas o volvía con los ojos turbios y los bolsillos vacíos.

Esa tarde llegó antes de lo habitual. En el portal olía a bayetas húmedas y pintura vieja, ese olor pesado que siempre subía desde el primer tramo después de la limpieza, y Bárbara supo por eso que la puerta de abajo había estado abierta mucho rato.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó Gonzalo sin quitarse los zapatos.

Mateo estaba sentado en el suelo junto al sofá, construyendo una larga fila con cajas de cerillas. Bárbara puso una silla entre su hermano y su padrastro, como sin querer.

—La nómina llega el viernes.

—Eso ya me lo has dicho.

—Porque la nómina llega el viernes.

Él dio un paso hacia ella. Bárbara no alzó la voz. Sabía desde hacía tiempo que el volumen solo lo empujaba. Gonzalo golpeó la mesa con la palma; las cajitas de Mateo temblaron, y el niño empezó a susurrar números, trabándose y comenzando de nuevo. Bárbara le puso una mano en el hombro, pero miraba fijamente a su padrastro.

—No delante de él.

—¿Y delante de quién? —se rio Gonzalo—. ¿Delante de tu directora? ¿De los vecinos? ¿O te has buscado un protector?

Ella no respondió. Después de esas noches, por la mañana tenía que elegir la ropa no por el tiempo, sino por las marcas en los brazos. En la escuela sonreía a los niños, pegaba pegatinas en los cuadernos, explicaba dónde va la tilde, y todo el tiempo sentía que vivía en dos habitaciones distintas sin puerta entre ellas.

Unos días después notó un coche cerca de casa. Luego otro, junto al colegio. Los hombres que iban dentro no la miraban, no bajaban, no hablaban. Solo estaban cerca. Al tercer día, Bárbara se acercó ella misma a uno de ellos al salir de clase. Un hombre de unos cincuenta años, con un abrigo gris, sostenía un vaso de café y tenía un aspecto como si pudiera quedarse allí hasta el invierno.

—¿Es usted de Linares?

—Sí.

—Dígale que esto es extraño.

—Se lo diré —dijo el hombre—. Pero mientras usted no me pida que retire la vigilancia, me quedo.

—¿Vigilancia? ¿Habla en serio?

—Totalmente.

Ella quiso enfadarse, pero en vez de ira le subió el cansancio. Esa misma noche le entregaron un sobre. Dentro había una tarjeta con la dirección de un pequeño café cerca del colegio y una línea: «Mañana al salir de clase. Solo una conversación».

Bárbara fue no porque confiara. Fue porque ya no sabía adónde ir con Mateo.

Rodrigo estaba sentado en la mesa del fondo. Frente a él, dos tazas de té intactas. Se levantó cuando ella se acercó, pero no tendió la mano, como si supiera de antemano que ella podría echarse atrás.

—No voy a fingir que me he topado con su situación por casualidad —dijo cuando ella se sentó—. Sara vio las marcas en su brazo. Me pidió que averiguara si podíamos ayudar.

—Su hija no debería pensar en esas cosas.

—De acuerdo. Pero piensa. Desde que su madre no está, Sara mira a la gente con demasiada atención.

Bárbara miró por la ventana. En la calle, una madre le ajustaba el gorro a un niño; el niño negaba con la cabeza y reía. Ese fragmento de vida tan sencillo de repente le pareció casi ajeno.

—No necesito compasión —dijo.

—No ofrezco compasión. Ofrezco un abogado que lleva casos de tutela, y seguridad temporal para usted y su hermano.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de que no tuvo miedo de mi apellido y no humilló a mi hija por mantener el orden en clase.

Ella se volvió hacia él bruscamente.

—Eso no es un favor. Es mi trabajo.

—Por eso mismo quiero ayudar.

Hablaba con calma, y eso irritaba más que si hubiera presionado. Bárbara estaba acostumbrada a que la ayuda casi siempre tuviera un gancho. Gonzalo también «ayudaba» a su madre al principio: traía comida, arreglaba el grifo, la llevaba a las revisiones. Luego resultó que cada ayuda quedaba anotada en un cuaderno invisible de deudas.

—Si acepto, luego dirá que le debo algo.

—No.

—Todos dicen eso.

—Entonces no acepte ahora. Vaya a ver al abogado. Escuche. La decisión será suya.

Fue a verlo. La abogada resultó ser una mujer mayor, doña Nina Arcos, con el pelo corto y una carpeta donde todo estaba clasificado por secciones: informes, certificados, declaraciones de vecinos, referencias del colegio, informes médicos de Mateo. No prometía victorias rápidas; al contrario, hablaba seco y directo.

—Gonzalo se resistirá —dijo—. No porque necesite al chico. Sino porque necesita tener poder sobre usted y el dinero que obtiene a través de ese poder. Necesitamos pruebas, tiempo y su entereza.

Bárbara asintió.

Entereza no le faltaba. A veces le parecía que no le quedaba otra cosa.

El proceso no fue sencillo. Primero, el juzgado no resolvió de inmediato, pidió documentación adicional. Luego, Gonzalo llevó a un vecino que aseguraba que Bárbara misma montaba escándalos en casa. Después, llegó una inspección al colegio: alguien había escrito que la maestra se comportaba de manera inestable y no podía responder por los niños. El director se retorcía la corbata nervioso; Bárbara estaba sentada frente a dos mujeres con tabletas y respondía con la misma voz firme con que había respondido a Rodrigo aquel día junto a la pizarra.

Sara, al acabar las clases, se acercó a ella y le tendió un dibujo. En el dibujo había un colegio, una mujer alta con un jersey azul y una niña pequeña al lado.

—Es usted —dijo Sara—. Está en la puerta para que todos salgan a casa.

Bárbara no pudo responder de inmediato. Solo guardó el dibujo en el cajón, junto al libro de clase, y pensó que los niños a veces sostienen a un adulto en la superficie mejor que cualquier palabra bonita.

Gonzalo, mientras tanto, se volvía más agresivo. Llegaba unas veces con amenazas, otras con súplicas lastimeras de «no lavar los trapos sucios en casa», otras con promesas de cambiar. Una noche encerró a Mateo en la habitación para que Bárbara no pudiera llevarlo al psicólogo. El niño estuvo luego tres horas sentado en un rincón alineando lápices uno tras otro hasta que los dedos le temblaron. Fue después de eso cuando Bárbara dejó de dudar. No solo tuvo miedo, no solo se sintió ofendida, sino que se separó internamente de su vieja costumbre de aguantar.

—Voy a presentar la denuncia hasta el final —le dijo a Rodrigo por teléfono—. Aunque él presione.

—Bien.

—Y firmaré el contrato con doña Nina. Que sea por un euro, pero lo firmo.

—Ella ya lo ha preparado.

—¿Sabía usted todo de antemano?

—No. Solo espero que la gente a veces se elija a sí misma.

La resolución provisional sobre Mateo llegó al mes. No era definitiva, pero sí importante: el niño podía vivir con Bárbara hasta que se resolviera el caso. Gonzalo estaba aquel día frente al juzgado mirándola como si ya estuviera rompiendo todo a su alrededor. Cerca estaba Sergio, el hombre del abrigo gris. No intervino, no dijo nada de más, solo abrió la puerta del coche a Bárbara, donde Mateo ya estaba sentado con la mochila en las rodillas, mirando a un punto fijo.

—¿Nos vamos a casa? —preguntó.

Bárbara se sentó a su lado.

—Sí. Pero a otra.

Rodrigo les encontró un piso pequeño cerca del colegio. Bárbara insistió en el contrato y en un alquiler asequible. Él no discutió. Eso fue más inesperado que cualquier generosidad. La nueva casa era tranquila: dos habitaciones, una cocina con una ventana ancha, un armario viejo en el recibidor y una ventana desde la que se veía un parque infantil. Mateo primero recorrió las habitaciones con una libreta, anotando dónde estaba cada cosa. Al tercer día colocó sus lápices sobre la mesa y no los guardó en la mochila. Para él, eso significaba más que cualquier palabra.

Sara empezó a ir después de clase con su padre. Primero media hora, luego una hora. Se sentaba en el borde de la alfombra y construía con bloques junto a Mateo, sin tocar su fila. Un día, él le pasó una pieza verde. Bárbara estaba junto a los fogones y temía girarse para no espantar ese mundo pequeño que se formaba lentamente, pero con honestidad.

Con Rodrigo todo era más complicado. No cortejaba de manera convencional, no inundaba de mensajes, no intentaba comprar su tranquilidad. A veces traía libros para Sara y se quedaba a tomar té. Otras veces arreglaba una estantería mientras Mateo vigilaba que los tornillos estuvieran ordenados por tamaño. Una noche, mientras los niños discutían sobre un juego de mesa, Rodrigo dijo:

—Estoy acostumbrado a resolver las cosas rápido. Contigo no se puede.

—Porque no soy un problema.

Él la miró y esbozó una sonrisa leve.

—Sí. Ya lo he entendido.

Gonzalo no desapareció de inmediato. Llamaba desde números desconocidos, merodeaba cerca de la casa vieja, intentaba averiguar la nueva dirección a través de conocidos. Una vez se presentó en el colegio, pero Sergio lo vio en la verja antes de que Bárbara saliera con los niños. Después de eso, Gonzalo desapareció varias semanas. Bárbara empezó a dormir más hondo. Mateo dejó de comprobar el cerrojo antes de acostarse. Sara dijo una vez durante la cena en su cocina:

—Aquí se está bien. Silencio, pero no vacío.

Bárbara guardó esa frase.

La resolución definitiva sobre la tutela quedó fijada para un lunes. La víspera, Mateo eligió él mismo la camisa, metió la libreta en la mochila y ensayó largo rato la frase que doña Nina le había pedido que dijera si el juez le preguntaba dónde estaba más tranquilo. Por la mañana la dijo en voz baja pero clara:

—Quiero vivir con Bárbara porque ella sabe cómo poner bien mis tazas y no se enfada cuando tardo en pensar.

Bárbara estaba sentada a su lado, con las manos sobre las rodillas para que no se notara cómo temblaba por dentro. Gonzalo intentó hablar de familia, de agradecimiento, de que Bárbara «era joven y no podría». Pero estaban los documentos, los informes, las declaraciones. Estaba doña Nina, que no permitió que las palabras de Gonzalo se extendieran por la sala. Ese día, la tutela pasó a Bárbara.

Salió a la calle y durante un buen rato no pudo respirar hondo, como si el pecho aún no creyera en el papel con el sello. Mateo estaba a su lado, sujetándole la manga.

—¿Ahora no podrá llevarme?

—No —dijo Bárbara—. Ahora no.

Gonzalo lo oyó. No dijo nada, solo sonrió breve y feamente. Sergio dio un paso adelante, y el padrastro se fue escaleras abajo.

Esa noche Rodrigo llegó con Sara. No hicieron una fiesta, no aplaudieron. Bárbara friendo buñuelos, Mateo colocó los platos, Sara trajo un dibujo: cuatro personas junto a una ventana y un cubo rojo en el alféizar. Rodrigo miró el papel largo rato, luego dijo:

—Ha quedado una casa bonita.

—Todavía no es una casa —corrigió Mateo—. Es un plano.

—Entonces construiremos según el plano —respondió Rodrigo.

La prueba final llegó tres semanas después, cuando todos empezaban a creer que lo peor había quedado atrás. Un sábado por la tarde, Bárbara freía buñuelos, Sara le leía en voz alta a Mateo, Rodrigo iba a subir en unos minutos —había dejado el coche en el patio—. Sonó el timbre. En la pantalla del portero, un hombre con una caja de entrega. Bárbara no abrió de inmediato, pero la caja ocultaba el rostro, y la voz dijo: «Para Sara Linares, de parte de su padre».

Ella quitó la cadena.

Gonzalo entró de un tirón, golpeando la puerta contra la pared. La caja cayó. En la mano llevaba un cuchillo de cocina. Tenía la cara hundida, los ojos inquietos, la chaqueta colgando como una prenda ajena.

—¿Creías que un papel te salvaría? —dijo.

Bárbara se puso entre él y la habitación donde estaban los niños. No gritó. La garganta se le cerró, pero los pensamientos iban claros: Sara junto a la ventana, Mateo cerca de la mesa, Rodrigo todavía abajo, Sergio quizá junto al coche.

—Sara, cierra la puerta de la habitación —dijo sin volverse—. Mateo, haz lo que diga Sara.

Gonzalo se acercó a ella.

—Me has quitado todo.

—No tenías nada nuestro —respondió Bárbara—. Solo nos tenías cerca.

Él levantó el brazo. La puerta del portal aún no se había cerrado del todo desde que Rodrigo entró, y por eso Bárbara oyó sus pasos en el último instante. Rodrigo entró en el piso deprisa, pero sin esa elegancia de película. Simplemente se puso entre ellos y recibió el golpe en su lugar, empujando a Bárbara hacia la pared con el hombro. El cuchillo le rozó el costado. No fue profundo, como diría luego el médico, pero bastó para que la cocina, los niños, los buñuelos en el fuego y toda la nueva vida se volvieran frágiles como el cristal durante un segundo.

Sergio apareció detrás. Inmovilizaron a Gonzalo en el recibidor. Él intentaba hablar, acusar, prometer, pero sus palabras ya no sujetaban a nadie. Bárbara estaba sentada en el suelo junto a Rodrigo, apretando un paño contra su costado.

—Mírame —repetía ella—. Solo a mí.

—¿Los niños?

—Aquí. Enteros.

Mateo se acercó por sí mismo. En las manos traía el cubo rojo, el mismo que Sara había dejado una vez sobre su mesa. Con cuidado, lo puso en la palma de Rodrigo.

—Esto es para casa —dijo—. Para que no se derrumbe.

Rodrigo cerró los dedos alrededor del cubo e intentó sonreír.

—Entonces aguantará.

La ambulancia lo recogió rápido. Bárbara fue en ella, sujetándole la mano, y no la soltó ni cuando el sanitario le pidió que dejara espacio. En el hospital tuvo que esperar varias horas. Sara se durmió en su regazo, Mateo se sentó junto a Sergio y alineaba servilletas en la mesita. Cuando el médico salió y dijo que no había peligro, Bárbara, por primera vez en todo ese tiempo, lloró no de miedo, sino porque ya podía exhalar.

Rodrigo se recuperó con terquedad. A la semana ya intentaba trabajar con el teléfono, hasta que Bárbara se lo quitaba y lo ponía en el estante de arriba. Sara le dibujaba postales. Mateo comprobaba cada vez que el cubo rojo seguía en la mesilla, y un día dijo severo:

—No se puede quitar. Ahora es de carga.

Rodrigo se lo tomó en serio.

—Entendido. Las cosas de carga no se tocan.

Cuando Bárbara volvió a clase, los niños la recibieron con el ruido de siempre: alguien había olvidado la agenda, otro había perdido la bolsa del chándal, un tercero juraba que los deberes se los había comido el gato. Sara estaba sentada junto a la ventana y sonreía ya no con cautela, sino con calma. En el recreo se acercó a la mesa y puso delante de Bárbara un nuevo dibujo. En él había un colegio, una casa al lado, y entre ellos cuatro figuras cogidas de la mano, sin apretarse demasiado, como si a cada una le dejaran espacio para respirar.

—¿Somos nosotros? —preguntó Bárbara.

—Así será —dijo Sara—. Después.

Esa tarde, Rodrigo vino a buscar a su hija. Seguía pálido, se movía con cuidado, pero en los ojos había recuperado la firmeza de siempre. Mateo salió con Bárbara, porque todos necesitaban ir a la tienda a por harina: Sara había anunciado que los buñuelos eran ahora un plato familiar y no podían faltar.

Junto a la verja del colegio, Rodrigo se detuvo al lado de Bárbara.

—¿Podemos hoy simplemente sentarnos en tu cocina? Sin hablar de juicios, de gente en el portal ni de papeles. Solo té.

Bárbara miró a Sara, que le explicaba a Mateo por qué el lápiz rojo era más importante que el rosa, luego a Rodrigo. En su petición no había presión, ni triunfo, ni ganas de cobrar una recompensa por todo lo hecho. Solo un hombre cansado que también quería una noche tranquila.

—Vale —dijo ella—. Pero las tazas se colocan justo en el borde de la mesa. Tenemos normas.

—Sé obedecer a los maestros.

Ella sonrió. No para los niños, no por cortesía, no para ocultar las huellas del pasado. Simplemente porque delante había una tarde: harina, hervidor, voces de niños, un dibujo en la nevera y un cubo rojo en el alféizar. El miedo aún no se había ido del todo; a veces volvía con un sonido brusco, un paso ajeno, un sueño al amanecer. Pero ahora, junto a él, vivía una costumbre nueva: no esperar el golpe de cada puerta que se abre. A veces, detrás de la puerta estaban los tuyos.

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La maestra le quitó el móvil a la niña. No sabía que el padre ya venía al colegio.
La Nochevieja transcurría aburrida, hasta que una mujer desconocida se sentó a su mesa