Una gata callejera acudía cada noche al balcón y maullaba. Cuando abrí la puerta, me condujo hasta los gatitos abandonados en el sótano del edificio.

Cada tarde, una gata pelirroja se colaba en mi balcón. Maullaba de un modo que parecía pedir auxilio, sin darme tregua ni a mí ni a mi conciencia. Estuve a punto de llamar al servicio de recogida de animales, pero en cuanto abría la puerta, ella saltaba lejos, justo hacia lo que más temía.

—Otra vez tú.

Aparté la cortina y miré al balcón. La gata pelirroja estaba sentada en la barandilla, mirándome fijo. Sus ojos brillaban en el anochecer, y de su garganta salía un maullido largo, casi humano.

—Vete —dije con un gesto, y volví a correr la cortina.

Durante cinco tardes seguidas se repitió lo mismo, hasta resultar ridículo: apenas llegaba a casa del trabajo, allí estaba otra vez la gata. Otra vez en mi balcón del cuarto piso. Cómo se las arreglaba para subir seguía siendo un misterio, pero ahí estaba, de nuevo.

Trabajaba de contable en una pequeña empresa, y los últimos meses habían sido especialmente duros. Entrega de informes trimestrales, auditorías, llamadas constantes. Llegaba a casa completamente agotada. Lo único que necesitaba era silencio, un té caliente y mi serie favorita. Y encima la gata con sus conciertos.

—Oye, ¿por qué no le das de comer? —me sugirió al día siguiente mi compañera Carmen.—Come y te dejará en paz.

—No pienso domesticar animales callejeros —corté.—Ya tengo suficientes problemas.

Y era cierto. Tras el divorcio, tres años atrás, había organizado mi vida como a mí me gustaba. Sin dependencias, sin obligaciones. Mi piso era mi fortaleza, donde reinaban el orden y la previsibilidad. Los animales no entraban en esos planes.

Pero la gata parecía pensar distinto. La sexta tarde maulló tan fuerte y con tanta insistencia que la vecina de abajo llamó al timbre.

—Sofía, ¿podría hacer algo con esa gata? —suplicó.—Me estalla la cabeza con ese aullido.

—Lo siento, doña María —murmuré.—Ahora mismo me ocupo.

Ocuparme no me apetecía nada. Pensé en llamar al servicio de recogida, pero recordé lo que hacen con los animales sin hogar y no fui capaz.

—¿Qué quieres?

Abrí la puerta del balcón y salí. La gata dejó de maullar y me miró con atención. Estaba flaca, el pelo apelmazado en mechones, pero sus ojos eran completamente sanos e inteligentes. Muy inteligentes.

—Vamos, dime, ¿qué necesitas? ¿Comida?

Alargué la mano para acariciarla, pero la gata saltó hacia atrás, bajó unos escalones por la escalera de incendios y se detuvo. Se volvió. Me miró. Volvió a maullar.

—¿Quieres que te siga? —pregunté incrédula.

La gata bajó otro tramo y se giró de nuevo.

La curiosidad es algo asombroso. Me empuja a actuar, no hay otra forma de decirlo. Me até la chaqueta, me calcé las zapatillas a toda prisa, sin pensar siquiera en la comodidad, y salí al pasillo. La gata, como si ya lo supiera todo, esperaba junto a la puerta. Al verme, salió disparada escaleras abajo sin volverse. Una sombra casi silenciosa se deslizó delante. No me quedó más que seguirla.

Bajamos hasta la primera planta, pero la gata no se detuvo. Se dirigió a la puerta del sótano, que yo nunca abría. La puerta estaba entreabierta; dentro se veía una negrura absoluta.

—¿Quieres que me meta ahí?

Miré a la gata.

—Ni lo sueñes.

Pero ella se coló dentro y al segundo volvió a aparecer. Se sentó en el umbral. Me miró con aquellos ojos tan singulares.

Entonces lo oí. Un chillido fino, apenas perceptible. Varias voces a la vez.

—¿Gatitos? —murmuré.

Saqué el móvil, encendí la linterna y entré con cuidado en el sótano. Olía a humedad y a moho. La gata iba delante, volviéndose de vez en cuando para comprobar si la seguía.

En el rincón más alejado, detrás de unas tuberías viejas, los vi. Cuatro gatitos minúsculos yacían sobre un trapo sucio. Eran tan pequeños que todavía no habían abierto los ojos. Su chillido era desesperado, hambriento.

—Dios mío.

Me agaché.

—¿Cómo habéis llegado aquí?

La gata se acercó a los gatitos, se tumbó junto a ellos, y al instante se agarraron a ella para mamar. Pero vi que ella misma estaba agotada, que la leche no le bastaba. La temperatura del sótano no llegaba a los diez grados. Por la noche haría aún más frío.

—Venías a pedir ayuda —dije, más que preguntar, a la gata.—Buscabas a alguien que ayudara a tus crías.

La gata me miró y maulló bajito. En su mirada había gratitud.

Llamé a Carmen. Tardó en responder.

—Sofía, ¿a qué llamas? Son casi las diez.

—Necesito ayuda. Urgente. Tengo una situación.

Carmen llegó veinte minutos después con una caja, una manta caliente y un biberón para alimentar a los gatitos. Ella tenía experiencia; el año anterior había criado a un cachorro abandonado.

—Vaya —dijo, evaluando la escena.—Los gatitos se los lleva a casa ahora mismo. La madre también. Mañana a primera hora, al veterinario. Vas a necesitar ayuda para la toma, son muy pequeños.

—Ayudaré —dije en voz baja.

Colocamos a los gatitos con cuidado en la caja. La madre se puso nerviosa al principio, pero cuando comprendió que no corrían peligro, saltó detrás tranquilamente.

En casa les preparé un lugar en el baño, que era la habitación más cálida. Carmen me enseñó a darles el biberón si la madre no se bastaba. La gata comió con avidez, seguramente por primera vez en muchos días.

—Sabes —dijo Carmen mirándome—, siempre pensé que tras el divorcio te habías cerrado demasiado al mundo. Que tenías miedo de volver a confiar en alguien, incluso en animales.

—Puede ser.

Acaricié la cabeza pelirroja.

—Pero esta gata me ha enseñado lo que es la lealtad de verdad. Podría haber abandonado a sus crías y buscar comida para ella sola. En cambio, buscó ayuda para ellos.

Al día siguiente, el veterinario dijo que los gatitos sobrevivirían, pero necesitaban cuidados minuciosos. La madre requería vitaminas y una alimentación reforzada.

—Rara vez se ve un instinto maternal tan fuerte —comentó el doctor, como si pensara en voz alta.—Normalmente, las gatas callejeras esconden a sus crías en lugares apartados. Esta encontró la manera de pedir ayuda.

Las siguientes tres semanas viví según el horario de las tomas. El despertador sonaba cada tres horas, de día y de noche. Carmen me echaba una mano cuando yo estaba en el trabajo. Los gatitos se fortalecían, abrieron los ojos, empezaron a gatear.

Por cierto, en la oficina todos creían que tenía un bebé en casa, con esas ojeras de falta de sueño. Los compañeros preguntaban si me encontraba bien, si estaba enferma. Yo bromeaba diciendo que el insomnio me estaba matando.

—Sofía, ¿entiendes que en tu piso de una habitación no pueden vivir cinco gatos? —preguntó Carmen con cuidado.

—Lo entiendo —asentí.

Puse un anuncio para dar en adopción a los gatitos en buenas manos. Se presentaron muchos interesados, pero yo seleccionaba con cuidado a los futuros dueños, comprobaba las condiciones en que vivirían los pequeños.

Dos meses después, los cuatro gatitos tenían hogar. Una se la quedó la vecina doña María, la misma que se había quejado de los maullidos.

—Mis nietos se alegrarán —sonrió.—Hacía tiempo que quería tener una gata, pero nunca me decidía.

La gata pelirroja se quedó conmigo. La llamé Rufa, sencillo y sin adornos. Resultó ser increíblemente inteligente y agradecida. Dormía en mi almohada, me recibía al llegar del trabajo, ronroneaba por las tardes acurrucada en mi regazo.

—Sabes, Rufa —le dije una noche—, me has enseñado mucho. Creía que no quería responsabilizarme de nadie. De repente comprendí que cuando das calor a otro, tu propia vida se vuelve más plena.

Rufa me miró con sus ojos inteligentes y apoyó la cabeza en mi mano.

Seis meses después, Carmen me contó que los gatitos habían crecido sanos y felices. Doña María adora a la suya. Y yo he adquirido una costumbre: cada tarde abro la puerta del balcón y dejo que Rufa respire el aire fresco.

A veces, la misericordia llega de la forma más inesperada. En forma de una gata callejera insistente que no se rindió y encontró el modo de salvar a sus crías. El amor maternal no conoce fronteras, ni en humanos ni en animales. Y el corazón humano es capaz de derretirse incluso tras años de soledad, si en él despierta la compasión.

¿Os habéis fijado alguna vez en los animales sin hogar? Puede que alguno de ellos también esté pidiendo ayuda. Compartid vuestra historia en los comentarios.

fuente.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 + seventeen =

Una gata callejera acudía cada noche al balcón y maullaba. Cuando abrí la puerta, me condujo hasta los gatitos abandonados en el sótano del edificio.
Casarse por culpa de Coli La infancia feliz de Coli terminó cuando tenía cinco años. Aquel día, sus padres no fueron a recogerle a la guardería. Todos los demás niños ya se habían marchado, y él seguía sentado, dibujando a su mamá y su papá. La educadora le miraba de reojo, secándose las mejillas constantemente. Al final se le acercó, lo abrazó fuerte y le susurró: —Pase lo que pase, no debes tener miedo, Colita. Ahora tienes que ser fuerte, ¿me entiendes, pequeño? —Quiero irme con mi mamá —respondió él. —Vendrán unos señores a buscarte. Irás con ellos, Colita. Habrá muchos niños, pero no llores, ¿vale? La mujer lo estrechó con su rostro húmedo, y después, alguien le cogió de la mano y le llevó hasta un coche. Cuando preguntó cuándo volvería a ver a su mamá, le dijeron que sus padres estaban muy lejos y no podrían venir por él. Coli fue alojado en una habitación con otros niños como él, pero mamá y papá no aparecieron ni al día siguiente ni al siguiente. Coli lloraba en silencio cada noche hasta que cayó enfermo. Sólo una enfermera, cuando sanó, se sentó a hablar con él muy seriamente. Sus padres, le explicó, estaban ahora muy, muy lejos, en el cielo, donde no podían volver, pero sí mirar por él, así que debía portarse bien para no entristecerles. Él no la creyó. Miraba al cielo y no veía a nadie salvo a los pájaros y las nubes. Decidido, pensó que tenía que encontrarlos. Escarbó bajo una valla en el patio hasta hallar una abertura y escapó, lanzándose a la calle sin conocer la ciudad. Buscaba su casa, pero todas eran iguales. En un paso de cebra vio a una mujer idéntica a su madre, mismo vestido de lunares, recogido rubio. —¡Mamá! —gritó, corriendo tras ella. La mujer se giró, se puso en cuclillas y le miró: no era su madre. Nina se había enamorado a los veinte años de Vitalio, se casaron pronto, pero descubrió que no podría tener hijos. Vitalio propuso adoptar, pero Nina, amándole tanto, le pidió el divorcio para que fuese feliz con otra mujer. Finalmente le mintió fingiendo otro romance y así Vitalio accedió a separarse. Cuando Coli le llamó “mamá” en la calle, Nina ya llevaba dos meses divorciada y echaba de menos a su exmarido. El corazón se le salió del pecho. —¿Te has perdido? —le dijo dulcemente. —Busco a mis papás. Dicen que están en el cielo, pero no lo creo —rompió a llorar Coli. —Ven, vivo cerca, tengo pasteles ricos —le ofreció cogiendo su mano. Coli comió dulces con avidez y le contó su historia. Nina se enterneció y le propuso: —¿Quieres que te lleve conmigo? Viviremos juntos y, cuando seas mayor, quizá encuentres a tus padres. Coli aceptó y Nina contactó con el orfanato, al que llevó al niño tras prometer visitarle todos los días. Pero no podía adoptarle sola: tenía trabajo y piso, pero no marido. Con mucho pesar, pensó en casarse de mentira con un compañero de oficina, Stanis, a cambio de una cena, aunque la idea le repugnaba por seguir amando a Vitalio. Pero cuando vio a Coli con un ojo morado por los golpes de otros niños que le tenían envidia por sus visitas, Nina supo que no podía esperar más. Cedió a las condiciones de Stanis y le invitó a cenar en casa. La noche en que fue a abrirle, apareció inesperadamente Vitalio en el rellano, testigo del encuentro y partió roto. Nina expulsó a Stanis y rompió a llorar, temiendo por el destino de Coli. Dos años más tarde, Coli entraba orgulloso al colegio de la mano de sus padres y una hermana pequeña, Maruja. Nina, Vitalio y dos hijos adoptivos. Stanis, en el fondo, no fue tan malo: llegó a explicarle la situación a Vitalio, quien corrió a por Nina para casarse de nuevo y poder salvar a Coli. Desde entonces no dejaron de visitar el orfanato llevándoles dulces y regalos. —Mamá, papá, prometo portarme bien —susurraba Coli mirando al cielo—. No os enfadéis conmigo por tener otros padres. Os quiero mucho, pero son provisionales hasta que os vea de nuevo. Ya sabía que sus padres habían muerto en un accidente. Los había visitado en el cementerio. Los domingos asistía a la catequesis y ya entendía qué era ese “cielo”. Y aunque Nina quiso tomar las riendas de la vida, el destino le llevó, por segunda vez, a casarse con Vitalio. Y todos fueron felices.