Dos semanas llevaba Lola sisando y arañando, sin dejar que su dueña se acercara al sofá viejo. Aurora casi se decidió a dar la gata. Pero cuando el vecino ayudó a mover los muebles, detrás apareció lo que lo explicaba todo.
Lola nunca había sido mala. Pero al sofá viejo del salón no dejaba acercarse a nadie, y Aurora llevaba ya dos semanas sin entender por qué.
Empezó con una tontería. Mañana, cocina, olor a infusión y pan tostado quemado. Aurora terminó el café, se secó las manos en el delantal de girasoles y fue a limpiar los muebles. Alargó la mano hacia el reposabrazos.
La gata arqueó el lomo y siseó tan fuerte que Aurora dio un salto atrás y golpeó con el codo la lámpara de pie. En tres años juntas habían pasado de todo: ronroneos por la mañana, maullidos exigentes antes de la comida, silencios ofendidos después del veterinario. Pero el siseo lo oía por primera vez.
Luego la gata engordó de manera notable. Los costados se redondearon, el paso se volvió pesado y cauteloso. Aurora pensó: la he sobrealimentado. Redujo la ración, devolviendo el sobrante a la bolsa de papel de aluminio. No sirvió. Lola empezó a llevarse trozos del plato a algún sitio detrás del sofá, y un día Aurora encontró detrás de una pata un trozo seco de pollo, cubierto de polvo.
En la esquina olía raro: agrio, cálido, vivo. Aurora se arrodilló, intentó mirar por la rendija entre la pared y el respaldo. Lola se lanzó a cruzarse, sin ruido, sin aviso. Se plantó delante de la rendija y clavó sus ojos amarillos como si a sus espaldas estuviera lo más valioso del mundo.
En el dorso de la mano quedaron dos arañazos finos.
La hija llamó por la noche, como siempre, de paso.
—Mamá, ¿qué pasa con la gata?
—Sisea. Me ha arañado la mano. No deja acercarme al sofá.
Luz suspiró. Al otro lado se oían tacones sobre el asfalto, un claxon, el crujido de una bolsa de la compra.
—Te lo dije. Deshazte de ella antes de que te arañe la cara. Hay grupos en internet, las recolocan rápido.
Aurora calló. Los dedos apretaron el borde del mantel hasta que la tela se arrugó como un acordeón.
—¿Mamá? ¿Me oyes?
—Te oigo.
—No necesitas todo esto. Tú sola, con esa gata… Vente mejor conmigo.
Dejó el teléfono en la mesa. En el pasillo, Lola estaba sentada junto a la puerta del salón, el rabo enrollado alrededor de las patas delanteras, el lomo recto. Como un centinela. Y en esas dos semanas nunca se había alejado de allí mucho tiempo: incluso comía más rápido de lo normal, como si tuviera prisa por volver.
Después de la conversación, Aurora abrió el móvil y escribió en el buscador lo que su hija había dicho. Los grupos aparecieron enseguida. Fotos de gatos, pies de foto: «cariñoso», «usa el arenero», «busca hogar». Pasó la pantalla un minuto. Luego dejó el teléfono boca abajo, y la garganta se le secó.
Antes de dormir se acercó al salón. Lola yacía junto al sofá y se lamía una pata, despacio, con esmero, como si se preparara para algo importante. Aurora se sentó en el umbral.
—Lola. ¿Qué escondes ahí?
La gata levantó la cabeza, parpadeó y siguió laméndose.
Aurora no durmió. Al otro lado de la pared se oía un roce que paraba y empezaba otra vez. Una vez, a través del silencio, se coló un sonido fino, parecido a un chillido. Aurora se quedó quieta, escuchó. No se repitió.
Se levantó y fue descalza hasta la puerta. El suelo helado; por debajo del rodapié se colaba diciembre. La farola de la calle tiraba rayas amarillas a través de la cortina, y en aquella luz desigual Aurora vio: Lola no estaba sobre la alfombrilla. Se apretaba contra la pared, junto al sofá. El vientre subía y bajaba con ritmo.
La gata no siseó. Yacía mirando a Aurora a través de la raya de luz de la farola.
Aurora volvió al dormitorio. En la mesilla había una foto de su marido en un marco de conchas traído del mar. Víctor sonreía. Y Aurora pensó: él no habría dado la gata. Él primero habría movido el sofá.
Por la mañana llamó a Javier del piso de abajo. El vecino tenía unas manos que valían para levantar un armario y arreglar un grifo. No hizo preguntas de más.
—¿El sofá? —repitió—. ¿Adónde lo movemos?
—De la pared. Necesito ver qué hay detrás.
Llegó en diez minutos, en camisa de cuadros y zapatillas sin calcetines. Detrás asomó Rosa, su mujer, que no pudo contenerse.
Lola, al ver a los extraños, se metió debajo de la mesa de la cocina. Aurora notó: la gata no corrió al salón, como hacía siempre. Se quedó en la cocina. Las pupilas se habían dilatado tanto que apenas quedaba amarillo en los ojos, y las patas temblaban sobre el frío suelo de baldosas.
Javier agarró un extremo. Aurora el otro. Las patas del sofá chirriaron sobre el parqué, un sonido largo y áspero que llenó el piso hasta el techo. El sofá pesaba, viejo, hinchado por el tiempo. El polvo subió en una columna y giró en la raya del sol de la mañana.
Rosa fue la primera en gritar.
En la esquina, sobre una vieja bufanda de lana que Aurora había perdido en octubre, yacían los gatitos. Cuatro. Diminutos, ciegos, con las orejas pegadas y las almohadillas de las patas rosas, tan suaves que cabrían en la uña. Se movían abriendo las bocas desdentadas, y de ellos salía un olor a leche, cálido y espeso. A Aurora se le cortó la respiración.
Se arrodilló sobre el parqué polvoriento. Las manos le temblaban. Alargó los dedos hacia el gatito atigrado con una estrella blanca en la frente, y él hundió el morro en su palma. La palma estaba fría, y el gatito como una pequeña estufa.
—Pues vaya gata mala —exhaló Javier, agachándose a su lado.
Rosa se volvió hacia la cocina. Lola estaba en el marco de la puerta, inmóvil. No miraba a las personas. Miraba a los gatitos.
Entonces Aurora lo entendió todo de golpe. Los siseos y la comida detrás del sofá, la barriga hinchada y las noches sin dormir junto a la pared, cuando parecía que la gata solo tenía «mal genio». Y la bufanda. Aquella bufanda de lana del recibidor, con la que Aurora se arropaba las rodillas por las tardes. Lola la había robado, la había extendido en la esquina y había hecho un nido.
La gata se acercó despacio, pasos silenciosos. Olfateó la mano de Aurora, rozó con el hocico los dedos. Y se tumbó junto a los gatitos, empujándolos uno a uno hacia su vientre.
Rosa salió en silencio y volvió con un platito de agua tibia. Lo puso en el suelo sin decir nada. Javier se enderezó, miró a Aurora de arriba abajo y también calló. No había nada que decir; todo estaba ya sobre la bufanda.
Por la tarde llamó Luz de nuevo.
—¿Qué, mamá? ¿Has pensado en la gata?
—Sí —dijo Aurora. La voz sonaba distinta, tranquila y cálida, como aquella bufanda que había aparecido en el lugar menos pensado—. Ahora somos cinco.
Al otro lado hubo un silencio. Luego la hija se rió, breve y desconcertada, y Aurora, por primera vez en dos semanas, sonrió.
Y Lola yacía sobre la bufanda, y cuatro gatitos ciegos buscaban su nariz en la oscuridad, empujándose contra el costado caliente. No ronroneaba. Respiraba hondo, acompasado.
Con eso bastaba.
Aurora cerró la puerta del salón, pero no del todo. Dejó una rendija.
Lola tenía que poder salir.






