Un jubilado planeó vender su gato, pero la reacción inesperada de la compradora lo dejó atónitoEl hombre, sorprendido, descubrió que la mujer no quería comprar al gato, sino adoptarlo para darle un hogar lleno de amor.

Andrés Pablo García estaba sentado junto a la ventana, mirando el anuncio en el móvil. Las letras se le nublaban: las gafas otra vez perdidas por casa. Pero el texto era simple:

«Regalo gato. Naranja, castrado, acostumbrado a la bandeja».

No. No lo regalaba. Lo vendía. Así al menos había más posibilidades de que acabara en una familia con recursos.

—Rufo —llamó en voz baja—. Ven aquí, naranjito.

El gato apareció como por arte de magia: un tractorcito ronroneante y gordezuelo, moviéndose sobre patas suaves. Saltó a su regazo, se hizo un ovillo. Caliente. Vivo.

Andrés Pablo le acarició tras la oreja. Rufo cerró los ojos de placer, y el dueño sintió el corazón encogerse. Seis meses ya desde que estaba solo.

—¿Y qué vamos a hacer nosotros dos, eh? —susurró el anciano—. Las medicinas se acaban, y la pensión también.

El minino ronroneaba sin saber nada. Andrés Pablo abrió la calculadora. Pienso: diez euros al mes. Arena: cinco más. Del veterinario mejor ni pensar.

Y las pastillas para la tensión costaban veinte euros cada mes.

—Mira, Rufo, yo no quiero separarme de ti, es que ya no puedo más.

Tecleó en el anuncio: «Gato a buenas manos. Treinta euros». Lo borró. Volvió a escribir: «Vendo gato. Cincuenta euros».

El móvil sonó enseguida. Una voz de mujer:

—Buenas, llamo por el gato. ¿Se puede ver?

—Se puede —respondió Andrés Pablo con voz ronca—. Venga.

Una hora después llamaron a la puerta. En el umbral había una mujer de unos cincuenta años, con ojos tristes.

—Inés —se presentó—. ¿Y el gatito?

Rufo, como de mala idea, salió justo entonces de la cocina, pero no fue hacia la visitante, sino hacia su dueño. Se restregaba contra sus piernas, ronroneaba, lo miraba con ojos enamorados.

—Aquí está, mi naranjito —dijo Andrés Pablo, esforzándose por hablar con indiferencia—. Buen gato. Cariñoso.

Inés se agachó y extendió la mano. Rufo la olió, pero no se acercó. Volvió junto al dueño.

—¿Y por qué lo vende? —preguntó la mujer en voz baja.

—Bueno, circunstancias —murmuró el anciano desviando la mirada.

Entonces Inés se fijó: las manos del jubilado temblaban. Y el gato no se separaba de él ni un paso.

Inés recorrió lentamente el piso con la vista. Todo limpio, ordenado, pero vacío. En el alféizar, un ficus seco. Sobre la mesa, un pastillero casi vacío. Y otro también casi vacío.

—Piso bonito —dijo—. ¿Cuánto lleva aquí?

—Cuarenta años ya —respondió Andrés Pablo acariciando a Rufo—. Lo compramos con Pilar…

No terminó. No hacía falta.

Inés asintió. Ella misma no hacía mucho que había perdido a Luna, una perra mestiza que vivió quince años. Un vacío en casa tan grande que las paredes amenazaban con venirse abajo.

—¿Y el gato no está enfermo? —preguntó.

—No, sano. Es que yo… —El anciano dudó—. Ya no puedo más. La edad, ¿sabe?

Rufo maulló largo y se restregó contra la pierna del dueño. Como si entendiera de qué hablaban.

—¿Y qué pienso le da? —siguió Inés.

Andrés Pablo señaló la cocina. Allí había dos cuencos: uno con agua, otro con pienso seco. Barato, de Mercadona. No era el peor, pero tampoco bueno.

—¿Es delicado con la comida?

—No, come lo que le den. Buen chico. Muy listo. Cuando Pilar estaba enferma, se acostaba en la cama con ella, la calentaba. Como si comprendiera. —La voz del dueño temblaba.

Inés se puso en cuclillas frente al gato. Rufo la miró, pero seguía pegado a su dueño.

—Dígame la verdad —preguntó en voz baja—, ¿por qué pide exactamente cincuenta euros?

El anciano se quedó cortado:

—Bueno, es un buen gato. De raza.

—Rufo es mestizo —replicó Inés con suavidad—. Guapo, pero mestizo. Y usted lo quiere. Entonces, ¿por qué lo vende?

Andrés Pablo se volvió hacia la ventana. Se quedó callado un buen rato. Rufo ronroneaba en su regazo, y el dueño lo acariciaba con manos temblorosas.

—Las medicinas se han puesto caras. Y el pienso. Él estuvo enfermo el mes pasado, lo llevé al veterinario. Pagué cincuenta euros. Los últimos.

—¿Y su hija? ¿Su hijo? ¿Familiares?

—La hija vive en Alemania. Cría a tres hijos suyos, no tiene tiempo para el viejo. Y yo no le pido nada.

Suspiró.

—Con Pilar nos las arreglábamos. Solo… no puedo.

Inés escuchaba y sentía el corazón encogido. Ahí estaba, ese viejo orgulloso, vendiendo lo único vivo que le quedaba en casa. Y el gato no lo entendía; se apretaba contra él, confiado.

—¿Y si no lo compro? —preguntó ella.

—Lo comprará otro. —La voz firme, pero las manos seguían temblando—. El anuncio ya está colgado, llaman.

—¿Y no le duele?

Andrés Pablo levantó la cabeza de golpe:

—¿Y usted cree que me es fácil? ¿Cree que lo hago por gusto?

Se detuvo, apretó los labios. Rufo se asustó con el movimiento brusco, saltó de su regazo, pero no se fue lejos: se sentó al lado.

Entonces Inés comprendió: no podía comprar el gato e irse. No debía separarlos.

Pero algo había que inventar.

Inés calló. Largo rato.

—Andrés Pablo, ¿y si no compro el gato? —dijo.

El anciano dio un respingo:

—¿Cómo que no? ¿Entonces para qué ha venido?

—Vine a ver. He visto. Y he entendido que el gato no lo compro.

Andrés Pablo palideció. Las manos le temblaron más fuerte.

—¡Usted misma llamó! ¡Usted misma dijo que necesitaba un gato!

—Lo necesito. —Inés se levantó del sillón y se acercó a la ventana—. Pero no a este.

—¿Qué le pasa a él?

Ella se volvió. Y el anciano vio que tenía lágrimas en los ojos.

—Al gato, nada. Al dueño, sí.

—No entiendo.

—Sí entiende, Andrés Pablo. —La voz le temblaba—. Hace poco perdí a mi perra. Vieja, enferma. Vivió conmigo quince años. Y lo peor antes de irse no fue la enfermedad. Ni el dolor. Fue que me miraba y parecía pedir perdón. Por darme trabajo.

Andrés Pablo tragó saliva. Rufo se acercó y se frotó contra su pierna.

—Y ahora los miro a usted y a Rufo, y veo lo mismo. Él se acerca a usted, y usted se avergüenza de no poder mantenerlo. Cree que hace lo correcto dándolo a buenas manos.

—¿Y no es correcto? —saltó el anciano—. ¿Es mejor que pase hambre conmigo?

—¿Y quién ha dicho que tiene que pasar hambre?

Hubo un silencio. Rufo maulló bajito, largo.

—Le propongo otra cosa —siguió Inés—. Yo le traeré pienso. Cada semana. Y dinero para el veterinario si hace falta.

—¿Qué? —Andrés Pablo la miró como a una loca—. ¿Y por qué haría eso?

—Porque quiero ayudar al gato. Pero no quiero separarlos. —Sonrió entre lágrimas—. Puede llamarlo alquiler de felicidad.

—¿Alquiler?

—Sí. Yo pago por venir a acariciar a Rufo. Y de paso tengo excusa para visitar a una persona sola. Tomar un té. Charlar.

El anciano calló. Tenía los ojos muy abiertos, los labios temblorosos.

—Es humillante —consiguió decir.

—¿Por qué humillante? —se extrañó Inés de verdad—. Es un acuerdo. Honrado. Yo consigo gato para mimar, usted consigue ayuda con la comida. Beneficio mutuo.

—¡No! ¡Yo no soy un mendigo! ¡No pido limosna! —Andrés Pablo se levantó bruscamente.

—¿Y quién ha dicho eso?

—¡Usted misma! ¡Ofrecer dinero a un desconocido!

Inés negó con la cabeza:

—Ofrezco un acuerdo. Pagar por un modo de relacionarme con el gato. Y con una persona inteligente e interesante que lo ha criado.

—¡Basta! —La voz se le quebró—. ¡No me tenga lástima!

Y entonces se calló. Volvió a sentarse en el sillón. Bajó la cabeza.

Rufo saltó a su regazo.

—¿Sabe qué es lo peor, Andrés Pablo? —preguntó Inés en voz baja—. No la pobreza. Ni la vejez. Sino el orgullo, que impide aceptar ayuda.

—No es orgullo —susurró él—. Es vergüenza.

—¿Vergüenza de qué?

—De no haber podido. De que mi mujer muriera y yo me quedara. De no haber ahorrado. De que mi hija esté lejos. De no poder ni mantener al gato.

Las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas.

—Y ahora llega usted. Y me ofrece ayuda. Y yo parezco un…

—¿Un tonto? —apuntó Inés con suavidad.

—Eso. Un tonto.

Ella se acercó, se puso en cuclillas junto al sillón:

—Andrés Pablo. Yo tengo un piso vacío. Una perra que se fue. Un trabajo al que no quiero ir. Y nadie cerca a quien contarle cómo me fue el día. Usted tiene a Rufo. Y un buen corazón.

—¿Cómo sabe que tengo buen corazón?

—Porque una persona mala no puede querer tanto a un gato.

Rufo ronroneó más fuerte, como si estuviera de acuerdo.

—¿Qué dice? ¿Trato hecho?

Andrés Pablo calló largo rato. Acarició el pelo naranja. Pensó.

El anciano suspiró hondo, hondo.

—Entonces… ¿lo intentamos?

Pasaron dos meses.

Andrés Pablo estaba sentado junto a la ventana con Rufo en el regazo, mirando la calle. Pronto llegaría Inés: los martes siempre traía pienso y algún capricho.

—¿Oyes, naranjito? —dijo en voz baja al gato—. Me parecen pasos conocidos.

Rufo levantó la cabeza, aguzó las orejas. Sí, seguro que era ella.

Llamaron a la puerta.

—¿Andrés Pablo? ¡Soy yo!

—¡Pase, pase! —El anciano se levantó, se alisó la camisa. En estos dos meses se le notaba más animado, hasta las mejillas se le habían sonrosado.

Inés entró con bolsas grandes, sonriendo:

—¡Hola, guapo! —al gato.

Rufo se puso a ronronear y se restregó contra sus piernas.

—Y a usted, Andrés Pablo, ¿cómo está? ¿Qué tal la tensión?

—Bien, bien. Ayer fui al médico, la tengo normal. Las pastillas que usted me trajo ayudan.

—¡Ah! Mañana es sábado. ¿Qué tal si vamos al parque? Sacamos a Rufo con el arnés.

Andrés Pablo se sonrojó:

—Vaya, al parque. La gente mirará, un viejo con un gato atado.

—¡Que miren! —rió Inés—. Envidiarán el pedazo de gato que tiene usted. ¿Verdad, Rufo?

El gato maulló aprobadoramente.

Tomaban té en la cocina. Andrés Pablo contaba de los vecinos, de las noticias del barrio. E Inés escuchaba, asentía, reía. En dos meses se había creado entre ellos una proximidad especial, no de familia, pero muy cálida.

—¿Sabe? —dijo ella, acabándose el té—. Su hija llamó esta semana.

—Sí, llamó. Preguntó cómo estaba. Le hablé de usted.

—¿Y qué dijo?

—Se sorprendió —confesó el anciano—. Dijo: «Papá, me alegro de que tengas una amiga». Amiga. —Sonrió—. Suena raro a mi edad, ¿verdad?

—¿Por qué raro? La amistad no tiene edad.

Rufo saltó del alféizar y se acercó al cuenco de la comida. Con pienso de calidad, que ya no era un problema.

—Y yo que quería venderlo —dijo Andrés Pablo en voz baja.

—Menos mal que no lo hizo.

—Ya… Entonces pensé que era el fin del mundo. Y resultó ser el principio de una vida nueva.

Inés asintió:

—A veces los momentos más terribles traen los cambios más luminosos.

Callaron, mirando cómo Rufo masticaba con parsimonia. Ahora lo tenía todo: comida, cariño, la atención de dos personas que lo querían.

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