En vísperas de Año Nuevo, uno quiere creer en milagros. Con una historia de final verdaderamente místico quiero compartir con ustedes hoy.
En el estudio donde vivía Manuel García apestaba a fideos instantáneos baratos y a soledad añeja.
El dueño estaba sentado junto a la ventana, en el único sillón que quedaba, mirando la calle vacía.
—¿Y ahora qué? —masculló para sí mismo.— ¿De qué vas a vivir?
Llevaba seis meses sin trabajo. Su mujer, Carmen, se había ido con el vecino hacía un mes. Se lo llevó todo, hasta la gata Luna, que recogieron la primavera pasada.
—No quiero verte —dijo al marcharse.— Hueles a vodka incluso por la mañana.
Y qué más podía decirle. Era verdad.
Ese día Manuel ni siquiera había tocado la botella: simplemente no tenía dinero. Los últimos veinte euros los gastó en esos malditos fideos.
De repente, en el portal se oyó un maullido lastimero.
—Otra vez el gato del vecino —dijo Manuel con un gesto de la mano.
Pero el maullido no cesaba. Más bien, se volvía cada vez más insistente.
Manuel se levantó, se acercó a la puerta, escuchó.
—¿Y qué quieres? —gruñó al abrir la puerta.
En el rellano estaba sentado un gato gris. Mojado, despeinado, con el pelo sucio. En el cuello colgaba un collar gastado.
El gato levantó la cabeza y miró a Manuel directamente a los ojos.
—Vete de aquí —dijo Manuel cansado, agitando la mano.— Yo mismo no tengo qué comer.
Pero el gato no se iba. Se acercó, se frotó contra sus piernas.
Manuel se agachó y examinó el collar. En una pequeña chapa desgastada había grabado: «Fermín».
—¿Fermín? —se extrañó Manuel.— Qué nombre más raro para un gato.
Y el gato, en respuesta, maulló fuerte, como confirmándolo.
Los dos primeros días Manuel intentó echar al intruso. Pero Fermín no se rendía. Se sentaba bajo la puerta, maullaba, arañaba. Y cuando Manuel salía a la compra, el gato le seguía pisándole los talones.
—¿Es que te has encariñado conmigo? —le preguntó Manuel al tercer día, mirando aquellos ojos grises.
Fermín ronroneó en respuesta.
—Bueno, pasa. Pero solo temporalmente. Hasta que encontremos a tu dueño.
En la casa, el gato se comportaba de manera extraña. No inspeccionó el territorio, como suelen hacer los animales. Fue directo a la ventana, saltó al alféizar y se quedó quieto, mirando a la calle.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Manuel.
Fermín no respondía. Simplemente se sentaba y miraba al horizonte.
Una semana después, la vida de Manuel empezó a cambiar.
Primero ocurrió algo increíble: llamaron de su antiguo trabajo.
—¿Manuel García? —oyó la voz conocida del jefe.— Soy Jorge Martínez. Tengo que hablar contigo.
Manuel se quedó helado. Seguro que querían reclamarle los daños de aquel fatídico día en que llegó borracho al trabajo.
—Le escucho —respondió con voz ronca.
—En resumen: he despedido a Pérez, el encargado. Resultó irresponsable. Y mañana viene una inspección, hay que entregar la obra. ¿Me echas una mano?
—Jorge, creía que me guardaba rencor.
—¡Qué rencor ni qué rencor! Eres buen tío, solo que la vida te apretó entonces. ¿Sales mañana?
Manuel miró a Fermín. El gato seguía en el alféizar, ronroneando sin volverse.
—Salgo —dijo Manuel con firmeza.
El trabajo le salió como la seda. Las manos recordaban cada movimiento, el ojo detectaba el mínimo defecto. Al atardecer, la obra estaba lista.
—¡Anda ya! —se admiró Jorge.— En un día has hecho lo que Pérez estuvo machacando una semana.
—Experiencia —respondió Manuel con modestia.
—La experiencia es buena. Vuelve a trabajar. Con una condición: ni una gota en el trabajo.
—Entendido.
En casa, Manuel se acercó a Fermín.
—Bueno, colega, ¿qué tal? He encontrado trabajo. Ahora te daré de comer.
El gato se volvió y miró a Manuel. En sus ojos amarillos brilló algo parecido a la aprobación.
Y una semana después ocurrió otro milagro.
Manuel volvía del trabajo cuando vio una figura conocida en la entrada del portal. Carmen. Estaba con una maleta y lloraba.
—¿Qué ha pasado? —se acercó a ella.
—Manuel —sollozó ella.— ¿Puedo quedarme? Sergio me ha echado. Dijo que ya se había hartado.
Manuel miró a su mujer llorando. Un mes antes la habría suplicado de rodillas que volviera. Ahora solo sentía lástima.
—Pasa —dijo en voz baja.— ¿Quieres un té?
—Sí. ¿Y ese gato de quién es? —se extrañó Carmen al ver a Fermín en el alféizar.
—Ahora es mío. Se llama Fermín.
—¿Te acuerdas de Luna? La llevé a casa de mi madre. Sergio no soporta los gatos.
—Ya.
Se sentaron en la cocina y tomaron té. Carmen contaba su vida con Sergio, se disculpaba, pedía perdón. Manuel escuchaba y pensaba que era extraño: no sentía rabia. Solo cansancio.
—Manuel, ¿empezamos de cero? —dijo ella.— Sé que fui una tonta. Pero nos quisimos alguna vez.
Manuel miró a Fermín. El gato seguía en la misma postura, mirando por la ventana.
—Sabes, Carmen —dijo Manuel despacio.— Te perdono. Y hasta te entiendo. Realmente me había dado a la bebida entonces. Pero no puedo recuperarlo.
—¿Por qué? —le miró ella, sorprendida.
—Porque yo soy otro. Y tú eres otra. Ya somos extraños.
Carmen rompió a llorar aún más fuerte.
—Pero te dejo dormir aquí —añadió Manuel.— Y mañana te ayudaremos a buscar piso. Ahora tengo trabajo, te echaré una mano con el dinero durante un tiempo.
Esa noche durmieron en habitaciones separadas. Fermín no se separó de Manuel en toda la noche, se tumbó a su lado y ronroneó.
Por la mañana, cuando Carmen se iba, se detuvo en la puerta.
—Manuel, es verdad que has cambiado. Te has vuelto más fuerte, o algo así.
—Puede.
Un mes después, Jorge Martínez le ofreció a Manuel ser encargado de obra.
—Tú mismo ves cómo te trata la gente. Te respetan. Y contigo trabajan mejor.
—Lo pensaré —respondió Manuel.
En casa se acercó a Fermín.
—¿Qué dices, colega? ¿Acepto?
El gato se volvió y le miró. En sus ojos había cierta tristeza.
—¿Qué te pasa? —se alarmó Manuel.— ¿Estás malo?
Fermín maulló bajito, de una manera especial. Distinta a como maullaba antes.
Esa noche Manuel se despertó con una sensación extraña. El gato yacía a su lado en la almohada y le miraba fijamente a la cara.
—¿Qué te pasa, Fermín?
El gato alargó una pata y tocó con cuidado la mejilla de Manuel.
—Fermín, me estás asustando.
Por la mañana Manuel se despertó solo.
Fermín había desaparecido.
Manuel registró toda la casa, todo el portal, el patio. Puso carteles con la foto de Fermín, llamó a todas las protectoras. El gato no aparecía por ninguna parte.
—¡No puede ser! —gritaba mientras buscaba por las calles.— ¡Las ventanas estaban cerradas! ¡La puerta, cerrada!
Pero Fermín se había esfumado, como si nunca hubiera existido.
Tres días Manuel no pudo comer. Se sentaba junto a la ventana y esperaba. ¿Volvería?
Al cuarto día llamaron. Una mujer dijo que solo hablaría del gato en persona.
Una hora después ya estaba en la puerta:
—¿Manuel García? Me llamo Pilar. Vengo por el cartel. Lo del gato.
—¿Ha visto a Fermín? —se animó Manuel.
—¿Puedo pasar? Me cuesta estar mucho tiempo de pie.
Manuel dejó pasar a la mujer al salón. Ella se sentó en el sillón, suspiró hondo.
—Joven, cuénteme, por favor, cómo era su gato.
Manuel describió a Fermín: gris, ojos amarillos, collar con chapa y nombre.
Pilar asintió.
—¿Y cuándo llegó a su casa?
—Hace dos meses. Con lluvia. Mojado, hambriento.
—Entiendo —calló la mujer.— Dígame, ¿su vida cambió después de que él apareciera?
—Cambió —respondió Manuel con sinceridad.— Mucho. Encontré trabajo, arreglé lo de mi mujer. Todo se encauzó.
Pilar sonrió con tristeza.
—Mire, joven. Fermín era mi gato. Murió hace seis meses. De viejo. Vivió catorce años.
Manuel se quedó helado.
—¿Qué dice?
—Siempre fue especial. Desde pequeño. Sentía a la gente. No estoy loca, si eso piensa. Solo que a veces pasan cosas que no se pueden explicar.
—Pero cómo, por qué…
—En vida, Fermín se escapaba a menudo de casa. Lo encontraba en los sitios más inesperados. Como si supiera dónde hacía falta ayuda. Iba a personas solas, a enfermos. Les ayudaba a salir del apuro. Y luego volvía a casa.
Manuel escuchaba sin dar crédito a sus oídos.
—Después de su muerte, pensaba a menudo: ¿por qué no podía quedarse? Tanta gente necesita ayuda aún.
—¿Y usted cree que él… que era realmente él?
—¿Y usted cree que no? —Pilar miró fijamente a Manuel.— Los gatos normales no se comportan así. Los gatos normales no desaparecen de casas cerradas.
Manuel se acercó a la ventana.
—¿Qué hago ahora? —preguntó en voz baja.
—Vivir —respondió Pilar con sencillez.— Vivir bien. Fermín le enseñó a creer de nuevo en usted mismo. Eso fue su regalo.
—¿Y si vuelvo a caer? ¿Si empiezo a beber?
—No empezará —dijo ella.— Ahora sabe que es capaz de ser otro.
Tras la marcha de Pilar, Manuel estuvo largo rato sentado junto a la ventana. El sol se ponía, tiñendo el cielo de grana.
—Gracias, colega —susurró al vacío.
Y de repente le pareció que una ligera brisa movía la cortina. Como si alguien invisible maullara en respuesta.
Una semana después, Manuel aceptó la oferta de ser encargado. Otro mes más tarde, conoció a una mujer en el autobús: llevaba a una gata callejera al veterinario.
—Es bonita —dijo Manuel mirando a la gata tricolor.
—Sí, pero no tiene dueño —respondió la mujer con tristeza.— Por cierto, me llamo Ana.
—Manuel. ¿Y qué tal si el dueño soy yo?
—¿Usted?
—Bueno, si no le importa.
Ana se rió.
—No me importa. ¿Y cómo la llamará?
Manuel miró los ojos amarillos de la gata.
—Fermina. En honor a un buen gato.
En lo alto del cielo, un gato gris llamado Fermín ronroneaba satisfecho. Su trabajo estaba hecho.
Manuel volvió a creer en la vida. Y en que los milagros ocurren a quienes están dispuestos a recibirlos.
Y eso, quizá, es la verdadera magia.
¿Diréis que esto no pasa? Tal vez. Pero yo os deseo que, en los momentos difíciles, encontréis también a vuestro «Fermín».






