– El perro no vale para cazar, hay que quitárselo – dijo el marido. Ana le hizo la maleta ya.

Ayer volví de cacería más furioso que un avispón. Dejé las botas en la entrada, una aquí, otra allá. Tiré la chaqueta al perchero, fallé, y ni me molesté en recogerla. Entré a la cocina y empecé a golpear la tetera.

Pilar estaba en el salón, mirando el móvil. Me oía andar pesado, nervioso, como si cada paso fuera una queja. Canelo, el perro color canela, yacía a sus pies, con el hocico entre las patas. Las orejas gachas, el rabo quieto. Siempre notaba cuando yo estaba de malas pulgas y procuraba no cruzarse en mi camino.

—Vale —dije, plantado en el umbral, con las manos en las caderas, como hago siempre que voy a soltar una sentencia definitiva—. El perro no sirve para cazar. Un inútil, no un perro. Lo he adiestrado y adiestrado, y nada. Cae un pato, él se sienta. Pasa una liebre, bosteza. Hay que deshacerse de él.

Pilar levantó la vista. Me miró con calma, con atención, como se mira a alguien que ha dicho una estupidez muy grande, pero aún no se ha dado cuenta.

—¿Deshacernos? —repitió, saboreando la palabra.

—¿Y qué? ¿Voy a mantener a un gorrón? Un perro de caza tiene que cazar. Y este… —Señalé a Canelo, que se pegó aún más a la pierna de Pilar—. Mañana lo llevo a lo de Manolo, a ver si se encarga. Si no, lo tiro en la carretera.

«Lo tiro en la carretera.» Ahí algo se rompió dentro de Pilar.

Se levantó sin decir nada. Canelo se puso en pie al instante, mirándola con inquietud. Pilar pasó por mi lado, fue al recibidor, abrió el armario del altillo y sacó una maleta grande, azul, con ruedas. La misma con la que fuimos a Salou una vez, cuando aún viajábamos juntos.

La seguí con la mirada, pero no dije nada. Supuse que iba a hacer la mudanza de temporada.

Pero Pilar abrió mi mitad del armario.

Camisas: una, dos, tres, cuatro. Con cuidado. Calzoncillos, calcetines: al bolsillo lateral. Vaqueros: unos de vestir, otros de diario. Un jersey gris, regalo de mi madre. La maquinilla de afeitar del baño. El cepillo de dientes.

Aparecí en la puerta del dormitorio y me quedé mirando unos segundos. Luego caí en la cuenta.

—¿Qué haces?

—Hacerte la maleta —respondió Pilar con el mismo tono con que decía «la cena está en la placa» o «se ha acabado el pan».

—¿Qué maleta? ¿Para qué?

—Bueno, has dicho que hay que deshacerse de lo que no sirve. Pues yo me deshago.

Parpadeé. Me senté en el borde de la cama, despacio, como si las piernas no me sostuvieran.

—¿Por el perro?

—No por el perro. Por ti.

Cerró la cremallera y se incorporó. Canelo entró en silencio y se echó en el umbral, como si montara guardia.

—Te voy a decir una cosa, Eduardo, ya que hemos empezado. Llamas gorrón a Canelo. No sabe cazar, no sirve para nada. Vamos a ver quién sirve para algo aquí.

—Pilar, no empieces.

—Canelo no trae patos, es verdad. Pero cada mañana me recibe como si hubiera estado ausente seis meses. Me pone la pata en la rodilla cuando lloro. Y lloro, Eduardo, a menudo. Porque llegas del trabajo y te sientas frente a la tele. De cacería, al sofá. La última vez que hablamos con normalidad fue cuando vino la factura de la luz muy alta. Que soltaras tres frases seguidas, eso sí fue un acontecimiento.

Abrí la boca.

—¿Me estás comparando con un perro?

—No te comparo. Constato. Canelo está vivo. Siente. Ama. Sin interés. No le importa si estoy delgada o si hago cocido. Le importa que esté. Tú, Eduardo, ¿cuándo te alegraste la última vez de que yo esté?

El silencio se quedó en la habitación, denso como la ropa tendida un día de lluvia.

Miré la maleta. Luego a mi mujer. Canelo levantó la cabeza y me miró sin rencor, sin ira. Solo miró. Los perros no saben guardar rencor: tienen el corazón demasiado grande.

—No iba en serio —dije—. Me calenté. Los tíos se reían.

—Los tíos se reían. Y tú, por no quedar mal delante de ellos, decidiste deshacerte de un ser vivo que confía en ti. Que corre a recibirte cuando llegas a casa. Y que no sabe que vas a tirarlo. Él piensa que eres bueno.

Me froté la cara con las manos. La barbilla me picaba: no me había afeitado en los dos días de cacería.

—¿Y la maleta va en serio?

Pilar calló. Afuera, los gorriones se peleaban en el olivo. La nevera zumbó y se apagó.

—Va en serio, Eduardo. No es por Canelo. Canelo ha sido la gota que colma el vaso. Has dicho «deshacerse», «tirar en la carretera» de un ser vivo. ¿Y si mañana no le gusto yo, también te deshaces de mí? ¿Me llevas a casa de mi madre porque ya no sirvo?

—Estás exagerando.

—El que exagera eres tú. Hace tiempo que dejaste de ver que hay vida a tu alrededor. Yo estoy viva. Canelo está vivo. No somos herramientas. No somos una escopeta que se vende si falla. Somos una familia. Y una familia no se tira.

Me quedé sentado, sintiéndome como no me había sentido en mucho tiempo. Antes era así: yo decía, ella asentía. No porque Pilar fuera débil. Sabía callar, con paciencia, a la española. Cuidaba. Suavizaba. Y yo me había acostumbrado a soltar cualquier tontería sin que pasara nada.

Pero pasa.

Canelo se acercó y me rozó la mano con el hocico, húmedo. Se acercó porque veía que un ser humano estaba mal. Y cuando alguien está mal, hay que estar cerca. Canelo lo sabía, no con la cabeza, sino con las entrañas, con todo su pelo canela.

Miré al perro. El hocico mojado, los ojos marrones, el rabo que se movía con timidez: ¿hacemos las paces?

Y entonces me llegó. No hasta las lágrimas, que un hombre es un hombre. Pero algo se dio la vuelta dentro de mí, como una barca en una ola: zas, y ya estaba en la otra orilla.

—Pilar. Guarda la maleta.

—¿Para qué?

—Porque —acaricié la cabeza de Canelo— soy un imbécil.

—Eso ya lo sé. La cuestión es si eres un imbécil que aprende, o un imbécil al que no hay quien le meta en la cabeza.

Sonreí. Incluso así, tenía arte.

—Aprendo. Perdona. Por Canelo. Y por todo.

Pilar se acercó a la maleta, la abrió. Sacó la maquinilla, el cepillo, los puso en la mesilla.

—Las camisas, las cuelgas tú.

Asentí. Me incliné hacia Canelo y le rasqué detrás de las orejas.

—Bueno, gorroncito —la voz me tembló un poco—. ¿Seguimos adelante?

Canelo movió el rabo con tanta fuerza que casi derriba la lámpara. Brincó, me lamió la nariz. Se sentó y nos miró a los dos con esa expresión que solo tienen los perros: la de una felicidad absoluta, inmerecida.

A la siguiente cacería fui sin Canelo. Volví con dos patos y una bolsa de huesos de caña del mercado.

—¿Para quién es? —preguntó Pilar, aunque ya lo sabía.

—Para el gorroncito —refunfuñé. Y sonreí.

Pilar guardó la maleta en el altillo. Pero no muy al fondo. Al alcance de la mano.

Por si acaso.

Lección que aprendí: no es más fuerte quien impone su voluntad, sino quien sabe ver el valor de lo que tiene al lado. Y un perro, aunque no cace, a veces caza lo más importante: el corazón de su dueño.

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– El perro no vale para cazar, hay que quitárselo – dijo el marido. Ana le hizo la maleta ya.
¡Ay, madre mía! Dile tú que no es buena, le dijo tía Ilenuța a la dama rica con su elegante abrigo de piel.