– Este perro no sirve para cazar, hay que deshacerse de él – dijo el marido. María le hizo la maleta al instante.

Javier volvió de la cacería más furioso que una avispa en un bote. Las botas las dejó tiradas en la entrada – una a la izquierda, otra a la derecha. La chaqueta la lanzó al gancho, falló, y ni siquiera se agachó a recogerla. Pasó a la cocina y empezó a darle vueltas al hervidor con estrépito.

Carmen estaba en el salón, mirando el móvil. Oía a su marido moverse – a zancadas pesadas, nerviosas, cada paso como un reproche. El perro rojo, Rufo, yacía a sus pies, con el hocico apoyado en las patas. Las orejas pegadas, el rabo quieto. Siempre notaba cuando el amo venía con ese humor, y procuraba no hacerse notar.

– Bueno, – Javier se plantó en el marco de la puerta, manos en las caderas, como hacía siempre que iba a soltar algo que él consideraba definitivo. – Este perro no vale para cazar. Es un inútil, no un perro. Lo he adiestrado, lo he adiestrado – y para nada. Cae un pato y él se sienta. Pasa una liebre y él bosteza. Hay que deshacerse de él.

Carmen levantó la vista. Miró a su marido con calma, con atención, como se mira a alguien que acaba de decir una burrada enorme, pero que aún no se ha dado cuenta.

– ¿Deshacernos? – repitió ella, como si saboreara la palabra.

– ¿Y qué? ¿Voy a mantener a un parásito? Un perro de caza tiene que cazar. Y este… – Javier agitó la mano hacia Rufo, que se pegó aún más a la pierna de Carmen. – Mañana lo llevo al tío Manolo, quizá acepte quitarlo de en medio. Y si no, lo tiro en la carretera.

«Lo tiro en la carretera» – ahí, dentro de Carmen, algo hizo clic.

Se levantó en silencio. Rufo se incorporó al instante, mirándola desde abajo con inquietud. Carmen pasó por delante de su marido, fue al recibidor, abrió el altillo y sacó una maleta – grande, azul, con ruedas. La misma con la que una vez fueron a Benidorm, cuando todavía iban a algún sitio juntos.

Javier la siguió con la mirada, pero no dijo nada. Supuso, seguramente, que su mujer había empezado con el cambio de temporada de la ropa.

Pero Carmen abrió la mitad del armario de Javier.

Camisas – una, dos, tres, cuatro. Con cuidado. Calzoncillos, calcetines – en el bolsillo lateral. Vaqueros – unos de vestir, unos de trabajo. El jersey gris, regalo de su madre. La maquinilla de afeitar del baño. El cepillo de dientes.

Javier apareció en la puerta del dormitorio y se quedó unos segundos mirando en silencio. Hasta que cayó.

– ¿Qué estás haciendo?

– Hacerte la maleta, – respondió Carmen con el mismo tono que usaba para decir «la cena está en la vitro» o «se acabó el pan».

– ¿Qué maleta? ¿Para qué?

– Bueno, tú has dicho que hay que deshacerse de lo que no sirve. Pues yo me deshago.

Javier parpadeó. Luego se sentó en el borde de la cama despacio, como si las piernas le fallaran.

– ¿Por un perro?

– No por un perro. Por ti.

Ella cerró la cremallera y se enderezó. Rufo entró en la habitación sin hacer ruido y se tumbó en el umbral, como montando guardia.

– Te voy a decir una cosa, Javier, ya que hemos empezado. Tú llamas a Rufo parásito. Que no sabe cazar, que no sirve para nada. Pues vamos a hacer cuentas de quién sirve aquí.

– Carmen, no empieces.

– Rufo no trae patos, es verdad. Pero cada mañana me recibe como si hubiera estado seis meses de viaje. Me pone la pata en la rodilla cuando lloro. Y lloro, Javier, a menudo. Porque llegas del trabajo y te pones a ver la tele. De la cacería, al sofá. La última vez que hablaste conmigo normal fue cuando llegó la factura de la luz tan alta. Tres frases seguidas – fue todo un acontecimiento.

Javier abrió la boca.

– ¿Comparándome con un perro?

– No te comparo. Constato. Rufo está vivo. Siente. Quiere. Así, sin interés. No necesita que esté delgada ni que le haga cocido. Necesita que yo esté. Tú, Javier, ¿cuándo fue la última vez que te alegraste de que yo estuviera?

El silencio en la habitación colgó como la ropa tendida – pesado, húmedo, incómodo.

Javier miró la maleta. Luego a su mujer. Rufo alzó la cabeza y lo miró sin rencor, sin rabia. Solo miró. Los perros no saben guardar rencor; tienen el corazón demasiado grande para eso.

– No iba en serio, – dijo Javier. – Me calenté. Los colegas se reían.

– Los colegas se reían. Y tú, para no quedar mal delante de ellos, decidiste tirar a un ser vivo que confía en ti. Que corre a recibirte cuando llegas a casa. Y que si lo abandonas, él no lo sabe. Él piensa que eres bueno.

Javier se frotó la cara con las manos. La barbilla le picaba – no se había afeitado en dos días de cacería.

– ¿Y qué, la maleta va en serio?

Carmen calló. Fuera, los gorriones se peleaban en el serbal. La nevera zumbó y se paró.

– En serio, Javier. No es por Rufo. Rufo ha sido la gota que colmó el vaso. Tú hablas de un ser vivo como si fuera un mueble: «deshacerse», «tirarlo a la carretera». ¿Y si mañana no te gusto yo, también te deshaces de mí? ¿Me llevas a casa de mi madre? «No me sirve, llévesela».

– Vaya, cómo exageras.

– El que exageras eres tú. Desde hace tiempo. Has dejado de ver que a tu alrededor hay seres vivos. Yo estoy viva. Rufo está vivo. No somos herramientas. No somos una escopeta que se vende si dispara mal. Somos una familia. Y una familia no se tira.

Javier se quedó sentado, sintiéndose como no se había sentido en mucho tiempo. Antes era así: él decía, ella callaba. No porque Carmen fuera débil. Sabía callar – con paciencia, a la manera de las mujeres. Cuidaba. Suavizaba. Y él se había acostumbrado a poder decir cualquier barbaridad sin que pasara nada.

Pues pasaba.

Rufo se acercó a Javier y le dio un lametazo húmedo en la mano. Se acercó porque veía que el hombre estaba mal. Y cuando alguien está mal, hay que estar cerca. Rufo lo sabía no con la cabeza, sino con las tripas, con todo su pellejo rojo.

Javier miró al perro. El hocico mojado, los ojos marrones, el rabo que se movía tímidamente – como diciendo, ¿qué, hacemos las paces?

Y entonces le llegó. No hasta las lágrimas – que es un hombre, al fin y al cabo. Pero algo se le dio la vuelta dentro, como una barca en una ola – ¡zas!, y ya estás del otro lado.

– Carmen. Guarda la maleta.

– ¿Para qué?

– Porque – acarició la cabeza de Rufo – soy un idiota.

– Eso ya lo sé. La cuestión es: ¿un idiota que aprende, o un idiota al que no le entra ni con un martillo?

Javier sonrió. Incluso así – ella siempre sabía.

– Aprendo. Perdóname. Por Rufo. Y por todo.

Carmen se acercó a la maleta, la abrió. Sacó la maquinilla, el cepillo, y los puso en la mesilla.

– Las camisas las cuelgas tú.

Javier asintió. Se inclinó hacia Rufo y le rascó detrás de la oreja.

– Bueno, parásito, – la voz se le quebró un poco. – ¿Seguimos adelante?

Rufo movió el rabo tan fuerte que casi derriba la lámpara de pie. Saltó, le lamió la nariz. Se sentó y miró a los dos con esa expresión que solo tienen los perros: de una felicidad absoluta, inmerecida.

A la siguiente cacería, Javier fue sin Rufo. Volvió con dos patos y una bolsa de huesos de azúcar del mercado.

– ¿Esto para quién? – preguntó Carmen, aunque ya lo sabía.

– Para el parásito, – refunfuñó Javier. Y sonrió.

Carmen guardó la maleta de nuevo en el altillo. Pero no muy al fondo. Al alcance de la mano.

Por si acaso.

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