**Martes, 15 de mayo**
Puse la tetera al fuego. Simple costumbre. Las seis de la mañana, la tetera, la taza, el porche. Y así cada día.
El té se infusionó. Salí al porche, me senté en el escalón. El patio me recibió con la imagen de siempre: los bancales de cebollas, la cerca medio caída que Víctor siempre decía que iba a arreglar, el portón con las bisagras oxidadas. Y el cuenco.
Un cuenco de plástico azul, con una grieta en el borde. Vacío. Limpio. Justo al lado de la puerta.
Lleva un año ahí.
La vecina Teresa, cuando viene a pedir sal o simplemente a quejarse, siempre se queda mirando el cuenco.
—Carmen, quítalo ya. ¿Para qué removerte el alma? No hay perra. Lleva un año sin estar.
Y yo no lo quitaba. Y no sabía explicar por qué.
Luna desapareció durante una tormenta. Una horrible, de julio, cuando el cielo se partía en dos y el viento aullaba como si fuera a arrancar el tejado. Por la mañana salí al patio: el portón, abierto de par en par. El pestillo se había roto. Y Luna no estaba.
La busqué. Dios mío, cómo la busqué. Pegué carteles en cada farola. Recorrí las calles llamándola. Miré en cada callejón, en cada obra. Les pedí ayuda a los vecinos, llamé al veterinario, incluso fui a la policía una vez; me miraron como si estuviera loca.
Un mes. Dos. Tres.
Después dejé de buscarla. Pero no quité el cuenco.
A Luna me la trajo Teresa seis meses después del entierro de Víctor. Un cachorro, pelirrojo, con el pecho blanco, orejudo. Los ojos, como dos platos. Teresa lo dejó en el umbral y dijo simplemente:
—Toma, Carmen. Se te hace duro estar sola.
La primera noche, el cachorro se sentó en mi regazo y yo le acariciaba la cabeza mientras hablaba en voz alta:
—Bueno… pues ahora las dos nos perderemos juntas.
La costumbre de hablar en voz alta se quedó. También después de Luna. Solo que ya no había quien escuchara.
Terminé el té. Me levanté, me froté la zona lumbar. Algo chirrió suavemente en el portón. Agucé el oído.
Silencio.
«Gatos», pensé. Y entré en casa.
Por la noche estaba sentada frente al televisor. Emitían una serie de esas en las que todo el mundo grita, da portazos y se acusa de infidelidades. El televisor reemplazaba las voces en una casa donde hacía mucho que nadie hablaba.
Algo pasó por la ventana.
Aparté la cortina.
Junto a la cerca, en el crepúsculo, había una perra. No se movía. Solo estaba allí, mirando la casa. Y a su lado, pegado a su pata, un bultito pequeño.
Me puse una chaqueta y salí al porche.
La perra no huyó.
Los callejeros se encogen, saltan hacia atrás, esconden el rabo. Pero esta se quedó. Solo inclinó un poco la cabeza, hacia un lado, como hacen los perros cuando escuchan.
Di un paso. Otro más.
Perra pelirroja. Con mancha blanca en el pecho.
Me agarré a la barandilla del porche.
—¿Luna?
La voz se me quebró. Sonó baja, ronca, casi un susurro. Pero la perra lo oyó. Movió la cola.
Y detrás de ella, tropezando con sus propias patas, salió un cachorro. Pequeño. Pelirrojo. Con el pecho blanco.
Su copia exacta.
Luna se acercó, me empujó las rodillas con el hocico húmedo. Con familiaridad, como si lo hubiera hecho ayer. El cachorro se quedó atrás, escondido detrás de su madre, asomando un ojo.
Acaricié a Luna en la cabeza y lloré. En silencio, sin sonido. Las lágrimas corrían solas, ni siquiera las apartaba. Bajo los dedos, su pelo, caliente, apelmazado. Y las costillas. Se podían contar. Y en el costado, una cicatriz. Larga, rosada, ya curada.
—Luna… ¿de dónde vienes? ¿Dónde has estado?
Luna no respondió. Solo se apretó más contra mí y cerró los ojos.
Por la noche, Luna se tumbó en su sitio de siempre, junto a la puerta, sobre la alfombra. Como si nunca se hubiera ido. Como si estos tres años solo hubieran sido un sueño. El cachorro se acurrucó a su lado, con el hocico hundido en su costado.
Yo estaba sentada a la mesa de la cocina, apoyando la mejilla en la mano.
Miraba a las perras y no podía apartar la vista.
Cogí el teléfono. Las dos de la madrugada. Andrés se va a enfadar. Pero no podía esperar hasta la mañana. No podía.
—¿Mamá? —su voz, somnolienta, alarmada—. ¿Qué ha pasado?
—Luna ha vuelto.
Silencio en el teléfono.
—Mamá… ¿qué Luna? Si desapareció.
—Ha vuelto, Andrés. Y con un cachorro. Su copia exacta.
—¿Estás segura? Igual es una perra parecida.
—Andrés. Reconozco a mi perra.
Se quedó callado. Luego dijo con cuidado:
—Vale, mamá. Hablamos por la mañana, ¿vale?
Colgué. Miré a Luna. No dormía; me miraba. Con sus ojos oscuros, cansados, que lo entendían todo.
Por la mañana llevé a Luna y al pequeño al veterinario. El auxiliar, un chico joven, los examinó largo rato en silencio. Palpó las patas, miró el hocico, tocó la cicatriz del costado.
—La cicatriz es vieja. Curada, pero grave, parece de un desgarro. Los dientes desgastados, le falta un colmillo. Las almohadillas de las patas, gastadas, endurecidas.
Se quitó los guantes y me miró.
—No puedo decirle dónde ha estado, Carmen, pero ha caminado mucho. Esas patas no son de vida casera. Y el cachorro tiene unos tres meses. Sano, fuerte.
Asentí y pensé para mis adentros. Un año entero. En algún lugar vivió, tuvo miedo de alguien, huyó de algo. Quizá alguien la recogió y la volvió a abandonar. Quizá se unió a alguna jauría. Y luego volvió.
Por la tarde llamó Clara. Por primera vez en dos meses. La voz contenida, cautelosa. Como siempre en los últimos dos años.
—Mamá, ¿es verdad? Andrés me lo ha contado.
—Verdad.
—¿Y el cachorro es igual que ella?
—Idéntico.
Pausa. Oí la respiración de mi hija en el teléfono. Luego Clara dijo en voz baja, casi tímida:
—Iré el fin de semana. Para verlos.
Colgué y me quedé un buen rato con el teléfono en la mano. Solo de pie. En medio de la cocina. Y Luna, tumbada junto a la puerta, me miraba tranquila, paciente. Como si supiera que así tenía que ser.
Clara llegó el sábado, a la hora de comer. Salió del coche, se quedó un momento en el portón, como si estuviera reuniendo valor. O recordando cuándo había estado allí por última vez. Empujó el portón, entró al patio y enseguida vio a Luna.
Luna estaba tumbada en el porche, con las patas delanteras estiradas. El cachorro jugaba cerca, mordisqueaba una astilla, gruñendo divertido, moviendo la cabeza. Al oír los pasos, Luna alzó la cabeza. No ladró. Solo miró.
Clara se agachó lentamente, extendió la mano. Luna olió sus dedos, largo rato, con atención. Y apoyó la cabeza contra su mano, como hacía antes. La reconoció.
El cachorro saltó al instante, empujó el hocico húmedo contra la palma de Clara, la lamió. Clara se rió, breve, sorprendida. Y en seguida se calló.
—Mamá…
Yo estaba en la puerta. Asentí.
Clara levantó la cabeza. Los ojos le brillaban.
—Te ha encontrado. Después de un año.
No dije nada.
Por la noche nos sentamos en la cocina. Hablamos de Luna. No de los rencores, ni de Andrés, ni de aquellas palabras dichas dos años atrás y que desde entonces se habían interpuesto entre nosotras como un muro. Sino de la perra. De cómo desapareció, de cómo la busqué, de cómo dejé de hacerlo. Del cuenco que estuvo en el umbral todo el año.
—¿De verdad no lo quitaste? —preguntó Clara.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—No sé. No pude.
Clara calló. Dejó la cuchara.
—Podría haberse quedado en cualquier sitio, mamá. Un año no es una semana. Vivió en algún lugar, tuvo un cachorro. Y aun así volvió aquí.
—Volvió —asentí.
Clara dijo en voz baja, sin mirarme:
—Mamá, pensaba que estabas aquí sola, perdida. Andrés está lejos, yo… —titubeó—. Es una tontería. Dos años enfadada. Una tontería y…
No terminó la frase. No le pregunté. Solo me levanté y serví té.
Por la noche todos dormían. Menos yo.
Salí al porche. Mayo, tibio, húmedo. Olía a jazmín y a tierra mojada. Luna alzó la cabeza, me miró, movió la cola y volvió a apoyar el hocico en las patas. El cachorro dormía a su lado, hecho un ovillo. Un bulto pequeño, cálido, pelirrojo.
Me senté en el escalón. Puse la mano en la cabeza de Luna. Ella apretó la oreja contra mi palma.
Un año entero, Luna. Un año entero sin ti. ¿Dónde has ido? ¿Quién te hizo daño, con esa cicatriz? Quizá alguien te recogió. Quizá te echaron. Y aun así volviste a casa. Con las patas destrozadas, con el costado dolorido.
Luna suspiró hondo, a lo perro, con todo el cuerpo. Y apoyó la cabeza en mis rodillas.
Al día siguiente, Clara me ayudó en el huerto. Yo le explicaba qué estaba plantado dónde, y ella escuchaba distraída, asintiendo. El cachorro se nos enredaba entre las piernas: se metía en los bancales, robaba la azada, cogía la manguera con los dientes y tiraba, clavando las cuatro patas. Pequeño, terco. Del todo igual que su madre.
Clara se rió. Me quedé quieta, con la azada en la mano. En este patio no se oía una risa así desde hacía mucho. Quizá desde que Víctor se fue.
—Mamá —dijo Clara, secándose los ojos—. ¿Cómo lo llamamos?
—¿A quién?
—Al cachorro. No va a estar sin nombre.
Miré al bulto pelirrojo, que mordisqueaba la manguera con toda concentración y gruñía, serio, feroz, como una auténtica fiera.
—Qué tal Rayito. Por lo pelirrojo.
Clara asintió.
—Rayito. Me gusta.
Por la tarde, Clara se preparó para irse. Hizo la maleta, salió al coche. Luna estaba sentada a mi lado en el porche. Rayito, junto a ella, como siempre.
Clara me abrazó. Largo, fuerte. Tanto que sentí que mi hija temblaba un poco.
—Vendré a menudo, mamá.
Asentí. No dije «ya veremos» ni «claro, hija». Solo asentí. Porque me lo creí.
Ha pasado un mes.
Rayito ha crecido, se ha hecho fuerte, ha ensanchado las patas, y corre por el patio de tal manera que los bancales tiemblan. Ya he tenido que replantar las cebollas dos veces, porque este huracán pelirrojo considera los bancales el lugar perfecto para excavar. Lo regaño sin mala intención, por cumplir. Y él se sienta, inclina la cabeza a un lado y me mira con una inocencia tal que acabo levantando la mano:
—Vale, cava. De todas formas no puedo seguirte el ritmo.
Luna sigue al cachorro con calma, sin prisas.
Esta mañana salí al porche con una taza de té. La mirada de siempre: los bancales, la cerca, el portón. En el umbral, dos cuencos: uno azul con una grieta en el borde, y otro nuevo, verde.
Sonó el teléfono. Clara.
—Mamá, el sábado voy. Le traeré a Rayito un hueso, grande, de caña. Aquí en el mercado conozco a un carnicero, ya lo he hablado.
—Ven —dije—. Haré una tarta de manzana, como te gusta.
—De manzana, bien —su voz era cálida, casera. Como lo era antes. Hace mucho tiempo.
Colgué. Luna estaba tumbada a mis pies, caliente, tranquila. Rayito, concentrado, libraba una guerra con un palo en medio del patio. De repente me di cuenta de que, por primera vez en el último año, no estaba contando los días, ni los meses, ni cuánto había pasado desde que todo se volvió silencio. Porque el silencio se había acabado.
Dos cuencos en el umbral. Y una hija que vendrá el sábado.







