«Vengo hambriento del trabajo, cocina algo». El caballero con el que estuve saliendo seis meses dijo una frase, tras la cual le pedí que se fuera.

Vengo muerto de hambre del trabajo, prepárame algo. El novio con el que llevaba saliendo medio año soltó una frase con la que le pedí que se fuera.

Los compré con una semana de antelación. Dos butacas en la séptima fila, para el pase de tarde, justo la película que habíamos comentado con Javier allá por septiembre. Pensé: le voy a dar una sorpresa, no le digo nada, que llegue y ya lo tengo todo listo.

Nos conocimos en marzo. Me hice un perfil en la página porque estaba aburrida, para ser sincera, no creía en nada, solo me sentía sola por las tardes, sobre todo los viernes, cuando desde la ventana oía a los vecinos salir en familia, y yo solo con la tetera y la tele. Javier escribió primero. Un mensaje sencillo, sin groserías, me preguntó qué música escuchaba. Luego resultó que los dos teníamos un hijo que había ido al mismo colegio, aunque en cursos distintos, y eso nos unió muy rápido, como si nos conociéramos de siempre.

Sabía bromear. De buena manera, sin maldad, y las bromas eran de esas que hacían reír de verdad, no por cortesía. Nos llevábamos a exposiciones, íbamos a una cafetería cerca de la estación donde servían café malo pero buena tarta de manzana. Una vez corrimos bajo la lluvia hasta la parada, y él se quitó la chaqueta y me la echó sobre los hombros, mientras él iba empapado y decía que no tenía frío, aunque le castañeteaban los dientes.

En fin, era buena persona. Eso creía.

Esa noche llegó a las ocho, como habíamos quedado—aunque habíamos acordado solo «pasar la tarde juntos», sin detalles, yo a propósito no le había dicho lo del cine. Quería que se sorprendiera. Abrí la puerta—llevaba un vestido, el pelo que me había estado arreglando una hora, el pintalabios un tono más oscuro de lo normal. Vi cómo me miraba, y en su mirada no había admiración, sino algo como desconcierto, como si me hubiera puesto algo que no tocaba.

—¿Tienes planes para salir?—preguntó sin cruzar el umbral.

—Los tenemos—dije, y saqué las entradas del bolso, las agité como un mago.—Sorpresa. Para las siete cuarenta, pero aún llegamos si…

No me dejó terminar. Dejó en el suelo la bolsa que llevaba—y allí, ya me fijé después, había carne congelada al vacío, kilo y medio más o menos—y dijo que él contaba con pasar la tarde en casa.

—He comprado carne—dijo, como si eso lo explicara todo.—Pensaba que estaríamos aquí, tú me preparas algo de cenar, yo pongo la tele, hoy hay fútbol.

Yo me quedé con las entradas en la mano y notaba que la sonrisa aún se me mantenía, pero ya torcida, insegura. Le dije que el fútbol podía verlo mañana, que las entradas no se devolvían, que me había preparado…

—Pues mira—rió él, sin maldad, más bien con cansancio, como un adulto que le explica a un niño lo evidente—, te has preparado para salir en vez de simplemente… recibir bien a tu hombre. Puedes maquillarte en casa también. Y yo vengo muerto de hambre del trabajo, quería algo casero.

Ahí, por primera vez esa noche, sentí que algo se me helaba por dentro. Todavía no de rabia, sino de sorpresa—como si de repente hubiera empezado a hablar en otro idioma.

—Javier—dije—, no habíamos quedado en que yo cocinara. Solo quería ir al cine, juntos, como antes.

—Antes es antes—respondió, pasando a mi lado hacia la cocina, con aires de dueño, como si hubiera estado allí cien veces exactamente así, con la bolsa de carne en las manos.—Ahora esto es una relación seria, casi medio año. Eres una mujer madura, Marisol, no tienes veinticinco para andar de marcha. A tu edad hay que crear un hogar, llevar la casa, darle de comer al hombre, plancharle la camisa. No ir de pintada al cine.

Me quedé como bajo una ducha fría, sin saber de dónde salía el agua.

—¿Qué significa «a mi edad»?—pregunté en voz baja.

—Lo que oyes.—Ya estaba abriendo el paquete, buscando un cuchillo en el cajón como en su propia casa.—Un hombre necesita un hogar, no una fiesta eterna. Cocinar, limpiar, cuidar. El cine es para los jóvenes, que no tienen otras preocupaciones.

Lo miré y de repente recordé con nitidez otra cocina, otro piso, veintitantos años atrás. Allí también había un hombre—mi primer marido, Alberto—y también decía palabras parecidas, solo que con otros tonos, más suaves al principio, luego más duros con los años. Entonces yo lo escuchaba. Cocinaba, planchaba, renunciaba a lo mío con tal de que hubiera hogar, con tal de que él no se enfadara. Mi hijo crecía, yo trabajaba, lo llevaba todo yo sola, y Alberto llegaba y decía que la mujer debe. Durante veinte años yo debía. Luego se fue con otra más joven, dijo que yo «me había marchitado demasiado», y me quedé sola en un piso vacío con la costumbre de planchar camisas que nadie se pondría.

Y ahora, mirando a Javier con esa carne en las manos, lo supe—aquí está otra vez. Solo que esta vez no soy joven, ya tengo la experiencia de cómo termina. No quiero ser otra vez la cocinera a cambio de un billete de ida a la soledad.

—Deja el cuchillo—dije.

Se giró, sorprendido por mi tono.

—No voy a prepararte la cena—dije.—Ni hoy ni nunca. No soy tu criada, Javier. No me contraté para eso.

—¿Pero qué te pasa, te has enfadado?—se quedó descolocado, dejó la carne en la mesa.—No he dicho nada malo, solo digo las cosas como son, como un hombre…

—Vete, por favor—dije.

No entendió al principio que iba en serio. Luego lo entendió. Se le cambió la cara, se puso dura, esa misma que ya había visto una vez en otro hombre.

—Eres tonta—dijo, mientras se ponía la chaqueta a sacudidas.—¿Crees que todavía eres joven? Cine, vestidos. Te vas a quedar sola en la vejez, ya verás. ¿Quién te va a querer así, tan orgullosa?

Cogió su carne—hasta eso cogió, lo recuerdo, metió la bolsa en la mochila—y se fue, dando un portazo que hizo resonar el jarrón de la entrada.

Me quedé unos minutos en el recibidor, con mi vestido azul, las entradas en la mano que ya solo servían para tirarlas. Luego me quité los zapatos, me limpié el pintalabios con una servilleta y me tumbé en el sofá sin desvestirme. No me apetecía llorar. Tenía una calma extraña, como cuando por fin te quitas una astilla—duele al arrancarla, pero luego alivia.

Al día siguiente, sobre mediodía, llamaron a la puerta. Ya sabía quién era antes de abrir—oía a alguien cambiar el peso de un pie a otro en el rellano.

Javier estaba con flores, no muy caras, compradas a toda prisa en el quiosco del metro, y con una cara tan culpable que en otra vida seguramente le habría perdonado al instante.

—Marisol, me excedí—empezó.—No pensé cómo sonaba. Eres una buena mujer, estaba cansado ayer, el trabajo… Perdóname, ¿vale?

Lo miré y pensé—aquí está el hombre al que durante casi medio año consideré bueno. Puede que lo sea, a su manera. Puede que de verdad su madre le inculcara eso, o que su primera mujer le acostumbrara, o que simplemente vivió en un tiempo donde se creía que una mujer pasados los cuarenta va de cacerolas, no de cine. Puede que ni siquiera lo hiciera con mala intención.

Pero no era cuestión de mala o buena intención.

—Javier—dije con calma—, no es cuestión de disculpas. Es que ayer dijiste lo que realmente piensas. Y yo ya viví veinte años con un hombre que pensaba igual. No quiero repetirlo.

—Pero he venido a pedirte perdón…

—Te oigo.—No retrocedí, no di un paso atrás, no le invité a entrar.—Pero no voy a volver a lo de ayer. No quiero demostrar otra vez que no tengo que cocinar ni planchar para que me quieran. Lo siento, pero no.

Se quedó un rato más, sin acabar de entender lo que había pasado—para él solo era una pelea por la cena que se arregla con flores. Para mí era todo un pasado, toda una vida que no quería repetir.

Las flores no las dejó—se las llevó al irse, como si ya no le sirvieran a nadie. Cerré la puerta y fui a la cocina a hacerme un té. Fuera era un día normal, gris, sin nada especial, solo que por primera vez en mucho tiempo sentía que no perdía, sino que al fin encontraba algo—aunque solo fuera a mí misma, la que ya no acepta ser cómoda a costa de otros.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three + fifteen =

«Vengo hambriento del trabajo, cocina algo». El caballero con el que estuve saliendo seis meses dijo una frase, tras la cual le pedí que se fuera.
El padre no quiso tener gemelos y abandonó a la mujer y a sus hijos, dejándoles sin hogar en la calle.