—¿Y esto es todo lo que hay para comer? —preguntó Rocío indignada, asomándose a la olla.
En la cocina hervía a fuego lento una sopa de verduras sin carne. Al lado, un bol grande de gachas de avena sin mantequilla y un plato de col hervida. En la puerta se quedó parado Alejandro, el hermano del marido. Su mujer, Rocío, recorría la mesa con la mirada: ni carne asada, ni ensaladas, ni empanadas.
—¿Dónde está la comida de verdad? —saltó Alejandro, observando los platos tan pobres.
Carmen, tranquila, puso el cucharón delante de los invitados.
—Hoy comemos lo que hay.
Los invitados se miraron. Alejandro abrió la boca, pero calló. Rocío se ajustó la servilleta nerviosa. Aún no sabían que aquella comida sería la última de una larga serie de banquetes gratis.
***
Carmen y su marido Andrés vivían en un piso pequeño pero acogedor, tercer piso de un bloque normal de un barrio obrero. Los dos trabajaban, los dos cocinaban con gusto. Los viernes, Carmen hojeaba blogs de cocina y planeaba el menú del fin de semana; Andrés la ayudaba encantado frente a los fogones.
—¿Y si este finde hacemos pimientos rellenos? —proponía ella, y él asentía, oliendo ya el tomate y la carne guisada.
Les gustaba recibir gente. No a los que van con horario, sino a aquellos con los que da gusto sentarse a una mesa bien puesta y hablar de cosas de verdad.
Unos años atrás, Andrés había ayudado a su hermano con la mudanza. Cargó cajas, montó muebles, durmió en un colchón hinchable. Desde entonces, Alejandro con su mujer Rocío y los dos niños empezaron a aparecer de vez en cuando. Al principio era bonito: Alejandro traía una tarta, Rocío fruta, los niños se portaban bien. Se sentaban, reían, recordaban a conocidos.
Pero poco a poco algo cambió sin darse cuenta.
Las tartas dejaron de llegar. La fruta también. Y las visitas se volvieron más frecuentes.
Ahora cada sábado o domingo los parientes aparecían en la puerta cerca del mediodía o de la cena. Hacía tiempo que no avisaban.
Rocío podía escribir un mensaje diez minutos antes de llamar al timbre:
—Andábamos por aquí cerca. Ahora mismo nos pasamos, ¿no os importa?
Y otras veces llegaban sin previo aviso.
Carmen notó una extraña coincidencia: los invitados se presentaban justo cuando el piso olía a horno fresco o a guiso. Como si lo olieran.
Rocío siempre iba la primera a la cocina.
—¡Ay, qué bien huele! —exclamaba levantando tapas. —Y nosotros justo hoy no hemos preparado nada.
Mientras, Alejandro se instalaba en la mesa y empezaba a contar novedades despacio, y los niños abrían la nevera y rebuscaban en las baldas en busca de algún dulce.
Después de cada visita, la nevera quedaba visiblemente más vacía, y a Carmen le tocaba fregar un montón de platos y recoger migas.
Un episodio especialmente desagradable ocurrió el sábado antes del aniversario de la madre de Carmen.
Dos días estuvo Carmen en la cocina. Asó un pato con manzanas, preparó tres ensaladas, horneó una tarta de cerezas. La compra no fue barata —había estado ahorrando varias semanas para la celebración.
—Mañana es el día grande —le dijo a Andrés la víspera, contemplando la nevera con satisfacción—. Todo listo.
Pero el sábado, hacia las doce, sonó el timbre.
En la puerta estaban Alejandro, Rocío y los dos niños.
—¡Pasábamos por aquí! —anunció Rocío, quitándose ya la chaqueta.
Carmen intentó insinuar con cuidado que la comida era para la fiesta del día siguiente.
—Mañana es el aniversario de mi madre, he estado cocinando dos días a propósito —dijo, esperando que los invitados lo entendieran.
Rocío se limitó a hacer un gesto con la mano:
—¡Venga ya! Ya cocinarás otra vez, que eres una artista.
En pocas horas, los invitados se zamparon casi la mitad de las reservas de la fiesta. Los niños atacaron la tarta. Del pato quedó la mitad.
Cuando aquella noche Carmen abrió la nevera, algo se le encogió dentro. No era rabia, sino una pena sorda y amarga. No sentía pena por la comida. Sentía pena por sus propias manos, por los dos días, por el olor a masa caliente de las mañanas.
Por primera vez lo pensó con claridad, sin rodeos: los parientes no venían por la compañía. Simplemente les gustaba comer bien a costa ajena.
Ya tarde, Andrés habló primero.
—Hace tiempo que lo noto —dijo en voz baja, mirando la mesa—. Pero no sabía cómo llamarlo. Y con mi hermano da corte decirlo.
Carmen no respondió. Pero los dos entendieron que ya no podían seguir callando.
No se pusieron a discutir ni a echar nada en cara. En su lugar, se les ocurrió otra cosa.
—Hagamos un experimento —propuso Carmen el miércoles por la noche—. El finde cocinamos la comida más normal del mundo. A ver qué pasa.
Andrés sonrió.
—¿Crees que dará resultado?
—Creo que sí.
El viernes, Carmen puso a hervir gachas de avena sin mantequilla, hizo sopa de verduras sin carne, coció col y preparó compota sin azúcar. Nada más. Todo lo demás —carne, queso, embutido, dulces— lo guardaron en el congelador y en las baldas altas de la despensa.
La nevera quedó llamativamente escueta.
El domingo ocurrió todo según el guion de siempre.
Llamaron al timbre hacia las doce. En la puerta estaban Alejandro, Rocío y los niños. Rocío ya sonreía, oliendo el aire —pero esta vez no había ningún olor.
Ella pasó a la cocina como siempre y se asomó a la olla. La sonrisa se le apagó un poco. Abrió la nevera. La cerró. La volvió a abrir —como esperando que apareciera otra cosa.
En la mesa se instaló un silencio tenso. Los niños pincharon la col con los tenedores sin ganas. Alejandro se tomó un par de cucharadas de sopa y empezó a mirar el reloj. Rocío contestaba con monosílabos y no quitaba ojo a la puerta.
Carmen sirvió la compota y preguntó tranquila:
—¿Qué tal todo? ¿El trabajo?
—Bien —respondió Alejandro escueto.
Cuarenta minutos después, la familia se levantó de repente para irse.
—Bueno, nos vamos —dijo Rocío, poniéndose en pie—. Tenemos cosas que hacer.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Andrés dijo en voz baja:
—Parece que lo han entendido.
La semana siguiente se repitió la historia.
Carmen volvió a cocinar lo más sencillo: gachas de trigo sarraceno, borscht vegetariano, remolacha hervida. Alejandro vino con los suyos, se sentaron a la mesa sin mucho apetito y se fueron antes de lo habitual.
Luego se repitió otra vez. Y otra.
Cada nueva visita era más corta que la anterior. Desaparecieron los exclamaciones de Rocío sobre los olores de la cocina. Se acabaron las peticiones de tarta para el café o de abrir un tarro de encurtidos caseros.
—Vaya, hoy volvéis a tener poco surtido —soltó Alejandro una vez, mirando la mesa.
—Sí, a veces pasa —respondió Carmen con calma, y le puso el plato delante.
Él calló.
Lo definitivo llegó un jueves. Andrés salió al pasillo a por el móvil y oyó sin querer un trozo de conversación de su hermano —estaba junto a la ventana hablando en voz baja con alguien:
—¿Y qué vamos a hacer allí? Ya no preparan nada decente.
Andrés volvió a la cocina sin decir nada a Carmen de inmediato. Solo por la noche, cuando los invitados se fueron, le contó la frase.
Carmen se quedó un rato callada, mirando por la ventana.
—Entonces lo hemos entendido bien —dijo al fin.
Ya no necesitaban explicarse nada más. Aquella frase corta, oída al azar, puso todo en su sitio.
Al mes, las visitas prácticamente cesaron. Alejandro y su familia empezaron a pasar los fines de semana con otros parientes —con la suegra, con viejos amigos, con algún vecino del antiguo barrio.
En el piso de Carmen y Andrés, por fin llegó el silencio.
Ese silencio normal, sencillo, olvidado, de una mañana de sábado.
Volvieron a tomar café juntos sin estar pendientes del timbre. A ver películas sin pensar que en cualquier momento llegarían invitados. A llamar a quien ellos querían ver.
—Qué bien se está —dijo Carmen un domingo, acomodándose en el sofá con un libro—. Ya ni me acordaba de que los fines de semana podían ser así.
Andrés sonrió y no dijo nada.
Sin embargo, a principios del mes siguiente, Alejandro vino al fin —solo, sin Rocío ni los niños. Se sentó a la mesa de la cocina, aceptó una taza de té. La conversación empezó con tonterías.
Pero Andrés no quiso dar rodeos.
—Alejandro, siempre nos alegra verte —dijo con voz serena—. Pero montar un restaurante gratis cada fin de semana, no estamos dispuestos a seguir haciéndolo. Es honesto.
Alejandro bajó la mirada hacia la taza. Se quedó callado.
—Lo entiendo —dijo al fin, en voz baja.
Por su cara se notaba que, por primera vez, había mirado todo aquello desde fuera.
Al cabo de unos meses, la relación entre los parientes se volvió más tranquila y, quizá, más sincera que antes.
Alejandro a veces venía a visitarlos, pero ahora siempre llamaba antes.
—¿Podemos el sábado? —preguntaba sin la arrogancia de antes.
A menudo traía algo de repostería o productos para cenar juntos. Una vez apareció con un trozo de salmón y una botella de buen vino.
—Toma, para poner mi granito de arena —dijo un poco avergonzado, alargando la bolsa a Carmen.
Rocío también se comportaba de otra forma: ya no iba directa a la cocina, no abría la nevera, no se asomaba a las ollas.
Y Carmen comprendió algo importante que antes no sabía expresar. Si la gente se acostumbra a aprovecharse de la generosidad ajena, no hace falta montar un escándalo ni ofenderse hasta las lágrimas. A veces basta con dejar de ponerles las cosas fáciles. Y todo acaba colocándose por sí solo.






