Antonio prefiere la pesca de verano, pero también sale un par de veces en invierno. Como él dice, «a congelarse un rato». No trae mucho pescado, pero al menos le alcanza para un caldo y algo sobra para los gatos del vecindario.
Ahora mismo, Antonio comprueba que el hielo en el lago de Sanabria ya está firme y se prepara para otra salida. Por la mañana, sin hacer ruido, coge los aparejos, saca los bocadillos de la nevera y sale de puntillas al patio — su mujer, Araceli, y los niños aún están soñando.
En el lago tampoco hay nadie. Parece que hasta los pescadores más aficionados prefieren pasar las vacaciones navideñas en casa con los polvorones, no al raso. A Antonio no le importa.
«Así me toca más pescado a mí», piensa, y se pone a desenrollar los anzuelos con calma.
Por entonces nota un movimiento cerca de la orilla. Un perro grande y peludo sale con cuidado al hielo y mira fijamente a Antonio. Todo indica que el animal lleva bastante tiempo en el monte: aspecto desaliñado, costillas marcadas, mirada desconfiada.
El perro se acerca a Antonio con cautela, moviendo un poco el rabo, como dando a entender que no hay agresividad. Antonio ya sabe que seguramente fue doméstico: uno salvaje ya habría huido sin intentar acercarse.
El perro observa atento la pesca. Se alegra sobre todo cuando Antonio saca un pez del agujero. Cada vez salta y mueve la cola, como celebrando el éxito del pescador.
Los bocadillos los reparten a medias: menos mal que Araceli preparó de sobra. Hacia el final de la comida, el perro se atreve a olisquear el termo de café, aunque no le gusta la bebida.
El momento incómodo llega cuando Antonio recoge para volver a casa. El perro no muestra intención de irse y da vueltas junto al coche. Antonio duda: no entraba en sus planes llevar a casa un perro adulto.
Cuando el coche arranca, el perro echa a correr detrás, no por la carretera, sino por el arcén, pisando la nieve.
Antonio primero mira atrás, luego fija la vista en la carretera con gesto serio, pero al cabo de un par de minutos no puede evitar volverse. El perro, aunque flaco, no se queda atrás. Antonio suspira y frena.
Al llegar, le espera toda la familia: Araceli y los niños acaban de desayunar y salen a hacer un muñeco de nieve.
—¿Qué tal, buena captura hoy? —sonríe Araceli.
—Pescado no mucho. Pero mira qué ejemplar más grande me ha caído —ríe Antonio, y abre la puerta trasera del coche. El perro sale tímidamente y empieza a mover la cola…
Al cabo de un par de semanas, ya no hay dudas sobre si quedarse con él. El perro, que recibe el insólito nombre de Carpa, se ha adaptado al patio y hasta deja que los niños se suban a lomos. El veterinario confirma que está sano, solo desnutrido. Pero eso se arregla con la comida de casa.







