—Oye, vecino, hace tiempo que no veo a vuestro gato en el portal. ¿Cómo está? ¿Vive? ¿Está bien?
Los vecinos, al oír hablar del gato, se animaron y esbozaron una sonrisa:
—Pues se ha perdido hace unos días. ¡Y gracias a Dios!
—¿Por qué gracias a Dios? —Nicolás procuró que su voz sonara serena, aunque por dentro le hervía la sangre.
*****
Las dos últimas semanas, Nicolás había notado que sus vecinos echaban a su gato al portal con frecuencia. Sí, así, lo agarraban por el pescuezo y lo tiraban fuera.
A veces lo hacía el dueño. A veces la dueña.
Y otras veces…
…aquel desdichado animal pasaba volando justo delante de sus narices.
—¡Con más cuidado! —la reprendió Nicolás a la vecina. Pero ella no quiso escuchar.
En lugar de disculparse, la mujer le fulminó con la mirada y cerró la puerta.
Mejor dicho, la dio un portazo tan fuerte que los cristales del portal vibraron, y en los cimientos del edificio, seguro, apareció una, o incluso un par de microgrietas. Al principio, Nicolás pensó ingenuamente que sus excéntricos vecinos dejaban salir al gato a pasear o lo acostumbraban a salir solo.
Pero al poco entendió que era un castigo por alguna travesura.
O sea: hacía algo malo — fuera al portal.
A veces aterrorizado, a veces muy triste, el gato se pasaba horas en el rellano del cuarto piso, junto a la puerta forrada de imitación de cuero marrón, esperando a que lo perdonaran y lo dejaran volver a entrar.
Y los dueños, claro, lo perdonaban. Lo recogían, pero no enseguida.
Y si empezaba a maullar o a arañar la puerta, la dueña le daba con la escoba.
Nicolás lo vio con sus propios ojos.
Subía las escaleras (el ascensor llevaba medio año sin funcionar) y al llegar al cuarto piso reconoció al gato de siempre. Iba a saludarlo, pero…
…el gato en ese momento no le prestaba atención.
Maullaba fuerte y arañaba la puerta con sus uñas.
El animal quería entrar en casa, y como no lo dejaban, decidió recordar su presencia de aquella simple manera.
Se oyeron pasos en el piso, la puerta se abrió de golpe, y la dueña, con una bata descolorida y sin decir palabra, le asestó un escobazo al gato con todas sus fuerzas y cerró la puerta al instante.
Ocurrió tan rápido que Nicolás no pudo reaccionar. Y tenía algo que decir…
…quería avergonzar a aquella mujer que trataba tan mal a su mascota.
—¿Te ha dado fuerte, amigo? —preguntó Nicolás al acercarse al gato.
El gato lo miró con ojos tristes, pero en su mirada también había gratitud — por que alguien se fijara en él.
Echaban al gato al portal por la más mínima falta.
Un día, Nicolás oyó a la vecina gritar por toda la casa: «¡Ay, tú! ¡Otra vez has tirado el jarrón! ¡Jorge, echa al gato ahora mismo! ¡Que aprenda a no saltar por las mesas!» — y al minuto la puerta se entreabrió, apareció una mano peluda de hombre que agarraba al gato por el pescuezo.
Luego los dedos se abrieron, el gato cayó al rellano y la puerta se cerró de inmediato. El animal se levantó y se sentó mirando a la puerta — a esperar que lo perdonaran y lo dejaran entrar.
Nicolás negó con la cabeza, desaprobando. No entendía aquellos métodos de educación.
Acarició al gato y se fue a su casa.
El gato siguió allí, con una expresión de tristeza universal en su hocico bigotudo.
Nicolás no era demasiado sensible, pero aquella imagen se le clavaba como una espina.
«¿Cómo se puede tratar así a un ser vivo?», pensaba. Con el tiempo, cada vez que pasaba, Nicolás aminoraba el paso, y el gato, al reconocerlo, empezaba a ronronear bajito — un saludo, un poco sumiso.
A veces Nicolás se agachaba, le rascaba detrás de la oreja, y el gato, cerrando los ojos, apoyaba la cabeza bajo sus dedos y luego le rozaba la palma con su nariz húmeda.
El gato era cálido, vivo y muy confiado, y eso le revolvía el alma a Nicolás.
No comprendía por qué a un animal tan dulce le habían tocado unos dueños tan crueles. ¿Para qué, si no querían a nadie más que a sí mismos? «Gente rara, de verdad».
Y un día, al encontrarse otra vez con el gato en el portal, Nicolás decidió firmemente: si esas personas volvían a echar al animal al portal, él haría algo. Ya bastaba de maltratar a una pobre criatura.
No sabía qué haría exactamente, pero sentía que debía intervenir, o aquello nunca acabaría.
El día en que la paciencia de Nicolás se agotó por completo llegó un viernes, cuando volvía a casa especialmente cabreado.
En el trabajo se había peleado con sus compañeros, en el transporte la gente le empujaba y pisaba, y además desde la mañana llovía una llovizna fina y molesta. En fin, su ánimo estaba por los suelos. Quizá incluso por debajo.
Al subir las escaleras, desde el tercer piso ya oyó el familiar y lastimero «miauuu».
El gato, como siempre, esperaba junto a su puerta, pero no le dejaban entrar.
Y en el portal, por cierto, hacía bastante fresco. No era mayo, como quien dice. Nicolás se detuvo en el rellano y miró pensativo al gato, que al verle, como de costumbre, empezó a ronronear y se acercó.
Y entonces —¡zas!
Todos los problemas del día le parecieron a Nicolás una nimiedad. El gato tenía problemas.
¿Cuáles? ¡Enormes! Le trataban como a un objeto. Como a un juguete. ¿Qué podía ser peor?
Nicolás escuchó el silencio tras la puerta de imitación de cuero. A nadie le importaba aquel gato.
Y a él le entraron muchas ganas de dar una lección a sus vecinos.
—Vale, ya basta —dijo Nicolás en voz alta, sorprendiéndose a sí mismo de su determinación—. Vente conmigo.
Se agachó, cogió al gato en brazos.
El animal empezó a ronronear más fuerte y frotó su cabeza contra la chaqueta mojada de Nicolás, dejando manchas de pelo.
Luego subieron al séptimo piso, donde vivía Nicolás.
Se llevó al gato solo un par de días.
«Que los dueños se asusten, que lo busquen, que se preocupen. Que entiendan que no se puede hacer esto…», pensaba Nicolás al entrar en su casa. El gato se adaptó sorprendentemente rápido. Olfateó las esquinas, saltó al sofá, dio vueltas buscando sitio, y se acurrucó en una manta, mirando agradecido a su salvador.
Y mientras el gato descansaba, Nicolás, a pesar de la llovizna molesta y el cansancio, fue corriendo a la tienda de animales más cercana, compró la mejor comida para gatos, arena y hasta juguetes — por si el inquilino peludo se aburría cuando él no estuviera en casa.
Al día siguiente, sábado, Nicolás se acercó varias veces a la puerta de entrada, la abrió y asomó la cabeza al portal.
Y se sorprendió mucho de que estuviera muy silencioso.
Nadie subía ni bajaba, nadie llamaba al gato por su nombre (por cierto, Nicolás nunca supo cómo se llamaba), nadie pegaba carteles.
Parecía que nadie buscaba al gato perdido. Y era raro. Muy raro…
Nicolás volvía a su piso, miraba al gato y se encogía de hombros.
El animal, por su parte, se estiraba perezosamente en el sofá y ni siquiera pensaba en pedir salir.
—Oye, ¿quizá quieres volver al portal? —preguntó Nicolás el domingo, señalando la puerta—. No te retengo. Vete si tienes que hacerlo.
El gato miró la puerta, luego a Nicolás, y empezó a lamerse la pata de forma ostentosa.
Después se levantó, se acercó y se frotó contra su pierna.
La respuesta fue más clara que cualquier palabra. Nicolás cerró la puerta, sonrió y cogió al gato en brazos.
Se fueron a la cocina a desayunar, y luego al salón a ver la tele. Al fin y al cabo era fin de semana. El gato se tumbó en su regazo y ronroneaba como un pequeño tractor, y por primera vez en mucho tiempo la casa se sintió realmente acogedora.
Llegó el lunes. Nadie había buscado al gato.
Y Nicolás decidió que no se lo devolvería a sus dueños.
Lo único que le inquietaba era que los vecinos pudieran acusarle de robo.
Había sustraído bienes ajenos. Vivos, con buenas intenciones y solo con fines educativos, pero sustraídos.
Nicolás daba vueltas a posibles escenarios: los vecinos llamarían a la policía, le acusarían de robo, tendría que explicarlo todo, justificarse. Quizá no entenderían sus motivos.
Ese pensamiento le taladraba el cerebro y no le dejaba relajarse. Por eso todo el día, en el trabajo, estuvo como sobre ascuas, revisando el móvil por si llamaban. Pero ese día no recibió ninguna llamada perdida.
Y cuando Nicolás volvía a casa por la tarde — vio al vecino que bajaba a tirar la basura.
En la bolsa negra no se veía nada, pero por la forma parecía que dentro había algo muy parecido a una bandeja de arena.
Haciendo un gesto al vecino para que se detuviera, Nicolás se acercó y, como sin darle importancia, le preguntó:
—Oye, vecino, hace tiempo que no veo a vuestro gato en el portal. ¿Cómo está? ¿Vive? ¿Está bien?
—Pues se ha perdido hace unos días. ¡Y gracias a Dios!
—¿Por qué gracias a Dios? —Nicolás procuró que su voz sonara serena.
—Pues mi mujer quería llevarlo a la casa de campo y dejarlo allí. Dice que ya está harta: pelos por todas partes, maúlla por la noche, tira los jarrones. Y allí, dice, cazará ratones. Al menos servirá para algo. Pero a mí no me apetece nada ir a la casa de campo. Primero, está lejos. Y segundo, ella seguro me obliga a hacer algo allí. Así que el gato se ha ido solo, y no hace falta ir a ningún lado. Por eso ayer me bebí dos litros de cerveza. Fiesta.
—¿Y no os da pena el gato? ¿Y si le pasa algo?
—¿Pena? Si no es una persona. Oye, ¿y tú por qué preguntas tanto? —el vecino entrecerró los ojos con leve sospecha y miró a Nicolás.
—Por nada, simple curiosidad… —respondió Nicolás pensativo, y sin despedirse, se encaminó rápido hacia el portal.
Por dentro, Nicolás hervía de indignación.
«A la casa de campo, dice… A finales de octubre. Llevarlo y dejarlo allí a una muerte segura. Y ni una pizca de remordimiento. Hasta contentos de que «se haya ido solo» y les haya ahorrado el viaje y mancharse las manos».
Se imaginó por un instante a aquel gato bueno y confiado, sentado en el umbral de una casa de campo vacía (o debajo de una valla), esperando a que volvieran por él.
Esperando con la misma lealtad y devoción que mostraba ante la puerta del portal. Para sus vecinos, el gato era una cosa que a veces alegraba, a veces molestaba, y si molestaba demasiado, se tiraba al otro lado.
Primero al portal unas horas, luego a la casa de campo para siempre.
Cuando Nicolás subió al séptimo piso y entró en su casa, y vio que el gato le esperaba fiel y devoto junto a la puerta, se le calentó el alma.
Y además comprendió de repente que había hecho lo correcto…
Había hecho bien robando el gato a esa gente sin corazón que pensaba llevarlo a la casa de campo a finales de otoño y abandonarlo allí.
Nicolás sonrió, cogió al gato en brazos, y se fueron a la cocina a preparar la cena.
Y después de cenar — se tumbaron en el sofá a ver la tele.
Mejor dicho: Nicolás miraba la tele, y el gato simplemente estaba a su lado. Se giraba a un lado, luego al otro. De repente el gato se movió otra vez, pero esta vez se puso panza arriba y mostró confiado su vientre — la zona más vulnerable. Lo hizo sin pensar. Porque ya no tenía miedo.
Porque un hogar de verdad no es solo un techo y un cuenco de comida.
Un hogar de verdad es el lugar donde no tienes que ganarte el derecho a existir.
Y donde te quieren. Sin más. Por ser quien eres.







