Carmen no entendió al principio quién se movía sigilosamente por la carretera. La chica aparcó el coche y corrió hacia la criatura que necesitaba ayuda desesperadamente.
Al acercarse, Carmen estuvo a punto de llorar de compasión. Frente a ella, tambaleándose, había un gato demacrado. Ni siquiera pudo distinguir su color, pues el animal estaba cubierto de barro.
Pero lo peor era que el pobre no podía ver ni respirar bien. Sobre su cabeza llevaba una botella de plástico cortada.
—¿Quién te ha hecho esto? —se horrorizó ella, levantando con cuidado al desdichado.
Parecía no pesar nada. El gato intentó forcejear con sus últimas fuerzas, pero no pudo, y quedó inerte en sus brazos.
—Javi, ¿estás en el trabajo? Necesito tu ayuda urgente. ¡Espérame! —gritó al teléfono y salió disparada hacia la clínica veterinaria donde trabajaba su amigo.
Las dos horas siguientes, Javi y sus compañeros lucharon por la vida del animal. Carmen esperaba en silencio en el pasillo, atenta a cualquier sonido.
—Bueno, ¿qué te digo? El gato tuvo suerte de encontrarte. Un poco más y no habríamos podido hacer nada. Que se quede aquí esta noche. Estoy de guardia y cuidaré de tu protegido —sonrió el chico.
—Javi, gracias. Si no fuera por ti, no sé qué… —empezó Carmen y rompió a llorar, apoyando la cabeza en el hombro del veterinario.
Javier le acarició la cabeza:
—Todo irá bien, Carmen, ¿recuerdas cuando éramos niños? —guiñó un ojo a su mejor amiga.
Carmen sonrió entre lágrimas. Se conocían desde hacía muchos años. Javier la había sacado de tantos apuros. Desde pequeña sabía que si Javi estaba cerca, todo iría bien.
—Vete a casa, que si no, tu madre se enfadará otra vez —se preocupó el chico.
Carmen asintió y se dirigió rápidamente hacia la salida. Javier la miró con ternura mientras se alejaba…
*****
Javi tenía razón en preocuparse. Era vecino de Carmen y conocía a su familia. Los padres de la chica llevaban mucho tiempo abusando del alcohol.
El año anterior, el cabeza de familia había fallecido. La madre de Carmen estaba inconsolable. Cada vez perdía más la compostura y descargaba su ira contra su hija.
Javier siempre sintió lástima por aquella chica pelirroja y pecosa, tan atractiva.
Él era tres años mayor que Carmen y desde el principio la protegió. La defendía de los matones y de las chicas que se burlaban de ella. Carmen aceptaba su ayuda con gratitud.
A diferencia de sus padres, ella buscaba una vida mejor. Carmen se graduó en el instituto con medalla de plata. Y sabía que tendría que esforzarse al máximo para entrar en una universidad prestigiosa.
Ahora Carmen era estudiante de tercer curso en la Facultad de Idiomas.
Javi estaba muy orgulloso de su amiga. Él mismo se había licenciado hacía poco en la Facultad de Veterinaria, adoraba su trabajo, pero creía que dominar idiomas extranjeros era mucho más difícil.
Carmen no solo estudiaba, sino que también trabajaba como repartidora con el coche de segunda mano que le había dejado su padre.
—¡Ya estoy en casa! —gritó Carmen desde el recibidor.
Le respondió un ronquido acompasado. En el piso flotaba un fuerte olor a alcohol. Su madre dormía con una pierna colgando del sofá. Por el suelo había botellas vacías.
La chica suspiró hondo, recogió la basura y se fue a su cuarto a preparar las clases.
La imagen del animal maltratado no se iba de su cabeza. ¿Cómo estaría? Cogió el móvil y le escribió a Javi…
El pobre gato dormía, temblando inquieto. Creía que sus torturadores seguían cerca. Gimoteaba de dolor y se sumergía de nuevo en la oscuridad.
—Saldrás adelante, luchador. Por Carmen. Ella te espera y desea que te recuperes —susurraba Javi, sentado a su lado.
Al amanecer, el gato abrió los ojos y, al ver a un humano a su lado, intentó huir. No pudo. Miró a Javi aterrorizado. En su mirada se reflejaba el dolor.
—Tranquilo, pequeño, no te haré daño —decía Javier.
Pero el gato sabía que en este mundo no se podía confiar en nadie. Quiso sisear, pero de su garganta solo salió un ronquido.
—Todo está bien, guapo —examinaba con cuidado al gato el chico.
El pobre pasó toda la semana en la clínica. Carmen iba a verlo cada día; al principio el gato rehuía a la gente. Luego eligió a Carmen y a Javier, y empezó a dejar que se acercaran con cautela.
—¿Al final te lo llevas a casa? —preguntaba Javi a la chica.
Le preocupaba cómo reaccionaría la madre de Carmen ante el nuevo miembro de la familia. Carmen asintió con seguridad, apretando al gato contra su pecho…
Para sorpresa de todos, la mujer aceptó con calma a la mascota. Solo preguntó con voz ronca:
—Espero que no tenga que darle yo de comer, ¿no?
Carmen sonrió con ironía. Teresa se gastaba toda su pensión en alcohol. Ni el gato ni su hija entraban en sus planes.
—Mamá, le daré de comer yo —suspiró la chica.
—Respuesta de adulto. Me gusta —dijo la madre satisfecha.
Y como si despertara, preguntó:
—¿Y cómo lo has llamado?
Carmen miró al gato grisáceo y anaranjado y respondió:
—Lince.
—La verdad, se parece un poco a un lince —se rió Teresa.
Así empezaron a vivir con el gato. A Carmen le resultaba más alegre volver a casa, porque ahora sabía que allí la esperaban…
Lince no se fiaba de Teresa. La mujer lo asustaba con su voz ronca y sus movimientos bruscos. El olor a alcohol ponía nervioso al gato.
Por eso, cuando Carmen no estaba, procuraba no dejarse ver.
—Es muy arisco, nada cariñoso —refunfuñaba la madre.
Carmen se encogía de hombros y evitaba las discusiones.
Cuando Javi venía de visita, Lince salía con cuidado a recibirlo. Luego se frotaba contra sus piernas. Recordaba bien al chico y le estaba agradecido por haberlo salvado.
Javi le contó a Carmen que Lince tenía unos cuatro años. Pero el gato había sufrido mucho. Le faltaban algunos dientes, tenía problemas en una pata y en el corazón.
—Un esfuerzo excesivo, como viajar en avión, es peligroso para él —dijo Javier.
—Ay, y nosotros que pensábamos irnos de vacaciones al extranjero con Lince —se reía la chica, sabiendo muy bien que no había posibilidad de vuelos…
Así pasaron dos años.
Carmen terminaba la universidad y soñaba con ser traductora. Un día entregaba un paquete de documentos en una gran empresa.
La secretaria recibió el envío. Carmen se disponía a marcharse cuando un hombre salió de un despacho con aire desconcertado:
—No sé qué hacer. Tengo una negociación en una hora y ni un solo traductor competente —suspiró.
Carmen se quedó mirando al atractivo hombre. Él también se fijó en ella.
—¿Por casualidad, no será usted traductora? —preguntó.
La secretaria iba a hablar, pero Carmen se adelantó:
—Sí, soy traductora. Domino el inglés y el chino —respondió animada.
De reojo vio cómo los ojos de la secretaria se abrían como platos. Pero decidió arriesgarse…
Así, Carmen terminó la universidad y fue contratada como asistente personal de Miguel.
Miguel resultó ser un hombre encantador de treinta y cinco años. Al cabo de un par de meses, su relación dejó de ser solo laboral. A Carmen le gustaba la atención de Miguel. La cortejaba con esmero y le hacía regalos originales.
—No te reconozco, amiga. Desde que empezaste a trabajar, te has vuelto otra —le decía Javi.
Carmen sonreía con misterio. No quería compartir su felicidad con nadie…
—Deberías decírselo. ¿Hasta cuándo vas a estar colado por Carmen? —le repetía a Javi su mejor amigo Pablo.
—Seguramente tienes razón. Pero temo que no me corresponda y arruine nuestra amistad —confesaba el chico.
—Esto no es amistad, es una tortura. Tienes mala cara —suspiraba Pablo sombrío.
Javier sabía que su amigo tenía razón…
Era el cumpleaños de Javi, y Carmen, como siempre, fue la primera en felicitarlo. Llamó a la puerta. Javier ya la esperaba en el umbral.
—¡Feliz cumpleaños, Javi! —dijo Carmen entrando al piso.
—Tantos años y nada cambia —sonrió la madre de Javier al verlos.
Carmen, como siempre, le había hecho su tarta favorita. Estaban sentados en la cocina, tomando té.
—Hoy estás muy misterioso, Javi. ¿Qué pasa? —empezó Carmen.
—Carmen, sabes que hace tiempo que quería decirte… —empezó Javier. Pero ella lo interrumpió:
—Oye, yo también tengo que hablar contigo seriamente.
El chico se quedó inmóvil. Una esperanza se removió en su alma.
—Entonces, empieza tú —propuso.
Carmen sonrió:
—Ya sabes que encontré trabajo. Y además… ¡me he enamorado! —soltó, mirándolo a los ojos.
Javier se turbó un momento:
—Por fin, Carmen. Me alegro tanto, porque yo también te… —no pudo terminar, porque ella volvió a interrumpir:
—Y verás, él es muy atento. Cierto, es mayor que yo. Pero eso no importa, ¿verdad?
Javier se quedó pensativo. La diferencia de edad era de solo tres años y a él no le preocupaba en absoluto. Asintió y siguió escuchando, conteniendo el aliento.
—Entiendes, es mi oportunidad para una vida feliz. Miguel se va a Londres dentro de dos meses y me pide que vaya con él.
Pero no puedo llevarme a Lince. Tú mismo dijiste que tiene el corazón delicado. Y Miguel tiene alergia a los animales —dijo ella.
Javier se quedó atónito. Le pareció que una apisonadora le pasaba por encima:
—Espera, ¿qué Miguel? ¿Qué tiene que ver la alergia y Lince? —preguntó en voz baja.
—Javi, ¿me estás escuchando? Miguel es mi jefe y prometido. Nos vamos a Londres. Siempre soñé con vivir y trabajar en el extranjero. ¡Es una gran experiencia!
Pero no podemos llevar a Lince. No sé qué hacer. Dejarlo con mi madre no es opción, ni dárselo a alguien… Lince no se acerca a la gente, tú lo sabes —suspiró Carmen.
Javier se quedó en silencio.
“¡Qué tonto soy!” —pasó por su mente. Intentó recomponerse y sonrió con despreocupación:
—Vaya, Carmen. ¡Menudas noticias! No te preocupes, amiga. Todo irá bien, te lo prometo. Yo puedo quedarme con Lince. Él me conoce. Lo importante es que tú seas feliz —dijo con alegría.
Carmen lo miró a los ojos. Se habían vuelto tristes y apagados, aunque un minuto antes brillaban de felicidad.
—¿Y qué querías decirme? —preguntó insegura.
—Nada, una tontería. Unos cambios en el trabajo —hizo un gesto con la mano Javi…
Dos meses se preparó Carmen para el viaje.
Extrañamente, cuanto más se acercaba el día de la mudanza, más pesado se volvía su corazón:
“Seguramente tengo miedo de dejar a mamá sola…” —pensaba. Pero en el fondo sabía que no era la principal razón de su tristeza.
Ante sus ojos aparecía constantemente la mirada triste de Javier. ¿Cómo viviría sin él? Habían sido mejores amigos durante tantos años.
Últimamente a Carmen le parecía que su amistad se había convertido en algo más…
“¡Basta! Pronto viviré con Miguel en Londres. Y sin embargo pienso en Javier” —intentó alejar los pensamientos inquietantes.
Lince se subió con cuidado a sus brazos. Él notaba que algo le pasaba a su dueña, y trataba de calmarla ronroneando con dulzura.
—Lince, pequeño. ¿Cómo voy a vivir sin ti? —susurraba Carmen.
Recordó la conversación reciente con Miguel, que dejó claro que el gato no tenía cabida en su vida:
—Carmen, no puedo pasar toda la vida tomando pastillas por culpa de un animal, aunque sea el más querido —dijo.
Y esas palabras sonaron como una sentencia…
—Bueno, Carmencita, ha llegado la hora de despedirnos —dijo Javi animadamente, con Lince en brazos.
—Javi, llámame, por favor, no me olvides —susurró la chica entre lágrimas.
—No te vengas abajo, que Lince se pone nervioso. Perdona que no te acompañemos al aeropuerto —sonrió Javier.
Estaban en el rellano de la escalera. El chico metió a Lince en casa y abrazó a Carmen.
“No la dejes ir… ¡No la dejes ir!” —golpeaba en sus sienes.
—Tengo que irme —dijo Carmen y le besó en la mejilla.
—No te olvidaré. Nunca te olvidaré —susurró Javier, soltando los brazos…
Ella estaba en el mostrador de facturación, consciente de que en ese momento se decidía su destino.
—Bueno, ¿por qué estás tan triste? —la animaba Miguel.
Ella intentaba sonreír.
“No te olvidaré… Nunca te olvidaré…” —las palabras de Javier golpeaban en sus sienes.
Carmen miraba por la ventana el edificio del aeropuerto que se alejaba.
—¿Han vuelto de algún sitio? —preguntó el taxista.
—No, simplemente me he quedado —respondió Carmen con lágrimas de felicidad.
—Sucede… Creo que ha tomado la decisión correcta —comentó el conductor filosóficamente.
Lince estaba triste, sentado.
—Todo irá bien, Lince —animaba Javier.
Llamaron a la puerta insistentemente. El chico abrió y se quedó inmóvil…
—Entonces, en tu cumpleaños, querías confesarme algo, pero te interrumpí —dijo Carmen.
Javier sonrió:
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Javi, responde, ¿qué querías decir? —repitió Carmen.
Pero el chico callaba, mirándola. Luego se acercó y la abrazó.
Ella acarició al alegre Lince, que se frotaba contra sus pies, y susurró:
—Te quiero, y no puedo vivir sin ti y sin Lince…
—Exactamente eso quería decirte, querida —respondió Javi.







