Por primera vez, ella entendió que nada le asustabaEl viento helado acarició su rostro mientras sonreía, sintiendo que el mundo entero se rendía ante su nueva certeza.

En el pueblo de Zacarías todo el mundo lo conocía. No porque fuera el alma de la comunidad ni un generoso benefactor, sino porque su enorme granja estaba a la vista, justo a la entrada, y sin él poco se decidía allí. Zacarías era un hombre recio, robusto, de ojos siempre inyectados en sangre que últimamente miraban más de reojo.

Su mujer, Jimena, era de esas mujeres que entran en una casa como un rayo de sol. Con veintiséis años parecía todavía una niña: el pelo rubio recogido en una trenza, la voz suave, la sonrisa tímida. Era mucho más joven que Zacarías, y todo el pueblo en su momento no hablaba de otra cosa:

—¿Por qué se casó tan joven con un mayor?

La razón era sencilla: la madre de Jimena, una viuda con una pensión miserable, respiró aliviada cuando Zacarías mandó a pedir su mano.

—Hija, no te va a faltar de nada. Tiene la granja, empleados, un buen techo, comida, desahogo. No vamos a temblar toda la vida en esta choza.

Jimena no discutió. Nunca había sido de discutir. Se casó y al principio la vida fue mejor. Zacarías la trataba con paciencia, a veces hasta con cariño. La casa rebosaba de todo. Los empleados, unos siete solteros y algunos casados de pueblos vecinos, vivían allí mismo, en un largo barracón de madera dentro de la finca. Zacarías les pagaba puntual, sin retrasos, y les daba de comer del mismo puchero. Los hombres estaban contentos: trabajaban sin quejarse, el patrón era de los suyos, la tierra era suya. Bueno, no era suya, pero eso eran detalles.

De esos detalles solo sabían unos pocos. Zacarías nunca había registrado la tierra a su nombre como era debido. Por amistades lo había apañado con el ayuntamiento, un papel firmado por el concejal, y un trato de palabra con el alcalde.

Oficialmente la tierra era de uso agrícola, sin dueño conocido, y Zacarías la manejaba como un señorito. Los impuestos los pagaba a medias: una parte en efectivo a los funcionarios amigos, otra la ignoraba.

—Ya vendrán, si es que vienen —decía dándose palmadas en el bolsillo.

Pero algo se rompió en él los últimos seis meses. Primero, sin hacer ruido, empezó a beber. Por las noches, luego al mediodía, y después por la mañana encontraba excusa para echar un trago. Los negocios se torcieron: perdió los plazos, compró mal pienso para el ganado, se peleó con los proveedores. Los empleados primero callaron, después protestaron.

—Zacarías, ¿y la paga? Lleva dos meses sin pagar —se atrevió a decir el viejo Ignacio, que llevaba cinco años con él.

—¡Qué cara tienes! —rugió Zacarías sirviéndose otro vaso—. ¡Te doy techo y comida y encima exiges! ¡Espera!

El primer mes aguantaron. El segundo también, pero empezaron a hablar de irse. ¿Adónde iban a ir, si allí trabajaban en su finca y les debía dos meses? Además, el invierno llegaba en un mes, los pueblos de alrededor eran remotos, no había trabajo.

Jimena lo veía todo. Oía por las noches a los empleados quejándose a gritos desde el barracón. Veía a su marido volver de allí furioso, con la cara torcida, y lo primero que hacía era buscar la botella. Intentaba interceder. Con voz queda, de mujer:

—Zacarías, ¿por qué no les pagas? Están trabajando…

—¡Cállate! —bramaba—. ¿Quién eres tú para mandarme, ingrata? ¡Te saqué de la miseria, te visto y te calzo, y encima!…

Jimena se quedaba quieta, como un conejo ante la serpiente. Luego, cuando él se dormía, se secaba las lágrimas y se iba al establo a ver si habían dado de comer a las reses. Porque los empleados, ofendidos y rabiosos, también empezaron a hacer el vago. Las ovejas quedaban sin pasto, las vacas sin ordeñar del todo.

—¿Por qué lo defiendes? —le preguntó una vez Ignacio, mientras ella ordeñaba en silencio dos vacas por él—. Vete, chica, antes de que sea tarde.

—¿Adónde voy a ir? Es mi marido —susurró Jimena—. Mi madre no me aceptaría de vuelta, qué vergüenza. Y él… no siempre fue así. Antes era otro.

—Antes —sonrió Ignacio—. Antes la hierba era más verde. Ahora está perdido, y nos arrastra con él.

Esa noche Zacarías bebió más que nunca. Salió al porche tambaleándose, gritando que allí el rey era él. Luego se fue al barracón a «poner orden». Jimena se quedó en la cocina, apretando una taza de té frío contra el pecho, oyendo cómo su marido golpeaba la puerta ajena, cómo insultaba, cómo alguien, quizá Ignacio o el joven Esteban, le contestaba.

Afuera lloviznaba, ese llovizna tardía de otoño. En la granja se apagaron las luces. Y en algún despacho del ayuntamiento, sobre una mesa caliente, descansaba una carpeta con impagos y tierras sin registrar, y alguien pasaba ya el dedo sobre el apellido de Zacarías.

Pero Zacarías no lo sabía. Estaba demasiado ocupado destruyendo su vida, vaso a vaso, bronca a bronca. Y Jimena seguía sentada en la oscuridad, pensando en lo difícil que es ser buena cuando aquel a quien intentas salvar ni siquiera quiere ser salvado.

Esa noche el viento aullaba tras las delgadas paredes de la casita del bosque. Jimena no podía dormir; miraba por la ventana la luz turbia de la luna. Salió, se quedó en el porche, con una chaqueta sobre los hombros. De repente, alguien le tapó la boca con una mano, la agarró y la arrastró a algún sitio. Se asustó.

Cuando recobró el sentido, las manos le temblaban, no de frío, sino de un miedo que poco a poco daba paso a la sorpresa. Vio a Iván, el empleado, un hombre sano y guapo. Iván no le hizo nada malo.

La llevó a una pequeña choza, con brusquedad pero casi con cuidado, como se lleva un objeto frágil temiendo romperlo. Cerró con llave, y ella oyó cómo él revolvía fuera, ajustando algo, comprobando. Luego silencio. Hasta dejó de respirar, seguro esperando junto a la puerta, escuchando si lloraba.

Jimena no lloraba. De repente entendió que en aquel cautiverio, en aquella casita del bosque con suelo de tierra y una estufa de leña, se respiraba mejor que en su propia casa. Por la mañana, Iván trajo pan, tocino y un vaso de leche. Lo puso sobre la mesa tosca, desató el pañuelo en silencio. Ya se iba cuando Jimena preguntó en voz baja:

—¿Por qué haces esto, Iván?

Él se detuvo junto a la puerta. Ancho de hombros, robusto, con las manos llenas de viejas cicatrices de cuerdas y paja. La mirada, de reojo, no era malvada, más bien acosada.

—Tu marido no nos paga —dijo con voz grave—. Dos meses. Mi madre vive sola en el pueblo de al lado, con una pensión de miseria. Le prometí ayudarla.

—¿Y por eso me raptaste? —preguntó Jimena en voz baja.

Nunca levantaba la voz. Y ahora lo miraba no como para acusarlo, sino para entenderlo. Iván calló un momento, luego se dio la vuelta y soltó:

—¿Y tú quieres seguir viviendo con él? No te mira, te insulta, te maltrata. Borracho perdido, gritos, palabrotas, violencia… Le oí el sábado pasado en la cocina, cuando salí a fumar. Lo oí todo.

Ella palideció. Bajó la mirada.

—No es asunto tuyo, Iván.

—Sí lo es —dijo él de repente firme, y dio un paso hacia ella, parándose a dos pasos—. Porque no soporto ver cómo te encoges cuando él pasa, cómo callas. Y él… perdón, señora, pero es un cerdo.

Jimena levantó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo miró a alguien no con miedo ni con culpa, sino con un interés vivo y sincero. Iván era guapo: pómulos anchos, nariz recta, mandíbula fuerte con un hoyuelo. Y en sus palabras había una sencillez, una calidez extraña que le apretó el pecho.

—¿Te apiadaste de mí?

—No me apiado —frunció el ceño—. Yo…

No terminó. Salió dando un portazo. Y la llave volvió a girar. Así pasaron tres días. Iván traía comida, traía un trapo limpio a modo de toalla, ajustaba la trampilla de la estufa, tapaba las rendijas de las paredes para que no entrara aire. Apenas hablaban, temían las palabras. Pero una noche, mientras él calentaba agua para que ella se lavara, Jimena dijo de repente:

—Sabes, la vida con Zacarías no es miel. Mi madre se alegró de que no me faltara nada. Y es cierto, no me falta nada. Excepto una cosa.

—¿Qué? —preguntó Iván.

—Que alguien me mire como a una persona. No como a un mueble, no como a un añadido de la granja. Como a un ser vivo.

Iván se quedó quieto con el caldero en las manos. Luego lo dejó sobre la mesa, suspiró hondo y se sentó enfrente, en el banco. Puso las manos rudas sobre la mesa, los dedos agrietados, las uñas rotas.

—Te miro —dijo en voz baja—. Hace tiempo que te miro. Desde aquel día en que te apiadaste de la vaca sin ordeñar y fuiste tú misma al establo de noche. Yo te seguí, pensando que ibas a vigilar a un ladrón. Y tú solo… te apiadabas. Estabas junto a la vaca, la acariciabas y le susurrabas cosas dulces. Y nadie te veía. Estabas sola. Y una lágrima te corría por la mejilla. Entonces entendí que… —se le acabaron las palabras. Tragó saliva.

Jimena alargó la mano y tocó sus dedos. Él tembló, pero no se apartó.

—Iván, ¿y si él paga? ¿Qué harás? ¿Me devolverás a él?

—No lo sé —susurró—. Pensé que pagaría y listo, libre. Pero ahora… no quiero.

Ella sonrió por primera vez en años. No esa sonrisa cortés con la que sonreía en la mesa de los suegros o en las fiestas del pueblo. Otra, cansada, pero verdadera.

—Yo, Iván, no quiero volver con él. Por nada del mundo. Ni por todo el dinero. Ni por todas las promesas.

Él apretó su mano con cuidado.

Al tercer día, Zacarías encontró una carta. Iván la había dejado bajo la puerta de su casa por la noche. Breve, sin firma: «Paga a los empleados los dos meses y tendrás a tu mujer sana y salva. Si no, tú verás».

Zacarías, temblando de la resaca, correteaba por la granja. Gritaba a los empleados, acusaba a todos: a Ignacio, a Esteban, hasta al forastero Víctor. Iván estaba aparte, removiendo la tierra con la punta de la bota, con la cara de piedra. Solo los ojos alertas, como lobo que huele la trampa.

—¿Dónde está? —Zacarías le señaló con el dedo—. ¡Habla, Iván!

—¿Y yo qué sé? —respondió Iván con indiferencia—. Igual se fue por las penas.

Zacarías apretó los dientes. Pero esa misma noche fue al pueblo, sacó casi todos los ahorros y pagó la deuda. Ignacio contó el dinero en la palma, resopló y sonrió satisfecho.

—Ya era hora.

Pero al día siguiente le llegó una carta de Jimena. Letra menuda, pálida, a lápiz en una hoja de cuaderno: «Zacarías, no me busques. Estoy viva y bien. Es cierto, pero nadie me tiene retenida. Me fui de ti por mi propia voluntad. No volveré. Le pagaste a los empleados, bien hecho. De ti no quiero nada, ni siquiera tu nombre. Adiós. Jimena».

Zacarías leyó la carta tres veces, luego se bebió un vaso de aguardiente, luego rompió el vaso contra la esquina de la mesa y aulló, de rabia o de pena. No quería a su mujer, pero en casa debía haber un ama de llaves. Los empleados oyeron el aullido y se miraron.

Ella estaba sentada en el camastro, seleccionando ramas secas para encender la estufa. Iván llegó a la choza al atardecer. El candado colgaba abierto; ella misma había corrido el cerrojo desde dentro.

—Bueno, ya está —dijo él, deteniéndose en el umbral—. Pagó. Ya no eres rehén.

—Entonces ahora solo soy Jimena —levantó ella los ojos—. Y ya no soy la mujer de nadie.

Iván dio un paso, luego otro. Se sentó a su lado sin mirarla. Y estuvo callado un largo rato. Después la abrazó por primera vez como de verdad quería abrazar a una persona amada, con pasión y ansia.

—Quédate —dijo con voz ronca, apoyando la mejilla en su pelo—. No en esta choza, no. Yo levantaré otra, nueva, en mi pueblo. Tendremos vacas, no las de Zacarías, las nuestras. Sé trabajar, no nos faltará.

Jimena apoyó la cabeza en su hombro. Y allí, en aquella cabaña del bosque que olía a hierba seca y a humo de leña, comprendió de repente que por primera vez en muchos años no temía lo que vendría.

Porque la vida con Zacarías no era miel: era vacía, fría, amarga. Y allí, con aquel hombre callado, torpe y bueno, hasta las paredes respiraban calor.

—Me quedo —susurró—. Me quedo, Iván.

Afuera volvía a lloviznar. En el pueblo cantaban los gallos, y la granja de Zacarías estaba a un tiro de piedra. Pero ahora esa distancia parecía enorme, como entre la vida de ayer y la de hoy.

Les quedaba mucho: una primavera de hambre, habladurías ajenas. Les quedaba levantar la casa ladrillo a ladrillo, criar hijos, aprender a confiar. Pero esa noche estaban abrazados en el viejo camastro, y nadie en el mundo podía separarlos, ni el antiguo patrón, ni la avaricia, ni aquel otoño húmedo y gris.

Mientras, en la granja de Zacarías, los empleados se iban. Unos al pueblo, otros a sus casas. Sólo quedaban las vacas, las ovejas, la tierra sin registrar y las viejas deudas de impuestos. Y un silencio en el que se oían cada vez más fuertes los pasos de quienes venían a inspeccionarlo. Pero esa ya es otra historia.

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Por primera vez, ella entendió que nada le asustabaEl viento helado acarició su rostro mientras sonreía, sintiendo que el mundo entero se rendía ante su nueva certeza.
Necesitamos poner fin a nuestra relación