El enigma de la naturalezaBajo la luz de la luna llena, el bosque susurraba secretos que solo los antiguos habitantes de la sierra podían comprender.

Se casaron en mayo, cuando florecían las lilas. Inés y Javier eran la pareja perfecta: altos, esbeltos, con el mismo color de ojos. En la boda, los invitados brindaron y les auguraron «gemelos para el año que viene». Inés se ajustaba el velo y sonreía tímidamente, apoyándose en el hombro de su marido. Ya imaginaba la habitación con sonajeros, el cochecito en el recibidor y los calcetines diminutos.

Pasó un año. Inés dejó de tomar café por las mañanas, cuidaba su alimentación. Javier comprendía sus manías. Empezó a traer flores a casa más a menudo, como disculpándose por algo de lo que no era culpable.

Pasaron dos años. Las amigas de Inés, una tras otra, subían a las redes fotos de vientres redondeados y luego de bultos con bebés. Inés daba likes, escribía «¡qué preciosidad!», y luego apagaba el móvil y se quedaba mirando fijamente al vacío. Sus padres insinuaban con delicadeza:

—Hija, ya va siendo hora de daros prisa, queremos nietos.

Pero Inés los despachaba:

—Ya llegará.

En realidad, dentro de ella crecía una sorda inquietud. Y lo peor no era que algo pudiera no funcionar. Lo terrible era ir al hospital. Inés pensaba:

—¿Y si soy yo? ¿Y si soy yo ese mecanismo estropeado? ¿Y si el tratamiento no funciona?

Javier, viendo el rostro mustio de su mujer, pensaba lo mismo. Era un hombre acostumbrado a resolver problemas, pero aquí se sentía impotente. Le parecía que si iba a hacerse análisis y resultaba «no apto», perdería no solo la oportunidad de ser padre, sino también el respeto de Inés. ¿Cómo mirar a los ojos a una mujer si no puedes darle un hijo?

Vivían en una ciudad con tres centros privados de reproducción de escaparates relucientes. Pero los esquivaban, eligiendo otro camino para pasear. Un tabú silencioso flotaba en el aire. Las conversaciones sobre hijos se reducían a hablar de sobrinos y de los niños de los amigos. Cada uno temía no el diagnóstico, sino convertirse en el culpable.

Solo les salvaba el amor. Un amor extraño, adulto, que, a pesar de los miedos, se volvía más callado y más hondo. Javier abrazaba a Inés por las noches, y ella sentía que él temía igual que ella. Temían confesarse que ya daban vueltas a las opciones:

—¿Y si es incurable? ¿Podremos quedarnos los dos si uno de nosotros es la causa de este vacío?

Tres años. Era su aniversario particular del silencio. Un día lluvioso, Inés se despertó y dijo con firmeza:

—Javier, he pedido cita. Mañana a las nueve.

Él se sobresaltó, como si recibiera un golpe, pero asintió. Tenía la boca seca.

—Voy contigo —respondió apenas.

En la clínica, Inés estaba sentada en el sillón, apretando el bolso, y Javier le sujetaba la mano. No se miraban, temiendo leer el miedo en los ojos. La doctora, una mujer joven de ojos cansados, los miró por encima de las gafas:

—Vamos, tortolitos, ¿tres años aguantando? Mal hecho. Vamos a hacer las pruebas.

Dos semanas de espera se hicieron las más largas de sus vidas. Fingían llevar una vida normal: iban al cine, comían sushi, se peleaban por los platos sin fregar. Pero cada noche, cuando Javier salía de la ducha, veía a Inés mirando el móvil, revisando el correo.

Y llegó el resultado.

Inés abrió el mensaje con dedos temblorosos. Javier estaba detrás, con las manos pesadas en sus hombros, sin respirar. Ella recorrió con la vista los términos médicos fríos, las cifras, los indicadores… Se giró bruscamente en la silla. Tenía los ojos húmedos.

—Javier —exhaló—, estamos… estamos sanos. Los dos.

Por un segundo, un silencio vibrante llenó la habitación. Y entonces Javier hizo algo que no había hecho en esos tres años. Se rió a carcajadas, agarró a Inés por la cintura, la hizo girar por la habitación y, al ponerla en el suelo, la apretó contra sí.

—¿Oyes? —le susurró en la coronilla—. No tenemos la culpa. Nadie la tiene. Solo… solo que aún no había llegado el momento.

Inés rompió a llorar sobre su pecho. Lloraba de alivio, de ternura, de lo absurdo de la situación. Tres años escondiéndose del miedo, temiendo romper la familia, y resulta que su familia era una roca que nada podía quebrar, ni siquiera el vacío.

Esa noche compraron champán, pidieron pizza e hicieron planes. Planes grandiosos: en un mes, vacaciones en Benidorm; luego, cambiar de trabajo por algo más tranquilo; después, comprar una cuna, paseos por el parque, elegir nombre. Les parecía que ahora que la barrera había caído, todo debía ocurrir solo. Como por arte de magia.

Pero pasó un mes. Luego tres. Luego medio año y más tiempo pasaba, los meses fluían.

El optimismo se desvanecía como la niebla matinal. Ahora sabían que podían, pero ese conocimiento no acercaba el milagro. Era como si supieras la combinación de una caja fuerte, pero la caja estuviera vacía.

—Quizá solo tengamos que dejar de pensar en ello —propuso Javier una noche, viendo a Inés mirar de nuevo al vacío.

—Fácil decirlo —sonrió ella con tristeza—. Prueba tú a no pensar…

Dejaron de hablar del tema. Con cuidado, como porcelana frágil, guardaron las conversaciones sobre niños en el cajón más lejano. La vida seguía su curso: trabajo, cenas, series, algún que otro fin de semana. Y cada año se volvía más gris. No negro, aún se querían. Pero gris, como el cielo de noviembre lluvioso. Los colores se habían ido, solo quedaban los contornos.

Llegó el séptimo año de matrimonio. Una tarde, Javier volvió del trabajo acompañado. Bajo su chaqueta algo se movía, gemía y olfateaba la cremallera con el hocico húmedo.

—Inés —dijo con timidez, sacando un bulto peludo y tembloroso—. Me lo ha dado Miguel. Su perra tuvo cachorros, el último no lo quería nadie. Miré esos ojos… no pude dejarlo allí. Que se quede con nosotros, ¿vale?

Inés retrocedió. No le gustaban los animales en casa. Desde pequeña pensaba que los perros debían vivir fuera, en una caseta, y los gatos cazar ratones en los sótanos. Pelo, manchas, olor, ¿para qué en su acogedor, aunque demasiado silencioso, nido?

—Javier, ¿hablas en serio? —preguntó fríamente—. Ya tenemos bastante…

Iba a decir «bastante vacío», pero se calló. Miró al cachorro. Era diminuto, con unos enormes ojos húmedos color caramelo. Temblaba y la miraba con tanta esperanza como ella misma había mirado antes los test. Buscaba un hogar.

Inés abrió la boca para decir «devuélvelo», pero las palabras se le atascaron. Miró a Javier, y en sus ojos había la misma súplica que en los del perro. Le pareció que si decía que no, rompería algo muy importante en su familia. Algo que aún los mantenía a flote.

—Vale —suspiró—. Que se quede. Pero limpias tú lo que ensucie.

Javier se iluminó como un niño y apretó al cachorro contra su pecho.

—¡Coco! —dijo—. Te llamarás Coco.

El perrito lo miraba con adoración, moviendo el rabo. Aquellas palabras fueron el comienzo de una nueva vida. Inés, sin darse cuenta, se fue implicando. Primero le daba de comer a Coco porque Javier llegaba tarde del trabajo. Luego empezó a pasearlo por el parque porque llovía y Javier estaba resfriado. Luego le compró una cesta, después un cuenco con el letrero «Mejor amigo», luego un collar de piel auténtica, luego un impermeable, luego un mono de invierno.

Coco la miraba con devoción, movía el rabo con tanta fuerza que parecía que se le iba a desprender, y la seguía a todas partes. La esperaba en la puerta cuando volvía del trabajo, y saltaba alegremente derribando todo a su paso. Le traía las zapatillas, ponía la cabeza bajo su mano, le rozaba la palma con el hocico.

Un día, viendo a Coco perseguir una pelota por el pasillo con entusiasmo, Inés se sorprendió sonriendo. Sonreía de verdad, por primera vez en muchos meses. Comprendió que quería a aquella criatura peluda. Quería su andar torpe, sus ojos fieles, su lengua cálida lamiéndole las manos. Le compraba juguetes, más que en una tienda infantil. Le compraba ropa y lavaba su cesta.

Coco se convirtió en su sustituto de hijo. Hablaban con él, le reñían por las patas roídas de la silla, le alababan por las órdenes aprendidas. En Navidad lo disfrazaron de reno y lo llenaron de regalos. En el cumpleaños de Coco le hornearon una tarta de ternera y arroz. Su vida recobró colores vivos, cálidos, de perro.

Pero los colores, a veces, engañan. Todo empezó cuando Coco dejó de comer. Se quedaba tumbado en su cesta, con el hocico entre las patas, mirándolos con ojos tristes. Inés entró en pánico la primera. Llamó a clínicas veterinarias, suplicando que los recibieran sin cita.

—No será nada —la tranquilizaba Javier—. Habrá comido algo en la calle.

Pero Coco adelgazaba a ojos vista. Su pelaje brillante se apagó, el hocico se volvió seco y caliente. Cuando intentó levantarse para recibir a Inés en la puerta y no pudo, ella rompió a llorar. En la clínica, todo era luz y esterilidad. El veterinario, un hombre mayor con canas en la barba, examinó a Coco, le palpó el vientre y negó con la cabeza.

—Parece una infección, la habrá cogido en algún lado. No descarto un tumor, pero empezamos con tratamiento. Inyecciones, dieta estricta, suero.

Le pusieron inyecciones a Coco cada día. Inés aprendió a sujetar la jeringa con mano firme, aunque por dentro le temblaba todo. Se sentaba con él por las noches, le acariciaba la cabeza y susurraba:

—Aguanta, mi niño, aguanta.

Coco movía débilmente el rabo en respuesta, pero apenas le quedaban fuerzas.

Una mañana, al despertar, Inés vio que Coco no respiraba. Yacía en su cesta, hecho un ovillo, como el primer día que lo trajeron. Parecía dormido, pero el pecho no se movía. Inés lo tocó: estaba frío.

No gritó. Se sentó en el suelo junto a la cesta y se puso a aullar. Bajo, prolongado, como una loba que ha perdido a su cría. Javier salió corriendo del dormitorio, lo comprendió todo sin palabras y cayó de rodillas a su lado. La abrazó junto a Coco, y estuvieron así mucho tiempo, hasta que amaneció.

Enterraron a Coco en el bosque, a las afueras.

—Dios mío —susurraba ella por la noche, hundida en el hombro de Javier—. Qué vacío. Ni siquiera imaginaba que se pudiera querer tanto a un perro. Y perderlo así.

Javier callaba. Le acariciaba el pelo y miraba al techo. Tenía un nudo en la garganta que no podía tragar. Coco había sido su pequeño milagro peludo, que les regaló tres años felices. Tres años en los que olvidaron el vacío. Pero el vacío volvió. Y se hizo el doble de grande.

Inés perdió el apetito. Se obligaba a tomar un par de cucharadas de sopa y le entraban náuseas. Sobre todo por las mañanas. Lo achacaba a la crisis nerviosa; dicen que el estrés da arcadas. En el trabajo, el ambiente se le hizo insoportable. Se sentaba ante el ordenador, miraba la pantalla, y le parecía que las paredes se encogían, le robaban el oxígeno. Salía a la calle a cada rato, respiraba aire frío, se apoyaba de espaldas contra la pared y cerraba los ojos.

—Inés, ¿qué te pasa? Estás muy pálida —le preguntó preocupada la compañera Laura—. ¿Una infección o algo?

—Seguro que cogí una infección —se excusó Inés—. De Coco. Él tenía algo… vete a saber, un virus.

La idea de la infección se le fijó en la cabeza. Incluso se alegró de esa explicación: todo tenía lógica, el perro tuvo una inflamación, así que pudo contagiarse. El cuerpo, debilitado por el dolor, había pillado cualquier porquería. Debía ir al médico de cabecera, hacerse un análisis para saber qué enfermedad tenía.

Pidió cita en el ambulatorio, cogió día libre. Esperó en la cola, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo se le revolvía el estómago con otro ataque de náuseas. La doctora, una mujer ya no joven de ojos cansados, escuchó sus quejas, negó con la cabeza y dijo:

—Bueno, veamos. Primero un análisis general. Pero, por si acaso… —frunció el ceño, miró a Inés por encima de las gafas—, vale, voy a derivarla a una ecografía.

Inés salió del consultorio con el volante en la mano.

La ecografista callaba, movía el aparato, fruncía el ceño, cliqueaba algo en la pantalla. Inés yacía mirando al techo, contando las baldosas para no mirar la pantalla y no hacerse ilusiones.

—Bueno, vaya sorpresa, ¿sabía que tiene usted un bebé?

—¿Qué? —repitió Inés, sin dar crédito.

—Embarazo —repitió clara la doctora—. De unas ocho semanas. Todo bien, sin patologías.

Inés miraba la pantalla. No sabía que se pudiera llorar tan en silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas, le entraban en los oídos, caían sobre la camilla del hospital.

—¿Cómo… cómo es posible? —susurró—. Llevamos nueve años Javier y yo…

—A veces pasa —sonrió suave la doctora—. La naturaleza espera. Cuando el cuerpo deja de obsesionarse. Parece que el suyo por fin se relajó y decidió que era el momento. Un misterio de la naturaleza.

Inés salió del ambulatorio con las piernas de algodón. Ocho semanas. Ocho semanas llevaba una nueva vida dentro de ella, y ni siquiera lo sabía. Estaba de luto por Coco, y ya latía otro corazón.

Así que solo había que dejar de esperar. Quería esperar a Javier en casa, contárselo bonito, encender velas, preparar la cena, darle una sorpresa. Pero no aguantó. Estaba en la parada del autobús, apretando el móvil. Los dedos le temblaban al marcar su número.

—Javier —dijo, y la voz se le quebró—. ¿Puedes hablar?

—¿Inés? ¿Qué pasa, tienes voz rara… ¿Estás mala? —se alarmó él.

—No —exhaló ella—. He ido al ambulatorio. Javier… no sé cómo decirlo… voy a tener un bebé.

Silencio en el teléfono. Tan largo que Inés temió que se hubiera cortado la llamada.

—¿Qué? —repitió Javier tan bajo que apenas lo oyó—. Inés, no me gastes bromas. Por favor. No tiene gracia.

—No es broma —lloró ya sin tapujos, sin importarle los transeúntes—. Ocho semanas. Javier… Nuestro hijo vive dentro de mí desde hace dos meses y yo no lo sabía. Creía que era una infección, pero es… es nuestro pequeño.

—Voy para allá —dijo él por fin—. Ahora mismo. Espérame. En casa. Siéntate y no te muevas. Llego.

Ella llegó a casa, Javier media hora después. Entró en el piso sin quitarse los zapatos, con un ramo enorme de rosas blancas en una mano y una tarta en la otra. Las rosas eran tan grandes que apenas cabían por la puerta, y la tarta llevaba escrito «Feliz cumpleaños»; seguramente compró lo primero que encontró, con tal de no venir con las manos vacías.

Javier la apretó contra sí con tanta fuerza que parecía temer que se evaporara, se desvaneciera en el aire como un espejismo.

—Tenía miedo de creérmelo —le susurró en el pelo—. Me quedé en la oficina pensando: es un sueño. Me pellizcaba, Inés. ¿Te imaginas? Mis compañeros me vieron, creyeron que me había vuelto loco. No podía creer que después de todo, después de nueve años, después de Coco, después de rendirnos… ocurriera.

—Yo tampoco lo creo —sollozó Inés, hundida en su hombro—. Dejé de esperar. Solo… vivía.

Él se apartó, le cogió la cara entre las manos, la miró a los ojos. Los suyos estaban rojos y húmedos, y en sus labios temblaba una sonrisa ancha, feliz, un poco loca.

—Entonces solo teníamos que dejar de esperar —dijo—. Tener un perro, perderlo, pasarlo, quemarnos… y entonces la vida encuentra su camino. Acabas de darme el milagro más grande. No sé cómo agradecértelo. Voy a ser el mejor padre, te lo juro por Coco. Ahora tengo un propósito.

Inés le acarició el pelo y, de repente, sintió que las náuseas que la habían atormentado todo ese tiempo remitían. O quizá había dejado de notarlas. Porque dentro de ella ya no había vacío. Dentro de ella latía un corazón. El de los dos, pequeño, futuro.

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El enigma de la naturalezaBajo la luz de la luna llena, el bosque susurraba secretos que solo los antiguos habitantes de la sierra podían comprender.
Me casé con un padre soltero de seis hijos… hasta que en nuestra boda apareció su exmujer.