BolsitoBolsito guardaba en su interior una llave dorada que nadie había visto jamás.

Araceli se sentó en el banco después de comprobar que estaba limpio y que a su vestido claro no le amenazaba ni una mota de polvo. En la mano llevaba un bolso blanco nuevo. En aquel balneario ya era costumbre ponerse después de la cena una de las prendas de fiesta y salir a pasear. La mayoría de los huéspedes también presume de sus atuendos. Una mujer le confesó: «¿Dónde si no en vacaciones se lucen los vestidos? En casa no hay adónde ir».

Vio de reojo que Jorge se acercaba y se sentaba a su lado sin prisa.

—Quedémonos en silencio un rato —dijo con voz queda, casi penetrante, una voz que encajaba con aquella armonía de silencio y paisaje. Bajo la chaqueta beige se veía una camisa blanca; los pantalones, perfectamente planchados; el pelo oscuro, cortado como si acabara de salir de la peluquería. Las canas en las sienes, como hebras de plata, no le quitaban nada, sino que le daban un aire de seguridad y empaque.

Araceli había notado ya desde hacía dos días que, al encontrarse, él la miraba de un modo especial, distinguiéndola entre las demás mujeres.

—Qué bonito lo ha dicho: quedémonos en silencio —comentó ella, celebrando la frase.

—Con usted, Aracelita, hasta callar es agradable, aunque yo siempre estoy encantado de hablar. —Jorge se giró un poco para envolver con su atención a la atractiva morena. Araceli le gustó desde el primer momento.

Ella también se volvió hacia él, devolviéndole una mirada cálida.

—Por cierto, ayer la esperé en el baile, pero no vino… ¿No le gusta bailar?

—Bailar me gusta, pero ayer salí a pasear; el aire de la noche está tan fresco que dan ganas de respirar y respirar.

—No sabía que le gusta pasear al atardecer.

Jorge rozó casi sin que se notara la mano de Araceli. Ella sintió un leve cosquilleo. Los ojos castaños de él la miraban con esperanza de algo más.

—La invito esta noche a dar un paseo por una ruta privada que he descubierto yo. Desde allí hay unas vistas magníficas, se ven muy bien las montañas. Pero no tenía a nadie con quien compartir esa sensación de belleza… y ahora la tengo: con usted. —Y le apretó suavemente la mano, como marcando la señal de un cortejo que empezaba a insistir.

«¿Por qué no? —pensó Araceli—. Solo es un paseo. Además, ir sola por ahí no es seguro; con un hombre al lado, mucho mejor.» Miró a una pareja que pasaba junto al banco; hablaban animados, se notaba que se habían conocido allí, en el balneario, y que disfrutaban juntos.

—Qué bonita tiene la mano, Aracelita —no dijo, susurró Jorge. Se acercó un poco más, contemplando su perfil.

A ella no le apetecía preguntar si estaba casado. Como casi siempre allí, la mayoría no era libre y justificaba sus devaneos con las ganas de novedades y emociones. Solo sabía que le resultaba muy agradable estar en aquel banco con un hombre al que, evidentemente, ella le gustaba y que la había distinguido entre todas.

—Vámonos a dar un paseo ahora mismo —propuso él—. Hablamos y por la noche la invito a tomar un café. Jorge le tendió la mano con elegancia para ayudarla a levantarse.

Ella aceptó sin cumplidos y, cogiendo el bolso blanco, se colgó de su brazo. A los cinco pasos, con un descuido de muchacha, balanceó el bolso y se le escapó. Fue a caer en un charco que había dejado la lluvia. Araceli dio un respingo, sorprendida por el contraste: el bolso blanquísimo estaba en el barro.

—No pasa nada, ahora estará como nueva —dijo Jorge. Lo levantó con cuidado y lo dejó sobre la hierba. Ella sacó unas servilletas y se puso a limpiarlo, pero quedaron unas marcas turbias.

—Voy a la habitación a lavarlo —dijo.

—Entonces te espero —propuso él, pasando al tuteo—. Te espero después de la cena en este mismo sitio… ¿Vale?

Ella asintió y se fue deprisa, sujetando el bolso lejos del cuerpo para no mancharse. Lo fregó bien: era nuevo, lo había comprado justo antes de ir al balneario. Y aunque no quedaba ninguna mancha, le pareció que había perdido la novedad, que ya no era del todo limpio.

Recordó la invitación de Jorge al paseo, su mirada que insinuaba algo más, y sintió un mal sabor de boca. En toda la semana, era la primera vez que algo la irritaba sin saber bien por qué. De pronto comparó aquella relación, en apariencia tan inofensiva, con el bolso caído en el charco.

Sonó el teléfono.

—Mamá, Diego y Pablito no me dejan hacer los deberes —oyó en el auricular la voz de su hija menor, Rocío, y risas de fondo.

—¿Qué estáis haciendo ahí? —preguntó, como si volviera a la realidad.

—Araceli, soy yo —sonó la voz de su marido—. Hemos traído a los nietos; nos ha dado por hacer una tarta, pero Rocío se opone: dice que vamos a manchar toda la cocina.

—Andrés, cómprales algo rico a los niños y, cuando yo vuelva, hago una tarta o un bizcocho.

—Ven ya, te echamos todos de menos —dijo Andrés. Y, en voz baja, añadió—: Yo más que nadie. Si quieres, me subo al coche ahora mismo y voy a por ti.

—Ya queda poco, tened paciencia. Yo también os echo de menos. Ponme con Rocío.

Habló con su hija, luego con los nietos y, al final, le dijo a su marido que también lo quería. Se dio cuenta de que llegaba tarde a cenar. Se cambió rápido, cogió el bolso, lo giró entre las manos y comprobó que no le quedaba ni una gota de barro.

—Ahora sí que está bien —se dijo animada.

Y no necesitaba correr a ningún paseo con ese tal Jorge; lo había entendido del todo al comparar el bolso en el barro con aquella relación que empezaba a enredarse.

Araceli sintió cuánto echaba de menos a su marido, a sus hijos y a sus nietos… había ido a descansar de ellos y ahora se alegraba de oír sus voces y hasta de imaginarse a Andrés en la cocina, intentando hacer un pastel para los críos. Recordó que por San Valentín quiso sorprenderla con una obra maestra de la repostería; fue divertido y entrañable ver sus torpezas. Torpe, sí, pero tan cariñoso…

—No volveré en autobús —decidió—. Le diré a Andrés que venga a buscarme cuando termine la estancia. Así le enseño estos lugares tan bonitos y paseamos juntos. No necesitamos ningún «bolso sucio».

Y pensó que, a veces, una pequeña mancha a tiempo es justo lo que nos salva de manchar lo que de verdad importa.

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BolsitoBolsito guardaba en su interior una llave dorada que nadie había visto jamás.
¿Quién sabe hacia dónde girará el río del destino?