Esa noche Rocío tuvo que dormir por última vez junto a Menta. Por la mañana habrían llevado al perro a la granja, pero a las cuatro apareció en el rellano un hombre que sabía que los trabajadores de la panadería a veces cobraban el sueldo en efectivo.

Aquella noche Rocío iba a dormir por última vez junto a Menta. Por la mañana se llevarían a la perra a una finca, pero a las cuatro de la madrugada apareció en el portal un hombre que sabía que en la panadería a veces pagaban las nóminas en efectivo.

Rocío tenía cuarenta y siete años. Trabajaba en el turno de noche de una panadería en Madrid y alquilaba un piso pequeño en Carabanchel.

A Menta la había encontrado atada a un garaje abandonado. De un perro flaco se convirtió en una perra gris y fuerte; la gente la rehuía solo por su aspecto.

La nueva dueña del piso se quedó helada al ver a la perra.

—En el contrato no hay nada sobre esa perra.

—Cuando lo firmamos, era pequeña.

—O se va la perra, o no renuevo el contrato.

Rocío encontró a un granjero en un pueblo de Toledo. Prometía un corral y una caseta. Pero en la foto, detrás del hombre, Rocío vio una cadena corta.

Dudó toda la tarde.

A las cuatro de la madrugada volvió de la panadería. En el portal no había luz. Menta, como siempre, esperaba tras la puerta.

En cuanto Rocío la abrió, un hombre surgió del rincón oscuro. Reconoció a un antiguo empleado de la panadería, despedido hacía poco por robar.

—Dame el bolso.

—No hay nada dentro.

—Sé que hoy han pagado las nóminas.

Se acercó. Menta salió al rellano y se plantó delante de Rocío. No atacó. Solo bajó la cabeza.

El hombre golpeó a Rocío en el brazo. El teléfono cayó a los escalones. Menta ladró. Abajo se abrió la puerta de un vecino. El hombre cogió el bolso y se lanzó escaleras abajo. Menta corrió detrás de él.

Rocío recogió el teléfono y oyó un golpe. Cuando bajó, el hombre estaba junto a la puerta del sótano. Menta estaba frente a él. Pero no miraba al ladrón. Olfateaba la rendija bajo la puerta cerrada y gimoteaba.

Del sótano llegó un golpe sordo.

—¿Quién está ahí?

—Por favor… déjenme salir…

Era la voz de un niño.

El hombre, de repente, se abalanzó hacia la salida. El vecino intentó retenerlo, pero escapó.

Rocío llamó a la policía y al administrador de la finca. La puerta del sótano estaba cerrada con un candado nuevo. Mientras esperaban ayuda, Menta se tumbó junto a la rendija y gimoteó en voz baja, para que el niño supiera que no estaba solo.

A los veinte minutos abrieron la puerta. Dentro estaba sentado un niño de nueve años, el nieto de la dueña de la panadería. Resultó que el antiguo empleado lo había encontrado junto al portal, lo engañó para meterlo en el sótano y pensaba obligar a la abuela a traer el dinero. Pero Rocío llegó antes de lo que él esperaba.

Detuvieron al hombre ese mismo día en la estación de autobuses. El bolso de Rocío apareció en su coche.

A la mañana siguiente, la dueña del piso fue a verla.

—He oído lo de anoche. La perra se puede quedar.

Rocío la miró largo rato.

—Ayer era un problema.

—He cambiado de opinión.

—Y yo he cambiado de planes.

En un mes, Rocío encontró una casita en Carabanchel. La cocina era vieja, los suelos crujían, pero en el patio crecía un manzano.

Al granjero lo llamó ella.

—No llevaré a Menta.

—¿Por qué?

—Porque donde la vi en la foto había una cadena.

La dueña de la panadería la ayudó a pagar la fianza.

—No es porque su perra salvara a mi nieto —dijo—. Es porque usted no huyó.

Después de lo ocurrido, el niño tenía miedo de los sótanos y de los portales oscuros. La psicóloga le propuso volver poco a poco a los sitios de siempre. La primera vez que bajó al sótano de la panadería, lo hizo con Menta. La perra caminaba despacio, dejando que el niño llevara la mano en el collar.

A los pocos meses, el niño dibujó a Menta para un concurso del colegio. Tituló el dibujo «Luz tras las puertas cerradas». Rocío lo colgó en la cocina.

La primera tarde en el patio nuevo, Menta trajo una manzana caída y la dejó a los pies de Rocío.

—Vale —se rió la mujer—. La mitad del alquiler la pagarás con manzanas.

Para una cadena no había sitio en aquel patio.

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Esa noche Rocío tuvo que dormir por última vez junto a Menta. Por la mañana habrían llevado al perro a la granja, pero a las cuatro apareció en el rellano un hombre que sabía que los trabajadores de la panadería a veces cobraban el sueldo en efectivo.
— ¿Yuri, te escuchas a ti mismo? ¿Pretendes que con cuarenta años me embarace solo para corregir los…