La breve felicidad de la abuelaLa abuela sonrió mientras guardaba aquel pequeño recuerdo en su vieja caja de madera.

Pues mira, Lucía estaba detrás de la puerta de la cocina, escuchando con atención la conversación de sus padres. Hablaban de ella, o mejor dicho, de ella y Sergio.

Llevaban tiempo con el tema de la boda. Los novios llevaban tres años juntos, se querían de verdad. Lo de la boda estaba claro; el problema era dónde iban a vivir después. Las dos familias eran de clase media, no nadaban en dinero, vivían en pisos de dos habitaciones de toda la vida.

Ni Lucía ni Sergio querían vivir con los padres, y los padres también pensaban que lo mejor era empezar la vida juntos por su cuenta. A Lucía le quedaba un año de carrera, Sergio ya trabajaba, pero si alquilaban un piso, la mitad de su sueldo se iría en el alquiler. Los padres podían echar una mano, pero Lucía pensaba que para qué liar a todos si podían esperar un año, hasta que ella empezara a trabajar. Pero Sergio no quería esperar; prefería alquilar, con tal de estar con ella.

Lucía tenía una abuela que vivía sola en su piso. Ochenta y dos años, pero no se le podía llamar vieja. Se cuidaba, estaba en pleno uso de la razón, no necesitaba ayuda. Tenía sus achaques: las articulaciones, andaba con bastón, el corazón le fallaba un poco, veía mal.

Precisamente de la abuela y de su piso estaban hablando los padres.

—En esta situación, la única salida que veo es traer a mamá a casa con nosotros, y dejarle su piso a Lucía y Sergio —insistía la madre.

—Pero decías que tu madre tiene un carácter complicado. ¿Os vais a llevar bien? Y además, no sabemos si querrá venir —dudó el padre.

—Mi madre adora a Lucía, seguro que acepta —aseguró la madre.

—Es tu madre, tú decides —dijo el padre pensativo.

—¿Qué hay que decidir? Con su edad, sus problemas de salud… con nosotros estará mejor. Y si no nos avenimos, la metemos en una residencia. ¿Y qué? Una amiga metió a la suya y está encantada. Las condiciones son buenas, habitación individual, comidas a su hora, médicos cerca, paseos por un parque precioso —se entusiasmó la madre.

—Bueno… no sé —alargó el padre—. ¿Qué dirán de nosotros? ¿Que nos deshicimos de la madre? Igual deberían esperar con la boda. No está bien…

A Lucía no le gustaba nada aquella conversación. La silla chirrió contra el suelo y ella se escabulló de puntillas a su cuarto. La idea de la residencia no se le iba de la cabeza. Quería a su abuela, iba a verla a menudo, se quedaba a dormir. Y ahora resultaba que Lucía la estaba echando de su propia casa? El padre tenía razón, no podía ser.

Lucía se sentía una traidora. Decidió hablar otra vez con Sergio.

—Estoy de acuerdo contigo. ¿Para qué darle más vueltas? Que la abuela se quede en su casa, y nosotros alquilamos. Nos apañaremos. Pero la boda no la retrasamos. —Sergio la abrazó y la besó.— Le pediré a mi padre que me dé un trabajillo en la obra. El año que viene empiezas a trabajar. No veo ningún problema.

El asunto quedó abierto.

Al día siguiente, Lucía fue a casa de la abuela. Había desorden por todas partes: cajas, montones de cosas en el suelo.

—Abuela, ¿estás ordenando o buscando algo? —preguntó Lucía, extrañada.

—Me estoy quitando de encima lo que sobra. Pasa. Has llegado justo, me ayudas. He decidido mudarme a una residencia. Ya llamé, me dijeron los papeles que necesito…

—¿Te ha convencido mamá? —dijo Lucía indignada.

—No, yo sola. Tu madre me llama a vivir con ella, pero no quiero. Duermo mal, ando por la casa de noche, ronco. Por eso prefiero la residencia. No voy a ser más joven, y allí me dan de comer, me ponen la inyección si hace falta. Es una decisión consciente.

—No, abuela, yo me opongo. Sergio va a alquilar un piso, no hace falta que te vayas —insistió Lucía.

—Pero si no es por vosotros, es por mí. Mira, estoy seleccionando las cosas, viendo qué llevarme y qué tirar. He acumulado tantas tonterías que no se puede ni respirar. Saca mejor esas cajas del altillo, a ver qué hay. Yo no llego.

Lucía acercó una silla al armario, se subió y bajó las cajas. La abuela abrió una y sacó un joyero.

—Mira, cuánto tiempo llevaba buscándolo. Esto es para ti. —Se lo dio a la nieta. Contenía sus joyas modestas: anillos de oro y plata, collares, broches. Lucía las fue mirando, y se probó unos pendientes de plata.

—¿Y esto de quién es? —sacó un anillo de boda fino.

—Mío —dijo la abuela, mirándolo fijamente.

—El tuyo lo llevas puesto —observó Lucía.

—Y este también es mío. —La abuela le quitó el anillo.

—Abuela, siempre me enseñaste que mentir está mal. ¿Qué secretos me guardas? —se ofendió Lucía.

—No miento, pero hay cosas de las que es mejor no hablar.

—¿Por qué? ¿Este anillo tiene algún misterio? Cuéntame —insistió la chica.

—No hay nada que contar —la abuela apretó los labios.— ¿Qué hay en las otras cajas?

Lucía abrió una caja de zapatos. Dentro había cartas amarillentas, documentos, fotos viejas.

—Abuela, ¿y este quién es? —Lucía observaba una foto borrosa de un joven con uniforme militar.

La abuela cogió la foto. Le temblaron los dedos.

—Abuela, ¿estás bien? —preguntó Lucía preocupada.

—Es tu abuelo —dijo la abuela de repente.

—¿Cómo? No se parece en nada al abuelo.

—Es tu abuelo biológico —repitió la abuela con firmeza.— Sabía que algún día saldría a la luz. Los secretos no viven para siempre. Te lo cuento, pero solo si prometes callar y no contárselo a nadie, ni a tu Sergio, y sobre todo a tu madre.

—Me has intrigado. Me encantan los secretos. Prometo no contárselo a un alma. —Lucía juntó los dedos y se los pasó por los labios como si se cerrara una cremallera. Pero al ver la mirada seria de la abuela, se calló y se puso seria.

—Ni a un alma —repitió la abuela.

Tras una breve pausa, comenzó a contar.

—De joven era guapa, como tú.

—Y ahora también —dijo Lucía al momento.

—No interrumpas. Pues eso, que era guapa. Vivíamos en un pueblo. Mi madre tenía tres hijos. Mi hermana mayor ya estaba casada, vivía en el pueblo de al lado. Yo era la mediana, y tenía un hermano pequeño.

Tenía yo diecisiete años, mi hermano once. Después de la guerra quedaban muchas minas en el campo. Cuando los nacionales se fueron, minaron los caminos y los campos. Mi hermano y sus amigos rebuscaban por ahí en busca de cartuchos, fusiles, chatarra de guerra. Un día pisó una mina y voló por los aires.

Vinieron entonces los militares para desactivar las minas. Uno muy guapo se presentó en casa con mi madre. En cuanto lo vi, me enamoré. Se fueron. Pensé que no lo volvería a ver. Pero al mes regresó. Por mí. Mi madre no quería dejarme ir, pero lo convencí.

Me llevó a la ciudad, al cuartel donde servía. Nos casamos por lo civil. Vivíamos en una habitación pequeña de la residencia militar. La cama chirriaba con los muelles. Qué felices fuimos entonces. Nunca he querido a nadie como a él… —La mirada de la abuela se perdió, como si estuviera allí, en el pasado. Lucía esperó sin interrumpir.

—A Sergio le dieron una semana de permiso y nos fuimos a la playa. Tenía una tía allí. Su casa daba directamente al mar. Podía pasarme horas mirando el mar infinito, oyendo las olas. Pero nuestra felicidad duró muy poco.

Volvimos al cuartel, y a los dos días Sergio se fue otra vez a desactivar minas. Tenía un amigo, Esteban. Fue él quien me trajo la noticia: Sergio había pisado una mina. No quedó nada que enterrar.

Estuve una semana con fiebre. Quería volver a casa de mi madre, pero entonces supe que esperaba un niño. No podía quedarme en el cuartel. ¿Adónde ir? Entonces Esteban me pidió que me casara con él. Le gustaba mucho. Dijo que así podría quedarme en la residencia, que sería más fácil, y que el niño necesitaba un padre. Yo no quería, me resistía, amaba a Sergio. Le dije a Esteban que probablemente no podría quererlo. Pero él insistió, dijo que el matrimonio sería solo de trámite.

Así que me casé con Esteban. Para todos éramos marido y mujer, pero él dormía en su cuarto. Luego nació tu madre. Él la inscribió como hija suya, la quiso, la crió como propia. Después empezamos a vivir como matrimonio, pero no tuvimos hijos juntos. Fui fiel a Esteban, pero nunca pude quererlo. Creo que Sergio no me guarda rencor. —La abuela se calló.

—Todavía recuerdo el olor a mar. No volvimos nunca más. Esteban decía que cuando se jubilara iríamos. Pero murió al año. —Suspiró.

La historia caló hondo en Lucía.

—Sergio, llevemos a la abuela al sur, a la Costa del Sol —le dijo a su novio.

—Lucía, estamos justos de dinero. Hemos ahorrado para la boda. ¿Qué Costa del Sol? Además, está muy lejos.

—Pero no vamos a una ciudad, solo a la playa.

—La abuela no aguanta el viaje. ¿Y qué vamos a hacer allí con ella? Yo quiero estar contigo, a solas.

—Pues me voy yo sola con ella. Si se va a la residencia, nunca verá el mar.

Se pelearon. Lucía decidió comprar billetes de avión. En tren era demasiado largo y agotador, y no había billetes. La abuela nunca había volado, pero no se asustó; dijo que a su edad era tonto tener miedo. Aguanto el vuelo estoicamente.

Nada más llegar al hotel, la abuela quiso ir a la playa.

—Abuela, ¿y si descansamos primero del viaje? —se preocupó Lucía.

—No estoy cansada. Solo estamos una semana, ya descansaré en casa.

La abuela estaba en la orilla, con un vestido largo de algodón, un sombrero de paja, mirando el mar. Su mirada se perdió otra vez. Parecía más erguida, más joven. Lucía no la molestó, se apartó un poco. No sabía qué veía, si veía algo, o solo recordaba.

—Abuela, ¿nos vamos? —al fin le tocó el brazo.

La abuela volvió del pasado y sonrió a su nieta.

Al día siguiente, después del desayuno, volvieron a la playa. Lucía se bañaba y tomaba el sol, la abuela se sentaba bajo la sombrilla mirando el mar. Al tercer día, Lucía se despertó y no encontró a la abuela en la habitación. Preguntó a la recepcionista.

—La señora mayor se fue a la playa —respondió.

Lucía la encontró en la orilla.

—Abuela, ¿por qué no me esperaste? —dijo ofendida.

—Soñé con Sergio. Tantos años sin soñarlo, y de repente… Tengo la sensación de que él también está aquí. Quería estar un rato a solas con él. Gracias por traerme. —Los ojos le brillaban.

—Hola —sonó una voz a su lado. Lucía vio a Sergio.

—¿Tú?

—Sí. He decidido venir. Perdona, me equivoqué. No puedo estar sin ti.

Volvieron al hotel los tres.

—La abuela no tiene por qué ir a ninguna residencia —dijo Sergio una noche.— Espero un año, no pasa nada.

—Dudo que cambie de opinión —Lucía había echado de menos a Sergio aquellos días. Ya no quería retrasar la boda.

—La convenceré —prometió Sergio.

Y lo consiguió. Bueno, la abuela puso una condición: que Lucía y Sergio vivieran con ella. Pero Sergio logró que desistiera.

—Somos jóvenes, ruidosos, la vamos a molestar. Pero le prometemos visitarla a menudo, hasta cansarla.

La boda fue a finales de agosto. Lucía y Sergio visitaban a la abuela con frecuencia. Además, alquilaron un piso cerca de su casa. Cada vez que iban, la abuela preparaba algo rico y esperaba impaciente a que Sergio lo probara. Él no escatimaba en halagos, y la abuela se ruborizaba como una chica.

Entre ellos se había creado una relación especial. Quizá por el nombre, o por simple cariño.

Lucía guardó el secreto de la abuela. No se lo contó a nadie, ni siquiera a Sergio.

Al año siguiente, planearon volver a la playa, los tres juntos.

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