Encuentro no casualY bajo la tenue luz de un farol en la calle Mayor, sus miradas se cruzaron como si el destino hubiera estado tejiendo aquel instante desde siempre.

—Carmen… —Sergio miró a su mujer y soltó un suspiro. —Lo siento, pero este año el viaje a la playa lo tenemos que cancelar.

—¿Cancelar? ¿Por qué? Si ya lo teníamos todo planeado. Hasta la reserva del hotel.

—En el trabajo estoy hasta arriba. No me van a dar vacaciones ahora.

Cuando su marido, tres días antes de lo previsto, le dijo que no podía ir a la costa por un proyecto urgente, Carmen se llevó un chasco.

Llevaban tanto tiempo preparándolo.

Hasta habían cuadrando los días libres para pasar al menos dos semanas juntos.

—Sergio, ¿y si hablas con tu jefe y le explicas la situación? —preguntó Carmen con un hilo de esperanza.

—No. Ahora no dejan irse a nadie, y por mí no van a hacer una excepción. Podría dimitir, pero ya sabes que esa no es la solución. ¿Dónde encuentro otro trabajo así?

Carmen suspiró. El empleo de Sergio era bueno, la verdad.

Gracias a él habían podido mudarse de un piso pequeño a una casa propia. No muy grande, pero casa al fin y al cabo.

Así que dimitir era una tontería. Pero Carmen no pensaba renunciar al viaje a la playa. Llevaba cuatro años soñando con eso.

Se sentó, pensó y decidió que si Sergio no podía irse de vacaciones, ella se iría con Jorge sola.

Claro, al principio pensaban ir en coche, pero se podía llegar en autobús.

Sí, tardarían un poco más y habría que sacrificar comodidad, pero luego ella y Jorge vivirían emociones inolvidables: dos semanas de sol, agua caliente y paseos largos por el paseo marítimo. Y también limonada, helados y demás placeres de la vida.

—Carmen, siendo sincero, no me hace mucha gracia la idea —frunció el ceño Sergio cuando su mujer le contó sus planes. —¿Cómo vas a ir tú sola con un niño pequeño?

—Jorge ya tiene casi cuatro años. No es tan pequeño —replicó Carmen. —Y es que tengo muchas ganas de playa.

—Bueno, podríamos ir todos juntos un poco más tarde, ¿no? A finales de agosto, por ejemplo. Seguro que el agua aún está caliente.

—Sergio, cariño… a finales de agosto yo ya no tendré vacaciones. Eso primero. Y segundo, por esas fechas suele haber muchas medusas en la playa y no se puede nadar bien. Así que hay que ir ahora.

—Me voy a poner nervioso pensando en vosotros. Y esas ideas me distraerán del trabajo.

—Pues te llamaré cada día para que no te preocupes —sonrió ella.

—Pero…

—Sergio, por favor, no nos peleemos por una tontería así. Ya no soy una niña, y si surge algún problema, sabré solucionarlo sola. No voy a llamarte llorando para que vengas a buscarme, así que puedes dedicarte tranquilo a tu proyecto. Jorge y yo descansaremos a gusto.

A Sergio no le convenció la respuesta, pero Carmen ya había decidido. Y cuando una mujer decide, se hace.

*****

Los primeros días de las tan esperadas vacaciones fueron casi como Carmen los había imaginado.

Cada mañana Jorge correteaba feliz por la arena, hacía castillos, intentaba pillar gaviotas y no paraba de pedirle que le dejara meterse en el agua «solo un minuto más». Por las tardes, paseando por el pueblo, tomaban limonada y helado. En fin, se lo pasaban genial.

Pero al atardecer del tercer día Jorge se calmó un poco.

Carmen no le dio importancia — lo achacó al cansancio.

Ella también estaba algo agotada ese día. Por eso se acostaron casi dos horas antes de lo normal. Y en mitad de la noche Jorge empezó a llamar a su madre y a sollozar fuerte.

Carmen saltó de la cama y miró a su hijo sin entender qué pasaba.

—¿Qué te ocurre, Jorge?

—Mami, no me encuentro bien —gimió señalándose la garganta.

Carmen, asustada, le puso la mano en la frente: estaba muy caliente.

El termómetro marcó casi cuarenta grados.

Media hora después, una ambulancia esperaba frente al hotel.

—Parece una angina —dijo el médico joven tras examinar al niño. —Mejor no arriesgarse. Vamos al hospital infantil.

Carmen asintió en silencio.

Ya de camino entendió que las vacaciones habían terminado, cuando el mismo médico le dijo que tendría que estar ingresado una semana, quizá más si había complicaciones.

Cuando Carmen salió de la ambulancia con Jorge dormido en brazos, se dirigió tras el médico a Urgencias y de repente…

…se detuvo en seco.

Justo delante de la entrada, un perro enorme y peludo yacía en el suelo. No se levantó ni siquiera cuando el médico pasó caminando con paso firme.

Solo abrió un ojo y lo miró con calma.

Seguro que no era la primera vez que lo veía.

—¿Y esto qué es?… —murmuró Carmen sin querer.

El perro tumbado justo en la puerta del hospital infantil le pareció completamente fuera de lugar.

«¿Y si salta sobre alguien? Aquí hay niños por todas partes…», pensó alarmada.

—Señora, ¿a qué espera? —la llamó el médico asomándose por la puerta entreabierta. —Venga, la vamos a registrar.

—Y esto… —Carmen señaló asustada al perro. —¿Es normal que esté ahí?

—No se preocupe —sonrió el médico. —Es muy bueno. Y le encantan los niños. Venga.

Carmen apretó a su hijo contra el pecho y rodeó al perro con un amplio arco.

Él ni se movió. Solo la siguió con la mirada y volvió a apoyar la cabeza en las patas.

—Ya está bien… —dijo Carmen en voz baja, mirando atrás. —¿Esto es un hospital o una perrera? ¿Dónde mira el personal?

La verdad, nadie del hospital parecía prestarle atención al perro.

Carmen lo supo al día siguiente. Las enfermeras pasaban a su lado como si nada, y la limpiadora con el cubo hasta le sonrió. Y lo saludó.

—Buenos días, Canelo. ¿Qué tal tu guardia nocturna?

El perro movió la cola perezosamente, como si de verdad entendiera cada palabra.

Carmen miró sorprendida a la mujer, pero no dijo nada. Porque en ese momento le preocupaba otra cosa.

Le esperaban análisis, hablar con el pediatra, medicinas y quizá noches en vela junto a su hijo.

Durante la noche no había mejorado.

Así que se olvidó casi enseguida del perro peludo. Pero, como resultó, solo por un rato.

Los dos primeros días fueron duros. Tomar la temperatura, convencer a Jorge de que se tomara la medicina, esperar al médico, darle de comer si tenía apetito. Luego otra vez el termómetro, otra vez las pastillas.

Solo al anochecer el niño revivía un poco, y por la noche la fiebre volvía.

Y solo al tercer día la temperatura bajó por fin. Jorge pidió por primera vez no ver dibujos en la tableta, sino el cochecito que habían traído, y señaló la ventana.

Carmen respiró aliviada. Ahora por fin podía salir con su hijo al patio del hospital a tomar el aire, porque…

…los olores del hospital no le gustaban nada.

En el patio crecían arces y tilos, y bajo ellos había bancos cómodos.

Madres paseaban con niños, enfermeras iban de un edificio a otro.

Y allí Carmen volvió a ver al perro peludo.

Intentó recordar su nombre.

«Canelo, creo. Sí, Canelo».

El perro caminaba despacio por el sendero, cojeando notablemente. Al principio Carmen no se dio cuenta de que solo tenía tres patas.

La cuarta era mucho más corta y no tocaba el suelo.

«Dios mío, qué horror…», pensó Carmen mientras lo observaba.

Hasta le dio un poco de vergüenza haber sentido tanta antipatía hacia aquel pobre animal la otra noche.

—¡Mamá, mira! ¡Un perrito! —gritó Jorge alegre.

Carmen cogió a su hijo de la mano.

—No te acerques mucho, ¿vale?

Carmen temió que el perro oyera a Jorge y se acercara a conocerlo, como hacen los perros cuando les llaman la atención, pero él ni siquiera los miró.

En cambio, Canelo siguió un poco, se detuvo junto a la verja y, animado, movió la cola.

Dos mujeres con bolsas pesadas entraron al recinto.

—¡Hola, Canelito! —dijo una de ellas con cariño, acariciándole la cabeza.

El perro ladró suavemente y, saltando graciosamente sobre tres patas, se fue a su lado.

Acompañó a las mujeres hasta la puerta de la cocina, esperó a que entraran, y luego se sentó junto al escalón.

Al minuto, una de ellas le sacó un gran cuenco metálico.

Canelo no se abalanzó sobre la comida.

Primero miró a su alrededor con atención, como comprobando que todo estaba en orden.

Solo entonces se acercó al cuenco y empezó a comer despacio.

—Vaya, qué educado —dijo Carmen sin querer.

La mujer de la limpieza que pasaba por allí sonrió y comentó:

—Y tanto. Es nuestro vigilante local. Cuida del orden, digamos.

—¿Vive aquí? —preguntó Carmen sorprendida.

—Desde hace años —asintió la mujer. —No le tenga miedo. Es muy listo y bueno. Si pudiera, me lo llevaría a casa yo misma.

Jorge, mientras tanto, sacó del bolsillo una galleta que había sobrado del desayuno.

—Mamá, ¿puedo? Mira, no se ha llenado.

Canelo ya había terminado la papilla y lamido el cuenco hasta que brillaba al sol.

Luego se fue unos metros y se tumbó a la sombra de un árbol, apoyando la cabeza en las patas.

Carmen quiso prohibirle a su hijo que se acercara, pero Jorge la miró de una forma…

¿Cómo negarle algo a un niño que había sufrido tanto en los últimos días?

—Con cuidado, ¿eh? —dijo.

Y ella misma lo siguió, sujetándole la mano para, si pasaba algo, poder apartarlo a tiempo.

Sabía que si el perro fuera agresivo, no lo dejarían estar en el hospital. Pero por si acaso, mejor prevenir.

Jorge se acercó al perro peludo tendido en el suelo y le ofreció la galleta.

—Toma… para ti…

Canelo levantó la cabeza. Durante un rato observó al pequeño humano, luego cogió la golosina con la punta de los dientes, con tanto cuidado que ni siquiera rozó los dedos del niño.

Carmen, que no perdía detalle, suspiró aliviada.

Menos mal, no había pasado nada. El perro era de verdad muy educado.

—Mamá, ¿has visto? Ha cogido la galleta.

—Sí, hijo, sí —sonrió Carmen.

—Es bueno, ¿verdad?

—Sí, hijo. Pero luego te lavas las manos con jabón, ¿vale?

—¡Vale! —respondió Jorge contento.

Ya casi en la entrada del edificio, se paró y miró a su madre pensativo.

—Mamá, ¿podemos llevárnoslo a casa cuando volvamos? Me gustaría que viviera con nosotros y no en la calle. Tú misma has dicho que es bueno.

Carmen no esperaba esa pregunta y se quedó descolocada. Miró a su hijo en silencio.

¿Cómo explicarle a un niño de cuatro años que no puedes llevarte a todos los perros callejeros?

Estaría bien, pero…

—Hijo, él ya está acostumbrado a vivir aquí y seguramente no querría irse a otro sitio —respondió Carmen.

Desde ese día se vieron a diario. A veces Jorge le llevaba a Canelo una galleta; a veces un trozo de bollo. Y después de comer sobraban huesos, y Carmen también se los llevaba.

Él aceptaba la comida con la misma dignidad tranquila.

Canelo nunca pedía, no miraba con ojos suplicantes, no ladraba de alegría como otros perros.

Solo movía un poco la cola, como si pensara que la gratitud no necesita ser ruidosa.

Pero Carmen no dudaba de que el perro agradecía la atención y el cariño.

Además, empezó a notar algo que antes no había visto.

Por qué todo el mundo quería tanto a Canelo. No se ganaba la comida gratis.

Una tarde, Carmen fue testigo de una escena.

Un hombre algo bebido se acercó a la verja del hospital. Discutía a gritos con el vigilante de edad y exigía que le dejaran entrar.

Cuando el vigilante se negó, intentó pasar por su cuenta.

Canelo se levantó en un segundo. Rápido, en la medida de lo posible con tres patas, se acercó al vigilante y se puso a su lado.

Cuando el desconocido siguió zarandeando la verja metálica, Canelo primero gruñó, y luego ladró una vez, seco y profundo.

Fue suficiente. El hombre refunfuñó algo, se dio la vuelta y se fue.

Al minuto, Canelo volvió a tumbarse en su sitio habitual, como si nada hubiera pasado.

Carmen lo siguió con la mirada.

—Qué perro más raro… —dijo bajito. —Pero qué bueno eres.

Al día siguiente, por primera vez, se sorprendió buscando con la mirada a aquel perro peludo al salir con Jorge a pasear.

Faltaban tres días para el alta.

Jorge se recuperaba. Corría por el patio, conocía a otros niños y cada mañana se asomaba a la ventana buscando a alguien.

—¡Mamá! ¡Canelo ya está! Vamos rápido.

Carmen miró por la ventana y sonrió al verlo.

El perro yacía como siempre en los escalones de la entrada. A veces dormitaba, a veces observaba a la gente. Parecía conocer a todos los que entraban y salían.

Ese día, Carmen se encontró en el pasillo con una enfermera a la que veía a menudo cerca de la sala de curas.

Era una mujer muy amable, risueña, de unos cincuenta años.

En su placa ponía: Pilar.

—Perdone, ¿puedo preguntarle algo? —la detuvo Carmen.

—Claro.

—Lo de Canelo… el perro que anda por el recinto… lleva mucho tiempo aquí, ¿verdad?

Pilar entendió al instante y sonrió.

—Veo que también la ha conquistado. Sí, mucho tiempo.

Carmen se rió a pesar suyo.

—La verdad, al principio le tenía mucho miedo. Hasta me indignaba que hubiera un perro callejero en un hospital infantil. Y ahora no me imagino el patio sin él.

La enfermera miró por la ventana.

Canelo justo recorría sus «dominios» para asegurarse de que todo estaba en orden.

—Nació aquí —dijo en voz baja. —Hace unos cinco años, quizá un poco más. Su madre también vivía en el hospital. Una mestiza igual de lista. Cuando envejeció, Canelo pareció entender que era su turno de vigilar.

—¿Y nadie lo echó?

—¿Por qué? Nunca ha hecho daño a nadie. Al contrario. Nos ha ayudado muchas veces…

Pilar calló un momento.

—Solo una vez casi lo perdimos.

Carmen intuyó que iba a oír algo importante.

—¿Por lo de la pata?

La enfermera asintió lentamente. Y luego añadió:

—Por amor.

Carmen arqueó las cejas, sorprendida.

—¿Cómo?

—Sí, no se extrañe. En los perros pasa casi como en las personas. ¿Le importa si salimos fuera?

—No.

Salieron al patio. La enfermera se sentó en un banco. Carmen se sentó a su lado.

—Hace unos años apareció aquí una perrita negra pequeña —prosiguió Pilar. —Flaca, de ojos grandes. La llamamos Lola.

Pilar sonrió, como si la viera de nuevo.

—Era muy inquieta… No se la podía perder de vista. Y Canelo, desde el primer día, no se separaba de ella. Cada mañana correteaban juntos por el patio. Los niños los miraban y se reían. En invierno, cuando nevaba, Canelo siempre se tumbaba junto a ella. Si hacía mucho frío, la abrazaba con las patas. Era amor. Amor de verdad…

—¿Y qué pasó? —preguntó Carmen cuando la enfermera se calló de repente.

—Luego llegó la primavera… —suspiró Pilar — y Lola «se echó a la calle».

—¿Cómo? ¿Y Canelo? —miró Carmen asombrada.

—Pues así. Como digo, en los perros todo es muy parecido a los humanos. Esa primavera empezaron a juntarse perros desconocidos junto al hospital. Primero dos. Luego cuatro. Y al cabo de unos días ya había una jauría de seis o siete, todos muy grandes.

—Se peleaban, ladraban fuerte, asustaban a los niños. Canelo aguantó un tiempo, pero un día no pudo más. Se puso entre Lola y los perros forasteros.

—¿Solo? —se horrorizó Carmen imaginando la escena.

—Solo —asintió la enfermera. —Él solo contra todos.

Pilar respiró hondo.

—Oímos los ladridos y salimos corriendo. Da miedo recordarlo…

Hizo una pausa. Carmen no interrumpió.

—Se abalanzaron sobre él todos a la vez. Canelo se defendió mientras pudo. Gritábamos, intentábamos separarlos con palos, pero no fue fácil. Cuando por fin la jauría huyó…

Pilar cerró los ojos.

—Canelo no podía ni levantarse. Ni siquiera respirar bien. Creímos que no sobrevivía.

Carmen sintió un escalofrío.

—¿Y Lola?

—Lola se fue con aquellos perros. Nadie la volvió a ver.

Permanecieron un rato en silencio.

—Lloramos todas —dijo la enfermera en voz baja. —Él yacía lleno de sangre. La pata estaba tan destrozada que el veterinario dijo: solo se podía salvar a Canelo.

—Por eso…

—Sí. Hubo que amputarle la pata.

Pilar sonrió con tristeza.

—Todo el servicio juntamos dinero para la operación. Luego le hacíamos las curas y le poníamos antibióticos. Lo soportó en silencio. Nunca mordió a nadie. Ni siquiera cuando sentía mucho dolor.

Carmen miró hacia el perro. Canelo acababa de detenerse junto a una niña que había dejado caer un peluche.

Con el hocico empujó suavemente al conejo de peluche hacia la pequeña y siguió su camino. Como si no hubiera hecho nada heroico en su vida. Y lo había hecho…

—Después de todo, Canelo no dejó que ninguna hembra —perra, me refiero— se acercara al recinto. Como si hubiera perdido la confianza.

Sonrió, pero con otra expresión.

—Hace un mes, sin embargo, ocurrió un milagro…

—¿Un milagro? —repitió Carmen.

Pilar asintió.

—Nosotras tampoco lo creíamos al principio.

Volvió la cabeza y sonrió.

—Y ahí está el milagro —señaló.

Carmen miró hacia donde indicaba la enfermera y vio a una perrita pequeña que saltaba graciosamente por el sendero.

Canelo la vio y se apresuró a su encuentro.

—¿Y esa quién es? ¿Por qué no la había visto antes? —preguntó Carmen observando cómo Canelo intentaba cortejarla.

—Es Luna —sonrió la enfermera. —El mismo día que ustedes ingresaron, la llevaron a la clínica veterinaria a esterilizar. Hoy la han traído de vuelta. Qué alborotada es…

La perrita era increíblemente inquieta.

Se paraba un segundo, salía disparada, daba vueltas alrededor de Canelo y otra vez corría.

—¿Y de dónde salió?

—Ni idea. Un día apareció junto a la verja. Hambrienta, sucia, pero muy cariñosa. Le dimos de comer, pensamos que se iría. Se quedó.

Carmen volvió a mirarlas.

Luna se acercó a Canelo y le rozó el cuello con el hocico. Él fingió no notarlo, pero la cola se movió traicionera.

—Los primeros días no le hacía caso —siguió Pilar. —Si se acercaba demasiado, él se iba. Hasta temimos que la echara.

—¿Y luego?

—Ella lo conquistó.

—¿Cómo?

—Con paciencia. Y con el refrán ese de que el camino al corazón del hombre pasa por el estómago.

La enfermera se rió.

—Cada día, Luna le traía un hueso. Él se daba la vuelta. Ella insistía. Él se iba, ella lo seguía. Se tumbaba a descansar, ella se acurrucaba cerca. Nunca se imponía, pero no lo dejaba solo.

Carmen sonrió sin querer.

—Y una mañana los vimos tumbados juntos. Al poco tiempo, correteaban y jugaban. ¿Se lo imagina?

En el patio, justo entonces, pasó algo parecido.

Luna cogió una ramita seca y salió disparada hacia un arriate.

Canelo suspiró hondo —al menos eso le pareció a Carmen— y de repente echó a correr. Claro, no podía ir tan rápido como antes, pero lo intentaba.

Luna frenaba a propósito para que él la alcanzara, y luego volvía a escaparse. Los dos parecían felices.

—La llegada de Luna lo cambió todo. Nosotras esperábamos que Canelo encontrara un hogar —dijo Pilar.

—¿Encontraron a alguien?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

La enfermera alzó las manos.

—Un buen hombre. Vino varias veces, le traía golosinas. Canelo le gustaba.

—Entonces, ¿por qué…?

—Quería llevarse solo a Canelo. —Carmen esperó. —Pero Canelo no se iba sin Luna.

Pilar sonrió, aunque con tristeza en los ojos.

—En cuanto lo acercaban al coche, Luna se ponía nerviosa y gemía. Canelo corría a calmarla. Lo intentamos varias veces, pero no hubo manera. El hombre se fue.

Canelo se detuvo junto al cuenco de agua.

Iba a beber, pero de repente se apartó. Luna bebió primero. Solo después se acercó él.

Carmen se dio cuenta de que los observaba con la misma atención que a las personas.

—Qué curioso… —dijo en voz baja.

—¿El qué?

—Antes me parecían simples perros callejeros. Y ahora…

No terminó. No encontraba las palabras.

Pilar asintió con comprensión.

—Se han convertido en parte del hospital. Los niños los quieren. Los padres también los aceptan. Pero el corazón no está tranquilo.

—¿Porque viven en la calle?

—Claro. Hoy todo va bien. Pero mañana… cualquier cosa puede pasar. Que llegue un nuevo director, y todo…

Carmen giró la cabeza. Canelo yacía tranquilo a la sombra de un árbol. Luna se había enroscado a su lado, apoyando la cabeza en su lomo. Él ni se movió.

Y en ese momento, a Carmen le pasó por la cabeza una idea que le pareció una locura.

«¿Y si de verdad me los llevo a casa?…»

Pero la apartó enseguida.

Dos perros. Casi quinientos kilómetros. Autobús. No, no podía ser…

Sin embargo, la idea ya se había instalado.

Y no parecía dispuesta a irse.

Entonces Carmen se acordó de su marido, al que había prometido no pedir nada y demostrar que podía arreglárselas sola. Parecía que no iba a poder…

Faltaba un día para el alta.

Jorge, desde primera hora, metía sus juguetes en la mochila y preguntaba sin parar cuándo se iban a casa.

Carmen sonreía, ayudaba a recoger, pero su mente estaba en otra cosa. Miraba a la ventana una y otra vez.

En el patio, como siempre, estaban Canelo y Luna.

Vivían el momento. No sabían que en veinticuatro horas Carmen se iría y, probablemente, no volverían a verse.

Esa idea le producía una tristeza inesperada.

Después de la siesta, Carmen salió al patio.

Canelo estaba tumbado junto a los escalones. Luna dormía pegada a su costado.

Carmen se sentó en un banco cercano.

—Vaya, me he encariñado con vosotros… —dijo en voz baja. —¿Y ahora qué hago?

Los dos perros levantaron la cabeza a la vez.

Luna se acercó corriendo, le rozó la mano con el hocico frío y volvió junto a Canelo.

Él seguía en su sitio, mirándola fijamente con ojos tranquilos y profundos.

Carmen suspiró y sacó el móvil.

Unos segundos mirando la pantalla. Luego pulsó llamada. Su marido contestó casi al instante.

—¿Qué tal? ¿Mañana os dan el alta?

—Sí.

—Genial. ¿A qué hora llegáis a casa? Os recojo en la estación.

—Sergio… pasa algo.

—¿Qué ha pasado?

Notó en su voz que la conversación no iba a ser fácil.

—Tengo que pedirte un favor.

—¿Cuál?

—No te rías.

—Ya me estoy poniendo nervioso.

—Verás, en el recinto del hospital viven dos perros…

Al otro lado se hizo el silencio. Y mientras Sergio callaba, Carmen se lo contó todo.

Sobre Canelo. Sobre Lola. Sobre cómo perdió la pata y encontró un nuevo amor. Cómo quería a los niños y ahuyentaba a los borrachos.

También le contó que Jorge suplicaba llevarse a Canelo a casa.

Habló largo rato. A veces se trababa. Otras se callaba. Pero Sergio no la interrumpió. Solo escuchaba. De vez en cuando suspiraba hondo.

Cuando terminó, volvió a reinar el silencio.

—Carmen…

—¿Dime?

—Lo entiendo todo, pero… ¿hablas en serio?

—Totalmente.

—¿Me estás pidiendo que recorra mil kilómetros solo para recoger a dos perros callejeros?

Carmen cerró los ojos. Esperaba esa pregunta.

—No solo para recoger a dos perros, sino para recogernos a Jorge y a mí…

La voz le tembló un poco.

—Además, Jorge y yo queremos mucho que esos perros tengan por fin un hogar. ¿Qué tiene de malo?

Sergio suspiró pesadamente.

—Nada, solo que… tengo trabajo, ya sabes…

—Lo sé.

—Y son gastos imprevistos.

—Lo entiendo.

—Y los perros son una responsabilidad.

Sergio se calló. Carmen pensó que iba a oír una negativa educada pero firme. Sin embargo, su marido preguntó de repente:

—¿Son tranquilos con la gente? ¿No van a dar problemas, Carmen? ¿No son agresivos?

—Son geniales, de verdad. Canelo protege el hospital y adora a los niños. Y Luna es la bondad misma. Venga, ¿nos los llevamos?

Hubo unos segundos de silencio. Luego Sergio dijo en voz baja:

—Vale.

Carmen no se lo creía.

—¿Cómo?

—Mañana por la mañana voy a buscarlos.

Por la noche, Carmen volvió a salir al patio. Canelo yacía junto a la entrada. Al verla, se levantó. Se acercó despacio. Se paró a su lado.

Ella le acarició el pelaje espeso.

—Mañana nos vamos a casa… Jorge y yo.

Canelo la miraba fijamente.

—Y me gustaría mucho que… que tú y Luna vinierais con nosotros.

El perro inclinó ligeramente la cabeza, como si escuchara cada palabra.

Carmen sonrió. Le parecía que Canelo entendía mucho más de lo que se cree de los perros.

—Bueno, piénsalo. Mañana necesito saber tu respuesta, ¿vale?

A la mañana siguiente, un coche azul oscuro se detuvo junto a la verja del hospital. De él bajó un hombre alto. Primero abrazó a su mujer. Luego levantó a Jorge en brazos. Y solo entonces reparó en los dos perros, sentados tranquilamente cerca.

Canelo observaba al desconocido con atención. Sergio, a Canelo.

Durante unos segundos se estudiaron mutuamente.

Y entonces el hombre sonrió de repente.

—Hola, viejo guerrero… He oído hablar de tus hazañas. Déjame que te dé la pata, ¿vale?

Y Canelo, despacio, con dignidad, dio el primer paso hacia él.

Sergio esperaba ver perros corrientes de la calle. Quizá algo desconfiados o asustados. O, al contrario, demasiado efusivos. Pero Canelo era diferente.

No temía a Sergio, a quien veía por primera vez, ni se puso a saltar alegremente alrededor del desconocido.

El perro se limitó a acercarse, se detuvo a unos pasos y luego lo miró a los ojos.

Sergio se agachó.

—Bueno, ¿nos conocemos? —dijo extendiendo la mano.

Canelo le ofreció su pata con cuidado.

Al instante, Luna llegó corriendo —cómo no.

Meneando el rabo con alegría, hundió el hocico en la mano del hombre. Sergio se rió.

—Y tú, veo que no pierdes el tiempo.

Luna estaba contenta. Carmen miraba a su marido y sonreía. Conocía esa mirada.

Aún ayer Sergio hablaba de dificultades, gastos y responsabilidades. Y ahora hablaba con los perros como si los conociera de siempre.

—¿Y bien? —preguntó ella.

Sergio se levantó.

—No sé cómo me has convencido… Pero son geniales de verdad.

Carmen rió aliviada y abrazó a su marido.

Antes de irse, entraron un momento al recinto. A despedirse.

Cuando las enfermeras vieron a Canelo con correa, muchas no pudieron contener la emoción. Pilar abrazó a Carmen.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por darle un hogar. Creo que Canelo se lo merece.

Cuando Pilar se acercó a acariciarlo, Canelo apoyó el hocico en su mano con suavidad.

Y en ese gesto tan simple había tanta confianza y agradecimiento que la mujer se dio la vuelta para que nadie viera sus lágrimas.

—Cuídenlo —dijo en voz baja.

—Claro que sí.

Canelo se acercó al coche, olfateó la puerta abierta. Miró a Luna, que movía el rabo feliz, y se subió primero.

Detrás saltó Luna, sin un ápice de miedo o duda.

Tras su Canelo, estaba dispuesta a ir al fin del mundo.

El coche arrancó. Jorge saludaba con la mano desde la ventanilla.

Luna se acomodó a su lado en el asiento trasero y en pocos minutos se durmió.

Canelo, al principio, miró hacia atrás largo rato. Hacia la entrada del hospital. Hacia los escalones donde había pasado tantos años. Hacia las personas que fueron su familia.

Carmen lo notó.

—¿No quieres irte? —preguntó en voz baja.

Claro, no obtuvo respuesta. Canelo siguió mirando atrás un momento.

Luego, despacio, volvió la cabeza hacia delante.

Allí, al frente, le esperaba una vida completamente distinta.

De camino a casa, Sergio miraba a menudo el retrovisor. Y cada vez veía la misma escena.

Jorge dormía con la cabeza apoyada en el suave pelo de Luna. Luna también dormía plácidamente. Y Canelo…

…Canelo yacía a su lado, atento a la carretera.

—Sabes, antes nunca entendía a la gente que se encariña tanto con los animales —dijo Sergio de repente.

Carmen lo miró.

—¿Y ahora?

Él se encogió de hombros.

—Ahora pienso que algunos animales se merecen más confianza que muchas personas.

Ella no respondió. Porque estaba de acuerdo.

Por fin llegaron a casa. Les esperaba un pequeño terreno, una valla metálica alta y un jardín que Sergio intentaba poner en orden cada verano, pero nunca tenía tiempo para terminar.

Carmen abrió la cancela.

—Bueno… ya estamos en casa.

Miró a los perros.

—Ahora esta también es vuestra casa.

Luna no se lo pensó dos veces. Entró corriendo. Olisqueó cada arbusto, revisó cada rincón.

Luego volvió, como diciéndole a Canelo que le gustaba.

Canelo seguía en la puerta. Miraba el jardín, la casa, la gente, y a Luna, que estaba en el séptimo cielo. Él no se apresuraba.

Carmen se acercó.

—Mira, Canelo…

Se agachó a su lado.

—Aquí nadie va a hacerte daño ni va a abandonarte. Te lo prometo.

El perro suspiró en silencio. Y dio un paso adelante. Luego otro. Por fin, entró despacio en el jardín. Solo unos metros…

Pero para él fue, quizás, el camino más largo de su vida.

Por la noche, Sergio puso dos cuencos en el porche.

Jorge eligió solemnemente un lugar para los juguetes de Luna (en realidad, eran sus juguetes, pero se los regaló a la perra).

Y Carmen se sentó en el escalón a mirar cómo Canelo se tumbaba bajo un viejo manzano. Luna se acurrucó a su lado.

Y, quizá por primera vez en mucho tiempo, Canelo —se notaba en sus ojos— se sintió por fin en casa.

Pasó un año.

En ese tiempo cambiaron muchas cosas. Jorge contaba orgulloso a todos los vecinos que tenía «el perro más valiente del mundo».

Luna sabía dónde estaban sus juguetes, a qué hora volvía Sergio del trabajo y…

…dónde estaban enterrados los verdaderos tesoros: los huesos de azúcar.

Pero de eso no hablaba con nadie. Solo con Canelo.

Canelo se había convertido en un auténtico perro doméstico.

Ya no se despertaba ante cualquier ruido extraño ni miraba con desconfianza a cada transeúnte.

A veces Carmen pensaba que por fin era solo un perro, no un guardián ni un luchador.

En una palabra, Canelo ya no era el que debía proteger siempre a los demás. Al contrario, ahora lo protegían a él. Lo protegían y lo querían.

Sí, exactamente.

Durante años Canelo protegió a otros, y ahora había encontrado personas que se ocupaban de él.

En verano volvieron a ir a la playa. Y al regresar, pasaron por el hospital. Ese mismo…

Carmen dudó mucho si merecía la pena ir. Pero al final decidió que sí.

Cuando el coche se detuvo junto al edificio conocido, Canelo levantó la cabeza al instante. Reconoció el lugar.

Salió del coche con calma. Se acercó lentamente a los escalones. La puerta se abrió y apareció Pilar.

Al principio no daba crédito.

—¿Canelo?

El perro levantó la cabeza y movió la cola. No con fuerza. Pero como solo él sabía hacerlo.

En un minuto, un grupo de enfermeras lo rodeó.

Alguien le acariciaba el lomo. Alguien reía. Alguien se secaba los ojos, que de repente se habían humedecido.

—Se ha vuelto un perro de casa —sonrió Pilar. —¿Y tu Luna?

Como si hubiera oído su nombre, la perrita saltó del coche y se colocó en el centro de atención.

De nuevo se oyeron risas en el patio. Casi como antes.

Solo que ahora había una diferencia importante.

Canelo ya no pertenecía a aquel lugar. Solo estaba de visita.

Carmen se mantuvo un poco apartada, observándolo.

Tiempo atrás lo había visto por primera vez y había pensado: «¿Qué hace este perro en un hospital infantil?»

Ahora le daba un poco de vergüenza aquel pensamiento.

Entonces no conocía su historia. No sabía cuánto dolor se escondía tras esa mirada tranquila.

Y tampoco sabía que, a veces, los corazones más leales se encuentran donde menos lo esperas.

Sergio se acercó a ella.

—¿Te acuerdas de cuando me llamaste hace un año?

Carmen sonrió.

—Claro que me acuerdo.

Él miró a Canelo.

—Menos mal que insististe para que fuera a buscarlos. A todos vosotros…

Ella no dijo nada.

Solo observó a Canelo sentado junto al porche, con Luna dando vueltas a su alrededor. Y a las personas que un día lo salvaron.

Quizás la verdadera felicidad se parece a eso.

Sin estridencias. Sin ser bonita como en las películas. La felicidad es simplemente tener un lugar al que ir. Tener un hogar, y alguien que te quiera.

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Encuentro no casualY bajo la tenue luz de un farol en la calle Mayor, sus miradas se cruzaron como si el destino hubiera estado tejiendo aquel instante desde siempre.
Lleva una semana sin hablar… ¿Qué debo hacer si me rechaza y oculta la verdad?