Al aproximarse los jinetes, la perra levantó la cabeza y los miró con unos ojos tan llenos de dolor que el corazón de la joven dio un vuelco y se le llenaron los ojos de lágrimas…
Pilar colocó el cabezón a la yegua y la sacó del box. Tras atar el nudo de la cuerda al poste del pasillo de la cuadra, la muchacha contempló admirada a Sombra.
De capa negra, con cuatro calcetines blancos y perfectos en sus finas patas, la yegua era el sueño de muchos jinetes.
Cogiendo la almohaza, se puso a cepillarla sin dejar de elogiarla. Sombra se movía nerviosa, alzaba la cabeza y aguzaba el oído.
Pilar le acarició el cuello con cariño, sin entender qué le pasaba:
—¿Qué te ocurre, Sombrita? ¿Qué te preocupa?
—¿Hablas con la yegua? —preguntó el mozo que se acercaba.
—Tío Venancio, hoy está muy rara —Pilar seguía acariciando el lustroso cuello—. La trajeron hace un mes y nunca se había comportado así…
—Algo la inquieta —observó el hombre mayor, examinando a la yegua con mirada experta—. ¡Es impresionante!
—Y tiene un carácter estupendo —confirmó Pilar—. Está domada de maravilla, no entiendo cómo la anterior dueña pudo desprenderse de un animal así.
—Entonces tiene algún defecto oculto —dijo Venancio pensativo.
—¡No tiene ningún defecto! —saltó Pilar en defensa de su favorita.
Sombra sacudió la cabeza, como confirmando las palabras de su dueña.
—Mírala, se ha ofendido —sonrió Venancio, yéndose a sus quehaceres.
Tras ensillar a Sombra, Pilar la sacó de la cuadra. La yegua escuchaba atenta los sonidos del entorno, mirando con recelo hacia el camino que bordeaba el bosque.
—Hacia allí iremos hoy —dijo Pilar al ver hacia dónde miraba—. En la pista te portas de maravilla, ya toca conocer nuestro campo.
Pilar montó con agilidad y, tomando las riendas, dirigió a la yegua hacia el bosque…
Aquel amanecer de junio aún no había traído el calor sofocante y era agradable cabalgar al frescor. Sombra obedecía dócilmente a su amazona. De vez en cuando se detenía y escuchaba con atención los ruidos del bosque.
Poniéndola al trote, Pilar la guió por el sendero que solía recorrer con su anterior caballo, Gradomiro.
Recordó cómo dos meses antes a su caballo le habían diagnosticado una enfermedad sin remedio, y había tenido que despedirse de su fiel amigo. Lo llevaron a una granja en el pueblo, donde el aire era más puro y los ataques de tos eran mucho menos frecuentes.
Para las competiciones necesitaba un caballo, y junto con su entrenadora empezaron a buscar el adecuado. La búsqueda terminó el día en que Pilar vio a Sombra en uno de los clubes de la capital de la comunidad, y tras montarla supo que era la indicada.
La yegua estaba magníficamente domada y tenía buen carácter. El club hípico asignó los fondos y Sombra cambió de hogar.
Ahora, al recordar el momento de la compra, Pilar reparó en lo extraña que se había mostrado la antigua dueña. Tenía prisa por cerrar el trato, como si quisiera deshacerse de Sombra cuanto antes.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué decidió vender un caballo tan extraordinario?
Sombra se detuvo en seco. Pilar apenas pudo mantenerse en la silla, tan absorta en sus pensamientos. La yegua quedó inmóvil, y por más que la amazona espoleara, no se movía.
—¿Por qué no quieres seguir?
Sombra resopló quedo, sin moverse. Volvió ligeramente la cabeza y miró a la derecha.
Pilar miró también, pero solo vio hierba y árboles. ¿Qué podía llamar la atención de la yegua?
—¿Quieres ir hacia allí? —Pilar aflojó las riendas, dejando que Sombra escogiera el camino—. Como quieras…
Sombra salió del sendero y se dirigió al paso hacia donde se oía un leve maullido que pronto percibió también Pilar.
La yegua se detuvo junto a un abedul. En el suelo había una caja cubierta con ramas gruesas. De dentro salían maullidos.
Pilar se apeó rápidamente. Apartó las ramas, abrió la caja. Dentro había tres gatitos recién nacidos, con los ojos apenas abiertos. Lloraban lastimeros, llamando a su madre, de la que habían sido separados con tanta crueldad.
A Pilar le subió una oleada de indignación:
—¡Cómo se puede ser tan cruel! —cogió la caja y se acercó a la yegua—. ¡Sombrita, a casa rápidamente!
***
—¡Increíble! —exclamó doña Inés, la entrenadora de Pilar.
—Sombra me llevó directamente hasta la caja —resumió Pilar su relato.
Había llevado los gatitos al veterinario del club hípico. Estaban sanos, y dos de ellos ya tenían dueños. El tercero lo adoptaría Pilar.
Un gatito negro con patitas blancas la había cautivado por su parecido con Sombra. Cuando crecieran, se irían a sus nuevos hogares.
—¡Sombra es un caballo noble! —dijo doña Inés con admiración—. Las personas pasan de largo, pero un caballo, no.
Mientras tanto, Pilar y Sombra se entregaron por completo a la preparación de las próximas competiciones. El club esperaba grandes resultados de la pareja.
Los entrenamientos ocupaban mucho tiempo, y siempre practicaban en la pista. En julio compitieron con éxito en las pruebas locales, obteniendo el segundo puesto en la categoría media.
En agosto llegaron las competiciones autonómicas en una provincia vecina, de donde volvieron victoriosos. Les esperaba un concurso en la capital de la comunidad, para el que comenzaron una preparación minuciosa.
—Pilar, te espero en la pista dentro de cuarenta minutos —dijo doña Inés asomándose a la cuadra.
Sombra estaba en el pasillo, moviéndose inquieta. Temblaba y sus relinchos se oían por todo el recinto.
—¡Tranquila, tranquila! —Pilar intentaba calmarla.
—¿Qué le pasa? —preguntó la entrenadora, preocupada, pues nunca había visto a Sombra así.
—Se comportó igual el día que encontramos los gatitos en el bosque —respondió la muchacha.
—Sal a cabalgar fuera del club, quizá haya algo —doña Inés miró alrededor—. Llévate a Venancio.
Veinte minutos después, dos jinetes salían del club hípico. Pilar dejó que Sombra guiara el camino.
Pasaron junto a las casas de las afueras del pueblo y, tomando la carretera, se dirigieron al bosque.
De repente, Sombra giró en redondo y se lanzó a toda velocidad a lo largo de la carretera. Los coches pasaban pitando, temiendo que los jinetes invadieran la calzada.
—¡Qué capricho, seguirle el capricho a la yegua! —refunfuñaba Venancio, sin entender qué buscaban.
—Mejor comprobar qué la inquieta que luego arrepentirnos… —Pilar no terminó la frase.
En el arcén yacía una pastora alemana atropellada. Al acercarse los jinetes, la perra levantó la cabeza y los miró con unos ojos tan llenos de dolor que el corazón de la joven dio un vuelco y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Habían encontrado la causa del desasosiego de Sombra…
Pilar se apeó de la yegua, sin dejar de elogiarla. Acababan de competir en el concurso regional de doma en la prueba media, y la muchacha estaba satisfecha.
—¡Actuación magnífica! —doña Inés se acercó corriendo.
—¡Sombra siente la música de maravilla! —dijo Pilar entusiasmada, ajustando los estribos—. ¡Es el mejor caballo del universo!
—¡Es un caballo con un gran defecto! —sonó detrás de ella una voz femenina y cortante.
Pilar se volvió. Sobre un caballo alazán iba una mujer vestida de frac, preparándose para su actuación. El rostro le resultaba vagamente conocido…
—¿Por qué dice eso? —respondió Pilar con tono nada amistoso—. ¡No conoce a Sombra! Es un caballo noble…
—¡Con defecto! —la interrumpió la mujer—. ¡Conozco muy bien a esa yegua!
—La antigua dueña… —murmuró doña Inés, reconociendo a la anterior propietaria.
—¿Cómo puede hablar así de ella? —Pilar no aceptaba la opinión de aquella mujer.
—En el año que tuve a esta yegua, me trajo varios perros y gatos callejeros —dijo la mujer escupiendo las palabras—. Los dos dueños anteriores se deshicieron de ella precisamente por eso, según supe…
—¡Ninguno supo comprender lo noble que es este caballo! —replicó doña Inés—. Eso no se llama defecto, ¡se llama nobleza!
Entonces, una pastora alemana se acercó a Pilar moviendo la cola y mirándola con ojos fieles.
Óscar era el perro al que Sombra había llevado ayuda el año anterior. No encontraron a su dueño, y Pilar decidió quedárselo.
En casa les esperaba el gatito negro de patitas blancas ya crecido, al que Pilar llamó Cosmos.
Venancio se había convertido en orgulloso dueño de un cachorro que Pilar y Sombra recogieron el otoño pasado.
Doña Inés tenía una gata tricolor traída de una competición anterior.
Y otros tres perros y cuatro gatos rescatados por Sombra habían encontrado hogar. ¿Y a eso lo llamaban «defecto»?
—Quizá el defecto lo tiene usted… —Pilar lanzó una mirada fría a la mujer y condujo a Sombra lejos de la antigua dueña.
Aquel día, Pilar y Sombra obtuvieron el primer puesto. Al regresar a casa por la tarde tras la competición, doña Inés y Pilar oyeron que la yegua golpeaba el suelo del transporte con el casco, como si quisiera llamar la atención.
Pararon el coche y abrieron apresuradamente la puerta del remolque. Sombra les respondió con un fuerte relincho. Alguien necesitaba ayuda urgente.







