En el expediente de Canelo había tres devoluciones en año y medio. Los voluntarios ya no discutían a quién ofrecerlo a continuación.
Yo dejé el transportín sobre el suelo de baldosas y abrí la cremallera. El gato rojizo salió despacio, olisqueó la esquina de la jaula, rodeó el cuenco de agua y se sentó de espaldas a la puerta. Seis kilos de obstinación tranquila. Así hacía siempre, y yo ya sabía que no se iba a dar la vuelta.
El turno de tarde había terminado, todos se habían ido, y solo quedaban los que no habían sido recogidos.
Pasé los dedos por la rejilla fría de la jaula.
—Bueno, Canelo. Bienvenido de nuevo.
El gato no se movió.
Al día siguiente extendí sobre la mesa los tres formularios de devolución.
Primera familia, una pareja joven. Un piso de dos habitaciones en las afueras, balcón con vistas al aparcamiento. Motivo de la devolución: «agresivo, se esconde, no se deja tocar». Duraron dos semanas.
Segunda familia. Una mujer de cuarenta años, un estudio recién reformado. «No se adaptó, bufa, se mete debajo de la bañera». Diez días.
Tercera. Un hombre con su hija de siete años. «La niña se disgusta, el gato no juega, se queda en una esquina». Una semana.
Releí los tres papeles y me froté el puente de la nariz. Olían a tóner de impresora y a cocinas ajenas. Las redacciones se parecían, y esa semejanza me picaba como una astilla bajo la uña, pero no lograba precisar qué era. Todas las familias habían pasado la entrevista. Todas habían firmado el contrato. Todas habían prometido paciencia.
Sergio asomó la cabeza por la puerta, apoyando el hombro en el marco. Alto, delgado, con un jersey gris desgastado. Las gafas de montura fina se le resbalaban hasta la punta de la nariz.
—Bueeeeno… ¿otra vez Canelo?
—Sí.
—Igual es que es así, Javier. Pasa a veces.
—¿Así cómo?
Se encogió de hombros y alargó la vocal, como solía.
—Bueeeeno… gafe.
La palabra flotó entre nosotros. Apreté el vaso de café, el plástico crujió y se hundió. Aflojé los dedos y dejé el vaso aparte. Un charquito de café se extendió por la mesa hasta el borde del formulario.
A la segunda familia la llamé al mediodía. Descolgaron al sexto tono.
—¿Dígame? Sí, lo recuerdo. El rojizo. Canelo. No, aquí estamos bien sin él, gracias.
La voz de la mujer era plana, casi cortésmente aburrida. Al fondo alguien encendió la televisión, y oía la risa de un público de estudio, como si en aquella casa todo fuera según lo previsto.
—Cuénteme, ¿cómo se comportó el primer día?
—¿El primero? Se metió debajo de la bañera y se quedó allí. Lo llamamos. Lo sacamos. Le pusimos la comida justo delante del morro. Bufaba. Al segundo día intenté acariciarlo. Me arañó la mano hasta hacerme sangre.
—¿Y luego?
—Luego pensé: si el gato no quiere vivir con gente, para qué torturarlo.
Sujeté el teléfono con el hombro y anoté en la libreta: «lo sacaban de debajo de la bañera». Subrayé.
—¿Y le dieron tiempo a estar solo, sin intentar contacto?
Pausa. Un roce de auricular en la palma.
—Entonces, ¿para qué se adopta un gato si no se le toca?
No respondí. Me despedí, dejé el teléfono sobre la mesa y me quedé largo rato con la barbilla apoyada en la palma. Fuera, la lluvia golpeaba la chapa del alero con un ritmo de metrónomo.
En la página siguiente de la libreta encontré una anotación de la primera familia, hecha meses atrás: «intentaron cogerlo en brazos desde el primer día». Puse un interrogante al lado, cerré la libreta. Pero la pregunta no se cerró.
El sábado Sergio se quedó hasta tarde.
Entré con sigilo. Solo lucía la luz del pasillo del fondo, donde estaban las jaulas de estancia prolongada.
Sergio estaba en cuclillas frente a la jaula de Canelo. No decía nada. Simplemente se sentaba y miraba al suelo, y el gato tras los barrotes hacía lo de siempre: espalda a la puerta, cola enrollada en las patas, orejas un poco hacia atrás.
Iba a llamarlo. Pero me detuve. Porque lo oí.
Canelo ronroneaba.
Bajo, en el límite. Un sonido grave y constante, parecido al zumbido de los fluorescentes, pero más suave. Como si dentro del gato funcionara un motorcito que solo se encendía en el silencio. Cuando nadie alargaba las manos ni le acercaba la comida al morro.
Sergio se levantó, se dio la vuelta y casi choca conmigo.
—Bueeeeno… yo solo… revisaba los cuencos.
—Ronroneaba.
—Sí. Lo hace a menudo. Cuando cree que está solo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Se ajustó las gafas.
—Desde octubre, creo. Aquella vez olvidé las llaves y volví a por ellas. Y él estaba ahí, ronroneando. Luego la puerta chirrió, y se calló al instante. Como si lo hubieran apagado.
Me apoyé contra la pared. El yeso estaba áspero y frío bajo los omóplatos. De la jaula no llegaba ningún sonido. Canelo se había callado al notar a otra persona.
Y en ese silencio comprendí a qué se parecían aquellos tres formularios.
No a la descripción de un gato difícil.
A la descripción de personas que querían amor instantáneo. Caricias a la orden. Agradecimiento la primera noche, contacto bajo demanda, como un interruptor en la pared: pulsas, obtienes.
Tres familias habían cogido a Canelo y enseguida lo habían agarrado con las manos. Lo sacaban del escondite. Lo acercaban a su cara. Lo sentaban en sus rodillas. Y cuando el ser vivo respondía del único modo que tenía, cuando se escondía, bufaba, se encogía, ellos rellenaban con esmero el formulario: «agresivo», «no se adaptó», «no juega».
Abrí la libreta. Encontré la tercera nota, la que había puesto en la última devolución y a la que no había dado importancia: «La niña lloraba porque el gato no quería sentarse en su regazo».
Las redacciones cambiaban cada vez. Pero la acción era siempre la misma.
El lunes reescribí el protocolo de acogida. La versión anterior, que se entregaba a todos, empezaba con: «El gato necesita cariño y paciencia». La nueva empezaba de otro modo.
Se la leí a Sergio en voz alta, sosteniendo el papel con el brazo estirado, como si no me creyera mi propia letra:
—La primera semana, no tocar. No llamar. No sacar. Poner cuenco, agua, arenero y cerrar la puerta de su habitación. Entrar solo para dar de comer. No mirarle a los ojos. No intentar acariciarlo.
Sergio silbó.
—Bueeeeno… eso es una guía para ignorar a un gato.
—Es una guía para no estorbar cuando un gato quiere quererte.
Callé un momento y añadí más bajo:
—Hemos estado año y medio explicando a la gente que el gato es complicado. Y no es complicado. Es cauteloso. Y lo enviábamos a quienes confunden paciencia con espera.
—¿Qué diferencia hay?
—La espera exige un resultado. La paciencia no exige nada.
Sergio alargó la vocal, como si sopesara la respuesta. No dijo nada. La lámpara de encima parpadeó, y Canelo, al fondo del pasillo, movió una oreja al oír el chasquido. La oreja izquierda, desgarrada.
La cuarta familia llegó tres semanas después. Una mujer de unos cincuenta años, voz tranquila y manos curtidas por el sol. Escuchó el nuevo protocolo, asintió. Solo preguntó una cosa:
—¿Y si al mes sigue sentado de espaldas?
La miré a los ojos.
—Entonces necesita más de un mes.
La mujer asintió. Y cogió el transportín.
Canelo dentro no hizo ruido. De espaldas a la rejilla, cola enrollada en las patas, orejas un poco hacia atrás. Como siempre.
La foto llegó al mes. Sin firma, sin comentarios. Solo una imagen. Un alféizar, tras el cristal un patio invernal, una maceta con alguna planta.
Y el gato. Rojizo, con el pecho blanco y la oreja izquierda desgarrada.
Estaba sentado mirando hacia la habitación.
Le enseñé la foto a Sergio. Se ajustó las gafas, la observó, luego otra vez.
Y dijo en voz baja, sin la vocal arrastrada de costumbre:
—Entonces no era culpa suya.
Guardé el móvil en el bolsillo. Saqué el expediente de Canelo de la carpeta de «estancia prolongada» y lo pasé al cajón inferior de la mesa, donde descansaban aquellas pocas historias que no hacía falta volver a contar. Bastaba con recordarlas.
**Lección personal:** Aprendí que el amor no se exige ni se programa. Se ofrece espacio, y a veces, cuando dejas de esperar, el otro decide dar la vuelta.







