La gata empezó a despertar a su dueño a las tres en punto de la madrugada, y al cuarto día él entendió de qué iba el asunto…

Querido diario: necesito dejar esto escrito para no perderlo. Cuatro noches seguidas, Lola me despertó a las tres en punto. La primera noche estuve a punto de lanzarle la almohada. Cerré la puerta, me enfadé, busqué en internet gotas tranquilizantes para gatos. Y no hacía falta nada de eso. Solo tenía que levantarme y seguirla hasta la cocina.

La primera noche me despertó el roce de una pata en la mejilla. No eran uñas; era la pata entera, suave, insistente, como si alguien repitiera con paciencia: levántate, por favor, levántate. Abrí los ojos con esa rabia instantánea de las tres de la madrugada. Ahí estaba Lola, de pie junto a la almohada, tricolor, con la oreja izquierda rota, mirándome como solo saben mirar los animales: sin vergüenza, sin explicaciones. En cuanto vio que me había despertado, volvió a poner la pata en mi cara.

—¿Pero tú te has vuelto loca? —farfullé.

Lola maulló bajito. No era un grito ni una queja. Era un sonido breve, extraño, que sonaba a necesidad. Me senté en la cama. Estaba todo oscuro, pero la farola de la calle dibujaba una franja amarilla en el techo. Era noviembre, había humedad en el aire, un frío que se filtraba por las ventanas. Fui a la cocina, le eché pienso y le dije: “toma, come, y déjame dormir”. Lola olfateó el plato, pero no comió. Se frotó contra mi pierna, dio media vuelta y se adentró en la cocina. Se paró y me miró. Yo no lo entendí. Volví a la cama y me dormí convencido de que los gatos a veces tienen días raros.

Por la mañana Lola estaba como siempre. Sentada en el sillón con las patas recogidas, luego en el alféizar, luego tumbada al lado del radiador. Tranquila. Demasiado tranquila para la que me había desvelado a las tres. En realidad, Lola no era de esas gatas que amargan la vida. En los dos años que llevaba conmigo jamás había tirado el árbol de Navidad, ni había maullado por las noches, ni había robado comida de la mesa, ni se había colgado de las cortinas. Comía con cuidado. Usaba la bandeja sin fallar. Dormía en su sillón. Si necesitaba algo, lo pedía con mesura, como si supiera que yo ya tenía bastante.

Por eso le tenía cariño, supongo. La recogí una noche de otoño, casi de casualidad. Bajé a tirar la basura y la vi junto al portal: una gata tricolor, con la oreja desgarrada, sentada sobre el asfalto mojado. No corría, no se frotaba contra nadie, no pedía nada. Miraba a lo lejos como si hubiera entendido de sobra que pedir no servía de nada. Me quedé con la bolsa en la mano y algo se me removió por dentro. Tenía la misma cara que yo llevaba meses poniendo después del divorcio: ya no esperas nada, pero por alguna razón sigues ahí. Subí la bolsa a casa y me la llevé conmigo.

El nombre de Lola no llegó de golpe. Primero fue “la gata”, luego “oye”, luego “¿qué haces?”. Una noche, mientras le echaba de comer, le dije: “Lolita, ven”. Y vino. Así se quedó.

Después del divorcio, el silencio se había convertido en mi tesoro. No lo reconocí en su momento. Primero el piso vacío me asustó; luego empezó a curarme. Nadie discutía. Nadie daba portazos ni decía con voz tensa: “otra vez no me escuchas”. No tenía que justificarme, ni prometer que iba a cambiar, ni fingir que era otra persona. Podía llegar a casa, quitarme la chaqueta, poner el hervidor y callar. Lola encajó en esa vida como si la hubieran hecho a medida.

Quizá por eso, cuando la segunda noche volvió a despertarme, no lo entendí como un aviso, sino como una invasión. Esta vez me levanté con calma y lo comprobé todo. Tenía pienso, tenía agua, la bandeja estaba limpia, la ventana casi cerrada. Lola había comido, se había lavado y se había acomodado en el sillón. Nada hacía presagiar el show de la madrugada.

Pero a las tres me despertó un ruido de uñas. Al principio no supe qué era. Estuve un rato escuchando en la oscuridad. Luego caí: la puerta del dormitorio. Lola arañaba desde fuera. Lo hacía con método, despacio, sin rendirse, como si no quisiera entrar, sino llamarme. De vez en cuando soltaba un maullido raro, contenido, que no era una queja. Parecía que quería decirme algo y no sabía cómo.

Maldecí entre dientes, me levanté, abrí la puerta y la dejé pasar al pasillo. Volví a la cama, pero ya no pude dormir. Cerré la puerta con el pestillo viejo. Era de mis padres, una pieza pequeña de hierro con dos tornillos, un poco suelta pero firme. Casi nunca la usaba. Solo cuando quería aislarme del mundo entero. Me acosté otra vez. La luz de la farola seguía con su franja amarilla. En las tuberías silbaba el aire. El frigorífico tosía. Sonidos normales de un piso viejo.

Y entonces, otra vez el arañazo. Lola rascaba la madera con la misma terquedad. Maullaba, se callaba, volvía a maullar. Así hasta casi las cuatro. Me tapé la cabeza con la almohada y me fui enfadando más con cada minuto. Me parecía que la gata se estaba vengando, que había decidido cargarse mi única paz nocturna por un capricho que yo no estaba obligado a entender.

A la mañana siguiente empecé mal. El despertador sonó a las siete y sentía que no había pegado ojo. En el trabajo bebí café tras café, me frotaba las sienes, y a mediodía busqué en internet: “gato que despierta por la noche qué hacer”. Los foros estaban llenos de consejos: ignorar, poner un comedero automático, darle gotas tranquilizantes, jugar antes de dormir, quitarle el estrés, llevarlo al veterinario. Alguien incluso aseguraba que los gatos avisaban de otras realidades. Resoplé y pedí las gotas.

La tercera noche, Lola llegó a las tres en punto. Como un reloj. Primero la pata en la mejilla. Luego, cuando hice como que dormía, un maullido junto a la cama. Después, al ver que seguía sin moverme, el arañazo en la puerta. Pero esa noche su voz tenía algo que me inquietaba más que las uñas. Dos sonidos cortos. Una pausa. Otros dos. Como si contara los segundos. O como si enviara una señal.

Me quedé inmóvil. En la cocina hacía tictac el reloj. La farola se balanceaba. El suelo del pasillo crujía levemente bajo las patas de Lola. Y en algún lugar del fondo de la casa, o tal vez solo en mi cabeza, había otro sonido. Muy débil. Casi imperceptible. Me levanté de golpe, abrí la puerta de un tirón y casi grité:

—¡Ya basta!

Lola aplastó las orejas. Pero no retrocedió. Me miró desde abajo con una calma que me desarmó más que cualquier maullido. No había capricho en sus ojos. Había una resistencia extraña, casi humana, como si llevara tiempo repitiéndome lo mismo y aún no quisiera darse por vencida. Luego se giró y se fue hacia la cocina. Me quedé en el umbral. Creo que fue entonces cuando empecé a tener miedo. Aun así, no la seguí. Volví a la cama y no dormí en toda la noche.

Al día siguiente me encontré en el portal con Amparo, la vecina del tercero. Como siempre, llevaba una bata de franela encima de unos pantalones de chándal, el cigarro en la mano y la cara de quien ya casi nada la sorprende.

—Amparo —la llamé—. ¿A ti el gato te ha despertado alguna vez por la noche?

Me miró por encima de las gafas, dio una calada y soltó el humo hacia un lado.

—Me ha despertado. ¿Por qué?

—Pues la mía lleva tres noches sin dejarme dormir. O me toca la cara, o me araña la puerta, o maúlla. Lo he comprobado todo: tiene comida, tiene agua, la bandeja está limpia.

Amparo entornó los ojos.

—Si un gato hace tres noches lo mismo, hay una razón.

—¿Qué razón?

—¿Y tú has comprobado? —me preguntó.

—Ya te digo, lo he comprobado todo.

—No me refiero a la comida —me cortó—. ¿La has seguido?

Me quedé callado.

Amparo apagó el cigarro y sonrió.

—Los animales no son tontos, Javier. Los tontos somos nosotros. Si te llama, no es para que adivines. Es para que la sigas.

La frase se me quedó dando vueltas todo el día.

La cuarta noche me preparé. Puse el despertador a las dos y cuarenta y cinco, pero me desperté antes. Estaba en la cama, en la oscuridad, escuchando la casa. El reloj de la cocina. El frigorífico. La calefacción. Y otro sonido. Tan débil que habría podido confundirse con el viento, con la cañería, con cualquier cosa, si uno no quisiera escucharlo.

A las tres en punto Lola saltó a la cama, se acercó a la almohada y apoyó la pata en mi mejilla. Me incorporé de inmediato.

—Vale —dije en voz baja—. Vamos.

Lola bajó de un salto y avanzó sin volverse. Iba segura de que aquella vez sí la seguiría.

Me llevó por el pasillo, entró en la cocina, pasó de largo la mesa, la banqueta, y se sentó frente al radiador, junto a la ventana, en el rincón más oscuro. Esa zona siempre estaba mal iluminada; la luz verde del microondas apenas llegaba. En la ventana, una rendija seguía abierta. Me lo reproché mentalmente: llevaba días asomándome a fumar y dejaba el cristal un par de centímetros abierto. Por la noche el aire frío se colaba por el suelo y la cortina se movía despacio.

Lola miraba fijamente hacia el radiador. Me agaché. Al principio no vi nada. Polvo bajo el alféizar, anclajes oxidados, la vieja tubería, un zócalo despegado. Nada raro.

Pero entonces, desde detrás del radiador, llegó un sonido. Un chillido finísimo, casi muerto. Tan flojo que de día habría sido imposible oírlo: la calle, el tráfico, el televisor, el hervidor. Pero de noche la casa entera se hundía en un silencio total, y ese sonido lo atravesaba.

Encendí el móvil y acerqué la luz a la rendija.

Primero no vi más que polvo y telarañas. Luego una cosa pequeña, negra, pegajosa. Un gatito. Diminuto. Tres semanas, quizá menos. Tenía los ojos abiertos, pero la mirada turbia, como si no entendiera dónde estaba. Le temblaba el costado. Las patas pegadas al vientre. Estaba tumbado de lado, encajado entre la tubería, la pared y el hierro del radiador. Levanté la luz hacia la ventana y lo entendí todo. En la fachada, justo debajo, había un toldo de hojalata sobre la entrada del colmado. Una gata adulta podía saltar a ese toldo desde un árbol o desde un saliente. Y desde ahí, la ventana entreabierta era una puerta fácil. El gatito, o la madre, había buscado el calor de la casa. El pequeño se coló, se resbaló del alféizar y cayó detrás de la calefacción. En un hueco donde una gata grande podría moverse, pero un recién nacido no. El zócalo, la tubería, las aletas del radiador: todo lo bloqueaba, y cualquier intento de salir solo lo hundía más.

Me sentí vacío. El animalito había entrado buscando refugio y había caído en una trampa a dos pasos de los humanos.

También entendí por qué solo chillaba de noche. De día el piso era ruidoso: yo no estaba, el frigorífico sonaba, en la calle pasaban coches, los vecinos movían sillas. El gatito, débil y hambriento, se dormía y apenas tenía fuerzas para gritar. Pero cuando la casa se quedaba en silencio y el frío apretaba, salía del duermevela y empezaba a pedir auxilio. Con un hilo de voz. Raramente. Y solo una gata como Lola podía oírlo.

Seguro que lo oyó la primera noche. En los animales, el oído no funciona como el nuestro. Lo que yo tomaba por un crujido de tuberías era, para ella, un ser vivo. Primero, Lola le llevó comida. Lo vi entonces: en el fondo del rincón había trocitos de pollo secos, de los de su plato. Los había ido dejando allí uno a uno, empujándolos con la nariz o con la pata. Como pudo, le acercó de comer a un sitio al que ella no podía entrar entera. Y cuando comprendió que eso no bastaba, cuando el gatito estaba tan débil que casi había dejado de chillar, empezó a despertarme.

Me tumbé en el suelo frío y metí la mano en la rendija. Al principio no cabía: la tubería me estorbaba, una arista me arañó la muñeca. Tuve que alargar el brazo casi a ciegas. Por fin los dedos rozaron el pelo sucio y tibio. El gatito dejó escapar un chillido mínimo.

—Tranquilo, tranquilo… —murmuré, sin saber por qué.

Lo agarré con la palma entera. Pesaba menos que una manopla arrugada. Pero estaba caliente. Vivo. Temblando. Cuando lo saqué de detrás del radiador, no intentó huir. Solo movió una pata con debilidad y escondió el hocico contra mi pulgar.

Lola se acercó en seguida, lo olió con calma y soltó un maullido brevísimo, casi imperceptible. Como si dijera: “por fin”.

Me quedé sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el armario de la cocina, mirando aquel bulto negro entre mis manos. Lola se subió a mis rodillas, se hizo un ovillo junto al gatito, lo tocó con su nariz y, por primera vez en cuatro noches, se relajó. Hasta cerró los ojos.

Y yo me quedé allí, con una certeza que me dolió como un golpe: me había acostumbrado tanto a mi silencio, a mi paz fabricada, que ya no respondía cuando alguien a mi lado pedía ayuda de verdad.

Por la mañana lo llevé al veterinario. Compré leche maternizada, cuentagotas, una bolsa de agua caliente, empapadores. Asentí con una atención que no creo haber empleado nunca ni con mi jefe. Al volver a casa lo instalé en una caja con una toalla blanda al lado del radiador. Lola no se separó de él. Primero se quedó alerta, luego se tumbó cerca, como si me hubiera pasado el turno, pero sin irse del todo.

Esa noche anduve mucho por el piso. No encontraba sitio. De pronto cogí el teléfono y llamé a mi madre. Por primera vez en tres meses. Cuando contestó, me quedé en blanco. Yo tampoco esperaba haber marcado ese número.

—Mamá, soy yo —dije, y me corté.

Lola saltó a la mesa y puso una pata junto al teléfono.

—¿Qué pasa, Javier? —preguntó mi madre enseguida.

—Nada —contesté después de una pausa—. Solo quería saber cómo estás.

Al otro lado hubo un silencio raro. No era ofendido ni pesado. Era un silencio sorprendido.

—Bueno, pues bien —dijo mi madre—. ¿Y tú?

Miré la caja junto al radiador. Miré a Lola. Miré la cocina, que en una sola noche se había convertido en otra cosa.

—Yo también… bien —respondí.

Y por primera vez en mucho tiempo, ese “bien” no era mentira.

Dejé de cerrar la puerta del dormitorio con pestillo. De hecho, al día siguiente desatornillé el pestillo y lo guardé en un cajón. Desde entonces, si cierro la puerta, la dejo entornada.

Porque ahora sé que cuando alguien viene en mitad de la noche y te llama sin rendirse, no siempre es para fastidiarte. A veces es la forma que tiene el mundo de decirte que dejes de escucharte a ti mismo y escuches, por una vez, lo que hay detrás de la pared.

O dentro del hueco de un radiador.

Y todavía sigo aprendiendo a levantarme y seguirla.

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