Un perro estuvo encadenado durante siete años. Cuando le quitaron la cadena, se quedaron pasmados.

Esta mañana han encontrado a Esteban Roldán. El perro llevaba aullando desde la noche anterior. Yo, Manuel Serrano, que vivo a dos tapias de la suya, oí el primer aullido y no salí; Trueno aullaba con frecuencia, y hacía tiempo que había dejado de levantarme por eso. Aquel aullido era grave, largo, sin cortes, y a medianoche ya formaba parte de la noche, como el viento o el agua corriendo por las tuberías.

El guardia civil llegó a mediodía, precintó la casa y se marchó. Hizo el atestado sobre el capó del coche, fumó y miró de reojo al perro, pero no se acercó. Me dijo por encima de la tapia que el cuerpo estaba en el tanatorio y que alguien tenía que localizar a la familia. Luego cerró la puerta y se fue por el camino, dejando dos rodadas profundas en el barro. Trueno se quedó. Sentado en la cadena, con el hocico apuntando al cielo, soltaba un sonido ronco y seguido, como una tubería que se olvidó de cerrar. No era ladrido ni lloro. Era un aullido de esos que, si se escuchan un rato, obligan a tragar saliva.

Yo estaba en la puerta de mi casa, mirando el corral de Esteban desde el otro lado del camino. La lluvia de la noche había dejado charcos en los surcos, y la tierra olía pesada y húmeda, como una parcela recién abierta.

La tapia estaba torcida y tres listones habían caído entre las ortigas, pero el portón se cerraba con un alambre, y el alambre estaba enrollado con cuidado, en cuatro vueltas. El viejo no arreglaba la tapia, pero el portón lo cerraba cada noche. Yo lo veía desde la ventana de la cocina, cuando salía al anochecer y retorcía el alambre con los dedos secos. Atravesé el camino, quité el alambre y entré. Olía a tierra mojada, a perro y a algo agrio, como el agua que se lleva mucho tiempo en un barril.

Trueno dejó de aullar y volvió la cabeza. Era rojo, con una mancha negra que le bajaba por el lomo, grande, parecido a un pastor alemán cruzándose con otra sangre. Tenía el hocico canoso y los ojos amarillos, turbios, como los de esos perros viejos que han visto más de lo que debían.

La cadena iba del poste al collar. Gruesa, de eslabones grandes, de cinco metros. Yo la conocía desde hacía siete años. Cada verano veía a Trueno caminar en arco y arañar el mismo surco. Aquel surco se había hecho profundo, hasta el tobillo, y cuando llovía se llenaba de agua. En invierno la cadena amanecía con escarcha y los eslabones sonaban en el viento. Pero esa mañana vi algo que no había visto nunca: en uno de los lados, justo donde la cadena tiraba con más fuerza, el metal estaba gastado y brillante, como una manilla de puerta que se toca cada día. El perro había tirado siempre hacia el mismo sitio. No había corrido en círculos. Siempre hacia el mismo punto.

Junto al poste había un cuenco de aluminio, abollado, con restos de gachas secas pegadas a las paredes y una película de grasa en el fondo. Al lado, otro cuenco con agua y una hoja flotando. Esteban le había dado de comer esa mañana o la noche anterior. Me ajusté la gorra porque tenía que ocupar las manos en algo. Siete años repitiendo a todos que aquel hombre atormentaba a su perro. Se lo dije a Antonia en la tienda, se lo dije a Pilar la cartera, se lo dije a mi hija por teléfono. Cadena, caseta, gachas y ni un paseo. Un ser vivo atado a un poste. Cada vez que lo decía sentía esa verdad caliente que no necesita pruebas, la que abriga más que una estufa. La verdad parecía clara: el perro estaba atado; el dueño callaba; luego el dueño era un culpable.

Pilar llegó al cabo de una hora con pan y leche, porque se los traía a Esteban y ya no sabía a quién dárselos. Dijo que el sábado lo había visto cobrar la pensión y comprar dos kilos de sémola. Para él y para el perro. Le pregunté si Esteban tenía familia. Pilar pensó, apretó el bolso contra el costado y recordó a la hija: Covadonga Roldán. Vive en Valdelaguna, al otro lado de la carretera, a doce kilómetros. Llevaba mucho tiempo sin venir. Pilar añadió bajando la voz: —La hija ofreció llevarse al perro. El viejo no quiso. Tengo su teléfono apuntado en la tienda. Yo callé. Pensé que era un avaro, que ni siquiera dejó que aquella pobre mujer se hiciera cargo. Luego fui al poste.

El mosquetón del collar estaba oxidado y los dedos resbalaban en el metal húmedo. Lo froté, le di vueltas y presioné la pestaña con el pulgar. La herrumbre se me metió bajo las uñas y las manos olían a hierro. Trueno se quedó quieto. Ni gimió ni se movió. Esperaba, como si supiera que aquello iba a ocurrir, y hubiera aguantado siete años para oír una vez aquel sonido. El mosquetón cedió. El collar se deslizó y apareció bajo él una franja de pelo aplastado, casi blanco, como la marca de una alianza. El perro se sacudió entero, del hocico al rabo. Luego me miró. Esperó un segundo. Y salió disparado. No hacia mí, ni hacia el cuenco, ni hacia la casa. Salió hacia la tapia. Se coló por el hueco de los listones, ganó el camino y corrió. Alcancé a ver el lomo rojo entre las zarzas, y después nada.

Fui a la tienda de Antonia para llamar a la hija de Esteban. El perro, mientras tanto, ya había cruzado la carretera. En la curva donde los coches frenan antes del puente sobre la cuneta, esperó un momento y pasó. Luego tomó el sendero que lleva a Valdelaguna.

Valdelaguna empezaba con tres álamos y una parada de autobús sin marquesina. Trueno giró en la segunda calle, pasó junto a la fuente, pasó junto a un jardín con dalias y se detuvo ante una casa de tejado verde. El porche era bajo, de dos escalones, con la madera oscurecida por la humedad. La puerta estaba forrada de hule, y en una esquina el hule se había despegado y colgaba en forma de triángulo. Trueno se sentó en la puerta y gimió. El rabo golpeaba el escalón, y aquel golpeteo era el único sonido alegre de todo el día.

La puerta se abrió. En el umbral apareció una mujer delgada, de pelo moreno recogido en un moño y las manos manchadas de harina. Dentro olía a masa dulce y a vainilla. El olor caliente llegó al porche y se mezcló con el de la tierra mojada. La mujer miró al perro. Luego se agachó, le sujetó el hocico con las dos manos, y la harina dejó marcas blancas en el pelo rojo. Trueno hundió el morro en su muñeca y cerró los ojos.

Marqué el número en ese momento. Le dije que Esteban había muerto, que el perro se había soltado de la cadena y había escapado. —Está conmigo —dijo—. Me llamo Covadonga. Se me cortó la voz. Doce kilómetros por la carretera. Y Covadonga contó.

Trueno era un cachorro cuando ella vivía todavía con su padre. Lo trajo del pueblo, con un mes, rojo y con una oreja tiesa. Lo crió con cuentagotas y durmió con él en el suelo la primera semana, porque lloraba. Después Covadonga se casó y se fue a vivir a Valdelaguna. Trueno se quedó con su padre.

El perro corría hacia ella. Atravesaba el campo, cruzaba la carretera, doce kilómetros en cada viaje. Llegaba al anochecer, se echaba en el porche y esperaba. Covadonga le daba de comer, lo acariciaba y lo dejaba dormir dentro. Por la mañana, Trueno volvía. Otra vez doce kilómetros. La primera vez lo atropellaron cuando llevaba seis meses haciéndolo. Le dio un golpe el guardabarros y lo arrastró por la grava. Esteban lo encontró en la cuneta y lo llevó a casa en brazos, cuatro kilómetros. Covadonga llegó en una furgoneta, y entre los dos lo llevaron al veterinario del pueblo grande. Le quedó una cicatriz larga en el costado izquierdo, desde las costillas hasta la pata.

Trueno se curó, y a los dos meses volvió a escaparse. Lo atropellaron una segunda vez. El mismo tramo, la misma curva. Se rompió el hueso de la cadera y estuvo tres meses sin moverse. Esteban le cambiaba la manta dos veces al día y lo sacaba al patio en brazos para que viera el cielo.

Después de aquello, Esteban compró la cadena. Covadonga le pidió que le diera el perro. Esteban se negó. Dijo una sola cosa: —Volverá. Siempre vuelve. Y la carretera no le perdonará una tercera vez.

Covadonga discutió y se pasó seis meses sin venir. Después vino menos. Después dejó de venir.

Siete años pasó Trueno encadenado. Esteban le cocía la comida por la mañana y por la noche. Sémola, a veces gachas de maíz, con recortes de carne que Antonia le vendía a mitad de precio. Le miraba el collar, engrasaba el mosquetón para que no se oxidara. Se sentaba en el tajo a su lado y callaba. Trueno le ponía la cabeza en la rodilla, y así se quedaban hasta que anochecía: dos viejos, uno en el tajo y otro en la cadena. Yo lo veía desde la ventana de mi cocina todas las noches.

Trueno se quedó con Covadonga. Estaba, por fin, donde había querido estar durante siete años.

Antes de volver a casa, me asomé al corral de Esteban y me detuve junto al poste. La cadena estaba tirada en el barro, enrollada en círculo. La cogí. Pesaba, estaba fría, y uno de los lados brillaba de puro gastado. La colgué en el clavo del poste. Enrollé el alambre del portón en cuatro vueltas, igual que hacía Esteban. Me quedé un rato mirando el corral vacío, el surco en arco, el tajo junto al poste. Después crucé el camino y cerré mi puerta.

Lavé el cuenco y lo dejé en mi porche. Por si acaso. Si Trueno vuelve.

Lo escribo para acordarme de que no hay cadena sin razón, ni razón que se entienda a gritos. Pasé siete años señalando una cadena sin mirar hacia dónde apuntaba el brillo de los eslabones. Ahora sé que a veces se ata a un perro para salvarle la vida, y que la misma gente que juzga suele llevar la lengua atada a una verdad que no le ha costado nada.

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