A Esteban Roldán lo encuentran esta mañana, y el perro lleva aullando desde anoche. Pilar Berlanga oye el aullido a través de dos tapias, pero no sale: Trueno aullaba con frecuencia y hace tiempo que dejó de levantarse por eso. El aullido es grave, largo, sin pausas; hacia medianoche se ha hecho parte de la noche, como el viento o el rumor del agua en las tuberías.
El guardia civil llega a mediodía, precinta la casa y se va. Levanta el atestado sobre el capó, fuma y mira al perro de reojo, pero no se acerca. Le dice a Pilar por encima de la tapia que el cuerpo está en la capital del partido y que hay que buscar a los familiares. Después cierra la puerta del coche y se marcha por el camino de rodadas, dejando en el barro dos surcos profundos. Y el perro se queda. Sentado al final de la cadena, con el hocico apuntando al cielo; el sonido le sale limpio, grave, como de un tubo que se ha olvidado cerrar. No es ladrido, no es gemido. Es un aullido. De esos que remueven algo debajo de las costillas si se escucha mucho rato.
Pilar se queda en su portal mirando el patio de Esteban. El barro de la lluvia de anoche brilla en las rodadas, y de la tierra sube un olor pesado y húmedo, como de tierra recién labrada.
La cerca está torcida; tres tablas han caído entre las ortigas, pero el portón se cierra con alambre y el alambre está retorcido con esmero, en cuatro vueltas. El viejo no arreglaba la cerca, pero cada noche cerraba el portón. Pilar lo sabe porque ve desde la ventana de la cocina cómo sale al anochecer y retuerce el alambre con los dedos secos. Atraviesa el camino, deshace el alambre y entra en el patio. Huele a tierra mojada, a perro y a algo agrio, a agua estancada en el barril del cobertizo.
Trueno deja de aullar y gira la cabeza. Rojizo, con el lomo negro, grande, como un pastor alemán cruzado con perro de pueblo. El hocico lo tiene canoso y los ojos amarillos, velados, como de perro viejo que ha visto más de la cuenta.
La cadena sale del poste y llega al collar. Gruesa, de eslabones grandes, de cinco metros. Pilar la conoce desde hace siete años. Cada verano ve desde la ventana cómo Trueno recorre su arco y va abriendo un surco en la tierra. Con los años el surco se ha hecho hondo, hasta el tobillo, y dentro se queda el agua de lluvia. En invierno la cadena se cubre de escarcha y los eslabones chocan con el viento. Pero ahora Pilar ve algo que no había visto antes: en el lado donde la cadena tira con más fuerza, los eslabones están desgastados, brillantes. Metal pulido, como una manilla que se toca todos los días. El perro siempre había tirado hacia el mismo lado. No correteaba en círculo, no iba y venía. Siempre hacia un solo lado.
Junto al poste hay un cuenco de aluminio, abollado, con restos de gachas de maíz. Las gachas se han secado; los grumos se pegan a las paredes y por encima hay una película de grasa. Al lado, otro cuenco con agua y una hoja flotando.
Esteban dio de comer al perro la mañana del día en que murió. O la noche anterior. Pilar mira el cuenco y se arregla el pañuelo en la cabeza, porque las manos buscan un gesto conocido. Durante siete años le dijo a todo el mundo que el viejo maltrataba al animal: se lo dijo a Rosario, la de la tienda; se lo dijo a Mercedes, la cartera; se lo dijo a su hija por teléfono. Cadena, caseta, gachas y ni un paseo. Un ser vivo atado a un poste. Y cada vez que lo decía sentía que tenía de su parte la razón, esa razón que calienta más que una estufa y no necesita pruebas. La verdad es clara: perro atado, dueño callado, luego el dueño tiene la culpa.
Mercedes, la cartera, llega una hora después con pan y leche, porque está acostumbrada a llevárselos a Esteban y ahora no sabe con quién dejarlos. Dice que lo vio el sábado, que cobró la pensión y compró dos kilos de arroz. Para él y para el perro. Pilar pregunta si Esteban tiene familia.
Mercedes lo piensa, apretando el bolso contra la cadera, y recuerda a la hija. Amparo. Vive en Valdepalacios, al otro lado de la carretera, a doce kilómetros. Hace mucho que no viene. Mercedes añade en voz baja:
—La hija se ofreció a llevarse al perro. Pero el viejo no quiso. En la oficina tengo su teléfono apuntado en algún sitio.
Pilar no dice nada. Piensa: tacaño, ni siquiera dio el perro cuando no podía hacerse cargo. Después se acerca al poste.
El mosquetón del collar está oxidado y los dedos resbalan sobre el metal mojado. Pilar lo frota, le da vueltas, aprieta la lengüeta con el pulgar. El óxido se le mete bajo las uñas y las palmas le huelen a hierro, agrio y frío. Trueno está quieto. No gime, no tira. Solo espera, como si supiera que justo entonces va a pasar, y como si hubiera aguantado siete años para oír un solo clic.
El mosquetón cede. El collar se desliza del cuello y, debajo, Pilar ve una franja de pelo aplastado, clara, casi blanca, como la marca de un anillo de boda. El perro se sacude entero, del hocico a la cola. Luego mira a Pilar, se queda un segundo y sale disparado.
No hacia ella, ni al cuenco, ni a la casa. Hacia la cerca. Se cuela entre los listones, salta al camino y echa a correr. Pilar ve la espalda roja desaparecer tras los arbustos de saúco, y ya no la ve.
Ella va a la oficina de correos a ver a Mercedes: hay que ponerse en contacto con la hija de Esteban.
El perro, mientras tanto, ya ha cruzado la carretera. En el punto donde la vía hace una curva y los coches frenan ante el puentecillo de la cuneta, espera un momento y cruza. Toma el camino vecinal hacia Valdepalacios.
Valdepalacios empieza con tres álamos y una parada de autobús sin marquesina. Trueno dobla en la segunda calle, pasa junto a la fuente, junto al jardín de dalias, y se detiene ante la casa del tejado verde. El portal tiene dos escalones bajos y la madera está oscurecida por la humedad. La puerta está forrada de hule y, en una esquina, el hule se ha despegado y cuelga en triángulo. Trueno se sienta delante y se pone a gimotear.
La cola golpea el escalón, y ese golpeteo es el único sonido alegre de todo el día.
La puerta se abre. En el umbral hay una mujer delgada, con el pelo oscuro recogido en un moño y las manos llenas de harina. De dentro sale un olor a masa y a vainilla, templado, que se derrama por el portal y se mezcla con el olor de la tierra húmeda. La mujer mira al perro. Luego se agacha, le coge el hocico con las dos manos y la harina de los dedos se posa en el pelo rojo en manchas blancas. Trueno entierra el hocico en su muñeca y cierra los ojos.
En ese momento suena el teléfono. Es Pilar, que le dice que Esteban ha muerto. Que el perro se ha soltado de la cadena y ha escapado.
—Está aquí. Me llamo Amparo.
Pilar solo acierta a exclamar:
—¡Doce kilómetros por la carretera!
Y Amparo lo cuenta.
Cuando Amparo vivía todavía con su padre, Trueno era un cachorro. Lo trajo de un pueblo vecino con un mes, rojizo, con una oreja tiesa. Lo crio, le dio de comer con un cuentagotas y durmió con él en el suelo la primera semana porque lloraba y no podía dormir solo. Luego Amparo se casó y se marchó a Valdepalacios. Trueno se quedó con su padre.
El perro corría a verla. Por el campo, por la carretera, doce kilómetros de ida. Llegaba al anochecer, se echaba en el portal y esperaba. Amparo le daba de cenar, lo acariciaba, lo dejaba quedarse. Por la mañana volvía. Otra vez doce kilómetros.
La primera vez lo atropellaron a los seis meses. Lo golpeó el guardabarros y lo arrastró por la grava. Esteban lo encontró en el arcén y lo llevó a casa en brazos, cuatro kilómetros. Amparo llegó en un coche que la trajo y, entre los dos, llevaron al perro al veterinario de la cabecera. Le quedó una cicatriz larga en el costado izquierdo, de las costillas hasta la pata.
Trueno se curó, y al mes volvió a escaparse. Lo atropellaron por segunda vez. El mismo tramo, la misma curva. Fisura en la pelvis, tres meses sin moverse. Esteban le cambiaba la manta dos veces al día y lo sacaba al patio en brazos para que viera el cielo.
Después de aquello, Esteban compró la cadena. Amparo le pidió que le diera el perro. Esteban se negó. Dijo una sola cosa:
—Volverá. Siempre vuelve. Y no sobrevivirá a una tercera vez.
Amparo discutió, se pasó seis meses sin venir. Luego empezó a venir, pero cada vez menos. Luego dejó de venir.
Siete años estuvo Trueno atado a la cadena. Esteban le hacía gachas por la mañana y por la noche, de maíz o de arroz, con recortes de carne que le compraba a Rosario, la de la tienda, a mitad de precio. Le revisaba el collar, engrasaba el mosquetón para que no se agarrotara. Se sentaba a su lado en un tocón y callaba. Trueno le ponía la cabeza en la rodilla, y así se quedaban hasta que anochecía: dos viejos, uno en el tocón y otro atado a la cadena. Pilar lo veía desde la ventana de la cocina todas las noches.
Trueno se queda con Amparo. Está donde ha querido ir durante siete años.
Pilar se asoma otra vez al portón de Esteban y se detiene junto al poste. La cadena está en el barro, enroscada en círculo. Pilar la levanta. Los eslabones son pesados, fríos, y un lado brilla, pulido hasta quedar liso. La cuelga del clavo del poste y cierra el portón con el alambre, en cuatro vueltas, como hacía Esteban. Se queda un segundo mirando el patio vacío, el surco en la tierra, el tocón junto al poste. Luego cruza el camino hasta su casa y cierra la puerta detrás de ella.
El cuenco lo lava y lo deja en su portal. Por si acaso. Por si Trueno vuelve.







