—¡Besarás los pies de mi madre! ¿Entendida? Ella ahora es tu dueña, tu señora y tu diosa personal! ¡Y si te resistes, te… en la ba…

—Jimena, haz el café más fuerte, ¿vale? Que me espabile.

La voz de Máximo, ligeramente ronca por el sueño, llegó desde el dormitorio y se derramó por la pequeña cocina como un hilo de miel tibia. Jimena sonrió. Aquella primera semana de casados había sido como un anuncio de televisión: despertares perezosos, desayunos sin prisa, besos en la puerta cuando él se iba a trabajar. Echó a la cafetera dos cucharadas más de café molido de lo habitual. Todo para él. Todo aquel mundo que olía a café recién hecho y a su perfume era ya de los dos. Pasó la palma por la encimera nueva y sintió dentro un aleteo de felicidad casi infantil. Ya tenía planeado el sábado: quedarse en la cama con el portátil y una serie tonta, cocinar algo complicado y rico por la tarde, y por la noche abrir aquella botella de vino que les habían regalado en la boda. Estar juntos. Absorberse el uno al otro.

Máximo salió a la cocina, ya vestido con vaqueros y camiseta. La abrazó por detrás, con la nariz enterrada en su pelo. Olía a gel de ducha y a una seguridad que no necesitaba palabras.

—Vístete —dijo, besándola en la sien—. Vamos a casa de mi madre, que hay que ayudarla a mover los muebles. Ha decidido cambiar la distribución del salón y ella sola no puede.

Aquellas palabras cayeron en la calma de la mañana como guijarros en un estanque, marcando ondas de desconcierto. Jimena se giró despacio dentro del círculo de sus brazos. Le miró la cara: la misma de siempre, querida, con aquel lunar junto a la comisura de los labios. Pero había en su tono una solidez tan vulgar, tan incuestionable, que la puso en guardia.

—Máximo, ¿y si no hoy? —intentó que la voz no sonara a negativa, sino a propuesta—. He terminado muy cansada esta semana. Pensaba que nos quedábamos en casa, descansando. Podemos ir mañana, o el otro fin de semana.

Él se quedó quieto. Sus manos, que seguían en su cintura, no se soltaron, pero perdieron el calor. Se volvieron pesadas, como si únicamente la sujetaran. La sonrisa se le borró de la cara con la rapidez de una esponja que mancha. No apareció en su lugar nada: ni fastidio, ni ofensa. Solo un vacío. Jimena vio por primera vez aquella mirada. El novio democrático, comprensivo, siempre dispuesto a negociar, que durante un año la había llevado al cine y le había regalado flores, ya no estaba. En su lugar había un desconocido de ojos pálidos y fríos.

Se apartó con una calma depredadora, dio un paso atrás, como si la examinara desde otro ángulo. Luego se acercó hasta aplastarla casi. Su mano se alzó y los dedos que un momento antes le habían acariciado el pelo le atraparon la barbilla. Apretaron sin hacer daño, pero con autoridad, con humillación, obligándola a levantar la cara hacia él.

—¿Qué has dicho?

No gritaba. Siseaba. El sonido le salía de lo más hondo del pecho, grave y vibrante, como el gruñido de una fiera a la que han despertado. Jimena callaba, paralizada no tanto por el agarre como por aquella monstruosa, repentina transformación. Veía su propia cara asustada reflejada en aquellas pupilas heladas. Y entonces, sin pestañear, le soltó las palabras que partieron su vida en un antes y un después.

—Vas a besarle los pies a mi madre, ¿entendido? Ahora ella es tu ama, tu señora y tu diosa personal. Y si te pones terca, te mando vivir al hospital.

La soltó con la misma brusquedad con que la había atrapado. Le quedaron en la piel unas marcas rojas. En su boca floreció una sonrisa torva y triunfal. Veía su conmoción, su cara de piedra, y eso le producía un placer visible. Había ganado. Había establecido las reglas. Y ella, Jimena, estaba en mitad de su cocina nueva, con olor a café, comprendiendo con una claridad absoluta y ensordecedora que su vida feliz había terminado antes de empezar.

El silencio que siguió no era vacío. Era denso, espeso, como un vacío que hubiera succionado de la cocina no solo el sonido, sino el aire. Jimena lo miró, miró aquella sonrisa cruel, y sintió que algo se le rompía dentro y caía al vacío. No era miedo. El miedo había estado antes, cuando los dedos le aprisionaron la barbilla. Ahora era otra cosa. Una certidumbre fría, matemática. Había estado jugando a un juego cuyas reglas creía conocer; ahora empezaba otro, y las reglas las ponía él.

Hizo una inspiración pequeña, casi invisible. Un hielo le corría por las venas. Bajó la vista, miró la cafetera que se estaba enfriando, el café que había preparado para una mañana feliz. La cogió, fue al fregadero y vertió el líquido oscuro y aromático por el desagüe con un gesto preciso. No se derramó ni una gota.

—Bien —dijo. La voz le salió plana, sin una sola vibración—. Me arreglo ahora mismo.

Máximo, que esperaba lágrimas, gritos, súplicas, cualquier cosa que confirmara su victoria total, se quedó descolocado. Aquella obediencia serena, administrativa, le quitaba el suelo bajo los pies. Su sonrisa se volvió insegura, casi bobalicona frente al hielo de Jimena. La miró en silencio mientras se daba la vuelta y salía de la cocina. Ni prisa, ni rabia, ni dolor. Se movía como un mecanismo que hubiera recibido un programa nuevo y lo ejecutara con exactitud.

En el dormitorio abrió el armario. Su mano pasó de largo junto a la sudadera cómoda y fue directa a una blusa azul marino, de corte serio, y a unos pantalones clásicos. No era ropa para mudar muebles. Era un uniforme. Una armadura. Se vistió rápida, sin un gesto de más, y su reflejo en el espejo fue el de una mujer desconocida, concentrada y muy peligrosa. Mientras se recogía el pelo, su mirada se detuvo en la foto de boda sobre la cómoda. Dos caras felices, sonrientes. Las miró uno o dos segundos y luego se dio la vuelta. Aquella foto era de otro mundo, de otra vida. No tenía nada que ver con ella.

Cuando volvió al recibidor, ya con los zapatos puestos y el bolso al hombro, Máximo seguía allí, apoyado en el marco de la puerta. Intentaba recuperar la expresión de dominio, pero se le notaba la perplejidad en los ojos.

—¿Ya estás lista? —preguntó, queriendo sonar a burla.

—Sí. ¿Nos vamos?

Su respuesta fue tan neutra como un contestador automático. Le había quitado las emociones para que se alimentara de ellas. Le había quitado la posibilidad de disfrutar de su humillación. Todo el camino hasta casa de su madre transcurrió en un silencio denso y pegajoso. No era un silencio de los que no necesitan palabras. Era una guerra. Silenciosa, y por eso más cruel. Máximo agarraba el volante con los nudillos blancos. Abrió la boca varias veces para decir algo, otro insulto, pero al mirar el perfil impenetrable de Jimena, no se atrevió. Ella no miraba por la ventanilla las fachadas que pasaban. Miraba al frente. Pero su cabeza trabajaba a gran velocidad. No lloraba el mundo que se había roto. Estudiaba al enemigo. Reconstruía cada palabra, cada gesto, cada tono. Analizaba, clasificaba, buscaba lógica. El Máximo enamorado había sido una ilusión. El de verdad era este: frío, cruel, manipulador. Para sobrevivir a su lado, tenía que entender cómo funcionaba. Ya no era su mujer. Era una entomóloga que disecciona con curiosidad impasible un insecto repugnante y fascinante.

Cuando el coche se detuvo ante el bloque gris de siempre, Jimena exhaló apenas. Primera prueba superada. Había aguantado. Ahora la esperaba la guarida de aquella a quien le habían ordenado considerar una diosa. Y sabía que el examen no había hecho más que empezar.

Abrió la puerta ella. Pilar Sancha. Una mujer baja, fibrosa, con el pelo cardado y fijado con laca, y una barra de labios demasiado encendida para su edad. El piso olía a pureza de quirófano: a producto de limpiar muebles, a ambientador de pino y a un fondo de alcanfor. No era una casa. Era un museo donde cada pieza, desde la pastora de porcelana hasta la pila de revistas perfectamente alineadas, sabía cuál era su sitio.

—¡Jimena, hija, cielo, ya os esperaba! —la voz era dulce como un melocotón pasado, pero los ojos, pequeños y atentos, no se reían. Escaneaban, pesaban, juzgaban. Atrajo a Jimena hacia sí para darle dos besos, y Jimena sintió en la mejilla el roce del cuello almidonado de la blusa de su suegra.

Máximo entró como en su casa, tiró la chaqueta sobre un puff. Toda la furia de la mañana se le había esfumado, sustituida por la máscara del hijo cumplidor. Estaba en su territorio, bajo el amparo de su diosa.

—Mamá, ¿qué hay que mover? Enséñame el campo de batalla.

La mudanza resultó una farsa. No se trataba de hacer la casa más cómoda, sino de exhibir el poder. El primer objetivo fue un aparador de madera oscura y brillante, cargado de copas de cristal que parecían no haberse tocado en años.

—Veréis, hijos, lo quiero puesto contra aquella pared —dijo Pilar, señalando el otro extremo del salón—. Máximo, tú de un lado; Jimena, ayúdale del otro. Ella es una chica fuerte, puede con ello.

No era una petición. Era una orden envuelta en miel. Jimena obedeció en silencio. Agarró el borde tallado, tibio por el sol de la ventana. Máximo se colocó enfrente; la pesada mirada de él la examinaba. Esperaba que protestara, que dijera que pesaba demasiado. Ella no dijo nada.

Empujaron el mueble. Las patas rascaron el parqué. Jimena tensó los músculos, los dedos mordiendo la madera. Lo movía en silencio, con el aliento firme, la cara tranquila. Lo arrastraron por toda la habitación.

—¡Para! —ordenó Pilar cuando el aparador estaba a un centímetro de la pared. Entornó los ojos, inclinando la cabeza como una artista que valora su pincelada—. No… no me convence. Volved a dejarlo donde estaba. Un poco más a la izquierda que antes.

Máximo soltó una risita. Miró a Jimena con triunfo. Ahí estaba: trabajo absurdo, humillante. Pero la cara de Jimena no se movió. Asintió y volvió a agarrar la madera fría. Lo llevaron al sitio original. Luego, a la orden, lo arrastraron otra vez. Y otra. Pilar disfrutaba. Era la directora de aquel teatro del absurdo, y a Jimena le había adjudicado el papel de esclava dócil.

—Jimena, cielo, pasa un trapo por aquí, debajo de las patas, anda —dijo, cuando el aparador se quedó por cuarta vez en mitad del salón—. Yo mientras pongo el café.

Era el siguiente acto: la humillación. Jimena la miró, miró a Máximo. Él estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados, observando. En sus ojos brillaba un placer limpio, sin mezcla. Jimena cogió el trapo húmedo que le ofrecía su suegra y se arrodilló en el parqué viejo, que crujió bajo sus rodillas. No sentía dolor ni vergüenza. Sentía cómo se le endurecía el acero por dentro. Fue limpiando centímetro a centímetro el suelo donde había estado el mueble, consciente de las dos miradas que esperaban verla quebrarse, esperaban sus lágrimas. No llegaron.

Terminó, se levantó, llevó el trapo a la cocina. Cuando volvió, Pilar la miraba sin sombra de sonrisa. En sus ojos había una rabia fría, desnuda. No había conseguido lo que quería. La función se había hundido; la actriz no había dado las emociones pedidas.

—Escúchame bien, niña —la voz de la suegra perdió toda la dulzura y se volvió dura y chirriante, como un gozne sin engrasar—. Esas dos tablas del parqué. ¿Las ves? Están un poco levantadas. Me molestan. Coge un martillo y clávalas. Ahora mismo.

Aquella frase, dicha con desprecio glacial, fue la última pieza del puzle. Ya estaba todo claro. No era una mudanza, ni una limpieza. Era un rito de iniciación a la esclavitud. Jimena levantó los ojos. En la mirada de Pilar ya no quedaba miel ni rabia. Solo la seguridad vacía, fría, de quien cree que su poder es indiscutible. La miraba como se mira a un objeto cuya función es obedecer.

Jimena asintió. Un movimiento corto, casi invisible.

—¿Dónde está? —preguntó con la misma voz neutra.

—En el trastero, en la caja de herramientas —solté Máximo, sin despegarse de la pared. Ya estaba saboreando la estampa: su mujer joven y guapa, de rodillas y con un martillo en la mano, clavando el parqué en casa de su madre. El punto final perfecto.

Jimena fue al recibidor. El trastero era un armario pequeño, atestado de trastos viejos que olían a naftalina y a polvo. Encontró la caja de herramientas roja. La abrió. Todo estaba mezclado: alicates oxidados, destornilladores de mango roto, cinta aislante. Y el martillo. Viejo, pesado, con la cabeza de hierro y el mango de madera gastado por los años. Lo cogió. Era agradablemente pesado, y su peso se le acomodó en la palma como una verdad de toda la vida. Apretó el mango, sintiendo cada marca en la madera. Era lo único real en aquel mundo de dulzura falsa y crueldad disfrazada.

Volvió al salón. Máximo sonrió satisfecho al verla con el martillo. Pilar esperaba en la postura de un juez, con los brazos cruzados. Esperaban verla hincarse de rodillas. Jimena avanzó unos pasos; los tacones marcaban el parqué. Se detuvo en el centro de la habitación, miró las dos tablas levantadas. Luego, despacio, muy despacio, levantó la cabeza.

Su mirada pasó de largo por Máximo, por su madre. Se posó en la pared de enfrente. En el altar de aquella casa. Bajo sus cristales, en filas perfectas, colgaba la vida de Pilar Sancha: su título de secretariado, el diploma de la empresa, el reconocimiento de la asociación de vecinos, varias fotografías descoloridas donde ella, joven y severa, estrechaba la mano de un concejal. Todo enmarcado en madera oscura, como una exposición de méritos. El iconostasio de la madre.

—¿Qué haces? —la voz de Máximo sonó menos segura. Había visto hacia dónde miraba.

Jimena no contestó. Dio tres pasos, los que la separaban de la pared. Se detuvo ante aquel memorial de vanidad. Luego, con la misma expresión tranquila y ausente, levantó el martillo. No fue un gesto brusco ni rabioso. Fue un movimiento lento, medido, casi elegante.

Y descargó el golpe.

Lo primero que se hizo añicos fue el título. El sonido del cristal al romperse fue ensordecedor en aquella atmósfera tensa. Pero no se detuvo. El segundo golpe cayó sobre el diploma. El marco se agrietó y los cristales saltaron en pedazos brillantes por el suelo. Tercer golpe. Cuarto. No destrozaba a ciegas. Actuaba como un cirujano: golpe tras golpe, iba aniquilando cada pieza, cada símbolo de la grandeza de Pilar. No rompía cristal y madera: rompía el mito. Profanaba el altar ante sus propios ojos.

—¡Para! —chilló Pilar, con la cara torcida por el horror y la incredulidad.

Máximo dio un paso hacia Jimena, pero se quedó a medio camino, como si le hubiera dado una descarga. Miraba los fragmentos, los cartones rotos, las fotografías destrozadas. Veía su mundo, su sistema de coordenadas donde su madre era una diosa, derrumbarse bajo el martillo de su mujer. Estaba paralizado por la blasfemia.

Cuando el último marco cayó, Jimena bajó el brazo. Contempló el resultado: un montón de basura miserable al pie de la pared. Luego abrió la mano y el martillo cayó al suelo con un golpe sordo.

Se giró.

Ellos seguían allí, mirándola. En sus caras no había ira. Había algo peor: una incomprensión total, aturdida. Como si delante de ellos no hubiera un ser humano, sino una fuerza desconocida que acababa de arrasar su ciudad. Jimena miró a Máximo a los ojos, después a su madre. Había cumplido su misión. No se había limitado a no besarle los pies: había hecho añicos a martillazos el pedestal donde se alzaba su diosa.

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—¡Besarás los pies de mi madre! ¿Entendida? Ella ahora es tu dueña, tu señora y tu diosa personal! ¡Y si te resistes, te… en la ba…
¿A quién le sirves? Clara, sin dientes, estéril y sin hijosClara, perdida entre los ecos de un pasado olvidado, descubrió en el espejo del viejo convento la clave para romper la maldición que la había aprisionado durante siglos.