Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, anuncié con calma que me iba a casar. Mamá rompió a llorar de alegría y sus ojos se iluminaron con una calidez que no veía desde hacía mucho tiempo. Enseguida se puso a hablar de qué había que preparar y de cómo organizarlo todo mejor. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió en silencio de la casa a la calle. Esa noche no volvió a la habitación.

Aún recuerdo la tienda del pueblo, a la que todos llamábamos el ultramarinos. Los niños del lugar solían aparecerse por allí para comprar caramelos o galletas. A mí casi nunca me caía dinero para esos caprichos. De ordinario, mi madre me daba unos céntimos a escondidas de Esteban Herrera, el hombre al que yo creía mi padre.

Antes de entrar en la tienda, una vecina mía se asomaba al escaparate para ver si Esteban estaba dentro. Si lo veía sentado junto al mostrador, yo me daba la vuelta y me iba a casa, porque sabía que se iba a enfadar conmigo. Pero si en su lugar estaba el tío Manolo, es decir, Manuel Aguado, nuestro viejo vecino, todo cambiaba.

Manolo me veía nada más cruzar la puerta, me sonreía con una franqueza que hoy recuerdo perfectamente y le pedía a Pilar Sáenz, la dependienta, que me diera el chocolate más grande que hubiera en el establecimiento. Siempre repetía que él pagaba la cuenta, y sacaba su cartera sin rechistar.

Una vez, Pilar le preguntó por qué les compraba tantas golosinas al hijo de Rocío mientras que a los demás niños les pesaba apenas cien gramos de caramelos corrientes. El tío Manolo se encogió de hombros y dijo que le daba pena el chaval, que rara vez veía semejantes regalos. La dependienta no añadió nada, porque lo único que de verdad le importaba era la recaudación del día.

En casa nunca reinaba la paz de verdad. Esteban no me quería, y yo lo sabía desde muy pequeño. Podía enfadarse por cualquier tontería: los zapatos mal puestos, un plato mal fregado o, sencillamente, por la manera en que yo lo miraba. Cuando empezaba a alzar la voz, mi madre, Rocío Serrano, se ponía en medio. Me tapaba con su cuerpo y le suplicaba que se calmara, que no tocara a la criatura. Entonces Esteban se irritaba todavía más y soltaba que ella había metido en su casa a saber quién y que encima se atrevía a contradecir su palabra. Yo no entendía muchas de aquellas expresiones, pero me moría de miedo por ella.

De la belleza de mi madre solo quedaban algunas fotografías antiguas que guardaba en una caja de madera en el fondo del armario. En esas fotos sonreía y tenía el rostro fresco y luminoso. A su edad, muchas mujeres del pueblo seguían estupendas, pero ella se marchitó demasiado pronto. La culpa la tuvo su vida de casada.

Esteban encontraba un motivo de disgusto hasta cuando todo estaba hecho a la perfección. Por el pueblo se preguntaban qué demonios le faltaba a aquel hombre. Tenía una hacienda grande y cuidada, una casa sólida y el patio muy arreglado. Yo sacaba solo sobresalientes, me portaba muy bien y meses más tarde entré sin ninguna dificultad en la universidad de la capital de la provincia. Mi madre jamás le llevaba la contraria; obedecía en silencio todas sus órdenes para no provocar otra trifulca.

Cuando por fin me marché a estudiar, sentí un alivio enorme. Aun así, en la ciudad no dejaba de pensar en mi madre, que se quedaba allí completamente sola. En las pocas llamadas de teléfono, o cuando iba algún fin de semana, le preguntaba seguido por qué Esteban se portaba así con nosotros. Le decía claramente que yo no sentía de él ni una gota de amor, y que me parecía que a ella tampoco la quería. Ella solo bajaba la vista, intentaba esquivar el tema y respondía que Esteban tenía un carácter complicado, que había que acostumbrarse y que con los años aquello cambiaría. Me pedía que no pensara en cosas malas y que me centrara en mis estudios.

Al terminar la carrera, decidí no volver al pueblo. Encontré trabajo de economista en una empresa grande de la capital y me dieron una habitación pequeña en una pensión. Aquel sitio fue mi propio espacio, donde nadie podía darme órdenes. Fue allí donde conocí a Sonsoles Ortega, que también trabajaba en nuestra empresa como recién titulada. Coincidíamos mucho en el trabajo, luego empezamos a comer juntos y a dar paseos por la ciudad cuando acababa el turno.

Al año de tratarnos, le pedí que se casara conmigo. Me sentí increíblemente feliz. Empecé a imaginarme la boda, a Sonsoles con un precioso vestido blanco mientras bailaba, y a mi madre emocionada. Quería creer que, quizá, aquella noticia haría que Esteban cambiara de actitud y mostrara un poco de calor paterno.

El fin de semana siguiente fui al pueblo para contarles mis planes en persona. Cuando nos sentamos a cenar, anuncié con toda la calma del mundo que me casaba. Mi madre se echó a llorar de alegría; los ojos le brillaron con una luz que no le veía desde hacía muchísimo tiempo. Se puso a hablar enseguida de lo que había que preparar y de cómo organizar el enlace. Esteban, en cambio, no dijo nada. Dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó y salió de casa sin hacer ruido. Esa noche no volvió a entrar en la habitación.

Más tarde, a solas en la cocina, mi madre me confesó con un suspiro profundo que Esteban se negaba en redondo a dar dinero para la boda y que no pensaba participar en nada.

Cuando volví a la capital y se lo conté a Sonsoles, me abrazó con fuerza y dijo que no necesitábamos el dinero de nadie, que podíamos organizarlo todo por nuestra cuenta. A mí me daba mucha rabia y también vergüenza delante de sus padres. No dejaba de pensar en lo que opinarían de mi familia al ver que mi padre demostraba así lo que sentía por mí. Al final decidimos celebrar una comida modesta en el comedor de la empresa, invitando solo a los amigos más cercanos y a los parientes de Sonsoles. Esteban no apareció. A los invitados que preguntaban por él, mi madre les respondió con brevedad que había enfermado de repente y que no había podido aguantar el viaje.

Justo antes del banquete, estábamos en una habitación aparte. Mi madre ayudaba a Sonsoles a ajustarse el velo. Le temblaban mucho las manos y tenía los ojos llenos de lágrimas. Me miró con una tristeza tan honda que me hizo sentir mal. Musitó en voz baja que tenía un pecado muy grande contra mí y me pidió que la perdonara por todo. Yo pensé que solo estaba angustiada por la ausencia de Esteban y por lo sencilla que resultaba nuestra boda. La abracé, le pedí que no se preocupara y le dije que la ausencia de Esteban quedaba en su conciencia, y que Sonsoles y yo seríamos felices igualmente. Ella asintió, pero permaneció pálida y desanimada toda la tarde.

Después de mi boda, mi madre empezó a venirse abajo. Perdió mucho peso, se movía despacio y se quejaba cada vez más de cansancio. Vino varias veces a la capital, se sentaba largo rato en mi cocina, iniciaba una conversación importante y se detenía a media frase, sin atreverse a decir lo esencial. No le dio tiempo a hacerlo.

En su entierro, Esteban se comportó de un modo extraño. No mostró ninguna emoción, no derramó una lágrima y no habló con los vecinos. Me dolía muchísimo ver aquella frialdad. Cuando volvimos a la casa vacía para recoger mis cosas, me detuvo en el umbral. Me miró con sus ojos duros y me espetó que, ahora que mi madre no estaba, en aquella casa no me esperaba nadie y que yo no tenía nada que hacer allí. Aquellas palabras pusieron el punto final a nuestra relación.

Pasaron los años. Sonsoles y yo formamos una familia sólida y tuvimos dos hijos maravillosos. Hace poco conseguimos una casa nueva y la vida siguió su curso con armonía y tranquilidad. Pero nunca olvidé a mi madre. Iba con frecuencia al pueblo a visitar su tumba, a llevar flores y a quedarme un rato junto a ella. Cada vez que pasaba por delante de nuestra antigua casa, veía a Esteban ocupado en el patio, pero jamás me detenía. Aquella casa se había vuelto totalmente ajena para mí. Pensaba a menudo que cualquier otro hombre, en su lugar, se habría alegrado de los logros de su hijo, se habría sentido orgulloso de sus nietos y habría esperado las visitas. Menos él.

El otoño pasado volví al cementerio. El día era frío y el cielo estaba cubierto de nubes grises. Desde lejos vi a un hombre de pie junto al monumento de mi madre, haciendo algo. Al pronto pensé que podía ser Esteban, y el corazón se me encogió. Pero al acercarme reconocí a nuestro antiguo vecino, Manuel Aguado, el tío Manolo. Llevaba una chaqueta vieja de abrigo y arrancaba con esmero las flores secas que la primera helada ya había dañado.

— Buenos días, tío Manolo — lo saludé con tranquilidad, deteniéndome junto a la verja. — No esperaba encontrarlo aquí. ¿Ha venido a ayudar con la limpieza?

El hombre se enderezó despacio, se llevó las manos a la cintura y soltó un suspiro cansado. Tenía la cara llena de arrugas y la mirada muy fatigada.

— Hola, chaval — respondió con voz ronca, usando mi antiguo apodo de niño. — Ya ves, he decidido echar una mano, porque esto con las flores secas tiene mal aspecto. Conviene dejarlo en orden antes de que la tierra se congele del todo.

— No soy ningún chaval — sonreí bajito, tratando de seguir una conversación sin importancia. — Mi hija mayor ya se quiere casar; pronto celebraremos la boda. El tiempo pasa volando.

— Sí, vuela — asintió él, y se frotó otra vez la espalda. — Ay, con esta espalda últimamente no doy abasto. No la aguanto, sobre todo cuando el tiempo anda cambiando. Ahora, con estas nubes, seguro que nieva antes de que caiga la noche.

El tío Manolo tosió un par de veces con un sonido seco, bajó la vista al suelo y volvió a mirarme. De pronto su expresión se volvió muy seria, casi tensa. Se movió de un pie al otro, se limpió las manos en los pantalones de faena y se acercó a mí.

— Sabes, Javier — empezó, y me desconcertó que me llamara por mi nombre completo. — Hace mucho tiempo hice una promesa firme a una persona: que jamás abriría la boca, que me callaría para siempre. He callado durante años. Pero ahora que Rocío ya no está en este mundo, y que mis propios días también se acaban, siento que ya no puedo seguir con este peso dentro. Necesito confesarme ante ti para que por fin sepas la verdad. Tienes todo el derecho a saber por qué Esteban se portó así contigo y con tu madre todos estos años. Él no es tu padre biológico.

Aquellas palabras llegaron tan de repente que al principio no las comprendí. Me quedé de pie mirando al anciano, mientras por dentro sentía que todo se me helaba.

El tío Manolo siguió hablando, con la voz sorda y sin demasiado énfasis, como quien cuenta una historia más del pasado. Me contó que, de jóvenes, él y mi madre se habían querido muchísimo. Rocío vivía entonces en el llamado barrio rico del pueblo, donde solo los propietarios más acomodados construían sus casas. Su familia era muy orgullosa; miraban con desprecio a los vecinos más pobres y soñaban con buscarle a su hija un novio respetable y adinerado. Mi madre tenía mucho miedo de sus padres y mantuvo la relación con Manolo en el más estricto secreto. Ni su mejor amiga sabía que se veían a escondidas. En el pueblo entero se preguntaban por qué aquella muchacha que trabajaba en las oficinas municipales desairara a todos los mozos. Todos creían que esperaba a algún pretendiente de la ciudad.

La verdad se descubrió cuando mi madre se dio cuenta de que iba a tener un hijo con Manolo. Al confesárselo a sus padres, se armó un escándalo de mucho cuidado. La madre de Rocío llegó a tal desesperación que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de no permitir la boda con un vecino pobre. Se puso a buscar con urgencia un hombre que aceptara casarse con Rocío y hacerse cargo de una criatura ajena. El padre de Rocío apoyó del todo a su mujer: darían cualquier dote, se desprenderían de dinero y propiedades, pero Manolo jamás cruzaría el umbral de su casa.

Su elección recayó en Esteban. Era bastante mayor que mi madre, de carácter sombrío, pero muy práctico y amigo del dinero. Cuando le propusieron una buena cantidad de dinero y una mujer nueva a cargo a cambio de silencio y matrimonio, aceptó sin dudarlo. Eso sí, puso una condición muy dura: no viviría en el mismo patio que los suegros. Así que los padres de Rocío tuvieron que dejar su casa recién construida a los novios y mudarse ellos a un caserón viejo y abandonado en el otro extremo del pueblo.

Para todo el pueblo fue una conmoción. Nadie entendía por qué aquella joven guapa se casaba con un hombre antipático y bronco, de quien no se podía sacar una palabra. El tío Manolo recordó que el día de la boda estuvo lloviendo desde muy temprano un agua fría, y que aquello fue la prueba más dura de su vida. Esteban, desde el primer día de convivencia, dejó bien a las claras lo que sentía. No quería a Rocío, y cuando nací yo, su irritación aumentó. Mi madre tampoco se perdonó su propia debilidad. No quería a su marido y se culpaba por no haber defendido su verdadero amor. Además, no quiso tener más hijos con Esteban, porque tenía miedo de que salieran con su mismo carácter.

Al cabo del tiempo, Manolo también tuvo que formar su propia familia. Se casó con una mujer que traía un niño de un matrimonio anterior, lo crio como si fuera suyo y después tuvieron otro hijo. Intentó llevar una vida normal, pero siempre que me veía por la calle o en la puerta de la tienda, sentía un dolor profundo. Sabía muy bien que su hijo crecía en un ambiente de desamor y no podía cambiarlo. Lo único que le quedaba era comprarme a escondidas aquella tableta de chocolate en el ultramarinos, para mostrar a su manera que le importaba. Los padres de Rocío le habían advertido con dureza: si alguna vez se acercaba a mí o contaba la verdad, se quedaría sin casa.

— Esa es la historia, Javier — terminó Manolo en voz baja, con un suspiro pesado. — Ahora ya sabes cómo fueron las cosas de verdad.

Me quedé completamente aturdido. No lograba asimilar unos hechos que cambiaban de raíz la imagen de mi infancia y de mi familia. De repente entendí por qué Esteban no me quería, por qué mi madre temblaba ante él y por qué me había pedido perdón la víspera de mi boda.

— Te pido solo que no juzgues demasiado a tu madre — añadió en voz baja, ajustándose la gorra. — Ella lo pasó muy mal.

El hombre se giró despacio y echó a andar por el sendero estrecho. Se detuvo casi en la salida, levantó un instante la cabeza hacia el cielo oscuro de otoño, donde ya empezaban a asomar los primeros copos de nieve, murmuró algo para sí, se santiguó ante el viejo portón y luego tomó el camino hacia el pueblo, dejándome a solas con mis pensamientos y con el recuerdo de mi madre.

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Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, anuncié con calma que me iba a casar. Mamá rompió a llorar de alegría y sus ojos se iluminaron con una calidez que no veía desde hacía mucho tiempo. Enseguida se puso a hablar de qué había que preparar y de cómo organizarlo todo mejor. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió en silencio de la casa a la calle. Esa noche no volvió a la habitación.
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