Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, anuncié con toda tranquilidad que me iba a casar. Mamá se echó a llorar de alegría en ese momento, con los ojos llenos de un calor que no veía en ella desde hacía muchísimo tiempo, y enseguida empezó a hablar de qué preparar y de cómo organizarlo todo. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió de casa a la calle en silencio. No volvió a entrar en la habitación en toda la noche.

Recuerdo el economato del pueblo, una tienda de ultramarinos con olor a pan y anís, que todos llamábamos simplemente el bar. Los niños del lugar nos acercábamos a comprar caramelos o galletas. A mí casi nunca me tocaba dinero: mi madre me deslizaba unas pesetas a escondidas de Serafín.

Antes de entrar, mi amiga, la vecina, miraba primero por el escaparate. Comprobaba si Serafín estaba dentro. Si estaba sentado junto al mostrador, yo me daba la vuelta y me iba a casa, porque sabía que mi presencia le irritaba. Pero si en su lugar estaba don Joaquín, nuestro vecino, todo cambiaba.

Él me veía desde el umbral, me sonreía con una luz extraña y le pedía a Remedios, la dependienta, que me diera la tableta de chocolate más grande que hubiera. Don Joaquín siempre decía que él pagaba, y sacaba la cartera con una calma de sueño. Remedios le preguntó una vez por qué le compraba aquellos caprichos a la hija de Consuelo, si a los otros chiquillos solo les pesaba cien gramos de caramelos sueltos. Él se encogió de hombros y dijo que le daba lástima una criatura que rara vez probaba esas cosas. Remedios no respondió, porque para ella lo importante era la recaudación del día.

En nuestra casa nunca se instaló la paz. Serafín no me quería; lo supe antes de saber qué era el odio. Podía enfurecerse por cualquier tontería, por un zapato mal colocado, por un plato mal fregado, incluso por mi manera de mirarle. Cuando levantaba la voz, mi madre se ponía delante y me cubría con su cuerpo. Le pedía que se calmara, que no tocara a la niña. Entonces él se volvía más oscuro y decía que ella había metido en su casa a un ser desconocido, y que encima osaba llevarle la contraria. Yo no entendía el significado de todas aquellas palabras, pero entendía que mi madre estaba temblando.

La belleza de mi madre se había quedado atrapada en unas cuantas fotografías viejas, dentro de una caja de madera, en el fondo del armario. En aquellas fotos sonreía con una frescura de antes de la culpa. Otras mujeres de su edad seguían hermosas, pero mi madre se marchitó pronto, como una flor a la que le quitan la luz. La causa era la vida familiar, esa lenta enfermedad que se disimula con silencio.

Serafín encontraba motivos para el enfado incluso cuando todo estaba bien. Los vecinos se preguntaban entre ellos qué le faltaba a aquel hombre. Tenía una casa grande, un huerto cuidado, un patio ordenado. Yo estudiaba con sobresalientes, me portaba como una niña modelo y entré sin dificultad en la universidad de Salamanca. Mi madre no le contradecía nunca; obedecía en silencio, como si caminara de puntillas para no despertar a la fiera.

Cuando por fin me fui a estudiar, sentí un alivio enorme, como si me hubieran quitado un peso del pecho. Pero en la ciudad no podía dejar de pensar en mi madre, que se quedaba sola con aquel hombre. En las llamadas o en los fines de semana le preguntaba por qué Serafín se portaba tan mal con nosotras. Le decía que no sentía por él ni una gota de cariño, y que me daba la sensación de que tampoco la quería a ella. Ella bajaba los ojos, cambiaba de conversación y decía que Serafín tenía un carácter difícil, pero que con los años todo se arreglaría. Me pedía que no pensara en cosas malas y que me centrara en los estudios.

Terminé la carrera y decidí no volver al pueblo. Encontré trabajo de economista en una empresa grande de Salamanca. Me dieron una habitación en una casa de huéspedes, y aquel cuarto era mi reino, un lugar donde nadie podía darme órdenes. Allí conocí a Javier, un joven licenciado que trabajaba en la misma oficina. Nos cruzábamos por los pasillos, luego empezamos a comer juntos y después a pasear por la ciudad cuando acababa la jornada.

Cuando al año de conocernos Javier me pidió que me casara con él, me sentí enormemente feliz. Imaginé la boda, el vestido blanco, el baile, la cara de mi madre. Quise creer que aquella noticia, al menos, ablandaría el corazón de Serafín.

El fin de semana siguiente fui al pueblo para contarles mis planes. Durante la cena, anuncié con calma que me casaba. Mi madre se echó a llorar de alegría, con los ojos brillantes, de un modo que no veía desde hacía años. Empezó a hablar de preparativos, de cómo organizar todo. Serafín no dijo una palabra. Dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó y salió a la calle. No volvió en toda la noche.

Más tarde, cuando mi madre y yo nos quedamos solas en la cocina, me confesó con un suspiro que Serafín se negaba a dar dinero para la boda y que no pensaba participar.

Cuando volví a la ciudad y se lo conté a Javier, él me abrazó y me dijo que no necesitábamos el dinero de nadie, que podíamos organizarlo todo nosotros mismos. Me daba mucha vergüenza pensar en sus padres, en lo que pudieran opinar de mi familia. Al final preparamos una comida sencilla en el comedor de la empresa, con los amigos más cercanos y la familia de Javier. Mi padre no apareció. Mi madre dijo a quienes preguntaban que se había puesto enfermo y que no había podido viajar.

Antes de la celebración, en una habitación aparte, mi madre me arreglaba el velo. Tenía las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas. Me miró con una tristeza tan profunda que me sentí incómoda. Me susurró que tenía sobre su conciencia un pecado muy grande y me pidió que la perdonara. Yo entonces pensé que solo era la angustia por la ausencia de Serafín y por la modestia de la fiesta. La abracé y le dije que no se preocupara, que la ausencia de Serafín quedaba en su conciencia y que Javier y yo seríamos felices. Ella asintió, pero se quedó pálida y apagada durante toda la noche.

Después de mi boda, mi madre empezó a apagarse. Perdía peso, se movía despacio, se quejaba de un cansancio que no se le iba con nada. Venía a verme a la ciudad, se sentaba en la cocina, comenzaba una conversación importante, pero se detenía a mitad de una frase, sin atreverse a decir lo principal. Nunca le dio tiempo a hacerlo.

En el entierro, Serafín se portó de un modo extraño. No tenía ninguna expresión en la cara, no derramó una sola lágrima, no habló con ninguno de los vecinos. Me dolió muchísimo aquel frío. Cuando después del cementerio volvimos a la casa vacía para recoger mis cosas, me detuvo en el umbral. Me miró con sus ojos duros y me dijo que, ahora que ya no estaba mi madre, allí no me esperaba nadie, y que yo no tenía nada que hacer en esa casa. Aquellas palabras fueron el final de todo.

Pasaron los años. Javier y yo formamos una familia fuerte, tuvimos dos hijos maravillosos. Estrenamos una casa nueva y la vida fue tranquila y ordenada. Pero yo nunca olvidé a mi madre. Iba con frecuencia al pueblo, llevaba flores a su tumba y me quedaba un rato junto a ella. Al pasar por delante de la antigua casa, veía a Serafín en el patio, pero nunca me detenía. Aquella casa se me había vuelto extranjera. Pensaba que cualquier otro hombre se habría alegrado de los éxitos de su hija, habría presumido de nietos, habría esperado las visitas. Serafín no.

El otoño pasado volví al cementerio. Hacía frío, el cielo estaba gris y las nubes parecían de plomo. Desde lejos vi a un hombre de pie junto al monumento de mi madre, haciendo algo. Lo primero que pensé es que podía ser Serafín, y se me encogió el corazón. Pero al acercarme reconocí a don Joaquín, nuestro vecino. Llevaba una chaqueta vieja y arrancaba con cuidado las flores secas que ya había matado la helada.

—Buenos días, don Joaquín —le dije, deteniéndome junto a la verja—. No esperaba verle aquí. ¿Ha venido a arreglar la tumba?

El hombre se enderezó despacio, se apoyó las manos en la espalda y suspiró. Tenía la cara llena de arrugas y la mirada cansada.

—Hola, pitusa —respondió con voz ronca, usando mi antiguo apodo de infancia—. Ya ves, he querido echar una mano, porque lo seco ya está afeando. Hay que dejar esto en orden antes de que la tierra se cierre del todo.

—Ya no soy ninguna pitusa —sonreí bajito, queriendo mantener la conversación sencilla—. Mi hija mayor se va a casar, pronto tendremos boda. El tiempo vuela.

—Sí, vuela —asintió, y se frotó la espalda—. Ay, cómo me duele la espalda últimamente. Sobre todo cuando el tiempo cambia. Con estas nubes, seguro que nieva antes de la noche.

Don Joaquín tosió un par de veces, miró al suelo y luego me miró a mí. Sus ojos se volvieron serios, tensos. Se limpió las manos en los pantalones de trabajo y se acercó.

—Sabes, Covadonga —empezó, y el hecho de que me llamara por mi nombre completo me hizo sentir rara—. Hace mucho tiempo le prometí a una persona que nunca abriría la boca, que me mordería la lengua. He callado durante muchos años. Pero ahora que Consuelo ya no está, y que mis propios días se acaban, siento que ya no puedo cargar más este peso. Necesito confesarte la verdad. Tienes todo el derecho a saber por qué Serafín se portó así contigo y con tu madre todo este tiempo. Serafín no es tu padre.

Aquellas palabras llegaron tan de pronto que al principio no entendí su sentido. Me quedé mirándolo, con una sensación de frío que me subía desde los pies.

Don Joaquín siguió hablando. Su voz era hueca, sin emoción, como si contara una historia cualquiera del pasado. Me contó que en su juventud él y mi madre, Consuelo, se habían querido muchísimo. Mi madre vivía en el barrio alto del pueblo, donde solo construían los ricos. Su familia era orgullosa, despreciaba a los pobres y soñaba con un buen partido para su hija. Consuelo temía a sus padres, así que escondió su relación con Joaquín. Ni siquiera su mejor amiga sabía que se veían en secreto. El pueblo entero se preguntaba por qué la muchacha que trabajaba en el ayuntamiento rechazaba a todos los mozos, y creían que esperaba a un pretendiente de la capital.

La verdad salió a la luz cuando mi madre supo que iba a tener un hijo. Se lo contó a sus padres y se armó un escándalo tremendo. Su madre, desesperada, estaba dispuesta a lo que fuera para evitar la boda con un vecino pobre. Buscó a un hombre que aceptara casarse deprisa con Consuelo y criar a un hijo ajeno. El padre de mi madre la apoyó: estaban dispuestos a pagar cualquier dote, cualquier dinero, cualquier tierra, pero Joaquín nunca cruzaría el umbral de su casa.

La elección recayó en Serafín. Era bastante mayor que mi madre, tenía un carácter hosco, pero era práctico y muy aficionado al dinero. Cuando le ofrecieron un buen fajo de pesetas y una mujer que llevara su casa a cambio de silencio y matrimonio, aceptó. Pero puso una condición: no viviría con los suegros. Así que los padres de Consuelo tuvieron que dejarles su casa nueva a los novios y mudarse a otra casa vieja, en las afueras del pueblo.

Para todo el pueblo fue una sorpresa. Nadie entendía por qué una muchacha tan guapa se casaba con un hombre tan seco y huraño. Don Joaquín recordó que el día de la boda llovió desde muy temprano, y que aquella lluvia fría fue la prueba más dura de su vida. Serafín dejó claro desde el primer día que no quería a mi madre. Cuando nací yo, su rencor creció todavía más. Mi madre tampoco llegó a quererlo nunca; no se perdonaba haber sido débil y se culpaba por no haber defendido su verdadero amor. No quiso tener más hijos con Serafín, por miedo a que heredaran aquel genio.

Con el tiempo, don Joaquín también tuvo que formar su propia familia. Se casó con una mujer que tenía un niño de otro matrimonio, lo crió como si fuera suyo, y después nació otro hijo. Intentó vivir una vida normal, pero cada vez que me veía por la calle o en la tienda sentía un dolor profundo. Sabía que su hija crecía en una casa sin cariño y no podía hacer nada por cambiarlo. Lo único que pudo hacer fue comprarme en secreto aquella chocolatina en el economato, para mostrarme de algún modo su cuidado. Los padres de Consuelo lo habían amenazado con quitarle su casa si se acercaba a mí o contaba la verdad.

—Esta es la historia, Covadonga —terminó don Joaquín con un suspiro—. Ahora ya sabes todo.

Me quedé allí, aturdida. Todo aquello cambiaba mi infancia, mi familia, mi memoria. Comprendí por qué Serafín me había mirado siempre con tanto odio, por qué mi madre temblaba delante de él y por qué me pidió perdón antes de la boda.

—No juzgues a tu madre con demasiada dureza —añadió en voz baja, ajustándose la gorra—. Ella lo pasó muy mal.

Don Joaquín se giró despacio y echó a andar por el sendero estrecho. Se detuvo junto al portón, alzó la cabeza hacia el cielo oscuro, donde ya empezaban a caer los primeros copos de nieve, murmuró algo para sus adentros y se santiguó. Después se alejó hacia el pueblo y me dejó sola con mis pensamientos y con la memoria de mi madre.

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Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, anuncié con toda tranquilidad que me iba a casar. Mamá se echó a llorar de alegría en ese momento, con los ojos llenos de un calor que no veía en ella desde hacía muchísimo tiempo, y enseguida empezó a hablar de qué preparar y de cómo organizarlo todo. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió de casa a la calle en silencio. No volvió a entrar en la habitación en toda la noche.
—¿Eres una fábrica de niños? ¿Cuántos más piensas tener? —La madre de mi marido me lo soltó con una mueca de desprecio.