Noche de mayo
Canelo duerme junto al radiador. Respira tan tranquilo que me dan ganas de no moverme para no romper esta calma. Quiero dejar escrito lo que pasó, porque hay cosas que solo se entienden cuando se cuentan, y yo necesito entender esta.
No estaba en la tienda, pero en este barrio las cosas se saben, y lo que no se sabe se adivina. Antes de que yo lo encontrara, un hombre eligió a este cachorro como quien busca un regalo para toda la vida. La mujer que le enseñó la camada sonrió. Él se ajustó la chaqueta gris de mangas gastadas y dijo que su hijo llevaba mucho tiempo pidiendo un perro. Después llenó una bolsa transparente de pienso, bajó de la estantería una correa con la empuñadura acolchada y puso en el mostrador un cuenco de acero inoxidable. No preguntó el precio. El cachorro era de color canela, con una oreja más alta que la otra, de unos tres meses. Cuando el hombre lo levantó, el perro le enterró el hocico en la palma de la mano y se quedó quieto, como si ya supiera que las manos pueden ser un sitio donde vivir.
Gonzalo Márquez lo apretó contra el pecho, con la bolsa colgando de la otra mano, y la puerta se cerró a su espalda.
En su casa esperaba Pablito, sentado en el sofá. Siete años, rodillas con raspones curados y remolinos rubios que apuntaban a cualquier lado. Cuando su padre entró con aquel bulto, el niño no chilló. Se dejó caer al suelo, se puso en cuclillas y estiró los dedos. El cachorro le olió la mano. Luego se la lamió. El niño levantó la cabeza y miró a su padre desde el suelo. En esa mirada había algo que hizo que Lidia se girara en silencio hacia la ventana. Se quedó junto al alféizar, con los hombros un poco levantados, como quien espera que algo se rompa.
Gonzalo preguntó que cómo lo iban a llamar. El hijo contestó bajito, sin apartar los ojos del perro:
—Canelo.
El padre le revolvió el pelo. Lidia no se volvió.
La primera noche fue mala. Canelo lloró en el pasillo, arañó el linóleo, empujó con el hocico la puerta cerrada del dormitorio. Lidia se levantó a las tres y otra vez a las cinco. Recogió el charco con periódicos viejos y el periódico chapoteaba bajo sus pies descalzos, como si todo el pasillo estuviera empapado de algo que todavía no tenía nombre. Gonzalo no se levantó ni una vez.
Por la mañana la cocina olía de otro modo.
—Se acostumbrará —dijo Lidia hacia la nada.
Su marido untaba mantequilla en el pan sin mirarla. El cuchillo raspó la corteza y el cachorro, debajo de la mesa, tembló entero.
Durante el día Pablito se sentaba en el suelo y Canelo se tumbaba a su lado, con el hocico apoyado en la rodilla del niño. El chaval leía en voz alta una cartilla, trabándose con las letras, y el perro escuchaba como si entendiera cada palabra. Las orejas se le movían, primero una, luego la otra. Lidia se quedó en el umbral un rato. Después cerró la puerta con cuidado.
La segunda noche Canelo destrozó unas zapatillas. La tercera volcó la papelera. Gonzalo recogió las pieles de patata del suelo a cuatro patas, con la mandíbula apretada, como si estuviera masticando algo invisible y amargo. Empezó una frase y se cortó. Lidia esperó. No llegó el final.
La discusión fue la quinta noche. Pablito llevaba rato dormido. El reloj de la cocina marcaba las diez menos cuarto. Gonzalo estaba sentado a la mesa, con las mangas de la chaqueta gris remangadas.
—No duermo —dijo.
Lidia estaba junto al fregadero.
—Ten paciencia. Es pequeño.
Él se inclinó hacia delante.
—Lidia. Yo me levanto a las seis. Todos los días. Si este perro…
No terminó. Lidia oyó el final sola. Su mano buscó el trapo, aunque ya tenía los dedos secos. Desde el pasillo llegó un gemido, bajito, de una sola nota. Como si Canelo hubiera olido que hablaban de él.
—El niño lo soñaba —dijo Lidia.
Gonzalo se levantó. La silla chirrió.
—No digo ahora. Digo que, si no cambia nada…
Se fue a la habitación. No cerró de golpe. Encajó la puerta despacio, como un hombre que ya lo tenía decidido y solo había hablado para cumplir.
El sábado por la mañana Pablito se despertó y corrió hacia Canelo, descalzo sobre el linóleo frío. La manta estaba vacía. El cuenco junto a la pared, limpio, sin comida ni agua. La correa con la empuñadura acolchada colgaba de la percha.
El niño miró debajo de la mesa. En el baño. Detrás del armario, donde Canelo escondía la zapatilla mordisqueada. En ninguna parte.
Entró en la cocina.
—Papá, ¿dónde está Canelo?
Gonzalo bebía café. La taza quieta, los dedos sin temblar.
—Se habrá escapado, no sé. Esta mañana la puerta estaba abierta cuando saqué la basura. Y, bueno…
Abrió las manos. Unas palmas anchas, tranquilas. Las mismas en las que el perro había apoyado el hocico con confianza seis días antes.
Pablito se quedó parado. Miró la manta vacía. La correa colgada tan derecha que parecía que nunca la habían tocado. Y se fue a su cuarto.
No lloró. No preguntó otra vez. Solo se fue.
Lidia se quedó en el marco de la puerta, apretándose los dedos contra los labios, como si quisiera atrapar una palabra que había llegado tarde. Detrás de la nevera estaba la bolsa transparente de pienso, medio vacía, con la etiqueta del precio de la tienda de animales.
Esa misma tarde yo volvía del mercado de abastos. Había llovido desde mediodía y el asfalto brillaba como si lo hubieran engrasado. Junto al banco de la parada algo se movía.
Me detuve. Me ajusté la chaqueta de punto color mostaza y me agaché. Llevaba las manos con manchas oscuras de la tierra de los semilleros; a finales de abril, los dedos no se limpian hasta el verano.
Era un perro. Color canela, una oreja más alta que la otra, calado hasta los huesos, pegado a la pata del banco, temblando con un temblor menudo y rápido, como un mecanismo al que le han quitado el interruptor. Junto a él había una bolsa. Transparente, con pienso. Nueva, con la etiqueta.
Me enderecé. Miré alrededor. No había nadie.
La lluvia arreció. Las gotas golpeaban la marquesina como si alguien tocara los dedos con impaciencia. El perro no se escondió, no gimió. Ya no esperaba nada.
Entonces levantó el hocico. La nariz fría, el pelo pegado a las costillas finas. Tenía unos ojos que me dolieron por dentro, y eso que llevaba veinte años sin llorar delante de nadie y no pensaba empezar ahora.
—Vaya, conque tú… —dije despacio, como se habla a los semilleros cuando no hay nadie delante.
Lo levanté con una mano. Con la otra cogí la bolsa. El perro me enterró el hocico en la muñeca y se quedó quieto, igual que se había quedado antes, en otras manos que no supieron sostenerlo. La lluvia resbalaba por la chaqueta, por la bolsa, por el pelo color canela. El autobús no llegó. Ya no me importaba.
En casa lo sequé con una toalla de rayas azules. Se quedó muy quieto en el taburete, mirándome mientras calentaba leche en un cazo de aluminio. El piso estaba en silencio: un cactus en el alféizar, un reloj de péndulo que mi marido arregló un mes antes de morir. Llevaba ocho años viviendo sola. De pronto la leche saltó, las uñas del perro sonaron en las baldosas y la casa ya no estaba en silencio. Estaba en calma. Hay una diferencia enorme.
Canelo bebió del plato. El sonido era tan de hogar que me senté en el suelo al lado del taburete y me quedé allí, escuchándolo.
—Bueno —dije. Esperé. Y otra vez:—Bueno.
A los tres días lo bajé al patio. Le compré una correa en un bazar del barrio por tres euros: de tela, con mosquetón de plástico. A él le daba igual. Iba de un poste a otro, olisqueándolo todo, como si estuviera dibujando el mapa de un mundo nuevo.
En la puerta fumaba Valvanera, la del cuarto. Entornaba los ojos por el sol y el humo subía recto.
—¿Te has hecho con un perro?
Me encogí de hombros.
—Lo encontré. En la parada, el sábado. Bajo la lluvia.
Valvanera dio una calada. Miró al perro, luego a mí.
—¿Canelo? ¿Con la oreja?
Asentí.
—Pues es el de Gonzalo, el del segundo. Se lo compró a su hijo hace una semana. Lidia se lo contó a Nieves, la del tercero, que el perro se había escapado.
Bajó la voz.
—Pero Nieves dice que el sábado por la mañana vio a un hombre con chaqueta gris en la parada. Con una bolsa. Dejó algo junto al banco y se fue. Rápido. Sin mirar atrás.
No dije nada. Canelo estaba sentado a mis pies, mordisqueando el cordón del zapato. Valvanera tiró la colilla a la papelera y se fue.
Me quedé quieta. Luego me agaché, lo levanté y lo apreté contra la chaqueta color mostaza, que olía a tierra y a semillero. No gimió. Solo me puso el hocico en el cuello. Caliente y mojado.
Por la noche, mientras fregaba el plato, vi al niño desde la ventana. Estaba en el patio, junto a los columpios, con los remolinos rubios. No se columpiaba. Miraba el banco donde se sientan las vecinas con los perros pequeños. Se quedó un minuto, quizá dos. Luego se metió las manos en los bolsillos y volvió hacia el portal, despacio.
Canelo dormía junto al radiador, sobre una manta vieja. Tenía una oreja más alta que la otra.
Sequé el plato y dejé el trapo. En algún sitio del segundo piso, una correa con la empuñadura acolchada sigue colgada de la percha. Nueva, de la tienda de animales. Nunca la usaron.
Yo no necesito correa. Hay puertas que se cierran para que el perro parezca que se escapa, y puertas que se abren para que se quede. Ya sé cuál es la mía.
— Teresa Sanz.







