—¿De dónde ha sacado esa foto? —Javier Molina palideció al ver la imagen de su padre desaparecido…
Cuando Javier llegó a casa del trabajo, su madre, Carmen, estaba regando las flores del balcón. Inclinada sobre las macetas colgantes, acariciaba las hojas con cuidado. Tenía una calma especial en la cara.
—Mamá, pareces una abeja —dijo Javier, dejó la chaqueta y le rodeó los hombros con los brazos—. ¿Llevas todo el día de un lado para otro?
—Anda, eso no es trabajo —replicó ella, quitándole importancia con la mano y sonriendo—. Ahí descansa el alma. Mira cómo florece todo. Y con este olor, parece que no estamos en el balcón, sino en el Jardín Botánico.
Se rió bajito, con cariño, como siempre. Javier respiró aquel aroma y no pudo evitar acordarse de cuando vivían en un piso compartido y en la ventana había una única maceta con un kalanchoe mustio.
Muchas cosas habían cambiado desde entonces.
Su madre pasaba ahora mucho tiempo en la casa de campo que él le había regalado por un aniversario. Una casa pequeña, eso sí, con un terreno enorme donde plantar lo que quisiera. En primavera hacía semilleros; en verano, trabajaba en los invernaderos; en otoño, guardaba la cosecha en tarros de conserva. Y en invierno esperaba a que volviera la primavera.
Pero Javier sabía que, aunque sonriera, en sus ojos siempre había una pena callada. Una pena que no desaparecería hasta que se cumpliera su deseo más grande: volver a ver al hombre al que había esperado toda la vida.
Su padre, Antonio Molina, había salido una mañana a trabajar y nunca volvió. Javier tenía entonces cinco años. Su madre contaba que aquel día, como siempre, la había besado en la sien, le había hecho un gesto con la mano a su hijo y le había dicho: «Pórtate bien». Luego se marchó sin saber que sería para siempre.
Presentaron la denuncia en la policía y hubo meses de batidas de búsqueda. Familiares, vecinos, conocidos… todos cuchicheaban: «A lo mejor se fugó», «A lo mejor tiene otra familia», «O le ha pasado algo malo». Solo su madre repetía lo mismo:
—Él no se habría ido así porque sí. No puede volver.
Esa idea no le daba paz a Javier ni siquiera ahora, más de treinta años después. Estaba seguro de que su padre jamás los habría abandonado. Jamás.
Después del instituto, Javier estudió Ingeniería, aunque en secreto le tiraba Periodismo. Pero sabía que tenía que valerse por sí mismo cuanto antes. Su madre trabajaba de auxiliar de enfermería en el hospital, hacía turnos de noche y nunca se quejaba. Aunque los pies le quemaran de tanto estar de pie y tuviera los ojos rojos, solo decía:
—Todo bien, hijo. Ya saldrá. Tú céntrate en la carrera.
Y eso hizo. Pero por las noches rastreaba bases de datos de desaparecidos, revisaba documentos antiguos y escribía en foros. La esperanza no murió; al contrario, se hizo más fuerte, hasta formar parte de él. Se volvió terco. Creció con la idea de que tenía que estar para su madre donde su padre faltaba.
Cuando encontró su primer trabajo bien pagado, saldó todas las deudas, abrió una cuenta de ahorro y, por fin, compró la casa de campo. Entonces le dijo:
—Ya está, mamá. Ahora puedes descansar.
Ella lloró sin disimular las lágrimas. Él la abrazó y le susurró:
—Te lo has ganado mil veces. Gracias por todo.
Javier también soñaba ya con una familia: un hogar que oliera a pan recién hecho y a cocido, con los suyos reunidos los domingos y risas de niños por los pasillos. Pero, hasta entonces, seguía trabajando. Ahorraba y juntaba capital para montar su propio negocio. Tenía manos hábiles y desde siempre le había gustado arreglar cosas.
Sin embargo, en lo más hondo de su corazón ardía un único deseo: encontrar a su padre. Quería que aquel hombre entrara un día en sus vidas y dijera: «Perdonad. No pude volver antes». Y ellos lo entenderían, lo perdonarían y se abrazarían los tres. Entonces todo sería por fin como había debido ser.
A veces, cuando pensaba en su padre, todavía oía su voz. Notaba cómo lo levantaba en brazos y le decía: «¿Qué, mi pequeño héroe, volamos?», antes de volver a cogerlo entre risas.
Aquella noche volvió a soñar con él. Esta vez su padre estaba en la orilla de un río, con un abrigo viejo, llamándolo. Tenía la cara borrosa, como si la viera a través de la niebla, pero los ojos, grises, profundos, conocidos, eran los mismos.
Javier tenía un trabajo estable, pero del sueldo solo no se hace uno rico, y menos cuando uno tiene planes propios. Así que muchas noches trabajaba aparte: arreglaba ordenadores e instalaba domótica. En una noche despachaba dos, a veces tres encargos: una impresora que no respondía, una conexión que se caía, actualizaciones de programas… De eso sabía un rato. Sobre todo, los mayores le tenían simpatía: educado, paciente, nunca pesado. Explicaba las cosas con claridad y no insistía en servicios innecesarios.
Aquel día le llegó un encargo por medio de una conocida: una familia pudiente, de una urbanización cerrada a las afueras de Madrid, con seguridad y acceso solo con identificación. Buscaban a alguien que les configurara la red de casa. El mensaje decía: «Venga después de las seis, por favor. Estará la señora de la casa y le enseñará todo».
Javier llegó puntual. Tras el control de la entrada, se detuvo frente a una casa grande, con columnas blancas y ventanales. Abrió la puerta una joven llamada Jimena Serrano, de unos veinticinco años, menuda y esbelta, con un vestido elegante.
—¿Es usted el técnico? Pase, por favor. Los equipos están en el despacho de mi padre. Está de viaje de negocios, pero quería que hoy quedara todo listo —dijo con una sonrisa amable.
Javier la siguió por un pasillo largo. Olía a perfume caro y todo parecía estéril, casi clínico. En el salón había un piano de cola; en las paredes, cuadros, estanterías y fotos enmarcadas. El despacho era sobrio: madera oscura, un flexo verde, un monitor grande y un sillón de piel.
Javier asintió, sacó las herramientas y se puso a trabajar. Todo fue normal hasta que su mirada se posó en una foto de la pared. Una pareja joven. Ella, con un vestido blanco y flores en el pelo. A su lado, un hombre con traje gris, sonriendo. El tiempo había marcado sus rasgos, pero por dentro Javier oyó una voz clara y rotunda: *Es él. Papá.*
Se levantó, se acercó más y se quedó mirando. Ojos grises, los mismos pómulos, el mismo hoyuelo al sonreír. Inconfundible.
—Perdone… ¿quién es este hombre de la foto? —preguntó vacilante.
Jimena lo miró extrañada.
—Mi padre. ¿Lo conoce?
Javier no sabía qué decir. Se quedó mirando la foto como si viera un fantasma. El corazón le latía tan fuerte que ella tenía que oírlo. Por fin, a duras penas, soltó:
—Creo… tal vez… ¿Podría usted…?
Solo asintió, se dio la vuelta y salió de la casa para siempre, con la certeza de que hay pasados que es mejor no remover.







