Con el tiempo, Pilar Ibáñez aprendió a ver aquel viaje como una lección sobre el azar. Había llegado un día antes que los demás al cumpleaños de su ex suegra, Mercedes Roldán. Apenas se había dejado caer en el asiento del avión, dio un respingo: alguien la había llamado por su nombre.
Sus dedos se aferraron a la correa del bolso mientras hacía cola en la facturación. Para el cumpleaños de su ex suegra quedaba todavía un día, pero Pilar había elegido a propósito el vuelo temprano. Sabía que Javier Salas, como siempre, dejaba todo para última hora; probablemente volaría a la mañana siguiente. Habían pasado tres años desde el divorcio y, durante todo ese tiempo, habían logrado vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una sola vez. Ahora Pilar quería perturbar aquel frágil equilibrio menos que nunca.
Asiento 12A, leyó en el billete. Junto a la ventanilla, como a ella le gustaba. En el avión cogió, como de costumbre, su libro: una novela nueva que había empezado ayer y de la que no podía despegarse. Una historia de amor, traición y perdón. Antes había evitado esas historias, pero el tiempo curaba.
—¿Pilar? —Una voz conocida la hizo estremecerse—. Menuda coincidencia.
Levantó la vista despacio. Javier estaba en el pasillo, con el asa de su maleta en la mano. Tan arreglado como siempre, con su americana gris favorita. Solo en las sienes se le había colado algo de gris que ella no recordaba.
—Tú siempre llegas tarde —se le escapó en lugar de un saludo.
—Y tú siempre planificas todo con antelación —respondió él con una sonrisa y sacó su tarjeta de embarque—. Vaya, 12B.
Pilar sintió que las mejillas le ardían. Tres horas de vuelo junto al hombre del que había huido con tanto cuidado durante todos aquellos años. El destino parecía haberse empeñado en gastarles una broma.
—Podría cambiar de asiento con alguien —ofreció Javier.
—Déjalo —lo interrumpió Pilar—. Somos adultos.
Javier asintió y se sentó a su lado. Su colonia de siempre llegó hasta ella, y aquel olor le golpeó como una puñalada en el centro del pecho. Cuántas veces se había despertado con ese aroma en la nariz.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó él cuando, después del despegue, el silencio se hizo insoportable.
—Bien. He abierto mi propio estudio de yoga —respondió ella con voz serena—. ¿Y tú? ¿Sigues en lo mismo?
—No, me pasé a la consultoría. ¿Recuerdas que siempre había soñado con eso?
Claro que lo recordaba. Y también recordaba las interminables discusiones que habían tenido por eso. Ella había tenido miedo a los cambios; él los había anhelado. Ahora, años después, cada uno había conseguido lo que quería. Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?
—Mamá se alegrará muchísimo de verte —dijo Javier tras una pausa—. Todavía guarda el jarrón de cerámica de Talavera que le regalaste en su último cumpleaños.
—Mercedes siempre fue… —Pilar se detuvo, buscando las palabras adecuadas—. Tan buena conmigo.
—Incluso después del divorcio decía que habías sido la mejor nuera que se podía desear.
Pilar sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Cogió su libro para disimular la emoción.
—¿Qué lees? —preguntó Javier, que miró la portada.
—El tiempo del perdón —respondió ella, y ambos callaron al darse cuenta de la ironía del título.
Pasaron el resto del vuelo en silencio, pero no era un silencio tenso, como una cuerda apretada, sino que casi resultaba cómodo, como antes. Cuando el avión aterrizó en Madrid, Javier la ayudó a bajar su bolsa del compartimento superior.
—¿Compartimos un taxi? —propuso—. Vamos en la misma dirección, de todas formas.
Pilar dudó. Tres años atrás se habían separado convencidos de que no volverían a estar el uno al lado del otro. Y sin embargo, allí estaban, y el mundo no se había acabado.
—De acuerdo —asintió—. Pero vigilo yo el GPS: tú siempre te peleas con la tecnología.
Javier se rió, y aquella risa conocida hizo temblar algo dentro de ella. Quizá había que soltar el pasado para que el presente se volviera más luminoso.
Al salir del avión, comprendió que, por primera vez en mucho tiempo, no lamentaba un encuentro fortuito. Ante ellos quedaba el cumpleaños, una mesa festivamente puesta y las miradas inseguras de los familiares. Pero ahora sabía que lo conseguirían. Al fin y al cabo, siempre lo habían conseguido.
El taxi se abrió paso por las calles de Madrid al atardecer. Pilar, como había prometido, vigiló el trayecto, mientras Javier estaba sentado a su lado, separados solo por una bolsa en el asiento del medio.
—Por aquí a la derecha —dijo Pilar, y Javier no pudo evitar sonreír: ella conocía el camino a casa de sus padres mejor que él mismo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a casa de mamá? —preguntó de repente—. Estuviste nerviosa todo el tiempo.
—¡Claro! —bufó Pilar—. Me cambié de ropa tres veces por los nervios. Quería causar una buena impresión.
—Y entonces te derramaste la sopa por encima.
Los dos se rieron, y por un instante el tiempo pareció detenerse. Pero el taxi se detuvo ante la casa de siempre, y el momento se desvaneció en el anochecer.
Mercedes los recibió en la puerta y levantó las manos sorprendida:
—¿Habéis venido juntos? ¡Qué sorpresa!
—Nos encontramos por casualidad en el avión —se apresuró a explicar Pilar al ver un destello de esperanza en los ojos de su ex suegra.
—¡Entrad, entrad! Pilar, te he preparado tu habitación, la misma de siempre.
Pilar se quedó helada. Su habitación: el dormitorio del primer piso, donde ella y Javier se habían alojado siempre en sus visitas, donde el sol de la mañana dibujaba figuras caprichosas en el papel pintado y desde cuya ventana se veía el viejo manzano.
—Mamá, quizá mejor me quedo en el cuarto de invitados —intentó Javier.
—¡Ni hablar! —cortó Mercedes—. Ahí dormirán mañana los invitados. Pilar se queda en el dormitorio y tú en tu antiguo cuarto. Todo como antes.
Como antes: aquellas palabras resonaron en la mente de Pilar. En realidad, nada era como antes, pero con Mercedes no había quien discutiera, y ninguno de los dos lo intentó.
La velada transcurrió entre los preparativos de la fiesta. Pilar ayudó en la cocina, mientras Javier revisaba unas cajas viejas en el desván, una tarea que su madre llevaba tiempo pidiéndole. Evitaron a propósito quedarse a solas, pero bajo el mismo techo no era fácil.
Esa noche Pilar tardó mucho en conciliar el sueño. La cama le parecía demasiado grande, demasiado vacía. Al otro lado de la pared, en el cuarto de Javier, el suelo crujió: tampoco él conseguía dormir. Reconoció los ruidos: tres pasos hacia la ventana, cuatro hacia atrás. Así había caminado siempre cuando daba vueltas a algo.
De pronto se hizo el silencio. Pilar se giró de lado y miró por la ventana. El manzano susurraba con el viento y, por un momento, le pareció como si los últimos tres años no hubieran existido.







