Almudena había volado un día antes que los demás para el cumpleaños de su exsuegra. Apenas se había dejado caer en el asiento del avión cuando dio un respingo: alguien acababa de llamarla por su nombre.
Los dedos se le aferraron a la correa del bolso mientras hacía cola en la facturación. Para el cumpleaños de Pilar faltaba todavía un día, pero Almudena había elegido a propósito el vuelo temprano. Sabía que Jonás, como siempre, lo dejaría todo para última hora y que probablemente cogería el de la mañana siguiente. Desde la separación habían pasado tres años y, durante todo ese tiempo, habían conseguido vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una vez. Almudena no quería alterar ese equilibrio tan frágil más de lo necesario.
Asiento 12A, repasó en la tarjeta de embarque. Junto a la ventanilla, como le gustaba. Ya en el avión, hizo lo de siempre: sacó un libro, una novela que había empezado ayer y no podía dejar de leer. Una historia de amor, traición y perdón. Antes esquivaba ese tipo de historias, pero el tiempo lo cura todo.
—¿Almudena? —preguntó una voz tan conocida que la hizo estremecerse. Menuda casualidad.
Alzó la vista despacio. Jonás estaba en el pasillo, con el asa de su maleta en la mano. Igual de arreglado que siempre, con su chaqueta gris favorita. Solo en las sienes se le habían colado algunas canas que ella no recordaba.
—Normalmente siempre llegas tarde —se le escapó, en lugar de un saludo.
—Y tú siempre lo planeas todo con antelación —respondió Jonás con una sonrisa y sacó su tarjeta de embarque—. Vaya, 12B.
A Almudena se le encendieron las mejillas. Tres horas de vuelo al lado del hombre al que había evitado a conciencia todos aquellos años. El destino parecía empeñado en gastarles una broma.
—Si quieres, puedo intentar cambiar de sitio con alguien —ofreció Jonás.
—Déjalo —lo interrumpió Almudena—. Somos adultos.
Jonás asintió y se sentó a su lado. Llegó hasta ella su colonia de siempre, y aquel olor le dio una puñalada en mitad del pecho. Cuántas veces se había despertado con ese olor en la nariz.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó él cuando la falta de conversación empezó a pesar tras el despegue.
—Bien. He abierto mi propio estudio de yoga —contestó ella con voz tranquila—. ¿Y tú? ¿Sigues allí?
—No. Me pasé a la consultoría. ¿Te acuerdas de que siempre había soñado con eso?
Claro que se acordaba. Y también de las discusiones eternas por aquel tema: a ella le daba miedo cambiar y él lo anhelaba. Ahora, años después, cada uno había conseguido lo que quería. Entonces, ¿por qué le seguía doliendo tanto el corazón?
—Mamá se va a alegrar muchísimo de verte —dijo Jonás tras una pausa—. Sigue teniendo el jarrón de cerámica que le regalaste por su último cumpleaños.
—Pilar siempre fue… —Almudena se detuvo buscando las palabras justas—. Muy buena conmigo.
—Incluso después del divorcio decía que habías sido la mejor nuera que se podía tener.
A Almudena se le empañaron los ojos. Agarró el libro para disimular.
—¿Qué lees? —Jonás miró la portada.
—El tiempo del perdón —respondió. Los dos se quedaron callados al darse cuenta de la ironía.
Pasaron el resto del vuelo en silencio, pero era otro silencio: no tenso como una cuerda, sino casi acogedor, como antes. Cuando el avión aterrizó en Madrid, Jonás la ayudó a bajar la bolsa del compartimento superior.
—¿Compartimos un taxi? —propuso él—. Vamos a la misma zona de todas formas.
Almudena dudó. Tres años atrás se habían separado convencidos de que no volverían a estar uno al lado del otro. Y, sin embargo, ahí estaban, y el mundo no se había acabado.
—Vale —asintió—. Pero vigilo yo el navegador, que tú siempre acabas peleándote con la tecnología.
Jonás se rió, y aquella risa tan suya removió algo dentro de Almudena. A lo mejor había que soltar el pasado para que el presente se viera un poco más claro.
Al salir del avión, Almudena se dio cuenta de que no lamentaba aquel encuentro fortuito, y hacía mucho tiempo que no sentía eso. Por delante quedaban el cumpleaños, una mesa festiva y las miradas inquietas de la familia. Pero ahora sabía que iban a conseguirlo. Al fin y al cabo, eso siempre se les había dado bien.
El taxi se abrió paso entre las calles de Madrid al anochecer. Almudena, como había prometido, no perdía de vista el camino; Jonás iba a su lado, separados solo por una bolsa en el asiento de en medio.
—Aquí gira a la derecha —dijo Almudena, y Jonás no pudo evitar sonreír: ella conocía la casa de sus padres mejor que él mismo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a casa de mamá? —preguntó de repente—. Estuviste todo el camino nerviosísima.
—¡Claro! —bufó Almudena—. Me cambié de ropa tres veces de los nervios. Quería causar buena impresión.
—Y al final te derramaste la sopa encima.
Los dos se rieron, y durante un instante pareció que el tiempo se había detenido. Pero el taxi paró delante de aquella casa tan conocida y el momento se esfumó en el anochecer.
Pilar los recibió en la puerta y levantó las manos, sorprendida.
—¡Habéis llegado juntos! ¡Menuda sorpresa!
—Nos hemos encontrado en el avión por casualidad —se apresuró a explicar Almudena, aunque vio un destello de esperanza en los ojos de su exsuegra.
—¡Pasad, pasad! Almudena, te he preparado la habitación de siempre.
Almudena se quedó de piedra. Su habitación, el dormitorio de arriba donde ella y Jonás se alojaban siempre que iban de visita. La que por las mañanas se llenaba de sol y desde cuya ventana se veía el viejo manzano.
—Mamá, igual es mejor que yo me quede en la habitación de invitados —intentó Jonás.
—¡Ni hablar! —lo interrumpió Pilar—. Ahí dormirán mañana los invitados. Almudena se queda en el dormitorio y tú en tu antigua habitación. Todo como antes.
Todo como antes. Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Almudena. En realidad, ya nada era como antes, pero ninguno de los dos se atrevía a discutir con Pilar.
La tarde se les fue en los preparativos de la fiesta. Almudena ayudaba en la cocina mientras Jonás ordenaba algunas cajas viejas en el desván, una tarea que su madre le pedía desde hacía tiempo. Los dos procuraban no quedarse a solas, pero bajo el mismo techo era complicado.
Por la noche, Almudena tardó en conciliar el sueño. La cama le pareció demasiado grande, demasiado vacía. Al otro lado de la pared, en la que había sido la habitación de Jonás de niño, crujía el suelo: tampoco él lograba dormir. Reconoció los sonidos: tres pasos hasta la ventana, cuatro hacia atrás. Así caminaba siempre que le daba vueltas a algo.
De repente, se hizo el silencio. Almudena se giró hacia la ventana. El manzano se movía con el viento y, por un momento, le pareció que los últimos tres años no habían pasado.







