El gato la miraba en silencio. Suspirando y armándose de valor, Lucía se estiró hacia él, esperando que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus brazos de las zarpas del peludo polizón…
Su turno había terminado, y Lucía fue hasta el final del autobús, inspeccionando cuidadosamente bajo cada asiento.
Para ella, el autobús era casi como su casa, y en su casa la limpieza era sagrada. Quizá porque, siendo ella sola, ¿quién iba a ensuciar nada?
Lucía, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio le decían las señoras de la centralita, esas que siempre estaban al tanto de todo. Que ya rozas los treinta y sigues sola. Y anda que tu trabajo… Que ni los hombres aguantan a veces a algunos pasajeros, ¡vaya carácter que tienen!
A mí me toca buena gente respondía ella con una sonrisa calmada. Y además, me gusta mi trabajo. Un hombre… no es como un gato o un perro, ¿verdad? Eso no se busca, eso llega.
Las señoras se miraban entre sí, sabiendo de sobra que a veces implica menos lío un animal que un señor.
Pues adóptate un gato, mujer. Así no estarás tan sola.
Lucía suspiraba.
No cuaja el plan, el gato aún no aparece les decía y se marchaba a casa, ponía algo de música, preparaba la cena, leía un rato y caía rendida en la cama…
Los días se parecían todos: iguales como gotas de agua. Odiaba los fines de semana; le sobraba el tiempo y no sabía en qué emplearlo. Así, esos días se subía al autobús como una pasajera más, dejándose llevar a un destino feliz e imaginario…
Aquel día no era distinto. Al acabar el turno, Lucía fue a repasar el bus, como siempre.
Al mirar debajo del último asiento, un respingo: dos ojos brillaban en la oscuridad.
¡Eh, tú! ¡Mishi, mishi! ¿Cómo has llegado ahí? Lucía se agachó, hablando dulcemente. ¿Te has perdido?
El gato la observaba, mudo, con serenidad.
Resignada, Lucía alargó la mano, confiando en que el cuero de su chaqueta amortiguase cualquier arañazo del espabilado peludín.
El gato se dejó coger y, ya a la luz, Lucía pudo contemplarlo con detalle.
Era precioso.
No era entendida en razas, pero por la cara achatada y el pelo tan esponjoso, seguro que era un persa. Llevaba un collar con placa.
Merlín leyó, dándole vueltas entre las manos. ¿Así que el gran mago y hechicero?
El gato bostezó, dándole a entender que sí, podría ser él perfectamente.
¿Y ahora, qué hago contigo, Su Majestad? decidió tratarlo con deferencia, por el nombre. ¿Buscamos a tus dueños?
Merlín la miró y volvió a bostezar con descaro. Como diciendo: ¿Y yo qué sé? Pero no me vendría mal un buen plato y una siesta, que ya va tocando.
No le quedaba otra salida. Bueno, la había, pero ¿quién iba a dejar al polizón peludo tirado en la calle?
Mira, así vamos a hacer anunció: hoy te vienes a dormir a mi casa, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que tus dueños lo están pasando fatal.
A Merlín le pareció bien, pero cuando Lucía se dirigió a la puerta, el gato empezó a retorcerse y a escaparse de sus brazos.
¿Qué pasa ahora? ella, sin entender el idioma felino, lo dejó en el suelo, y él regresó bajo el asiento, volviendo con algo entre los dientes.
¿Qué has encontrado? se agachó curiosa.
El gato dejó caer en su mano un boleto de lotería.
¡Anda ya! Lucía lo miró sorprendida. ¿Así que tu dueño perdió el billete… y también te perdió a ti?
El felino la miró, bostezó de nuevo, como diciéndole: Bueno, ¿nos vamos o quieres que se haga de madrugada?
Lucía caminó hacia casa, pensando si debía mencionar el billete en el cartel. ¿Y si alguien intentaba colársela, fingiendo ser el dueño solo por el billete?
Habrá que andarse con ojo. Y, de paso, comprar mimos para el huésped.
¿Qué te gustaría? le preguntó de camino al súper, inspeccionando los estantes de comida para gatos.
Merlín olfateó los sobres y tocó uno con la pata, así que Lucía se acercó más.
¿Seguro que quieres este?
El gato agarró el sobre con los dientes. Dudas, cero.
Desde luego, eres listo se rió ella.
Merlín maulló como diciendo: ¡Eso está clarísimo! Compró algunas cosas para ella, y se fueron para casa.
Hazte a tu aire le ofreció, dejándolo en el suelo.
Merlín exploró el piso mientras Lucía preparaba algo de cenar. Como no tenía cuencos de gato, improvisó con dos platitos.
Después de cenar, le sacó unas fotos y preparó el cartel. Ni rastro del nombre ni del billete.
Impreso el cartel, se lo enseñó a Merlín.
¡Mira, qué guapo sales! Mañana lo pondré en el bus, a ver si hay suerte. Ay…
Se le cayó el alma a los pies al recordar que justamente mañana tenía turno y no sabía qué hacer con el gato.
¿Llevarlo? Ni de broma: no se concentraría, y un despiste al volante es un peligro. ¿Dejarlo solo? ¡El pobre ya tenía suficiente estrés!
Entonces recordó a Pablo, el vecino de puerta. Siempre trabajando desde casa, solo con el portátil. No requería oficina ni nada. Solían cruzarse apenas: él, alto, desgarbado y con gafas.
Siempre se saludaban rápido, pero seguro que Pablo podría cuidar de Merlín.
Con valor, Lucía llamó a su puerta. Le salió Pablo en bata y zapatillas, el pelo revuelto y cara de sueño. La miró sorprendido.
Le explicó la situación, intentando sonar convincente. Pero Pablo solo asintió, cogió las llaves de repuesto y ya.
Durante un instante hasta le supo mal que el vecino casi ni la mirara. Suspiró y volvió a su piso.
¡Mishi, mishi! ¡Merlín, dónde te metes?
El gato estaba pegado a la puerta del balcón con una expresión que dejaba muy claro a dónde quería ir.
Lucía dudó, pero pensó que un gato tan listo no iba a tirarse de un octavo. Abrió la puerta y salieron al balcón.
Merlín brincó ágilmente a la barandilla. Lucía, asustada, lo sujetó.
El gato la miró con orgullo y, girando la cabeza hacia el cielo, la invitó a mirar también. Ella, acariciando el pelaje sedoso, alzó la vista… y allí estaban las estrellas.
El cielo les guiñaba miles de ojos. Vio una estrella fugaz y, como si Merlín la invitase, pidió un deseo.
Se quedó dormida en cuanto tocó la almohada, sin necesitar películas ni libros. Quizá porque aquel ronroneo peludo le era el mejor arrullo del mundo.
Al día siguiente, después de dar instrucciones medio dormida a Pablo, fue a trabajar.
Pasó todo el día recorriendo Madrid con el cartel en el autobús, pero a nadie pareció interesarle la suerte de su peludo compañero.
Le daba pena admitirlo, pero por dentro respiraba tranquila. Volvió a casa casi volando, porque sabía que allí la esperaban.
El piso olía a café recién hecho. Lucía solía tirar de soluble, pero este aroma era inconfundible.
He hecho algunas mejoras admitió Pablo, preparando dos tazas. El café que tenías era un crimen, así que lo cambié. ¿Quieres?
¡Por supuesto! respondió encantada. ¿Y Merlín?
Enseguida apareció el gato, satisfecho, frotándose como si hubiera vuelto su reina de una conquista.
Tu Merlín está como un rey Pablo se agachó a acariciarlo. Fíjate, hacía siglos que no desconectaba. Pensaba ponerme con la web, pero abrí el portátil y… me dio por escribir historias. Al final salió un cuento de gatos.
¿Me lo enseñas? se interesó Lucía.
Bah, es una tontería… vaciló Pablo, pero se le notaba que le hacía ilusión.
¡Me encantaría! Me chiflan los cuentos y la fantasía. ¡Venga, que sí!
Y nadie pudo evitarlo.
Se pasaron la tarde leyendo y tomando café, con Merlín entre ellos, observando con ese aire condescendiente de los gatos.
A Lucía el cuento le encantó. Cuando Pablo se marchó, le quedó cierta nostalgia. Un poco, nada más; al menos le quedaba su gato.
De repente, sonó el timbre. Merlín, con toda la dignidad del mundo, fue a la puerta. Lucía preguntó:
¿Quién es?
Por el cartel respondieron. Se le heló el corazón.
Pensó en no abrir, pero eso sería injusto. Así que, tras respirar, abrió. En el umbral, un señor mayor, alto, con capa negra y ojos vivos. Sonreía.
Tranquila, niña. Vengo por el gato y, para que veas, te diré que se llama Merlín. Mira, ya viene.
El gato saltó de sus brazos directos a los del hombre, sin dejar lugar a dudas.
Pase dijo Lucía con voz baja.
En el fondo, tenía ganas de llorar. ¿Cómo se puede encariñar una tanto en un solo día? El hombre entró, olió el aire y sonrió. Lucía creyó que compartía alguna broma secreta con el felino.
¿Me invitas a un café? pidió.
Preparó una taza con el café que Pablo había dejado, en la bonita lata nueva. Mientras, el abuelo y el gato se miraban, en un diálogo mudo.
Por cierto rompió el silencio el hombre. ¿No has encontrado nada más?
Lucía se puso colorada. Entregó el boleto de lotería, pero el hombre apartó su mano.
Es para ti dijo sonriendo.
Pero si es suyo protestó Lucía.
Tú lo encontraste; además, Merlín está de acuerdo.
¿Y si está premiado? titubeó ella.
¿Vas a despreciar la posibilidad de ser un poco más feliz? le preguntó el hombre.
Bajó la mirada. Justo ese fue su deseo en la estrella fugaz…
Déjate sorprender, hermosa la animó el hombre. Y no te preocupes, seguro que nos volvemos a ver. Cuando regreses…
¿Regresar de dónde? quiso preguntar, pero ya se había ido cerrando la puerta con cuidado.
La llave giró sola en la cerradura, y Lucía notó que el sueño la vencía. Apenas llegó a la cama… Y soñó con el cuento de Pablo.
Sobre un mago poderoso, egoísta, cuya magia nunca hizo feliz a nadie. Por ello, fue transformado en gato, y así debía deambular por el mundo hasta que aprendiera a romper el hechizo…
Al día siguiente volvió al trabajo y, de repente, el sol le brillaba más, los pasajeros sonreían y el autobús parecía más alegre que nunca.
Y sí, comprobó el billete y no se sorprendió al ver que había ganado un viaje al mar. Pero lo que de verdad la dejó boquiabierta fue que el jefe le dijera:
Lucía, tómate unas buenas vacaciones, que ya es hora. No te preocupes, los chicos pueden cubrirlo.
Y después vinieron la playa, las estrellas, una sensación de renacer.
Regresó feliz, con conchas y el mar todavía dentro de su pecho.
Al entrar en el portal, Pablo apareció, igual de alto, desaliñado, con esa torpeza entrañable.
Ayer vinieron a verte le dijo. Me dejaron algo para ti. Se quedó mirándola y añadió: Te veo distinta. Y preciosa.
Gracias le sonrió ella. ¿Y qué me dejaron?
Pablo se palmoteó la frente, desapareció y volvió con un pequeño gato gris en brazos. La misma cara altiva y tierna que ella ya conocía.
Es el hijo de tu Merlín. Bueno, del que encontraste en el bus. Se llama Arturo.
El hombre mayor dijo que solo tú bueno, más bien los dos podéis encargarte de criarlo y se puso rojo.
¿Ah, sí? ¿Y eso?
Pablo la miró a los ojos y confesó: Dijo que solo nosotros podemos hacerlo.
¡Miau! confirmó el pequeño Arturo, estirándose hacia su nueva humana.
Lucía alargó la mano y, en el gesto, se encontró también con la de Pablo. Y de repente, el mundo se llenó un poco más de ternura, calor y esa felicidad sencilla de la vida.







