Vivo con un hombre que afirma que el dinero es energía baja. Llevamos casi dos años juntos, y hasta hace tres meses todo parecía tener sentido, dentro de lo que cabe. Él tenía trabajo, organizaba su día, aportaba lo suyo. Pero un día llegó a casa en Madrid diciendo que había tenido un despertar espiritual y que su trabajo ya no conectaba con su propósito en la vida. A la semana presentó la dimisión.
Al principio le apoyé. Me decía que necesitaba tiempo para reencontrarse, que estaba agotado de la matrix y que deseaba vivir desde la consciencia. Yo seguí como siempre. Saliendo temprano, con prisas camino al Cercanías, volviendo agotada cuando caía la tarde. Él se quedaba en el piso: meditaba, veía vídeos de crecimiento personal, quemaba incienso de sándalo. Decía que se estaba sanando.
Pasaron dos semanas y aún no había puesto ni un euro para el alquiler. Le pregunté y me respondió que no me preocupara, que el Universo siempre provee. Ese Universo, claro, era yo. Empecé a pagar la comida, la luz, el agua, el abono transporte, todo yo sola. Él consumía, habitaba el salón, usaba el Wi-Fi de la casa, el agua caliente, y cuando le nombraba las facturas, me miraba con los ojos muy grandes y me decía que eso era un vivir en el miedo.
Una tarde volví derrotada del trabajo y le encontré recostado en el sofá, escuchando afirmaciones sobre la abundancia. Le dije que necesitábamos hablar seriamente de dinero. Me contestó que yo estaba anclada en la carencia, que mi estrés atraía malas vibraciones, que tenía que soltar el control. Me crispé. Le dije que no era control, era responsabilidad. Él solo suspiró con lástima y me soltó que todavía no me había despertado.
Prometió que pronto empezaría a ganar dinero con sus conocimientos. Que iba a dar asesorías, talleres, algo. Los días pasaban entre brumas y cambios de luna y nada ocurría, solo que empezó a corregir cada cosa mía: cómo hablo, cómo pienso, cómo respiro incluso. Si decía que estaba cansada, me aseguraba que vibraba bajísimo. Si llegaba de mal humor, proclamaba que tenía bloqueos emocionales.
Hubo un momento que no olvido. Volví del supermercado arrastrando las bolsas de Mercadona, las puse en la encimera y le pedí que me ayudara a guardar la compra. Me contestó que estaba en una meditación profunda y que no podía interrumpir ese flujo de energía. Me callé. Mientras organizaba todo yo sola pensé que no tenía pareja, sino un adulto que había decidido cruzarse de brazos ante la vida.
No hace mucho, le pedí que buscara trabajo, cualquiera, lo que fuera. Me replicó que no iba a volver a someterse a algo que le enfermaba solo por pagar facturas. Que yo debía comprender y sostenerle como una pareja consciente. Le expliqué que una cosa es apoyar, otra es mantener a alguien que no hace nada. Se ofendió. Dijo que no creía en él.
Hoy sigo trabajando cada día, pagando todo y preguntándome en qué momento, de tener novio, pasé a ser la patrocinadora de una beca espiritual en mi propio piso. No sé si soy su pareja o su mecenas interior. Solo sé que estoy cansada y que, por más que enciendo incienso, las facturas no se pagan solas.
¿Qué debería hacer?







