ALGÚN LUGAR ENTRE LOS 30 Y LOS 60
Hoy me encuentro preparando mi sexagésimo cumpleaños y debo admitir que el número suena amenazador, casi tabú de pronunciar en voz alta. Recuerdo cuando alcanzar esta edad era sentir la vejez asomando, el inicio del declive, y eso que ahora nuestra visión es menos estricta y se dice que pasas de la madurez a la tercera edad. Me da pena pensarlo.
La última vez que sentí algo parecido por la edad fue a los treinta; entonces creía que la juventud había quedado atrás. Ahora, viendo a mis hijos, me sonrío de lo ingenuos que fuimos.
Me observé en el espejo del vestidor y me dije: Pues no estoy nada mal. Giré sobre mí mismo y aprobé mi reflejo. Me veo bien, aparento unos cuarenta. No me duele nada, gracias a Dios; todo funciona y se dobla como debe. Le guiñé un ojo al espejo y seguí a cumplir un encargo de mi mujer.
Al final decidimos celebrar a lo grande: nos iríamos a un resort en la Costa del Sol, invitados amigos y familia. Al principio yo no quería; argumentaba que es una cifra para pensar, no para hacer fiesta. Que era caro, que estaba lejos. Pero salí perdiendo: mi mujer, Carmen, me aseguró que se encargaría de todo. Hasta montaría un pase de fotografías con música de Joaquín Sabina, edición a cargo del cuñado. ¿Y las fotos? Ella, claro.
Me senté en la alfombra y, con resignación, vacié el contenido del primer cajón. Podría haber muchas más fotos si no fuera por dos mudanzas y los infinitos traslados. Niñez y juventud apenas se conservaron; cuando emigré de Soria a Madrid con veintipocos, no estaban las cosas para nostalgias. Luego recuperé alguna de mis padres, pero la situación era parecida. Vinieron después el primer matrimonio y el divorcio. Algunas fotos salvé: las mías, las de los niños, las de amigos. El resto lo dejé para otro momento; un momento que no llegó.
A Carmen nunca le entusiasmó la fotografía, a diferencia de mi primera mujer, que casi era profesional. Aun así, con los años juntos acumulamos un buen puñado de instantáneas. Después la vida se aceleró; nadie sacaba ya la cámara. Las fotos acababan en móviles antiguos, discos duros secos, carpetas con nombres ilegibles. Aquellos álbumes que podías hojear, tocar y recordar, desaparecieron.
Rebuscando entre las imágenes, me encontré una del día de mi graduación. Vestía el traje azul que me regalaron mis abuelos de Salamanca. Otra, de las prácticas de medicina tras cuarto curso. Y ahí estaba: la comunión de mi hijo mayor. ¡Cómo temblaban sus manos!
De repente, apareció una foto pegada a otra. Con cuidado, las separé. Clara. Junto a mí, vestido azul de gala, en el Parador de Segovia.
Clara llegó a nuestro grupo de médicos residentes en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, en pleno invierno. Menuda, delgada, de melena corta y ojos enormes; parecía una adolescente traviesa. Uno quería protegerla. Pero cuando hablaba, te dabas cuenta de lo lista que era.
Llegó de Cáceres, con su madre y su marido, su tutor en la especialidad y muchos años mayor. No hizo cursos preparatorios, sacó los exámenes a la primera y con notas tan altas que pudo elegir especialidad al gusto. Escogió ginecología, que le permitía estar cerca de él. Seis meses sin dormir y acabó cambiando a medicina interna.
Hicimos amistad en poco tiempo. Cuando la madre de Clara empezó a cuidar a mi hija, ya éramos como familia. Vocaciones aparte, empezamos a hablar del futuro profesional.
¿Y si hago reumatología? me preguntaba yo, dudando.
¿Para qué? suspiraba Clara. Dos años más de estudio, y después a esperar pacientes. De internista vas directo a la acción, todo pasa por ti. ¡Eres el rey!
¡Qué cabeza tienes! le decía, admirado.
Yo seguí medicina interna, Clara eligió reumatología. En Barcelona.
Su familia era de anuncio: la madre, el marido, el hermano, todos la adoraban. Pero el niño no llegaba. Intentos frustrados, lágrimas, tratamientos. Al final, milagro: nació la niña justo antes de terminar el MIR. Clara se instaló en Barcelona, entre la comunidad extremeña.
La despedida fue dura y las amigas se llamaban mucho. La madre de Clara no perdía la ocasión de preguntar por mi niña, mi hija. Luego el contacto fue diluyéndose. Hasta que un buen día recibí la invitación: el primer cumpleaños armenio.
Clara advirtió que sería una celebración en condiciones: vestido de ochocientos euros, peluquero francés, peinados de cien euros (¡y eso en los noventa!). Yo entré un poco en pánico; la peluquera Ángeles me tranquilizó:
Tienes buen pelo, cualquiera te apaña. Cepillo, secador, laca, y tirando.
En las rebajas de El Corte Inglés me compré un traje azul con hombrera al aire, traje para Carmen, una maleta de cuadros grandes (me gustan llamativas: se encuentran fácil) y un tubo de autobronceador. No había tiempo de playa, mi piel castellana, blanca como la leche, no pegaba con el Mediterráneo.
Viajamos un viernes por la tarde. El sábado, paseo por Barcelona. Sacando unas zapatillas de deporte de la mochila, Carmen se puso una camiseta de Madrid nunca duerme y salimos a explorar.
El plan: parque de Montjuïc, foto con las letras de BARCELONA, La Rambla, playa de la Barceloneta, el puerto. La realidad: Montjuïc cerrado por rodaje, La Rambla levantada en obras, gentío y atascos. Almorzamos algo sano, caro y poco sabroso. Carmen protestaba, pero me hizo fotos.
Luego tocó playa. El mar, algún yogui haciendo la postura del flamenco, mazorcas asadas, gente en patines, olor a crema protectora. Y recorrer la Diagonal, con escaparates de película.
Aquí cenó un día Alejandro Sanz dije consultando la guía.
O alguien que se le parecía mucho bromeó Carmen.
En Passeig de Gràcia me colé en una boutique, probé gafas de sol de mil euros, me rocié de perfume exclusivo y salí, tan digno, dejando estela fragante. Protagonista de Mujer Bonita. Casi.
Llegó el domingo. Engullimos un desayuno memorable y enseguida empecé con los preparativos. Me apliqué el autobronceador fielmente y, para mi sorpresa, quedé a rayas. Naranja, pero a rayas.
Rechacé la ayuda de Carmen; tras el cava matutino estaba demasiado animada y no me fiaba de cómo acabaría aquello. Las peluquerías cerradas. El único salón abierto, en el barrio chino. La estilista, sin una palabra de español, me llenó la cabeza de rulos y espray. Cuando abrí los ojos, el reflejo era una caricatura: cara naranja, pelo como un nido. Mejor no mirar, me dije.
Carmen, artista frustrada, quiso maquillarme:
Siempre te quedas corto. ¡Atrévete con color!
Lo hizo como quien pinta un cuadro: se alejaba, observaba, retocaba. El resultado: párpados violeta, mejillas marrón, labios burdeos. Yo me asusté. Carmen, encantada.
En la calle intenté parar un taxi, sin suerte.
Me toman por gigoló le dije. Inténtalo tú, que eres más formal.
Se rió, pero salió y logró el taxi en un instante.
La fiesta fue en la casa nueva de Clara en El Prat, la capital armenia de España. Todo relucía: mesas, música, niños, abuelas, camareros. Y en medio, Clara, radiante. Con un herpes labial.
Es de los nervios me dijo, trágica. Con lo que me he esforzado
Eres la más guapa, le aseguré. Y era cierto.
Hoy miro esa foto: mi traje azul, piel naranja, peinado absurdo, herpes en la amiga, pero las caras jóvenes, felices. Entonces fue un desastre. Ahora daría lo que fuera por revivirlo. Por volver a aquella vida, con la amiga cerca y la sensación de que todo era posible.
Porque, siendo sincero, entre los treinta y los sesenta, aquello fue grande. ¿Qué vendrá ahora? Quién sabe. El cepillo sigue ahí. Y problemas de bronceado, ya ninguno.
Hoy entiendo que aquellos días de pequeñas catástrofes marcaron mi felicidad más profunda. Eso me llevo conmigo a los sesenta años.







