Diario,
Han pasado ya veinte años desde que vivo con mi hija Carmen y su marido, pero siento que ya no tengo fuerzas para seguir aguantando esta situación.
Tengo sesenta y cinco años y soy abuela de siete nietos. Todo el mundo dice que soy una afortunada y yo misma lo pensaría si no fuera porque debo cuidar de los niños y soportar su bullicio a diario. Mi hija parece no darse cuenta de que tiene una familia tan numerosa…
Cuando nació mi sexta nieta, me senté con Carmen a tener una conversación seria. Jamás imaginé que tendría que hablar de métodos anticonceptivos con mi hija de treinta y cinco años. Pero cuando decidieron tener un séptimo hijo, empecé a marearme sólo de pensarlo. En mi casa solo hay cinco habitaciones, y ahora vivimos nueve personas bajo el mismo techo.
Carmen tiene mucha suerte de que mi difunto marido y yo trabajásemos toda la vida para levantar esta casa grande y comprar el terreno, en el que ahora mi yerno Sergio se gana la vida y presume de ser agricultor. Carmen le ayuda en todo, y yo me paso el día entre fogones, preparando comida para toda esta clase. Los niños crecen y cada vez requieren más. Claro, no quieren comerse lo que sobró de ayer, sólo quieren comida recién hecha.
Tras el nacimiento de mi sexta nieta, pensé que Carmen entendería que necesitaba descansar y que por fin disfrutaría de un poco de tiempo libre lejos de los gritos, el llanto y el cambiar pañales. Pero, como siempre, resultó que no era así.
Durante todo este tiempo he seguido en contacto con mi hermano Pablo, que vive solo porque su hija se fue a vivir a Alemania.
Una noche Pablo me llamó para pedirme que pasara unos días con él porque no se encontraba bien de salud. Por supuesto, me preocupé por él, pero también sentí cierto alivio al poder salir del bucle en el que me encontraba. Ahora mi hermano está mucho mejor y, sinceramente, no sé si tendré fuerzas para regresar a mi casa después de estas vacaciones, donde me esperan de nuevo los gritos y el jaleo infantil. En estos días con Pablo, he recordado cuánto me gusta sentarme a leer, escuchar música o ver una buena película. Por fin puedo saborear la vejez, disfrutar de mí misma, en lugar de seguir esperando a que mis nietos crezcan. No sé cómo voy a transmitirle esto a mi familia…
Ahora Carmen me llama por teléfono, rogándome que vuelva porque no puede con todo. ¿Qué debo hacer yo ahora?






