Tras dejar a su amante fuera del coche, Buchín se despidió de ella con dulzura y volvió conduciendo …

Después de dejar a su amante en una céntrica calle de Madrid, Buendía le dio un beso cargado de ternura y se marchó rumbo a su casa

Frente al portal del bloque, se quedó un instante parado, calculando en su cabeza cada palabra que iba a decirle a su esposa. Subió despacio por la escalera, con el corazón encogido, y abrió la puerta de su vivienda.

Hola saludó Buendía tensando el rostro. Ángela, ¿estás en casa?

Aquí estoy contestó su esposa con tranquilidad castellana, sin dejar de mirar la televisión. Buenas. ¿Quieres que vaya friendo los filetes o qué?

Buendía se impuso a sí mismo actuar con entereza, con determinación, como debe hacer un hombre era hora de poner fin a esa doble vida antes de que el recuerdo de los besos clandestinos se le enfriase en los labios, antes de verse otra vez tragado por la rutina burguesa de siempre.

Ángela carraspeó Buendía, respirando hondo. He venido a decirte que tenemos que separarnos.

Ángela recibió la noticia con una calma imperturbable, como si se lo hubieran dicho ya mil veces. Buendía, de hecho, solía bromear llamándola Ángela de Mármol precisamente por su carácter inalterable.

¿Eso qué quiere decir? preguntó su mujer desde la puerta de la cocina. ¿Que no frío los filetes?

Haz lo que prefieras contestó él, incómodo. Si te apetece, fríelos, y si no, pues no. Porque yo me voy con otra mujer.

La mayoría de esposas en este barrio se habría lanzado sobre el marido con la sartén en alto, o le habría montado una escena monumental. Pero Ángela no era de esas.

Fíjate tú qué figura dijo ella, arqueando una ceja. Por cierto, ¿recogiste mis botas del zapatero?

No Buendía se descolocó. Si es tan importante, bajo ahora mismo a la zapatería y las traigo.

Ay, señor gruñó Ángela. Así eres tú, Buendía. Si te mando por mis botas aún me traes unas de segunda mano de los chinos.

Buendía se sintió herido. Todo su discurso de ruptura parecía estar saliendo al revés: faltaban emociones, gritos, llantos… ¡nada! Aunque, ¿qué más podía esperar de Ángela de Mármol?

¡Ángela, creo que no me escuchas! soltó Buendía, perdiendo el control. ¡Te lo digo oficialmente: me voy con otra mujer! ¡Te dejo! Y tú, hablando de botas…

Normal respondió Ángela. A diferencia de mí, tú puedes irte a donde quieras. Tus zapatos no están en el zapatero, ¿verdad? Pues ale, camina.

Habían compartido años de matrimonio, pero Buendía nunca llegó a descifrar el misterio de su esposa: no sabía cuándo ironizaba y cuándo hablaba en serio. Al principio, había caído rendido ante su templanza, su falta de conflicto, su parquedad en palabras. Y también, claro, por la gestión perfecta del hogar y unas curvas castellanas envidiables.

Ángela era de esas mujeres fiables, fieles y ecuánimes, tan sólidas como un ancla de buque mercante. Pero ahora Buendía había caído perdidamente enamorado de otra. Un amor ardiente, prohibido, dulcísimo. Tocaba poner punto final e iniciar una nueva vida.

Y así, Ángela dijo Buendía, impostando el tono grave, a caballo entre lo solemne y lo apesadumbrado, te estoy agradecido por todo, pero me marcho porque amo a otra mujer. A ti ya no te quiero.

Vaya, qué fortuna soltó ella. No me quiere, el pisaverde este. Mira: mi madre estaba enamorada del vecino de abajo, y mi padre adoraba la partida de mus y el vino de Valdepeñas. ¿Y mira qué bien les salió la hija que tuvieron?

Buendía sabía que discutir con Ángela era tarea imposible; cada frase suya tenía el peso de un yunque. Todo su entusiasmo se disipó; ya ni siquiera le apetecía discutir.

Ángela, de verdad que eres única musitó él con amargura. Pero yo amo a otra, con pasión, de forma pecaminosa y maravillosa, y con ella quiero estar. ¿Comprendes?

¿Otra? ¿Quién? ¿La Susana Del Olmo esa, quizás? le interrogó la mujer.

Buendía palideció. Un año atrás tuvo una aventura secreta precisamente con Susana Del Olmo, y jamás pensó que Ángela pudiera conocerla.

Y cómo sabes tú Bueno, da igual. No, no es Susana Del Olmo tartamudeó, sintiéndose descubierto.

Ángela se desperezó.

¿No? ¿Entonces será con Virtudes Balaguer? Porque últimamente se te nota mucho el tufillo a colonia barata…

Buendía sintió un escalofrío. Balaguer también había sido una historia fugaz, ya terminada. ¿Acaso Ángela lo sabía todo? Era de piedra, nunca demostraba nada.

Tampoco has dado en el clavo zanjó Buendía. No es Balaguer ni Del Olmo. Es otra mujer, maravillosa, el culmen de mi sueño. No puedo vivir sin ella y me voy con ella. ¡Y no quiero que me lo intentes impedir!

Entonces será Mónica, seguramente afirmó su esposa. Ay, Buendía, eres más previsible que la Quiniela en domingo. Vaya secreto de pulcinela El culmen de tus sueños: Mónica Valverde, treinta y cinco años, un hijo, dos IVEs ¿Me equivoco?

Buendía se llevó las manos a la cabeza. ¡Diana total! Era con Mónica Valverde con quien tenía esa relación.

Pero ¿cómo? farfulló Buendía. ¿Quién te lo ha contado? ¿Me vigilabas?

Hijo, es de cajón dijo Ángela, encogiéndose de hombros. Mira, llevo quince años de ginecóloga y he visto a todas las mujeres de este Madrid nuestro, mientras tú solo te has acercado a unas pocas. Solo tengo que mirar para saber si tú has pasado por ahí, alma de cántaro.

Buendía se recompuso.

Vale, supón que has acertado soltó orgulloso. Que sea Valverde. No cambia nada: me voy con ella.

Ay, eres un caso, Buendía dijo Ángela, negando con la cabeza. Por lo menos podrías haberme preguntado, por curiosidad. Y te lo digo como médico: de maravillosa, Mónica, poco. Igual que las demás. ¿Has visto su expediente médico?

N-no… confesó él a duras penas.

Ya ves. Primero te pegas una ducha, que hueles a whisky y colonia barata dijo su mujer secamente. Y mañana llamo a Julián para que te mire en el ambulatorio, sin cita. Y entonces hablamos. ¡Qué vergüenza! ¡El marido de una ginecóloga, y no sabe escoger una mujer sana!

¿Entonces, qué hago yo ahora? imploró Buendía derrotado.

Yo me pongo a freír los filetes sentenció Ángela. Y tú, dúchate y haz lo que quieras. Si quieres encontrar tu culmen soñado, sano y sin achaques, dímelo que te hago una lista.

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