Una mujer fue a casa de su amiga, que se había casado por segunda vez. Su primer matrimonio fue dolo…

Hoy quiero dejar constancia de algo que me ocurrió y que todavía me sigue dando vueltas en la cabeza. Hace poco fui a casa de una vieja amiga, Clara. Conozco a Clara desde hace años y siempre hemos estado ahí el uno para el otro. Su primer matrimonio fue un infierno; su exmarido era un hombre que bebía demasiado y cuya compañía se volvía insoportable, hasta que finalmente la abandonó por otra. Pasó por un verdadero calvario, y estuve a su lado en los peores momentos, apoyándola como debe hacer un amigo de verdad.

Después de una década, Clara volvió a encontrar la ilusión con otro hombre, un tal Fernando. Muy distinto al primero: culto, con buen puesto, parece que lo tiene todo. Yo me alegré muchísimo por ella. Me invitó a su piso nuevo en Madrid, y fui encantado. Llevé una tarta de Santiago, como manda la costumbre, y algún que otro regalillo, para celebrar el estreno.

La casa estaba preciosa, la decoración muy cuidada, todo un logro. Nos sentamos a la mesa, con el té y la tarta, y la conversación fluyó al menos al principio. Fernando empezó a bromear, demostrando ese ingenio que Clara tanto le alababa. Pronto las bromas giraron hacia mí: que si tengo la mente estrecha, que si siempre me lleno la cabeza de cosas absurdas, llegó a decirlo riéndose. Sacó a relucir que no he leído a Javier Marías ni a Almudena Grandes, y que lo mío son supersticiones desfasadas. Incluso criticó mi corte de pelo y mi ropa: Parece que se ha quedado en los años noventa, se burló.

Yo, sinceramente, me quedé helado. No supe cómo reaccionar ante tanta supuesta brillantez. Y lo peor era que Clara, en vez de frenarlo, se reía divertida, mirándole con admiración.

Intentando cambiar de tema, mencioné a mi gata, Sol, a quien recogí hace meses de la calle. Quería apartar el foco de tanto chascarrillo literario. Pero Fernando no se cortó un pelo: que las gatas son nidos de enfermedades, que solo la gente desequilibrada recoge animales abandonados, que es puro narcisismo mal gestionado.

Clara reía aún más mientras él soltaba historias de señoras mayores llenas de gatos. Fue demasiado para mí. Sin esperarlo, me asaltaron las lágrimas; fue torpe, infantil, me escudé diciendo que me dolía la cabeza, pedí disculpas y salí de allí casi a trompicones.

Realmente me dolía la cabeza, como si me hubieran golpeado. Además de la vergüenza: ¿por qué me había puesto así? Me sentí pequeño, ridículo por no saber defenderme, por confesar un sueño absurdo, por no ser culto, por no haber leído a los grandes El verdadero bochorno debería recaer sobre quienes invitan a alguien a su casa y consienten que lo humillen.

Uno debe avergonzarse si permite que insulten a un amigo en su propio hogar. Y también cuando comparte cualquier cosa importante un libro, una foto, una creencia y asiste en silencio a que otros la destrocen. Son gestos de la misma naturaleza: una traición silenciosa.

La traición es eso: poner a uno de los tuyos en manos de quien busca destruirlo, abandonarlo cuando más lo necesita. Pero entonces no sabía expresarlo así. No soy ningún intelectual ni mucho menos. Solo quería llegar rápido a casa, a refugiarme junto a Sol, mi gata analfabeta y cero ingeniosa, pero que en cuanto me senté en el sofá, se acomodó a mi lado y empezó a ronronear.

Nunca más volví a casa de Clara. Tampoco tardó mucho en desmoronarse todo: ella y Fernando acabaron en juicios, peleando por el piso. Él resultó ser de esos que son demasiado listos para el bien de nadie.

La vida siempre es igual: quien traiciona por alguien, acaba traicionado por ese mismo. Todo lo que habría hecho falta era parar los pies a tiempo, no dejar que nadie humille a un amigo bajo tu techo. Quién sabe si Fernando habría aprendido a respetar así a Clara. Y quién sabe si todo habría acabado como acabó Nadie respeta al traidor. Y, cuando menos lo espera, también lo traicionan.

Hoy, me prometo no dejar nunca que nadie por ingenioso o culto que se crea, pisotee a un amigo mío estando yo delante. En nuestra casa, por encima de todo, debe reinar el respeto. Como dice el refrán: A buen amigo, buen abrigo. Espero recordarlo siempre.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 × five =

Una mujer fue a casa de su amiga, que se había casado por segunda vez. Su primer matrimonio fue dolo…
Leonardo jamás creyó que Irene fuera su hija. Vera, su esposa, trabajaba en un supermercado y se rumoreaba que a menudo se encerraba en el almacén con otros hombres. Por eso, Leonardo no aceptaba que la menuda Irene fuera suya y terminó despreciando a la niña. Solo el abuelo quería verdaderamente a su nieta y le dejó la casa en herencia. Solo el abuelo Matías adoraba a la pequeña Irene De niña, Irene enfermaba a menudo. Era frágil y de baja estatura. “En ninguna de nuestras familias hay nadie tan pequeñita”, decía Leonardo. “Esta niña parece un tapón”. Con el tiempo, incluso la madre le perdió cariño. De verdad, quien más quería a Irene era el abuelo Matías. Su casa se levantaba en el último rincón del pueblo, junto al bosque. Matías había trabajado toda la vida como guarda forestal y, ya jubilado, seguía yendo a diario al bosque: recogía bayas, plantas medicinales o alimentaba a los animales en invierno. Le consideraban una persona excéntrica y hasta le temían: lo que predecía solía cumplirse. Pero acudían a él en busca de remedios. Matías, viudo hacía años, solo encontraba consuelo en el bosque y en su nieta, que pasaba con él casi todo el tiempo y aprendía sobre plantas y raíces medicinales. Irene sacaba buenas notas y, cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía: “Voy a curar a las personas”. Pero su madre decía que no tenía dinero para su universidad. El abuelo no dejaba de animarla; decía que pobre no era, y que si hacía falta, se vendería hasta la vaca para ayudarla. Dejó a su nieta la casa… y le predijo la felicidad Vera, su hija, apenas visitaba a Matías. Solo se presentó cuando su otro hijo, Andrés, perdió todo su dinero en la ciudad jugando a las cartas y necesitaba ayuda. Matías la recibió seco: “¿Solo cuando te ves apurada cruzas mi puerta? No pienso tapar las deudas de tu hijo. Tengo que ayudarte a ti, Irene”. Vera se marchó echando pestes y gritó: “Ya no tengo ni padre ni hija”. Cuando Irene entró en la escuela de enfermería, fue solo el abuelo quien la apoyó. Sus padres no le dieron ni un céntimo. Antes de graduarse, Matías enfermó. Sabiendo que el final se acercaba, le dejó a Irene la casa en herencia y le recomendó buscar trabajo en la ciudad pero nunca abandonar la casa, porque mientras el alma humana la habite, tendrá vida, y allí le esperaba el destino. “Aquí te llegará la felicidad, hija”, le anunció. La profecía del abuelo Matías se cumplió El abuelo murió en otoño. Irene empezó a trabajar de enfermera en el hospital comarcal y los fines de semana cuidaba la casa. En una fuerte nevada, un joven desconocido llamado Esteban llamó a su puerta porque el coche se le había quedado atascado junto a su casa. Irene le ofreció ayuda y un té caliente. Así empezó su historia. La relación floreció, sin boda, pero con amor verdadero. El día que nació su primer hijo, todo el hospital se preguntaba cómo esa mujer tan menuda podía tener un bebé tan fuerte. Al preguntar por el nombre, Irene contestó: “Se llamará Matías, en honor a una persona muy especial”.