Los vecinos pensaron que mi esposa era menor de edad y llamaron a la policía. Decían que un hombre mayor vivía con una chica joven…

Apuntes de mi diario:

Hace no mucho, mi esposa y yo solicitamos una hipoteca para comprar un piso en Madrid. Después de hacer algunas reformas y ponerlo a nuestro gusto, empezamos a llevar nuestras cosas poco a poco. Al cabo de un mes, ya nos habíamos mudado por completo.

Decidimos presentarnos a los vecinos para sentirnos parte de la comunidad. Invitamos a los abuelos que viven justo enfrente a tomar un té con nosotros. Me llamó la atención lo rápido que terminaron sus tazas. Al enterarse de que la joven que me acompañaba era mi esposa y no mi hija, buscaron cualquier excusa para marcharse de inmediato. Era viernes por la tarde.

La sorpresa llegó el sábado por la mañana, cuando escuchamos golpes en la puerta. Al abrir, nos encontramos con un agente de la Policía Nacional solicitando nuestros documentos, tanto míos como los de mi esposa.

Nos quedamos un poco perplejos cuando el sacerdote del barrio, que acompañaba al policía, nos pidió el libro de familia para comprobar que estábamos casados. Tardamos casi diez minutos en encontrar el dichoso documento, porque con la mudanza uno pierde hasta lo esencial.

El policía, tras revisar nuestros DNI y el libro de familia, miró a mi esposa con cierta envidia y pidió disculpas por habernos despertado tan temprano. Antes de marcharse, nos explicó que había recibido una denuncia de que en nuestro piso vivía un hombre con una menor.

En ese momento entendí por qué los vecinos nos habían despachado tan rápidamente la noche anterior. Yo tengo 24 años y mi esposa, Pilar, 26, pero por su apariencia juvenil muchos la confunden con una chica de instituto. En España, para comprar alcohol te exigen mostrar el documento de identidad, y el viernes Pilar se peinó con dos trenzas y se quitó el maquillaje, parecería recién salida del colegio.

La situación es para reír, aunque también me dejó pensando. Por si acaso, decidí afeitarme la barba, no vaya a ser que parezca un padre de cuarenta años viviendo con su hija. La lección: las apariencias engañan, y la curiosidad en nuestro vecindario puede llevar a situaciones impensables. Mejor tener los papeles a mano y acostumbrarse a los nervios iniciales.

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Los vecinos pensaron que mi esposa era menor de edad y llamaron a la policía. Decían que un hombre mayor vivía con una chica joven…
Eres más acomodado que los demás, así que tus regalos deberían demostrarlo, refunfuñó la suegra. Era una tranquila tarde en Madrid cuando Ricardo se dejó caer en el sofá junto a su esposa Amalia. —¿Qué le regalamos a tu madre? No tengo ni idea —preguntó pensativo. Amalia suspiró. Elegir un regalo para su suegra siempre era un reto. La relación con Magdalena Méndez había sido tensa desde el principio. Ricardo comprendió enseguida la actitud distante de su madre, así que la pareja optó por mantener las distancias. Ninguno le debía nada al otro. Alguna llamada esporádica y celebraciones familiares puntuales si ambas partes querían, constituían toda la comunicación. Este año, Magdalena decidió celebrar por todo lo alto su cumpleaños redondo e invitó a casi toda la familia, incluyendo a los jóvenes recién casados. —Por cierto, mi madre dice que le ilusiona cualquier cosa —recordó de repente Ricardo. —Eso lo dice siempre, y luego pone mala cara —recordó Amalia frunciendo el ceño—. ¡A tu hermana le vale cualquier regalo, pero a nosotros no! Amalia recordaba perfectamente cómo Magdalena nunca estaba satisfecha con ningún presente. —Acuérdate del último Día de la Madre. ¿Qué le regalamos? Un set de cosmética de lujo. ¿Y su reacción? Lloró y nos reprochó que pensábamos que era vieja y poco atractiva —suspiró Amalia—. ¿Ha valorado positivamente alguno de nuestros regalos? Oro o tecnología, porque su valor se puede medir al instante. —Quizá debería llamarla y preguntarle directamente —propuso Ricardo, dudoso. —Haz lo que quieras —respondió Amalia, negando con la cabeza. Ricardo marcó el número de su madre, esperando obtener alguna pista sobre el regalo ideal. —Ay hijo, no me falta de nada. Ya me basta con que vengáis —respondió Magdalena con modestia. —¿De verdad, mamá? ¿No te vas a enfadar? —insistió Ricardo. —Claro que no. Cualquier detallito me hace ilusión —rió ella. Así que Ricardo decidió fiarse de esas palabras. —Mamá dice que podemos regalarle lo que queramos —informó a Amalia. Ella miró a su marido con desconfianza. No acababa de creerse las palabras de su suegra. Pero como Ricardo insistía en regalar lo que consideraban adecuado, Amalia cedió. —Propongo comprarle un robot aspirador, para que no tenga que arrastrar la aspiradora por la casa —sugirió Amalia, tras revisar el presupuesto. Así lo acordaron. Compraron a Magdalena Méndez un regalo de más de mil euros y se dirigieron contentos a la fiesta. La homenajeada recibió a Ricardo y Amalia con alegría, pero su expresión cambió al ver la caja del robot aspirador. —¿Y esto? —murmuró suspirando—. Déjalo en la habitación, hijo. Amalia se quedó unos instantes perpleja al ver que Magdalena no valoraba su regalo. Poco después llegaron la cuñada y su marido. Ella abrazó a su madre y dijo ilusionada: —¡Mami, esto es para ti! —¡Gracias, cariño! ¡Sois fantásticos! —exclamó Magdalena, abrazando a su hija. Amalia no pudo evitar preguntarse qué regalo tan caro podía haberle hecho su cuñada para causar tal entusiasmo. Con sorpresa vio que era un simple set de cosmética de droguería de diez euros. Amalia miró a Ricardo, que también había visto el regalo de su hermana. Por la cara de Ricardo, Amalia entendió que estaba molesto por la reacción de su madre ante su regalo. Durante horas, Ricardo contuvo su malestar, pero cuando Magdalena volvió a elogiar el regalo de su hermana, no pudo aguantarse más. —Mamá, ¿podemos hablar? —pidió Ricardo aparte. —¿Qué pasa? —preguntó ella—. ¿Hay algún problema? —Sí, mamá. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre el regalo? —preguntó Ricardo, claramente dolido. —Claro que sí. —Entonces, ¿por qué has despreciado nuestro regalo mientras te entusiasma este set tan barato? No me digas que me lo estoy inventando. —No lo voy a hacer. Vosotros estáis mejor que Lena, así que vuestros regalos deberían estar a la altura —reprochó Magdalena Méndez. —¿Y qué deberíamos regalarte, según tú? ¿Regalos baratos? ¿O tendríamos que adjuntar el ticket para que sepas lo que cuesta? —Buff, ya estamos otra vez… —respondió ella dando a entender que prefería no discutir—. ¿Qué quieres que haga si los regalos de Lena me gustan más? —¿Porque no sabes cuánto cuesta el nuestro? —replicó Ricardo sarcástico—. Para que lo sepas, cuesta más de mil euros. —¿Tanto? —exclamó Magdalena Méndez fingiendo sorpresa. Pero enseguida encontró la excusa para justificarse. —¿Sabes por qué valoro más los regalos de Lena? Porque lo hace dentro de sus posibilidades y vosotros solo los dais por compromiso —dijo con aire orgulloso. —¿Hablas en serio, mamá? —Ricardo se llevó las manos a la cabeza. —¿Parezco de broma? Con lo que ganáis, otro año podríais regalarme un viaje de balneario —añadió alzando la barbilla. Ricardo se quedó tan impactado que la miró en silencio unos segundos. —¿De verdad crees que a Amalia y a mí el dinero nos llueve del cielo? —preguntó finalmente. La discusión atrajo la atención de Amalia y de la cuñada, que sorprendidas se asomaron a la puerta. Lena entendió rápidamente de qué trataba el asunto y defendió a su madre. —Mamá no quiere un robot aspirador. Quería un humidificador, que se le rompió hace tres días. Si os preocupaseis de verdad por ella, lo habríais sabido —contestó la cuñada con reproche. —¡Le pregunté expresamente por el regalo! —respondió Ricardo entre dientes—. ¿Os estáis riendo de mí? ¡Basta de regalos! Hacemos lo imposible por alegrarte y solo nos reprochas cosas. ¿No te gusta el robot, prefieres un humidificador? ¡Perdona por no cumplir tus expectativas! ¡Nos vamos! —sentenció y miró a Amalia. Magdalena Méndez se echó a llorar mientras Lena intentaba consolarla y Ricardo y Amalia abandonaban la casa con el rostro serio. Ricardo cumplió lo prometido a su madre. Decidió no volver a comprar regalos ni asistir a celebraciones familiares para no volver a sentirse humillado ni pasar más malos ratos.